Autobiografía de Anne Sexton

De los varios libros publicados en los últimos años sobre la tóxica relación entre hijos y padres ‘Buscando Mercy Street. El reencuentro con mi madre, Anne Sexton’, de Linda Gray Sexton, quizá sea el que mejor resuma ese resto de odio y admiración que muchas veces está más allá de las mismas personas.

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Quien haya visto Sexton at home, el material que filmó en 1966 Richard O. Moore para la serie Usa Poetry, habrá visto a una mujer irónica, fuerte, seductora, huesuda, que fumaba constantemente y miraba a la cámara…, quien lea Buscando Mercy Street. El reencuentro con mi madre, Anne Sexton (Navona 2018), el libro que escribiera Linda Gray Sexton sobre la gran poeta norteamericana, verá que todo esto que impactaba en la película de Moore, era teatro.

Y no solo lo digo porque ahora sepamos que la violaba en su adolescencia (primero besándola y apretándola con fuerza, y después frotándose contra su cuerpo hasta llegar al orgasmo), sino porque parte de su libro, además de en la propia vida, se basa –al igual que había hecho antes Diane Wood Midlebrook para su biografía— en las transcripciones de las más de seiscientas horas de “monólogos” que dejó grabadas la autora de El horrible remar hacia Dios con uno de sus psiquiatras, el doctor Orne, a principios de los sesenta.

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Horas donde además de la relación de amor-odio con su hija habla de sus internamientos, de los hospitales, de su deseo, de las violaciones que sufrió ella misma a costa de su padre (con la anuencia de su abuela quien, recuerda la premio Pulitzer, se quedaba en la puerta del cuarto observando hasta que terminaba el acto), de su narcisismo, del Pentobarbital, y de su miedo a destruirlo a todo.

Es decir, de su fragilidad.

Montaña rusa que finalmente terminaría llevándosela por delante (recordemos que para su suicidio definitivo se pondría el mismo visón que guardaba de su madre; abrigo con el que esta se mató) y dejaría en su familia una serie de crisis que a la vez que con indiferencia –en la hermana más pequeña de Linda, por ejemplo–, se ha saldado con largas sesiones de psicoanálisis o intentos varios de suicidios.

Sin embargo, ¿no sabíamos ya de alguna manera todo esto los lectores de su poesía?

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¿No son precisamente sus libros un territorio trastornado y lírico que la Sexton, al igual que Silvia Plath, otra de las monstruos de esa generación, construyó con esmero, de la misma manera que se levanta un muro para aislarse y permanecer en, sobre, o a merced del mundo?

La Sexton, quien escribió poemas como “Huye en tu burro”, “La adicta”, “Rapunzel”, “Querer morir” y muchos otros donde va armando momentos extremos de su vida, no nos dejaría mentir. Momentos donde uno puede moverse con su mismo ojo por aquellos hospitales donde permaneció algún tiempo, o momentos que eran traspasados por los somníferos, el choque contra la escritura, la epilepsia o el deseo homoerótico.

Una mujer 
que ama a una mujer 
es joven para siempre. 
La mentora 
y la aprendiz 
se retroalimentan. 
Una entre muchas 
tuvo una vieja tía 
que la encerró en el estudio 
para mantener lejos a los chicos. 
Jugarán al rummy
o se quedarán tumbadas en el sofá 
y se tocarán, se tocarán.

Momentos que ella misma, al final, en una entrevista, clasificará como de “persona desplazada”, más que para lamentarse –y bajo cierta presión el lamento es una forma de poesía–, para colocarse en perspectiva, para medir su fuerza en relación a una psique que muchas veces quedaba aplastada por las depresiones o las pastillas; desubicada en un afuera que siempre tenía demasiadas personas, demasiada violencia, demasiada moral, demasiado ruido alrededor.

¿Debe (tiene que) atravesar la poesía su propio umbral de experiencia para observarse a sí misma como enfermedad, como la clínica que muchas veces no pretende ser?

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Anne Sexton respondería que sí. Buscando Mercy Street…, libro que a su vez es el retrato que su propia hija hace de sí misma, de su devenir escritora y de su lucha por no hundirse en el black hole materno, así lo demuestra, aunque para ello haya siempre que travestirse con el abrigo del progenitor o rajarse un tiro en la boca.

PS.: De los varios libros publicados en los últimos años sobre la tóxica[1] relación entre hijos y padres (Experiencia de Martin Amis, Correr el tupido velo de Pilar Donoso, Libro de ensueños de Peter Reich, Mi padre, el pornógrafo de Chris Offutt…), Buscando Mercy Street… quizá sea el que mejor resuma ese resto de odio y admiración que muchas veces está más allá de las mismas personas. Lástima que por momentos su escritura sea tan efectista. O patética. Sin esto, el libro hubiera ganado no solo en fuerza, sino en exactitud, documentos y golpes.


Notas:

[1] Tóxica no solo en un sentido patológico, de infelicidad, sino –también– de Kultur, de vida que se vive para estar siempre sobrevolando y pensando la vida del otro. Los libros de Reich y Offutt son ejemplo de esto último.

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CARLOS A. AGUILERA
CARLOS A. AGUILERA
Carlos A. Aguilera (La Habana, 1970). Escritor. En 1995 ganó el Premio David de poesía, en La Habana, en 2007 la Beca ICORN de la Feria del libro de Frankfurt, y en 2015 la Cintas en Miami. Sus últimos libros publicados son: Umberto Peña. Bocas, dientes, cepillos, restos (monografía, 2020), Teoría de la transficción (antología, 2020), Archivo y terror. Operaciones entre literatura, política, teatro y arte (ensayo, 2019), Luis Cruz Azaceta. No exit (monografía, 2016) y Matadero seis (nouvelle, 2016). Codirigió la revista Diáspora(s) entre 1997 y 2002. Coordina en Rialta la colección FluXus. Reside en Praga.

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1 comentario

  1. Otra poetisa de la experiencia a descubrir. Hay muchas. Tiene una parte de su temática que es abrasiva que deja mal cuerpo. Su hija Linda Gray Sexton tiene una literatura de «autoayuda» y confesional mucho más confesional que ayuda a entenderla.

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