Mike Porcel

Bien lo sabemos: la historia es un círculo que espanta. Nuestra incapacidad para aprender algo frente a los eventos hace mucho que es penosa. Así estamos. Se nos han ido ocho décadas desde que terminara la Segunda Guerra Mundial y tres desde que cayera Berlín. Sin embargo, aquellos totalitarismos que prometimos desaparecer entre la conferencia de Potsdam (1945) y el beso imaginario de George H. W. Bush y Gorbachov (1989), han sido capaces de reinventarse una y otra vez. Tanto de un lado como del otro del espectro político, los Gobiernos nacionalistas capitalizan siempre una fantasía que no pierde su efectividad y prende como pólvora entre acólitos: la de matar por amor.

Claro que los asesinatos no son siempre físicos. No tienen que serlo y, de hecho, esa no desaparición del cuerpo deviene a veces la más extrema crueldad. Condenar a la no existencia a un cuerpo que camina es el peor de los agravios si se le adereza con la gente que cruza la calle, el álbum de fotos del que te remueven, el cartel del que borran tu nombre, la radio que no te dice, el fuego que todo lo devora sobre la página… Así lo saben los censores y por eso patean; pero no matan.

Hace algunos años aprendí, entrando y saliendo vertiginosa de iglesias en Varsovia, que el corazón de Chopin descansaba en una de ellas (la Iglesia de la Santa Cruz) mientras que su cuerpo descorazonado había quedado (por voluntad escrita del compositor) en el cementerio francés de Père-Lachaise. Necesité un momento largo para procesar aquella información. Sobre todo, cuando ya leyendo catálogos, entradas de Google, libros que fueron apareciendo en los próximos meses, supe que si Chopin se había radicado en París, si había (otra vez por voluntad propia) decidido ser un exiliado político, fue porque resolvió que no obedecería a las regulaciones que el zar ruso había impuesto sobre Polonia. Una Polonia que, mientras él viajaba ofreciendo conciertos por Europa, fue dominada por el expansivo y gigante imperio del Este. Chopin no renovó su pasaporte en la embajada rusa de Francia y fue así como perdió la posibilidad de regresar legalmente a su país.

Rumié durante meses la idea de aquel corazón encapsulado y eterno dentro de una urna de mármol; pero a la vez tan lejos de su cuerpo… Lo hice como quien piensa en lo poderoso de algunos ejercicios de resistencia. En el peso de la dignidad. Y finalmente en el amor por un pedazo de tierra que, aunque lo expulsara, tuvo la paciencia de esperar por su regreso. Chopin, siendo un trozo de masa muerta y diseca al interior de una piedra ha sabido servir como resorte que activa la memoria de los vivos.

Pensé en los ecos de todo esto. En mis años sin pasaporte o en cómo, cuando lo tuve, me lo devolvían de aquella oficina de intereses/embajada con un sello atroz que negaba mis regresos. Pensé en mis muertos y escuché a Chopin con una intensidad que todavía no termina. También lo olvidé todo hasta hace unos días cuando pude ver el documental Sueños al pairo de los realizadores José Luis Aparicio y Fernando Fraguela.

Reseñar este documental se ha convertido en una obsesión parecida a aquella de entender el porqué del corazón de Chopin petrificado y solo en Polonia. Y la razón descansa en los diez últimos segundos del material. En un Mike Porcel que mira fijo a la cámara para decirnos: “Y aunque he sido feliz / pienso en ti” y luego, sin ambages, sostiene largamente esa mirada.

Mike Porcel interpelando desde la pantalla y declarando que carece de rencor, viene a recordarnos al poeta exiliado Jorge Valls cuando, en íntima conversación con expresos políticos cubanos como él, aseguraba: “Yo renuncio a mi cuota de venganza”. Ese hombre que circularmente canta su enorme tema “Diario” es el mismo a quien durante la historia que nos va narrando el filme casi podemos tocar; el mismo a quien sentimos acorralado entre el golpe y la conga de un pueblo enardecido en su portal durante la semana más larga de su vida.

Y es que su cuerpo está a punto de convertirse en tambor de feria, uno sobre el que impondrán un beat contagioso que entonan los festivos golpeadores. Compañeros y vecinos que acompañan con manos alzadas en gesto de expulsión un corito que repite ¡pa’llá! (corneta china, cuerpo de Mike a punto de ser arrancado de las entrañas de su casa), ¡pa’llá! (corneta china, cuerpo de Mike resistiendo tras las puertas), ¡pa’llá! porque ¡Pim pom fuera, abajo la gusanera!…

Siete son los días que dura el acoso; siete jornadas las de la conga golpeadora que se retira sin poder hacerse con la piel de Mike para el tambor; siete noches de insomnio para la familia Porcel hasta que el beat del pueblo es intercambiado por las cuerdas melodiosas de un Movimiento de la Nueva Trova que escribe y desliza cartas, que injuria con Martí de parapeto, que cuestiona hombrías y deberes para con la historia. Es entonces que resulta importante recordar que la guitarra, además de instrumento de cuerdas, lo es también de percusión; que sobre ella, con ella, se producen beats igual de golpistas y armoniosos, que llegado el caso puede transmutarse y ser arma de defensa o ataque.

