Xavier Carbonell (FOTO Elena Nazco para 14 y Medio)
Xavier Carbonell (FOTO Elena Nazco para 14 y Medio)

Xavier Carbonell es un joven novelista cubano que nació en Camajuaní en 1995, un pueblo de mediano tamaño del norte de la antigua provincia de Las Villas, ahora Villa Clara. Se encuentra como a 30 kilómetros de Santa Clara, capital de provincia y en la vecindad de otros pueblos similares, corno Sagua la Grande, Remedios, y Caibarién. Era, antes de la catástrofe castrista, una región rica en azúcar y pesca, además de otras industrias, como la Fundición de Acero de McFarland, en Sagua. Tenía un abarcador programa de educación, con institutos de segunda enseñanza, primero en Santa Clara, luego también en Sagua, Remedios, y Caibarién. En los años cincuenta del siglo pasado se fundó la Universidad Central de Las Villas, en Santa Clara. De Sagua habían salido, aparte del gran pintor Wifredo Lam, escritores e intelectuales de la talla de Jorge Mañach, Carlos Loveira, Enrique Labrador Ruiz, y Carlos Franqui. No debe sorprender que, aún en la estela de esa profusión cultural, surja un escritor tan prometedor como Carbonell. No pocos escritores cubanos provienen del “interior”, como les decimos a las provincias: Nicolás Guillén y Severo Sarduy de Camagüey, Guillermo Cabrera Infante de Oriente, aunque a la larga recalaran en La Habana.

Carbonell estudió filología en la Universidad Central de Las Villas. Luego trabajó en una editorial y en una revista, ganando además un premio local con su primera novela, El libro de mis muertos. Se afilió a SIGNIS, una Asociación Católica Mundial para la Comunicación, que lo envió primero al Ecuador y luego a la India, donde perfeccionó su inglés, que había estudiado en Cuba. De regreso a la Isla, presentó El final del juego, que había escrito en la Universidad, al Premio Italo Calvino, otorgado por la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (por casualidad Calvino había nacido en Cuba, de ahí el Premio). De ganar, la novela sería publicada en Cuba. Al no recibir respuesta por un año, envió el manuscrito a España, para postular por el Premio Ciudad de Salamanca. Recibió noticia el mismo día de que había ganado ambos premios. Para enojo de la UNEAC optó por el español, que lo llevó, con su esposa, a Salamanca, donde ahora residen, con la intención de quedarse. Tiene otra novela terminada, y nuevas en camino. Pienso que Carbonell va a ser fecundo.

El título de El fin del juego (Ediciones del Viento, La Coruña, 2021) trae a la mente dos libros: la colección de cuentos de Julio Cortázar, Final del juego (1956), y el notorio poemario de Heberto Padilla Fuera del juego (1968). La novela difiere mucho del libro de Cortázar, y tiene afinidades con el de Padilla. Aparte del título, hay muchas referencias a juegos, y uno de los protagonistas, Ezequiel Chong es aficionado al ajedrez, que juega con el joven escritor Sergio. (Hay en esto reminiscencias de Borges y de Lezama, según veremos). Pero el fin del juego no es solo la conclusión del mismo, y en esto se aparta del elemento lúdico cortazariano, sino la razón o propósito de este. “Juego” es así existencial, no divertimiento, es la vida. ¿Cuál es el fin de la vida? La muerte, claro, pero ¿y su sentido? El enigma de unos grabados que Sergio quiere resolver lo crea Chong para que Sergio tenga algo que hacer, algo que lo ocupe. Carbonell logra fundir a Borges y Lezama, algo muy difícil de hacer.

En cuanto a Padilla, no hay duda de que los personajes se encuentran atrapados en el sistema de vigilancia minucioso de la dictadura castrista –el juego del que se quiere excluir el poeta–. Pero aquí ese juego se ve por dentro, con todas sus contradicciones y sobre todo la corrupción interna de que adolece. Los vigilantes también están enfrascados en un surtido de delaciones mutuas. Ellos buscan también el fin, el sentido de sus vidas. La chivatería que predomina entre ellos consiste en reglas alternativas pero inherentes a sus profesiones, que los definen. (No hay poco aquí de La fiesta vigilada de Antonio José Ponte). Pero el juego de Padilla es la presencia más relevante. La delación es la forma narrativa prevaleciente entre los personajes de El fin del juego; la denuncia a una poderosa autoridad superior que adquiere existencia en sí misma por esa función, ser el destino, el fin, de la información chivateada.

