Carlos Manuel Álvarez; Miami, 31 de julio de 2021 / Foto: Mariela Navarro
Carlos Manuel Álvarez; Miami, 31 de julio de 2021 / Foto: Mariela Navarro

En medio de una guerra que no es guerra. En medio del corazón de Dacia. En medio de Sarmizegetusa, ahí, hay un espacio circular dispuesto para el sacrificio. En otros tiempos, enterradas en los quiebres intersticiales que dejan las rocas calizas, estacas miran al cielo de Transilvania: un bosque de lanzas con cabezas de bronce hechas a mano: mástiles de barcos que, puestos al pairo, sostienen un velamen ficticio: astas de banderas fantasmas: pringosas erecciones de sangre coagulada. Gotas rojinegras caen, unas sobre otras, lentísimas, agónicas. Encima, cabezas aserradas de hombres. Son cabezas de turcos. Señuelos utilizados para extirpar/inculpar el dolor. Nuestro dolor. Nuestro dolor sobre el dolor del otro. Cabezas de turcos ensartadas en cabezas de bronce.

Carlos Manuel Álvarez (Matanzas, 1989) habla sin demasiados trastrueques. Uno podría pensar, al escucharlo, que la palabra humana puede ser simple, sin trompicones, sin incrustaciones. Me habla como si fuéramos amigos. No por la confidencia, sino por el tono: contemplativo.

Es la primera vez que hablamos. No sin miedo le digo, como proemio injustificado, que, en algún momento, en algún lugar, hace unos años, leí por casualidad una de sus crónicas. No la recuerdo, pero conservo una imagen en que él conversa con otra persona en una terminal de aeropuerto. Le confieso que después busqué y leí todo lo que había publicado hasta ese momento. Luego he pensado que me llenaría de alegría saber que alguien, en algún momento, en algún lugar, hace lo mismo con mis textos. Secretamente escribo para esa persona. Secretamente he tenido esa ilusión gracias a mi relación con su escritura.

—Creo que ese es el deseo de cualquier escritor genuino: que alguien lo lea de la misma manera que él leyó a determinadas personas. Como decía Bolaño: “es una cuestión de vida o muerte”. Puede parecer un poco exagerado si se dice así; pero quizá no haya otra manera más precisa de decirlo —me dice.

Conversamos sobre Falsa guerra (Sexto Piso, 2021), su segunda novela. Un libro enfermo, sin dudas. Se rompe, se rompe y se rehace a cada momento, con cada personaje. La geometría de la narración, fugitiva, se diluye en un capricho. El capricho está a la sombra. A la sombra están los exiliados. Viven en el/la caos(mosis). Para después, otra vez, incansablemente, evocar lo que han tenido que abandonar.

Nuestra cabeza de turco es el exilio. Falsa pátina sobre cabezas de bronce.

Falsa guerra pudiera leerse como islas independientes, como textos que se refieren a otros textos, meros fragmentos que excluyen absolutamente la univocidad semántica para remitir a significaciones oblicuas; significaciones de una esencial ambigüedad. Sobre estas islas-fragmentos sobrevuela una noción tan ruinosa como todo lo demás: el exilio. ¿Es para ti el exilio un territorio desfigurado? ¿Podría ser un espacio desterritorializado hasta el absoluto? Hablar de absolutos en relación con Falsa guerra parece una paradoja, ¿verdad?

Hay una frase de Cioran, escritor de frases, que prefiero a cualquier otra, quizá porque resulta sospechosamente cercana, o porque no suena como suya. No quiere decir esto que rechace aquello que Cioran normalmente es, sino que es siempre revelador, y a la postre consistente, el momento en que un escritor deja de parecerse a sí mismo. La frase escapa del pesimismo rotundo, de la habitual claridad asertiva, y tiene una poética enmarañada y arbitraria. La lógica aforística se atreve con elementos que no tienen sucesión en la experiencia, y responde más a una intuición lírica que a un desgajamiento natural de la razón. Pertenece, la frase, a ese conjunto exquisito de definiciones que parecen falsas, donde el escritor habría respondido más al embelesamiento de su propia música que al rigor comprobable de las ideas, hasta que nos sometemos a su medida y resulta que encajamos con estricto asombro en esa ancha precisión, en su posibilidad abierta. Al final, cualquier proposición absoluta está planteada únicamente para su especificidad manifiesta, para su instante o su lugar, puesto que, o bien algo que ocurre una vez puede ocurrir siempre, o bien aquello que ocurre una vez ocurrió de un solo modo. La frase es esta: “El tiempo es un sucedáneo metafísico del mar. Uno sólo piensa en él cuando quiere vencer la nostalgia marina”. Creo que ahí se recoge lo que es el exilio para mí.

