‘Arroz con mango’: una mezcla que renueva la tradición

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De la serie ʽAn Insular Journeyʼ, Sarah Bejerano

La fotografía sería la única que está exclusivamente constituida y ocupada por un mensaje, que agotaría por completo su ser.

Roland Barthes

La exposición Arroz con mango: fotografía analógica cubana contemporánea, inaugurada el pasado 5 de marzo en el espacio Consell 81 de Barcelona, reune a trece creadores, cuya comunidad descansa en la nacionalidad y en el uso de cámaras analógicas.

Su curadora Sarah Bejerano, en el statement de la exposición, nos brinda unas ideas que sirven de pauta para comprender la orientación del proyecto: “En una época como la que vivimos, donde triunfa la inmediatez de las imágenes, tanto en su creación como en su consumo, se convierte en un acto de rebeldía ahondar en el universo del trabajo en analógico, en donde la espera y el detenimiento resultan las herramientas fundamentales del artista”.

Cartel de la exposición ‘Arroz con mango’

Desde esta perspectiva nos podríamos preguntar: ¿Qué motiva a estos creadores? ¿Qué les interesa? ¿A qué esfera social, cultural o del propio discurso del arte se afilian cuándo apelan a esa forma tradicional para hacer su obra?

Es cierto que lo analógico como dispositivo fotográfico se distancia de su espacio temporal y de las vivencias culturales que los rodean, no obstante, será el elemento que los una, al darles la posibilidad de aproximarse a las cualidades formales que lo analógico genera y a las características que lo identifican como forma de creación.

Acoplar los intereses y vivencias de este grupo de creadores, alrededor de un medio, no por tradicional menos poderoso, puede significar a su vez, un riesgo para el curador que ha gestado una muestra, en la que van a coincidir poéticas diferentes y contenidos variados, sostenidos en una visualidad que se nos hace lejana, quizás por su veracidad.

Los temas tratados en esta exposición se concentran en diferentes áreas: el espacio público, el universo de lo femenino y su representación, el enfoque documental, el espacio doméstico, el cuerpo y la naturaleza. Cada fotógrafo muestra dos imágenes de su autoría.

Estos temas son algunos de los más socorridos por la fotografía contemporánea, pero lo que hace atractiva esta exposición es la delicadeza y calidad formal con la que se abordan, junto a los contrastes que presentan entre sí dos fotografías de un mismo autor. Por ejemplo, las visiones que enuncian el espacio público eluden las vías tradicionales que hacen de lo público un paisaje amable y placentero, lo documental se imbrica y juega con el tiempo, con rostros que contienen la vida, mientras que la presencia de la mujer, de la representación de su cuerpo, aparece en diferentes aproximaciones.

Nos detendremos brevemente en cada autor, comenzando por la obra de Alejandro Alfonso. Ese contraste que mencionamos anteriormente, lo encontraremos, en la muestra de este autor, centrado en dos lugares públicos y arquitectónicos, con La Habana como referente espacial: la fotografía de un lugar semiderruido que forma parte de una instalación deportiva de valores arquitectónicos modernos, al lado del imponente edificio del hotel Riviera, algo que metaforiza una Cuba que mantiene enormes hoteles, mientras que otras instalaciones, de uso público, necesitan una urgente reparación que no se emprende.

Las imágenes de Jorge J. Pérez se contraponen como dos realidades que habitan en una misma ciudad: una limpia calle de la ciudad de Miami y un busto realizado en bronce del Apóstol cubano José Martí que parece corroído por el tiempo.

Sarah Bejerano nos presenta dos contextos cercanos y diferentes: uno recoge la imagen tomada en la isla de Malta, en la que se aprecia al revés un letrero de McDonald’s frente al mar, mientras una mujer de espaldas al espectador, duerme en el mismo borde de este, y el otro la imagen de un hueco caprichoso en forma de isla, inserto en un muro desgastado por las olas, en el límite costero del barrio El Náutico, en La Habana. Circunstancias caprichosas de las islas pequeñas, con sus destinos imprecisos.

En una dirección cercana a Bejerano se encuentran las fotografías de Héctor Isaac, realizadas en Japón, ellas suponen el encuentro cotidiano entre lo tradicional y lo contemporáneo dentro de congestionados espacios urbanos, característica propia de esta cultura que a pesar de ser muy conocida, siempre nos sorprende.

Mientras, Rainy Silvestre se detiene en La Pequeña Habana, el barrio de Miami, con dos atractivas imágenes que lo des-definen, porque invitan a preguntarse qué ha sucedido o que está a punto de acaecer en estos espacios, donde la luz y el ambiente artificial comienzan a sugerir eventos que no conocemos.

De la serie ‘Little Havana’, Rainy Silvestre

Elizabeth Rodríguez, a través de sus dos obras, da cuenta de otro tipo de espacio, en este caso de carácter natural y rural. Su muestra se acerca al género documental, pues la presencia de lo humano, que dota al paisaje de otra vida, tiene un valor fundamental. En una de las fotos, el entorno se completa con la incorporación de una mujer joven que en un establo muestra sus pechos recostada a unos tablones de madera, mientras que la otra parece ser el punto de vista contrario a la primera, un campesino atraviesa un camino sobre un caballo, con un bohío de fondo. Estas circunstancias sugieren una potencialidad narrativa que va más allá de las propias imágenes.

