Thomas Bernhard

“En el boliche conversamos casi exclusivamente acerca del sobrino de Wittgenstein y de Thomas Bernhard, por quien ella siente una admiración que parece un tanto desmedida, y que yo comparto hasta cierto punto, pero no con esos ribetes de fanatismo. En cierto momento tuve que decir: «Ojalá después de que yo me muera, alguna vez dos personas como nosotros se encuentren en algún boliche del mundo y hablen de mí en esta forma». Esa manera de sobrevivirse en el arte. Parecía como que Bernhard estaba ahí, sentado a la mesa con nosotros; hasta daba un poco de temor, porque convinimos en que debió de ser un tipo insoportable… y aun temible” (Mario Levrero, La novela luminosa).

El fervor de la innominada amiga de Levrero por la obra de Thomas Bernhard y por El sobrino de Wittgenstein en particular es perfectamente comprensible: se trata de un libro apenas sin precedentes en la literatura mundial, sobre la extraña, intensa y, al final, apenas soportable amistad entre “dos seres condenados” que son muy conscientes de su “condición terminal” (el narrador sufre de una tuberculosis incurable y su amigo, el sobrino del genial filósofo, es un aristócrata arruinado y musicólogo brillante con una vehemente vocación autodestructiva que se ha convertido en huésped cada vez más frecuente de los terribles manicomios austríacos). Es, en suma una obra tardía (en el complejo sentido que Adorno le confiere a este concepto),[1] en la que, como apunta otro gran crítico, “El cansancio de la vejez ante la presencia de la muerte inminente […] no es, en realidad, algo triste, sino mucho más profundo. Es la prerrogativa del gran arte que suscita emociones indescriptibles que pueden desgarrarnos”.

Y este libro lo consigue casi en exceso. Lo primero que asombra es el tono ligero adoptado por Bernhard[2] para narrar acontecimientos fatídicos: tanto si se trata de sus propias tribulaciones en el pabellón Hermann (destinado a los tuberculosos y los que sufren de cáncer de pulmón) como de los sufrimientos de su amigo Paul, el narrador despliega todos los recursos de su considerable arsenal retórico para forjar un texto atravesado por un humor macabro, implacable con los seres humanos, la naturaleza y la historia, pero, sobre todo, consigo mismo.

El inicio del relato me parece ejemplar en este sentido: “En mil novecientos sesenta y siete, en la Baumgartnerhöhe, una de las religiosas que trabajaban allí, incansablemente, en el pabellón Hermann, me dejó sobre la cama Trastorno, que acababa de aparecer y que había escrito yo un año antes en Bruselas, en la rue de la Croix 60, pero no tuve fuerzas para coger el libro porque sólo hacía unos minutos que me había despertado de la anestesia de varias horas en que me habían sumido los médicos que me abrieron el cuello para poder extirparme del tórax un tumor del tamaño de un puño. Lo recuerdo, era la Guerra de los Seis Días y, como consecuencia del tratamiento radical con cortisona a que me habían sometido, se me puso cara de luna, como querían los médicos; durante la visita comentaban esa cara de luna mía en un tono jocoso, que incluso a mí, a quien, según sus propias manifestaciones, sólo me quedaban unas semanas, en el mejor de los casos unos meses de vida, me hacía reír.”[3]

Esto es, si me permiten el anglicismo, vintage Bernhard, y sólo un modesto aperitivo del “monólogo fatal” que está a punto de infligirnos. En efecto, a continuación se ocupa de su verdadero objetivo: la amistad que durante doce años mantuvo con Paul Wittgenstein y todo lo relacionado con esta, sin ahorrarnos nada, incluso los actos que, para decirlo suavemente, aniquilan cualquier pretensión de superioridad moral que Bernhard pudiese haber albergado (aunque es obvio que jamás fue propenso a estas poses y que le importaba un bledo lo cualquiera pensara sobre él: su principal, acaso su única preocupación, era continuar respirando, algo que nosotros, como es natural, no podemos comprender). Atrevámonos entonces a conocer a su mejor amigo y protagonista indiscutible de estas memorias, Paul Wittgenstein: aristócrata del más rancio linaje, antiguo millonario, musicólogo, obseso casi maníaco de la ópera y de “las carreras de automóviles”, filósofo ágrafo quizás tan grande como su célebre tío y enfermo mental famoso en toda Viena por sus excentricidades.

