Pablo Baler

Pablo Baler es una de las sensibilidades, una de las energías pensantes y creativas más diferentes y personales que conozco y Chabrancán (Ediciones del Camino, Buenos Aires, 2020) no es solamente su mejor obra narrativa sino también, debido a su impresionante originalidad, a la audacia de su apuesta y a la potencia lírica que consigue, una de las novelas más significativas que he leído en la narrativa argentina de los últimos años. Chabrancán es de absoluta actualidad pese a no parecerse a nada y a pesar de ser un poco imposible de encasillar, incluso como novela poética.

La obra narrativa de Baler viene teniendo obsesiones parecidas a las de su obra como crítico. Solo remitiéndome a algunos adjetivos que podría inventar para sus obras anteriores surgen esas obsesiones: en los años noventa publicó una novela que yo calificaría como “gore-budista-tibetana”, una especie de loco combate gore en medio del Tibet, titulada con un latinazgo: Circa (el anacoluto es una de las grades figuras creativas de Baler). En la década siguiente, Baler publica un tomo de cuentos que calificaría como minimalista-exótico, también fuertemente delirante: La burocracia mandarina. Y ahora aparece Chabrancán.

En toda esta ficción, y también en sus preocupaciones como crítico de arte y literatura, se ve un interés por cómo construir mundos que son tan sólidos como absurdos; yo diría cómo lidiar con el absurdo y el sinsentido de la especie humana y de lo que la especie humana ha construido sobre la Tierra; cómo construir mundos que por un lado tienen una lógica enormemente sólida pero por otro, están lidiando con la conciencia de ese absurdo. La conciencia de lo absurdo que es lo humano es constante en la obra de Baler.

Otra obsesión concomitante es el amor por lo monstruoso, lo esperpéntico, por nuestros congéneres de especie, las y los congéneres de esta especie humana que siempre de algún modo somos eso doliente y monstruoso, esperpéntico… “Monitos de Darwin”, decía Vallejo. La obra de Baler está repleta de monstruos y esperpentos que además son gente muy sensible y se vuelve muy querible en sus ficciones, conmueven porque son absolutamente ineficaces e ineficientes para funcionar con las reglas de este mundo. Este es otro elemento que se repite en la obra de Baler, y en Chabrancán, con la dupla de dos personajes como Otis y Sonia, llega a su máxima expresión.

En igual sentido, también se ve en Chabrancán una fascinación profunda por la carne, por el erotismo, pero es un erotismo que yo describiría como intempestivo, hay algo que lo libera fuertemente del erotismo normalizado. Es un erotismo sin canon representativo que lo pueda fijar. En la novela hay una relación sexual apoteótica que finalmente ocurre, la tensión erótica acumulada estalla en la escena que estamos esperando y no defrauda en cuanto a los cuerpos y en cuanto a la carne que se arriesga en la escritura; no defrauda pero sí descoloca porque son cuerpos que tienen ellos mismos siempre algo desubicado, algo monstruosamente excesivo, entonces ese erotismo difícilmente se deja fijar en los lenguajes estereotipados sobre sexo que inundan hoy la literatura y el lenguaje audiovisual. Es un erotismo extrañado y extrañante.

El otro elemento que recorre la obra de Pablo Baler es el deseo inagotable; una especie de voluntad de afirmar la fiebre de estar vivo, viva, pese al absurdo. Y aquí me detengo en el título, Chabrancán. Es un título enormemente porteño, un título muy bizarro que los porteños desciframos enseguida: chabrancán / abrancancha. El “abran cancha” puesto al revés, “al vesre” como decimos en lunfardo, nuestra jerga popular tanguera. “¡Abran cancha!” es un grito de afirmación, córranse que acá vengo, ábranme paso que conmigo no van a poder. Hace mucho tiempo que Baler combate el horror que es este mundo con la afirmación deseante del “abrancancha”, de un arte que irrumpe y que apuesta por abrirse cancha solo.