Falsa guerra es una novela que juega (me refiero al juego como experiencia, como ejecutoria) a romperse, a desvanecerse, a desvelarse en un cuerpo ruinoso, torturado. (Quizá debí decir rejuega). Pero, en efecto, una novela –un agenciamiento– no se sostiene, sólo, por el juego de las formas. Aunque en la novela la forma es parte del argumento. En tu opinión, ¿en qué se sostiene, además, Falsa guerra?

No tengo ganas de pensar. O mejor, no hay nada más o menos decente que pueda pensar ahora mismo, entonces siempre estoy apoyándome en lo que otros dijeron de una manera que yo no podría. Citar no es ostentar, sino bajar la cabeza de un modo desobediente. Creo que Falsa guerra, independientemente de la forma, de esa fragmentación y ese cuerpo ruinoso, se sostiene en los personajes; sujetos a una totalidad última, parecen experimentar todos aquel verso de Viel Temperley que recién leí: “A veces siento que alguien nos encerró con llave en este mundo”.

Has dicho que Falsa guerra “son esquirlas de un cuerpo que se desintegró”. Sabemos que los fragmentos son, en sí mismos, sintomáticos de la generalidad de la cual proceden, sintomáticos de ese cuerpo/“texto general” del que hablaba Derrida. ¿Pudieras referirte a ese cuerpo que sobreyace en las historias que cuenta la novela?

Es un cuerpo que se intuye, el cuerpo de una pesadilla. Nadie lo ha visto, ninguno de nosotros. Todos creemos saber de lo que hablamos cuando hablamos de ese cuerpo que ha sido despedazado, escindido y diseminado quién sabe por cuántos lugares, pero en realidad nadie puede ir más allá de eso, porque nadie ha vivido nada que no sea ya esta fractura. Aquellos que han logrado ver de dónde proveníamos, sólo lo han visto en algo que podríamos llamar sueños impertinentes o trazos confusos, y nos han querido decir luego que es mejor no ver ni soñar nada. De todas maneras, yo no creo en nadie que diga ver algo que no pueda, en última instancia, ser visto por todos y cada uno.

Carlos Manuel Álvarez; Miami, 31 de julio de 2021 / Foto: Mariela Navarro
Carlos Manuel Álvarez; Miami, 31 de julio de 2021 / Foto: Mariela Navarro

Cuando dije “cuerpo” me refería a un cuerpo colectivo. El cuerpo se atomiza. En Falsa guerra no existe eso que nombramos protagonista. Intuyo que, en este sentido, tu interés fue –y es– ético. ¿Estoy en lo cierto?

Siempre hay un interés ético en mi literatura. ¿De dónde viene ese interés? Debo haberlo aprendido en Benjamin; debo haberlo aprendido en Dostoievski. ¿Qué pasa con la cuestión moral? El posmodernismo nos dijo que eso ya no hacía falta, bastaba con el cinismo, la ironía y la exposición rutinaria de los hechos. Foster Wallace se dio cuenta de la trampa y por eso se suicidó.

Falsa guerra termina –esta es una manera de decir– en una especie de corrosión “sentimental”. Dos personas se besan. Hoy un beso podría ser el epítome de lo contrahegemónico. Es casi una experiencia de aturdimiento…

Es la prueba del deseo. Es, discretamente, la fuerza del folletín, la posibilidad de construir, a partir de ahí, una nueva circulación de los afectos. El amor no como coartada ideológica biempensante. Un beso se huele, se siente, se escucha, se saborea y se piensa. Sin embargo, nada en él llega a manifestarse completamente. Persiste en una permanente disolución resbaladiza. La posesión, luego, implica la renuncia a esta simultaneidad. El beso es un acto de iniciación que sigue las leyes de la despedida.

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