Y todo esto lo aprendemos pronto en el documental Sueños al pairo. Uno para el cual Carlos Alfonso, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Argelia Fragoso y Alberto Falla se negaron a conceder entrevistas. Pero el mismo donde Pedro Luis Ferrer, Frank Fernández, Ángel Vázquez Millares, Amaury Pérez, Frank Delgado, José María Vitier y Daniel García Rangel contaron a retazos el cómo y el porqué intentaron, políticos y censores, hacernos olvidar a Mike Porcel en la isla de Cuba.

La narrativa que se proponen reconstruir Aparicio y Fraguela tiene efectivamente a Porcel como centro. Un centro fácil de imaginar como rosetón medieval, si no fuera por el inconveniente de que está incompleto. Y así lo admiten los propios realizadores al concedernos la lista de ausentes por motu proprio (ya mencionados) y también por lo que asumo debió ser harto complicado en sus logísticas: entrevistar a los colegas que, como Mike, viven en otros enclaves de la diáspora.

Dejando a un lado esos silencios, voluntarios y no, toca entonces celebrar Sueños al pairo como lo que es: un excelente documento de arqueología (en tanto desentierra) y de etnografía política y musical (en cuanto describe y de manera autónoma explica). Las herramientas que sirven para construir lo anterior son: un monólogo con voz en off de Mike Porcel, los relatos de los entrevistados, las piezas de archivo que los directores curaron y una banda sonora que no podría ser otra que los textos y la música del propio compositor. La polifonía es el resultado final que se autopresenta como secuencia de interrupciones, yuxtaposiciones o, en algunos casos, como palimpsesto en donde la imagen es desvelada por la música y viceversa.

Los discursos de Fidel Castro en la Plaza van dando paso a las memorias de Porcel, a las intervenciones equilibradas de un José María Vitier, un Ángel Vázquez Millares o un Frank Delgado; a las muy cobardes de un Frank Fernández; a las de un desmemoriado, confundido y atemorizado Pedro Luis Ferrer; o a las todavía dolidas de un Daniel García Rangel, quien termina por quebrarse frente a la cámara. La foto, cual polaroid, va haciéndose cada vez más intensa, más colorida a pesar del blanco y negro.

Y ese golpe de color sucede como una pieza tocada a cuatro manos por Mike Porcel y Amaury Pérez. Escuchamos de nuevo “Abril” y de nuevo “Mucho, señora, daría” –esas geniales colaboraciones con que ambos músicos iluminaran, antes del horror, a Martí. Pero esta vez no es disco de la EGREM sino testimonio.

Pérez cuenta de ostracismos, de saludos escamoteados, de penitencias injustas y de adjetivos propinados por otros de su mismo gremio si Mike no ponía tumbadoras y bongós en sus arreglos. Porcel nos pone al día de cómo entró a formar parte del Grupo Dada; de bajo qué apuestas estéticas fundó junto a Carlos Alfonso la banda de rock progresivo Síntesis; de los años haciendo música para Teatro Estudio; de la fundamental experiencia junto a Carlos Ruiz de la Tejera y José Antonio Rodríguez llamada Que hablen los poetas y también de los intentos de derribo de las puertas de su casa en 1980 cuando quiso salir del país; de su hijo sin acceso a la educación pública y de los años (nueve) tocando el órgano de la iglesia habanera de San Antonio de Padua. Finalmente nos hablan los dos, de cómo es el presente de Porcel en Miami. Amaury desde lo que intuye y Mike desde lo que experimenta.

Un Pérez que es pura expresión corporal, que, aunque ciego de spotlights y totalmente restituido por el poder, tiene la decencia de recordar. Un Porcel que habla bajo y dice sus palabras como versos –sin ignorar que ha sido sepultado una y otra vez por ese mismo poder que al amigo sobrecompensa–, tiene la generosidad de no sentir rencor.

Hay allí atisbo de lección para una Cuba que late lejos, una que quizá esté escondida al interior de aquel mármol en la Iglesia de la Santa Cruz de Varsovia donde un corazón sin cuerpo renuncia a su cuota de venganza.

Colabora con nuestro trabajo
Somos una asociación civil de carácter no lucrativo, que tiene por objeto principal la promoción y fomento educativo, cultural y artístico. En Rialta nos esforzamos por trabajar con el mayor rigor profesional en la gestión, procesamiento, edición y publicación de los contenidos y la información. Todos nuestros contenidos web son de acceso libre y gratuito. Cualquier contribución es muy valiosa para nuestro futuro.
¿Quieres (y puedes) apoyarnos? Da clic aquí.
¿Tienes otras ideas para ayudarnos? Escríbenos al correo rialta@rialta.org.
Comentarios
guest
0 Comentarios
Inline Feedbacks
View all comments