Leer Chabrancán fue una de mis grandes experiencias en este año tan raro. Lo leí en tiempos de encierro, cuando no tenía concentración para leer nada en medio de esta sensación de fin de mundo, y me atrapó. Cuando ha terminado de quedar brutalmente claro que el planeta no puede seguir siendo así de maltratado, Chabrancán se me impone como novela. Si bien la trama fuerte de Chabrancán transcurre en Buenos Aires y también en Córdoba, es decir en Argentina, la novela es una especie de cóagulo global, hay un momento donde trasciende toda frontera como trasciende toda frontera el desastre, el desastre ecológico y de fin del mundo que cuenta el libro y que también está ocurriendo lenta pero implacablemente en este momento, a menos que cambiemos algo… Y así, en el mundo detenido, en el mundo real agonizante en el que la novela llegó a mi casa mientras el virus avanzaba y yo me sentía una hormiguita de la especie humana guardada en mi refugio día y noche, leo Chabrancán, que es un relato sobre el apocalipsis entre otras cosas, y para gran asombro mío, en vez de angustiarme, siento algo reparador, me zambullo en esta ficción.

Imagen de cubierta de ‘Chabrancán’, de Pablo Baler, Ediciones del Camino, Buenos Aires, 2020

Voy a anotar aquí algunos fragmentos de emails que le fui escribiendo a Pablo mientras leía. No es contar el final decir que en esta novela se relata el fin del mundo, en parte porque este dato se sabe desde el principio y en parte porque, paradójicamente, la novela tampoco termina así. Le escribí a Pablo:

Acabo de terminar de asistir al apocalipsis. Tu apocalipsis es como el Aleph de Borges, sólo que la letra Aleph se vuelve última, no primera. El fin de mundo está antecedido por una sucesión de microrelatos simultáneos que a veces son poemas. Sigo pensando que esta es tu mejor novela y ahora estoy pensando que es uno de los libros más significativos de la literatura argentina de los últimos diez años. Me pregunto por qué transitar como lectora por el apocalipsis en un momento como este, me pregunto por qué no me desespera, no me llena de angustia. Al contrario, frente a toda la ansiedad que he venido sintiendo esta semana, leer esto me tranquilizó, me dio una especie de resignación necesaria porque me conectó con la belleza, la belleza de un final, y me dejó reír, me reí con vos. Tu voz narrativa se ríe mucho del mundo que termina, me reí de que festejemos esta sociedad del espectáculo que se ha construido, este capitalismo demencial, pero también me reí del arte como te reís vos, y como vos, festejé que el arte exista. Arte, capitalismo y espectáculo son los tres mundos que mueren eufóricos y de pie en tu libro, con una dignidad que pese a todo arma sentido. Pablo Baler, escribiste una novela humanista, finalmente, el único humanismo que se puede sostener hoy. Lo que David Foster dice sobre este libro es cierto: “el único tipo de escritura apocalíptica que la Argentina podría hoy legítimamente permitirse”. David Foster entendía como nadie este cachivache mutlicultural y diaspórico que es ser un argentino, o mejor un porteño; y si el porteño es judío, ni te cuento.

Quiero extender esta idea de Foster. Cuando él hablaba de la única escritura apocalíptica que la Argentina podría hoy legítimamente permitirse, me parece que se refería a la oposición apocalípticos / integrados de Umberto Eco. En el apocalipsis eufórico que narra Pablo Baler hay una crítica feroz a los medios de comunicación y a la estupidez masiva, por supuesto, y en ese sentido de Eco es apocalíptico (y en otros sentidos también). Pero, además, Chabrancán cuenta un apocalipsis de verdad. Y aunque su actitud apocalíptica respecto de lo que podríamos llamar, de modo muy general, “la cultura popular” esté en Baler, al mismo tiempo aparece enlazada con una gran fascinación por la fuerza y la potencia de un deseo y una verdad masivos y populares; eso es lo paradójico: hay una mirada apocalíptica pero no exactamente aristocrática, hay una mezcla muy extraña de respeto y de desprecio, todo a la vez, por las masas, por la estupidez humana y por la belleza humana.