El enfoque documental alimenta también la obra de Leandro Feal, con una muestra de la serie Con jamón, lechuga y pitipua. En ella, el autor nos ilustra sobre el carácter independiente y vital de la generación que emergía en Cuba a principios de este siglo. Sus amigos artistas aparecen junto a él, desnudos o con ligeros atuendos, mientras que Ezequiel Suárez, un veterano creador, los observa sonriente sentado en una butaca, con la parsimonia intelectual que lo caracteriza.

En blanco y negro, se presentan dos imágenes impactantes de Vladimir Romero. En una de ellas podemos observar a una pareja de ancianos descuidados y de rostro perezoso, en el barrio de Centro Habana, que nos miran de forma cuestionadora, mientras que en la otra, un grupo de jóvenes cadetes de una escuela militar, cansados y bajo un cielo que amenaza tormenta, esperan formando parte de un conglomerado humano mayor.

Sin título, Vladimir Romero

Lo sobresaliente de estos contrastes acaecidos en espacios públicos o con valor documental –hayan sido o no una intención de los artistas cuando pusieron a dialogar situaciones y espacios diferentes, cercanos o lejanos– está en generar la eventualidad de que los espectadores descubran relaciones y cualidades, establezcan vínculos, que cada foto no posee por separado.

En este sentido, valorando las fotografías de Vladimir nos podríamos preguntar: ¿Qué miran o quién miran los ancianos? ¿Qué esperan los jóvenes cadetes distraídos y con banderas en las manos? Mientras en las fotos de Elizabeth, la muchacha apoyada en los tablones de madera parece observar un paisaje cortado por el paso y la visión de un campesino a caballo, mientras que Sarah con sus obras crea un vínculo a través del vasto mar, como si este tuviera el poder de unir realidades lejanas y disímiles.

En otra dirección, Gigi de la Torre nos entrega soberbias metáforas de la dependencia que históricamente el sexo femenino ha tenido que asumir, a través de la imagen de un cuerpo de mujer semidesnudo de espaldas, que estira su propia prenda interior colgada de una percha y otra donde se aprecian unos dedos de dos pies femeninos, en los que se han sustituido las uñas por diversas llaves de cerraduras.

Liliet Rosa y Luna Tristá se aproximan a la representación de la feminidad desde puntos de vista diferentes. En el caso de Liliet, se muestran dos imágenes de mujeres afroamericanas posando de forma retadora, aunque de maneras diferentes, mientras participan en una marcha multitudinaria por los derechos de las mujeres dentro de un ambiente urbano cosmopolita. Los lemas, tatuajes y frases de la ropa, apoyan el carácter imperturbable y resuelto de estos rostros frente a la exclusión y discriminación social.

De la serie ‘Lolita’, Luna Tristá

Por su parte, Luna visibiliza el desprejuicio con el que puede ser presentado el cuerpo femenino, vestido sólo con joyas brillantes y aislado en su belleza rotunda y natural, frente a un paisaje rural, o simplemente desenfocando un rostro de mujer, de cuidadoso maquillaje, desdibujándolo hasta el punto de hacer desaparecer el referente, que nos intriga al mismo tiempo por la fuerte expresión de su mirada.

La vinculación entre naturaleza y cuerpo femenino asoma en la obra de Alexander González, aunque en este caso, sus imágenes reinterpretan la realidad que el lente enmarcó en un inicio, los cuerpos de mujeres aparecen tratados con una visión cercana a lo pictórico, rompen con la cualidad fotográfica en sí. Estas fotos, en las se manipulan enfoques, colores y luces, extraen lo esencial de lo original.

Las cuatro fotografías a color de Armando Guerra integran, dentro de un montaje experimental realizado en resina transparente y pequeño formato, ambientes domésticos interiores y espacios públicos provenientes de diversas geográficas, a tono con el movimiento nómada del propio autor como documentalista. Un kiosco de la cálida playa de Santa Fe, en La Habana, dialoga con un hotel en alguna región del norte europeo o con la noche de Alaska. La luz mortecina, la ausencia, la quietud y el vínculo vivencial que se desprende de ellas, parecen ser un denominador común.

Esta muestra se sostiene con una frase que como parte de la cultura oral, tiene la sabiduría que posee el lenguaje popular y ello ayudará para que lo que suceda, este acompañado de la vitalidad de una expresión que alude a determinada circunstancia personal o social.

Aun así, puede ser que nuestra mirada se sorprenda al encontrarse ante una estética ajena al universo cotidiano de las imágenes que nos rodean, permitiéndonos recordar algo olvidado: la magia originaria de lo real.

Sin embargo, y a pesar de ello, será el hecho que acerca el espectador a la belleza y el encanto que sabe extraer lo analógico de la realidad, lo que permitirá que la frase que identifica la exposición cobre sentido, porque en cualquier evento social en el que las partes que lo integran apunten en diferentes direcciones, se formará inevitablemente, dicho en buen cubano, un “arroz con mango”.

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