Carlos Droguett
Carlos Droguett (FOTO La Tercera)

A propósito de un taller sobre literatura chilena –que tomo en línea desde aquí, desde México, con puros chilenos: el profesor chileno, los alumnos chilenos, los organizadores chilenos, y eso es estupendo, porque hay diálogos que no termino de entender y, por tanto, compongo e invento como un idioma nuevo (una metáfora lo que debería ser realmente un taller literario)–, releo al olvidado Carlos Droguett (Santiago de Chile, 1912-Berna, Suiza, 1996).

Lo conocí a principios de siglo, en la universidad, por un compañero que me pasó en fotocopias Patas de perro, esa novela siniestra, kafkiana, rara en una república de las letras como la nuestra. Empecé el libro en un receso de clases de la mañana y no entré a ninguna clase posterior. Aún me veo a mí mismo leyendo, en una mesa de la diminuta biblioteca de la facultad, deslumbrado y dolido no tanto por Bobi, el niño que nace con patas de perro y que se instala como una monstruosidad esperanzadora en el panorama santiaguino de mediados de los años sesenta, sino por el narrador, Carlos, que se siente y se cree solo, pero cuya verdadera soledad se le viene encima después, como una amenaza; y para hacerle frente a esa amenaza, adopta a Bobi, mitad perro, mitad muchacho, con el fin engendrar una intimidad protectora con ese, con eso, y no consigo mismo.

Revisando adicionalmente, para el taller, algunos pasajes de Eloy (el monólogo de un bandolero real, Eleonoro Hernández Astudillo, el Ñato Eloy), de El compadre (el monólogo de un carpintero, borracho en lo alto de un andamio) o de Los asesinados del Seguro Obrero (el monólogo del testigo de un hecho real: la masacre de más de 60 jóvenes “nacistas” el 5 de septiembre de 1938 en un edificio cercano a La Moneda), se advierte a un Droguett que, como subtexto, está escarbando en los eventos y las tramas en pos de una sola cosa: construirse un idioma.

Eso perpetran finalmente los grandes escritores: construir un idioma que pueda dar cuenta, con una modulación tan propia como su huella digital, de los temas que le obsesionan. Y a Carlos Droguett parece interesarle una sola cosa: el momento en que la violencia, en estado latente, estalla en el Chile de todas las épocas.

Para arropar ese motivo, su modo de narrar es nervioso, despeñado, con poquísimos puntos seguidos o aparte, y un abuso funcional de comas, anáforas y de la más insigne de las conjunciones copulativas: y. En esas reiteraciones se asoma la intención de conectar un testimonio con una emoción, una emoción con un recuerdo, un recuerdo con un dato histórico. “Estaban deteniendo y controlando a los que pasaban. Un sargento me cruzó el cañón en el pecho. No se pasa por aquí, no se puede, y señaló las metralletas que estaban descargando. Una cantidad de metralletas, una cantidad de cajas de balas. Me sonreí apenas, comenzando a palidecer, mirando todas esas cajas, cientos, miles, millones de balas, para estar disparando sin parar día y noche, hasta el próximo invierno, y era recién la primavera que empezaba”, se puede leer en Los asesinados del Seguro Obrero. Y en Eloy: “No, no le vio la cara, no le interesaba la cara, solo se informó que olía a whisky, a perfume, a pudrición y que tenía el sombrero puesto, muy bien puesto, listo para salir de su casa o de su oficio, cuando se le acercó sonreía con esclavitud profesional y servicial, deseando anudar una repentina y tenebrosa amistad había pretendido cogerlo del brazo, para huir con él y de él”.

Las especies que se huelen en esos platos fuertes de Droguett son Proust; son Joyce y Faulkner, por supuesto, a quienes Droguett leyó para aprender a fabricar literatura de verdad –que no es menos, o más, que un contenido al servicio de una forma–; y también, como él mismo lo señaló, la Biblia, infinita en registros literarios. Esa respiración es propia de todos sus textos, ficcionales o periodísticos, y es la melodía tocada en todos los tonos menores posibles, lúgubres, melancólicos, poco redentores, característicos de su prosa.

Patas de perro, eso sí, agrega un asunto a su obra, ideológico más que temático: que para una sociedad como la del Chile de los sesenta –década profética de lo que luego ocurrirá, y que el mismo Carlos Droguett dejará testificado en Matar a los viejos– lo monstruoso se encuentra en la ternura, en el cobijo, en lo edificante del amor; mientras que lo regular, en una vertical y opresiva sociedad que seguimos alimentando con una inclinación de cabeza porque “es lo que toca”: “Oh, padre, padre, me decía y no olvido, ¿por qué fuiste a comprarlas, por qué lo hiciste? Y la idea de él era que, materialmente, yo, mi cuerpo, mis piernas, mi boca, mis manos, mis pensamientos, mis monedas, mi voluntad, mi amor, mi odio, todo yo completamente, había caminado hasta la zapatería de don Cosme para comprarle las botas, ¡esas botas para esconderme dentro!, sollozaba y tornaba a remecerme las piernas. ¿Por qué tengo que esconderme, qué tenemos que esconder tú y yo? ¿No es hermoso todo esto, no tenemos tú y yo, padre, que hacerlo hermoso? ¿No es ése nuestro pacto?”

¿Qué significa realmente una civilización, un sistema social?, se pregunta uno tras leer la historia, en Patas de perro, de esas dos soledades que se encuentran solo para hacerse más daño al momento de la separación. Después de darle vueltas y vueltas, no queda más remedio que parafrasear una explicación psicoanalítica parcial: un orden simbólico no tiene otro sentido que regular los impulsos naturales de los individuos. Pero esos impulsos a veces son los de amar; a veces son los de encontrarse teniendo como factor común la deformidad; a veces son los de luchar por una existencia más digna. Bueno, pues eso también se reprime, parece denunciar Carlos Droguett.

La editorial de la Universidad Diego Portales hará circular pronto una nueva edición de Patas de perro. Enhorabuena. Que ojalá se reedite todo lo demás para poder droguettizar la literatura latinoamericana, tan necesitada de idiomas originales en estos días.

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Felipe Ríos Baeza (Santiago de Chile, 1981). Escritor, comunicólogo social y doctor en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Es autor del volumen de cuentos Satori (2018) y de las novelas Clowns (2016) e Infectados (próxima aparición: 2020). Ha publicado, además, El texto desbordado. Aproximaciones contemporáneas al fenómeno literario y artístico (2019); El desvarío ilustrado. Ensayos sobre literatura hispanoamericana contemporánea (2014) y los dos volúmenes de Roberto Bolaño: una narrativa en el margen (2013 y 2016), entre otros libros académicos. Se ha desempeñado como profesor e investigador en varias instituciones de educación superior, en materias de literatura, cine, filosofía y estética, además de escribir y coordinar libros críticos dedicados a autores contemporáneos como Enrique Vila-Matas, César Aira y Juan Villoro, entre otros.

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