Quiero terminar mencionando al para mí gran personaje de este libro, donde se ve muchísimo esta construcción entre despectiva, admirada, amante y paródica: la desbordante Sonia. Los dos protagonistas, Sonia y Otis, son perdedores ridículos, grandes losers, con sus cuerpos monstruosos por diferentes motivos, definitivamente fracasados. Y son entrañables. Hacen reír y apabullan. Los dos desean con un exceso extraordinario. Lo que salva al erotismo de Baler de repetir los ticks codificados del sexo en la narrativa es el exceso extraordinario del deseo. El exceso del deseo de Otis por Sonia, pero también de un deseo que en Sonia va mucho más allá. Sonia es antes y sobre todo el deseo vital del “¡abran cancha!”, de un cuerpo y una cabeza y una voluntad que no se rinden jamás y yo creo que ahí hay una utopía masculina muy bella respecto de la posibilidad de salvación que podemos traer las mujeres al mundo, como si fuéramos una especie de territorio ubérrimo, territorio de producción y de sentidos nuevos, de sentidos que logren salvar del capitalismo y del patriarcado.

No creo que esto tenga un asidero racional ni me parece un programa feminista, creo que esto es atribuirles a las mujeres una responsabilidad enorme, la contracara masculina, en realidad, de considerarlas menores de edad sin criterio o las culpables del mal en el mundo como Eva. De todos modos, es cierto que el mundo hasta acá lo hicieron los hombres y francamente el resultado es un desastre, aunque también es dolorosamente cierto que las mujeres hemos sido muchas veces cómplices de nuestra propia opresión y como feminista me parece importante reflexionar críticamente sobre eso. Por eso no creo que sea un programa político esa utopía de que nuestro deseo contiene de por sí la salvación del mundo. Sin embargo, sí creo que es un tópico artísticamente hermoso. Ahí hay una apuesta y esa apuesta me contagia porque es pura voluntad vital del hombre que lo imagina; es el deseo de que algo nuestro, algo de mujeres, algo en ese cuerpo, en esa voluntad, en esa autonomía desbordante de Sonia abriendo cancha y arrasando límites (incluso el de la comprensión del logos, el del científico poeta que trata de estudiarla en la novela)…, algo de nuestra posible autonomía salve a la humanidad.

Rescato, en ese sentido, una relación entre Chabrancán y un cuento de Las cosmicómicas de Italo Calvino, “Todo en un punto”, donde Calvino imagina el big bang, el origen del universo, como una gran mujer de senos enormes que está metida en el punto primigenio que va a estallar, rodeada de hombres enamorados de ella y a los cuales disfruta de satisfacer inagotablemente; de pronto, en lo que Calvino llama “uno slancio di amore generale” (un impulso de amor al todo), ella exclama: “¡Ragazzi, si tuviera un poco de espacio, cómo me gustaría amasarles tallarines!” y en ese lanzamiento de deseo de dar estalla el big bang, el punto explota, el universo nace. Calvino se imaginó el nacimiento del universo como el deseo de dar de una mujer y Pablo Baler ahora se imagina el apocalipsis como un loop donde todo recomenzará a partir de una mujer. Lo que queda, terminada la humanidad, es la materia misteriosa de Sonia en un tubo de ensayo al que se aferró Otis (y tal vez por eso sobrevivió) y la propia Sonia, su mirada hacia el horizonte más allá del mar que sigue pidiendo que abran cancha, sigue diciendo: ¡chabrancán, chabrancán!

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ELSA DRUCAROFF
Elsa Drucaroff (Buenos Aires, 1957). Escritora, profesora y crítica argentina. Es profesora en Letras y doctora en Ciencias Sociales. ​Investiga y enseña literatura argentina contemporánea y teoría y crítica literarias en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y ejerce ocasionalmente el periodismo cultural.​ Sus obras de ficción, entre las que destacan el libro de relatos Checkpoint y la novela El último caso de Rodolfo Walsh, cruzan géneros populares como la novela de aventuras, el policial o el melodrama con la novela histórica.
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