Lo primero que debemos entender sobre este hombre es que durante mucho tiempo fue (y no sólo según Bernhard) alguien excepcional, rebosante de dones, predestinado al éxito y la prosperidad, hasta que, a los 35 años, el azar, con su infalible puntualidad, se abalanzó sobre él como un animal salvaje sobre su presa y lo convirtió en un demente irredimible. En rigor de verdad, cuando el escritor lo conoció Paul “ya había hecho carrera en la locura”: no sólo Viena sino toda Austria (o al menos, la parte más ilustre de su sociedad: intelectuales, científicos, músicos, poetas, pintores, industriales, banqueros: así de gigantesco era el prestigio del apellido Wittgenstein) conocía sus escándalos y tendencias suicidas. Como tantos personajes en la narrativa de Bernhard (reales o ficticios: da igual) era un tipo brillante, rico, culto, supremamente refinado, que lo tenía todo, excepto lo único que importa: talento para existir. O acaso alguna vez lo tuvo pero, en medio del camino de la vida, lo perdió y nunca pudo recuperarlo. Sólo le quedaba la sensación de serlo todo y la abrumadora evidencia de no ser nada. Su tío también había coqueteado con la locura y el suicidio pero siempre logró mantenerlos a raya.[4] Sin embargo, parafraseando a Carl Jung, allí donde el tío nadaba, el sobrino se ahogaba.

Por supuesto, Bernhard, con su lucidez criminal, percibió perfectamente todo eso y hay un momento en que dice algo muy agudo, algo que epitomiza la tragedia de su amigo: “Uno, Ludwig, fue quizá más filósofo, el otro, Paul, quizá más loco, pero posiblemente creemos que el primero, el Wittgenstein filosófico, es el filósofo, sólo porque llevó al papel su filosofía y no su locura, y que el otro, Paul, era un loco porque reprimió su filosofía y no la publicó y sólo exhibió su locura. Los dos eran personas totalmente extraordinarias y cerebros totalmente extraordinarios, uno dio publicidad a su cerebro y el otro no. Podría decir incluso que uno publicó su cerebro y el otro practicó su cerebro. ¿Y cuál es la diferencia entre un cerebro publicado y que se publica continuamente y uno practicado y que se practica continuamente?” A lo cual, si nos limitamos a los resultados empíricos, debemos responder sin vacilar: gigantesca. Precisamente por eso, mientras su tío es uno de los dos pensadores más importantes del siglo XX, Paul, el filósofo ágrafo, el musicólogo genial, el mayor erudito austríaco en el arte de la ópera, se hundió hasta el cuello en la desdicha, apuró el cáliz de hiel hasta las heces y, al final, se sumergió en la ciénaga definitiva, “cruzó las sombrías orillas” hacia el lugar de donde nadie ha regresado ni regresará jamás: ese que tan bien conocieron Nerval, Artaud, Van Gogh, Anne Sexton y Sadeq Hedayat.

Lamentablemente, Bernhard, que tanto había disfrutado su compañía y sus conocimientos musicales en el decenio anterior al hundimiento, no hizo nada por ayudarlo: en suma, Paul lo salvó (según él mismo reconoce) de una depresión suicida pero, cuando llegó su tiempo de tribulación, su noche oscura del alma (en la que, según Fitzgerald, un auténtico profesional del fracaso, “siempre son las tres de la mañana”),[5] Bernhard lo abandonó. Hablando sin miramientos (por utilizar una expresión tan apreciada por el autor austríaco), debemos decir sencillamente que lo utilizó para sus fines absolutamente egoístas: primero lo masticó y después lo escupió. Pero aquí lo notable es que Bernhard jamás niega nada sino que, por el contrario, cuenta la historia de manera tal que Paul aparece siempre como un tipo admirable destrozado por el destino y la perfidia de sus “amigos”, mientras que el escritor resulta, ostensiblemente, un canalla. ¡Ah!, pero no tratamos aquí con un canalla sentimental: en el relato no encontramos el menor lloriqueo y Bernhard nunca se justifica ni manifiesta un ápice de arrepentimiento: “never apologize, never explain”, la máxima de Lord Acton parece ser también la suya y lo que sí encontramos es una exposición descarnada de los hechos,[6] al menos cuando se trata de su repulsivo comportamiento con el único amigo verdadero que le fue dado conocer. Por lo demás, no hay que pensar que todo es pesimismo y tristeza en este libro: también hay momentos de una comicidad desopilante.

