Alejandro Ponce
Zoo Bird Ostrich (Life Photo Collection)

La vaca había señoreado hasta hoy en predios de ficción. Decía Benjamin que encarar el fascismo es hacer porque el estado de excepción no sea sino la regla. Rodemos ya los cultuales contoneos del avestruz. No os asombréis (agrega Walter), si deseáis preservar un talante filosófico.

Regálase que cada una de las plumas trabaja en pos de la utopía. Sobre esa concurrencia, la cabeza se abandona. Experimenta los rituales primigenios (fiesta esencialista), lo mullido de una ley. En ese sueño de justos, señorea (pontifica) una voz grávida de todas las interioridades, todo fuero, todas las profecías.

Los pajarracos porveniristas concurren expeditos a la feria. Mimetizable es asimismo el ilustre método de soterrar la cabeza en la arena del entorno, su (in)habitabilidad.

Émulo de la corredora, el sujeto es omnívoro, fagocita hasta la jerga desvelada del poder. El lugar que aquella ocupa y el reino en que milita el autor, son intercambiables. La distorsión es lo que amortaja en una misma consigna. Pulsar el riff (la alambrada del gulag), a la altura de las estridencias del mito, es cosa que le compete.

O sea, que el poeta (“improductivo y sin embargo alimentado”) puede también retozar por el reino, no solo contemporizar con la complejidad. De estas lecciones a cielo abierto, brota un afán nominalista. Con este contrapunteo, el presente libelo (Avestruces con distortion, Iliada ediciones, 2022), de Alejandro Ponce, se gana la vida.

Versos instituidos en virtud de una prosodia que impone celeridad expresionista (rédito del montaje y dominio de la elipsis), portan referentes sociolingüísticos, voces de la jerga (a menudo la periférica / reconcentrada del oriente cubano) y valores emotivos.

Remisión al cuerpo, si nos fiamos de Derrida, la escritura en sí. El cuerpo-escritura cierra entonces en una pantomima agónica-agonista. Suscrito el anciano gesto crítico de Rimbaud, desde el umbral viene asimilado lo amatorio-poético-político, en una misma tromba pulsional (decíamos) de linaje agonista:

Todo tantra es quimérico
si no doy mi esperma en el acto amatorio
Quimérica es toda poesía que sin lúpulo abrevia
su fermentación

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La distorsión (valor compartido con el expresionismo pictórico) no es el resultado de un glitch, si bien presupone una falla (la del saber, la cultura, etc.). Se recorta perenne (cual elemento de fondo) disposición de granja, donde orondo ronda bajo régimen (gavage ideológico) el ave holista.

El sentido que se dirime en el ámbito de la ficción instala, en consecuencia, un límite. Lo poético pareciera pender (¿periclitar?) en esa hilacha referencial. No hay novela: el laberinto está sobrentendido, devaluado, parque temático del post, lo que apura el ritmo de estas páginas es otra cosa. Lo que pezca el significante del reino de la verdad, se presumiría.

Cubierta de 'Avestruces con distortion', de Alejandro Ponce
Cubierta de ‘Avestruces con distortion’, de Alejandro Ponce

El autor, entonces, toma al lenguaje como mito del entorno, en tanto depósito de sus valores sintácticos, lexicales, culturales, literarios, presentando una connivencia de voces del argot, la ciencia y otros nichos del botín, a propósito de un estado de cosas de las que acusa recibo a un nivel semántico.

Por tanto, la intención no es ocluir. La pelota rebota del lado de la experiencia, el locus (ámbito de baja entropía) del sujeto de la enunciación sigue siendo un coto de posibles. Es lo que agazapa la nostalgia del relato nación como nítido anclaje de contexto:

Entonces le digo que las respuestas
hay que buscarlas en el resuello de la patria.

No obstante, procede por parcelación, por la vía de fragmentos que quedan vinculados a través de relaciones de diferencia. La antigua estética del camuflaje con manchas (remisión orgánica) cede a una de cuadros: distortion

También bajo ciertos periodos se le ve contraer un tono hímnico, como si de pronto se explayara un pathos anterior a la pubescencia (poética), invocara un tono contrario, clamara, temerario, por todas las figuras del desgaste (luz, sombra, memoria, árbol, etc.).

¿La domesticación del Struthio?

¿El significado de ser numerosos, reconociéndonos en unos versos de Oppen…? Si el gran Kozer visto en estas páginas (a propósito de physis) refiere un centro ventral, aquí todo es maquinado desde la tiesura: el caso de un autor acometido por el arrecho de su decir:

Cómo entonces nos exigen no enfatizar
esta usura / tiesura mía?

Lo demiúrgico equiparado a lo pornográfico sin cortapisas. En Ponce, no hay ademán de erotismo: implica la cámara en el quid de los eventos, al estilo gonzo. De ahí toda esa “genitalia’’. Pero lo sexual no está determinado por los contenidos que pone en escena sino por la economía libidinal que nutre su producción.

