Luis Manuel Otero Alcántara (FOTO Orlando García García)

Mi madre, que vive en Cuba, me visitaba en Puerto Rico y la filmé mientras le decía con voz seria: “Mamá, voy a luchar por la libertad de Cuba”. Lo repetía, justificando mi decisión en no haber hecho nunca por tal causa. Mi madre, primero entre risas, me decía que parara, su nerviosismo crecía. “Ay, Javier –decía–, ¿por qué tú me mortificas?”. Cada nueva frase era una justificación del miedo anterior. Cada miedo anidado en el miedo anterior lo superaba. La seguía por la casa. Su corazón no es el más fuerte: debí parar.

La película se hacía sola: seguir a mi mamá y cada momento generaba el siguiente. Le recriminé dulcemente: ¿cómo no se daba cuenta de la tremenda película que teníamos en las manos? Sin guion, sin actores, no había que construir nada, no una idea detrás molestando, sino la expresión vívida y natural de los efectos de una ideología. Todo estaba dado, el conflicto era real. Se llamaría “Una película por la libertad de Cuba”.

Hoy deshojo la indiferencia, el miedo. No me leas, mamá, o tómate antes el anticoagulante. A mí también se me espesa la sangre con todo lo que pasa en Cuba, lo que sigue pasando. Bien sabes que no poseo el interés real de luchar por la libertad de Cuba, no me consume. Tampoco tengo los cojones. Pienso que es de mártires pasarse esta breve existencia dándose de cabeza contra un Gobierno que los aplasta. No podría, aunque siempre he admirado a quienes lo intentan, y me apena que sacrifiquen de ese modo sus vidas. Pues no hay concepto más lejano para mí que la patria. Ella no vive en mí ni yo en ella. Así como no veo en las banderas más que trapos, feos ídolos.

En videollamada con el querido Orlando Luis Pardo necesité de algún modo disculparme con él por no haberme nunca interesado el asunto. Siempre cariñoso, fue más que compasivo, y me dijo que si yo no “vibraba” con eso estaba ok. Pero a Luisma no lo deben estar tratando bien ahora mismo. No lo deben estar tratando con respeto, lo deben estar tratando como un perro maltratado en Cuba. Y el que no vibra con eso no vibra con nada.

Lo siento, mamá, pero, ¿cómo no decir de Luisma? ¿Es posible tener voz y no usarla en este momento? No valen hoy los deseos de ser “el más desconocido de los hombres”, de aislarme en la escritura de las formas de mi pensamiento. Siempre creí que el arte empaña su brillo cuando sale del individuo y se mezcla en asuntos sociales, pero no es posible mantener un arte tan aséptico sin que una estructura moral se conmueva. Todos estamos involucrados.

Israel Domínguez representa para mí un arquetipo de lo justo. Él va a pesar/medir la bondad de nubes en cielos de algún día. Quiero ser bueno a los ojos del mundo, pero me interesa particularmente serlo ante los ojos de Israel, y no puedo sentirme bueno sin decir hoy de Luisma. Hace un tiempo le escribí un saludo: “Mis respetos, hermano. Abrazos y bendiciones”. ¿Cómo virar entonces la cara y no hacer nada? ¿Cómo no responsabilizar a Alpidio Alonso y a Fernando Rojas, quienes permiten que lo machuquen y no hacen nada? ¿Qué han hecho por ayudarlo a viabilizar la urgente necesidad que tiene de expresarse?

Y en mi cabeza siempre la misma pregunta: ¿por qué pinga José Daniel Ferrer, las Damas de Blanco? ¿Por qué pinga el querido Amaury Pacheco, Miguel Coyula? ¿Por qué pinga Rafael Almanza, Ramón Rigal, Ayda Expósito? Un montón de por qué pingas se atropellan, leche sale de mis oídos, una que no preña, la leche muerta de la incomprensión a la desidia y la injusticia que ustedes representan.

Después de seis años sin que me permitieran ir a ver a mi familia en Cuba envié un breve email a Fernando Rojas, con una petición para entrar, diciendo que yo nunca me había metido en política. No me contestó pero luego me fue concedido el permiso. El regreso a Cuba estuvo signado por mi bajeza. Y es que en Cuba todo el mundo está siempre sacrificando algo. Ustedes son los arcángeles de la desesperación y de la asfixia.

Luisma debería estar en su casa ahora mismo, y no pasando esta noche en un lugar oscuro y húmedo. Ya bastante difícil es simplemente existir en Cuba. Alpidio, toma acción o renuncia, hazlo por Israel, rescata y pon en vilo ese sentimiento de bondad que sabes Israel provoca, apriétalo en la mano hasta el Vivac o tu escritorio y haz una llamada, firma algo. Admiraría tu gesto, compartiríamos cervezas. Pero en este momento no puedo compartir ni un café contigo, así como Luisma no debería aceptarme una cerveza si no dijera yo de él en esta noche.

Hoy me persigue esta frase: “Ver un crimen en calma es cometerlo”. Yo quisiera volver a mi sueño, a la tranquilidad de mi vida con mi esposa y mi hija, a mi gula y mi acidez estomacal, a casi no leer noticias, pero hoy me persigue esa frase. Ustedes, representantes de un Gobierno que oprime a los suyos, han despertado en mí lo indespertable. Alpidio, ayúdame a regresar a mi indiferencia sabiendo que todo está resuelto, déjame soñar con que estamos riéndonos tú, yo, Luisma y tomando cervezas, que en cierto momento le pones la mano en el hombro para pedirle disculpas, y yo me alejo un poco para darles espacio, y Luisma te dice que no pasa nada, pues no guarda rencores. Y aunque estoy a unos metros entiendo que la disculpa es sincera y es pura, y desde arriba un concepto Israel asiente complacido.

Mi esposa duerme a mi lado. “Que la luz divina te acompañe y tu acto sea para bien”, me dice cuando le comunico mi propósito de decir de Luisma. Ella sabe mucho del bien, trabaja con mujeres y niños maltratados. Siempre le agradezco tanto por su misión de vida sin dejar de pensar en que no hago yo nada por nadie, sólo por la vida de las palabras. Guiado por la cercana luz de mi esposa, te escribo desde el amor, Alpidio, sólo esperando que algún día no termines por despreciarte a ti mismo. “Haz algo por la salvación de tu alma, para que todo tu barro, toda tu escoria puedan sucumbir al fuego, hasta que el fuego no sea haga mas que luz. No se haga más que luz”.

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