Son muchos y me limitaré a comentar el más extremo: un pasaje tan radical que sólo Bernhard pudo haberlo escrito (ni siquiera Céline, con todo su frenesí, se le aproxima): en un momento dado de la narración Bernhard quiere leer un artículo sobre Mozart publicado en el periódico suizo Neue Zürcher Zeitung, pero, por más que lo busque, en Viena no puede encontrar ninguna copia. Aquí comienza entonces uno de los fragmentos más delirantes en la historia de la literatura europea: Bernhard convence a Paul y a su amiga Irina — propietaria de un auto muy rápido– de viajar a Salzburgo (la ciudad que le encantaba odiar… ¡a ochenta kilómetros de distancia!)[7] para conseguir el Neue Zürcher Zeitung: “Una vez necesitaba yo el Neue Zürcher Zeitung, quería leer un artículo sobre la Zaida de Mozart que habían anunciado en el Neue Zürcher Zeitung y como, según creía, sólo podía conseguir el Neue Zürcher Zeitung en Salzburgo, a ochenta kilómetros de distancia, fui en el coche de una amiga, con ella y con Paul, para buscar el Neue Zürcher Zeitung a Salzburgo, a la llamada ciudad de los festivales famosa en el mundo entero. Pero en Salzburgo no conseguí el Neue Zürcher Zeitung. Entonces tuve la idea de ir a buscar el Neue Zürcher Zeitung a Bad Reichenfall y fuimos a Bad Reichenfall, al balneario famoso en el mundo entero. Pero tampoco en Bad Reichenhall conseguí el Neue Zürcher Zeitung, de manera que los tres, más o menos desilusionados, volvimos a Nathal. Sin embargo, cuando estábamos ya poco antes de Nathal, Paul dijo de pronto que debíamos ir a Bad Hall, al balneario famoso en el mundo entero, porque allí conseguiríamos con seguridad el Neue Zürcher Zeitung y, por consiguiente, el artículo sobre la Zaida, y recorrimos realmente los ochenta kilómetros que separan Nathal de Bad Hall. Pero tampoco en Bad Hall conseguimos el Neue Zürcher Zeitung. Como de Bad Hall a Steyr sólo hay dos pasos, veinte kilómetros, fuimos aún a Steyr, pero tampoco en Steyr conseguimos el Neue Zürcher Zeitung. Entonces probamos suerte en Wels, pero tampoco en Wels conseguimos el Neue Zürcher Zeitung. En total habíamos recorrido trescientos cincuenta kilómetros sólo por el Neue Zürcher Zeitung, y al final no habíamos tenido suerte”: y continúa así a lo largo de varias páginas, alcanzando la apoteosis de la comicidad absurda: ¡repite Neue Zürcher Zeitung más de veinte veces!y se sale con la suya: la absoluta singularidad del estilo, su musicalidad incomparable, las repeticiones constantes, o mejor, las variaciones en torno a un tema central, crean un efecto hipnótico y adictivo: es el mayor escritor cómico de la literatura austríaca y, después de Kafka, sencillamente el mejor escritor en alemán del siglo XX: para percibir toda su grandeza lo ideal sería leer la novela en una sola sesión y cinco horas de lectura sostenida bastarían (143 páginas en la edición de Anagrama).