El lingam, en la cultura hindú, concierne tanto a la energía masculina como a una noción de signo, marca… Cual un Rocco Siffredi que empuñara el mástil de tu abanderamiento, te quiere dentro, o sea, desdoblado en el ser de su deseo, y la prueba no es otra que esta misma esquizo-escritura: su rutina formal, su kamasutra…

Se evidencia así una (¿tímida aún?) apuesta por el texto-accidente. La asimetría. He ahí una reacción a lo iterativo del poder (su lenguaje), cuando en el malestar no hay cabida ya para los lugares comunes de la utopía, ni bien plausible (reza la tesis desnuda) en nombre de una demacrada ilusión.

La contraparte simbólica podríamos localizarla en el priapismo del menhir. Lo monolítico. El poeta, antes que tal, un contemporáneo.

Singar es bogar la polución de estas páginas, con pértiga repartida en serie morfológica: músculo primo, lingam holístico… También al interior del cubil, el pene imposible ejecuta una performance de estirpe sádica. El autor emula el acto con un sometimiento sin ambages a la escretura. Operación de deslustre, pues, para la constatación del sublime absurdo irreductible… De paso para dar de bruces contra el reducto constitutivo del sujeto.

Se desprende de esta ars amatoria un estado de vigilia invariable dictado por el anhelo de conjunción. Es la ambición por arrancar una hebra de singularidad al outsider Odradek.

Alejandro Ponce
Alejandro Ponce

Tamaña fogosidad sugiere un hombrearse o codearse con el ideal (alias Vallejo) en una vuelta escatológica; lo que resta por testar, diríamos, lo que se alcanza a testar: lo más parecido a un desheredamiento. No es cosa fortuita la parodia a versos del peruano Abraham, que tuerce a palomas la gracia ejecutando en la testa del father de la nación. El asunto de la poesía pareciera reclamado por el coto de contracciones-expansiones del recto.

De modo que se desestima la poeticidad con sede en el significado, en provecho de un enfoque orientado al objeto verbal, al juego fonético, a la fractura, al desvío… Empresa de interés cuantitativo en lo tocante al sentido, sin que entre apenas en el campo de intenciones (o de posibles) la calidad del vector.

Si bien la totalidad queda socavada en la fragmentación (aneja al conjunto de las partes), no alcanza a tachar la procedencia, no está entre los planes del quinquenio una disociación del origen, ni de destino, sino troquelar su lugar en el campo. El afuera sigue siendo discernible, descifrable, inmutable, ¿legítimo?

Se enmarca todo esto en un coto de trabajo donde prevalece una idea de lo poético como ejercicio de deconstrucción del lenguaje, empresa en sí misma subversiva que atenta contra la armazón de lo ideológico. El vértigo promovido por la granja absolutista fecundaría un gesto que, en su despolitización, se erige (por ello mismo) en política.

¿Qué prevalece de esta duplicidad, de este binomio pulsional (Eros-Tánatos), qué prevalece de aquella dispersión, de aquellos restos sino el deseo, el deseo como deriva entre subjetividades?

El deseo como Usina.

Lo de poeta es, a menudo, un malentendido, una sorda letanía; a menudo es solo un cuerpo esculpiéndose a sí mismo. El sujeto, moldeado por dictados heterónomos, busca operar un derrape que lo deshaga, resiste no solo en el simulacro, sino que pretende gestionar un borde, un valor externo, postular una marca.

Que la distorsión acontezca hacia adentro, es asomo acaso de que la búsqueda y orientación “en la templanza de otra lengua” (aquella de Deleuze) sigue en pie. Pues este amago de corrimiento ha adoptado aquí el credo del rizoma; también aloja el propósito de fugas truncas. O fintas que, en la línea de aquel boxeador inaprensible, arrojara al oponente contra el nítido reflejo de su propio vacío.

Así, la andadura del pájaro mítico se profesa por fuera de una reserva autónoma y es proyectada allende el pretexto, en otro movimiento paradójico, a ulteriores de utopía:

cuando pienso que el poema también puede ser
derecho de todo el pueblo


Adenda

El camelo del Struthio. En una existencia previa prometí a Ponce, para su bestiario, fotos de avestruces que figuraban en cierto diamante beisbolero (y fueran secuestradas, finalmente, por mi PC). Tienta la posibilidad de asumirlos desdoblados en calidad de vagos contornos. Apelo así a un recuadro de fantasmagoría electrónica donde impere suerte de rebaño acéfalo, como los emús de Chris Marker liberados en La Zona.

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Hugo Fabel Zamora López (La Habana, 1983). Tiene publicados los libros La sopa y el cuchillo (Ediciones Bayamo, 2015), Lengua de cocodrilo (Ediciones Aldabón, 2016), El día de la marmota (Casa Vacía, 2019) y Matar al buda (Casa Vacía, 2023), todos de poesía. Textos suyos han sido incluidos en publicaciones dentro y fuera de la isla. Es miembro del proyecto KTP-3 de reciclaje multimedial. Fluctúa según los movimientos contractuales del sargazo. Vive en Bayamo, Cuba.

1 comentario

  1. La densa recensión dice mucho no sólo sobre Alejandro Ponce y su Avestruces con distortion, sino que sugiere una poética de «su» grupo o promoción. Bien deslindada dentro de la tradición de la «ruptura» (O. Paz), que, por cierto, tiene en Fabel una de sus voces fuertes. Ponce y Fabel comulgan, más que coinciden… Y me parece muy bien.

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