Ahora bien, he escrito antes sobre la falta de sensiblería y la negativa de Bernhard a disculparse: ¿Significa esto acaso que fue un gran artista pero (como tantos de los grandes: Caravaggio, Bach, Picasso, Naipaul, etc.) un individuo deplorable. Quizás, pero yo no estoy tan seguro: ciertamente no hay ninguna manifestación específica de remordimiento (era demasiado orgulloso para eso): sin embargo, es evidente que su admiración por Paul fue auténtica e ilimitada.[8] Y entonces, a pesar de su traición postrera, comenzamos a entender que “estas notas sobre mi amigo Paul” son la gran súplica que no pronunció ni podía haber pronunciado mientras el otro aún vivía. Por otra parte, ¿qué hubiera podido decir?: el libro es en realidad la única redención posible, una ofrenda al gran amigo muerto, un monumento más perenne que el bronce erigido para preservar su memoria. Incluso así, hay algo que nos resulta difícil olvidar: Bernhard abandonó a su mejor amigo en la hora más oscura, según nos dice, “para salvarme a mí mismo”. ¿Sentido común, egoísmo abominable?

Eso sólo pueden decidirlo los lectores. Sin embargo, es inevitable notar algo inquietante en la frase “salvarme a mí mismo”. ¿De qué, exactamente? No tengo una respuesta definitiva pero puedo ofrecer una conjetura plausible: a Bernhard siempre le fascinaron las oposiciones conceptuales: enfermedad-salud; tuberculosis-locura; locura-filosofía; genio-demencia; autodestrucción-supervivencia (a cualquier precio, según parece); artista-filisteo (uno de los placeres que le proporcionaba la amistad de Paul era sentirse parte de una aristocracia del espíritu),[9] y muchas otras, pero insiste tanto en ellas que comenzamos a sospechar: es muy probable que viera a Paul como lo que Faulkner llamaba “his dark twin” (su oscuro gemelo), que vislumbrara, a través de un espejo enigmático y ensombrecido, su propio reflejo, y con este la terrible intuición de que sólo la más fina de las líneas lo separaba de aquello que siempre temió: el fracaso como escritor y la locura que pulveriza. Como en la famosa frase del Vedanta, “tú eres eso”, habrá pensado Bernhard, o al menos puedes convertirte en eso, y, aterrado, lo abandonó sin miramientos. Pero a partir de esta vileza, el escritor consigue lo que antes había parecido imposible: narrar, sin deslizarse ni siquiera por un momento en los abismos del kitsch, la historia de una gran amistad devastada por la enfermedad y la demencia. Muy pocos, antes o después, lo han conseguido y, aunque podamos pensar que fracasó como ser humano, su triunfo estético es incuestionable: la inquietante paradoja es que aquí el arte alcanza lo sublime a partir de la materia más deleznable: la derrota del hombre es el triunfo del artista. Sí, Adorno tenía razón: “en la Historia del Arte las obras tardías son las catástrofes”.[10]


Notas:

[1] La mejor explicación del término –es decir, fuera de los textos del propio Adorno, en ocasiones deliberadamente abstrusos– puede encontrarse en el inacabado pero muy interesante Sobre el estilo tardío de Edward Said.

[2] Desde el principio mismo de la narración el autor deja claro que en este caso se trata de otro de sus escalofriantes “relatos autobiográficos”.

[3] Las cursivas son mías.

[4] El suicidio, al parecer, era algo así como el deporte favorito de la familia Wittgenstein: tres de los cuatro hermanos del filósofo y otros parientes cercanos se mataron.

[5] Para ser preciso, lo que Fitzgerald escribe en The Crack-up es: “En la verdadera noche del alma siempre son las tres de la mañana”.

[6] “Tal vez esta subordinación de la sensibilidad a la verdad, a la expresión, es en el fondo una marca de genio, de la fuerza del arte superior a la piedad individual” (Proust, Contra Sainte-Beuve).

[7] ¡Ay de quien se deje convencer por semejantes amigos!

[8] La literatura no es, después de todo, un concurso de belleza moral y tipos tan despreciables como Céline han escrito grandes novelas.

[9] Así, en la página 41, escribe con su acostumbrada misantropía: “porque no nos engañemos, las cabezas que tenemos a nuestro alcance la mayor parte del tiempo carecen de interés, no sacamos mayor provecho de ellas que si estuviéramos con patatas desarrolladas que llevasen una existencia miserable, por desgracia en absoluto digna de compasión, sobre unos cuerpos quejumbrosos con vestidos más o menos de mal gusto”.

[10] Debo enfatizar –aunque a estas alturas debería estar claro– que, como es obvio, Adorno no se refiere a una catástrofe estética sino a algo muy diferente. El interesado puede consultar sus Escritos musicales.

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