La narrativa global de El fin del juego es absorbente; la prosa clara, irónica y humorística, pero no en demasía como en Guillermo Cabrera Infante. La novela es algo detectivesca, pero supera ese género; este no es un libro menor que se adhiere a un género popular. Esto es literatura, en el sentido serio y profundo de la palabra. El libro se va a incorporar a lo que llamaríamos el canon cubano, y más allá.

Sergio, el joven protagonista, es profesor en la Universidad y escritor. Su novia, Paula, le pasa un sobre con diez y seis litografías que ha conseguido en una atiborrada tienda de antigüedades –un “laberinto,” y aquí empiezan los ecos de Borges–. No sabe qué son ni de dónde provienen, ni tampoco si componen una narración. Cada una encabeza los diez y seis capítulos de la novela, cuyo epígrafe es del poeta Eliseo Diego (que, según una “Nota final,” también había sido fascinado por esas viñetas de José Severino Boloña, célebre impresor de Cuba colonial). Encontrar el origen y sentido de los grabados se convierte en la obsesión de Sergio, que busca ayuda de Lorenzo Lacret, curador de la biblioteca (otro eco de Borges) de la Universidad, que salvaguarda una colección fabulosa de libros y documentos raros. Este no puede o quiere resolver el enigma, por lo que Sergio acude a Ezequiel Chong, un inmensamente gordo y erudito personaje que alguna vez fue profesor de la Universidad y hasta decano, pero que fue despedido en parte por su homosexualidad, pero también por su desobediencia respecto al régimen. Su figura tiene claras resonancias de Lezama. Chong vive solitario, entregado a sus libros, meditaciones y poesía. Es un mulato chino, obeso de expresión profética que trata a Sergio como a un discípulo o hasta hijo. Asmático y fumador empedernido de tabacos (sigue Lezama), se siente próximo a la muerte, de la que habla con familiaridad. Una de sus especialidades son los grabados coloniales cubanos, por lo que se compromete a descubrir el origen y significado de las ilustraciones que Sergio le entrega.

Sergio se reúne con amigos que llevan un Café de los Apocalípticos donde se dan tragos, fuman buenos tabacos, y hacen comentarios críticos de la Universidad y del sistema castrista en general. Son, como Sergio, literatos, intelectuales desafectos e ingeniosos. Se interesan por los grabados, pero no tienen idea de su procedencia o significado. Constituyen un contexto marginal y marginado en que se despliega el humorismo verbal típico cubano (el choteo), que Sergio practica como expresión de su creatividad literaria. Es un ambiente que sin duda evoca Tres tristes tigres.

Vigilado constantemente por las autoridades, Sergio es suspendido como profesor y sus gestiones con Lorenzo Lacret llegan a su fin cuando este aparece muerto a puñaladas en un barrio malo de la ciudad. Era, como Chong, homosexual y hacía negocios sucios vendiéndoles tesoros de la colección a bibliófilos extranjeros y nacionales. Sergio mismo está involucrado en el comercio ilícito de materiales de construcción, dizque con el propósito de escribir algo para delatar a los implicados. En todo caso acude a Chong para determinar el asunto de los grabados.

A todas estas, Chong ha inventado la génesis de estos, atribuyéndoselos a unos impresores belgas llegados a La Habana a principios del siglo XIX. Son un padre con hijos gemelos, uno de los cuales, Reynerio Lebroc, los imprime. El cuento de los mellizos, uno trabajador y el otro disoluto, resuena en el espíritu de Sergio quien, al nacer, un gemelo y la madre murieron del parto. La posible existencia de ese jimagua (para usar la palabra cubana) persigue a Sergio, que lo “ve” en varias ocasiones y se constituye como el otro destino que pudo haber sido el suyo. Claro, Chong sabía todo esto y adapta el relato de manera que tenga impacto sobre Sergio. El fondo secreto lo descubrimos en el capítulo semifinal, un texto póstumo de Chong en el que además revela que había envenenado a Luisa (la mujer con la que estaba casado para guardar las apariencias), y también a Lorenzo Lacret, a quien su cómplice le había dado unas puñaladas superfluas. También confiesa que fue él quien le pasó a Sergio los grabados a través del anticuario y Paula.

El final es, en más de un sentido, feliz. Sergio medita sobre Chong mientras fuma un habano en la azotea de su casa y se da cuenta de que solo la escritura lo salvará de la soledad y el vacío de su vida. Toda la trama ha servido para ratificarlo en su vocación de escritor, el fin que se proponía Chong.

Aunque la presencia de Cuba es ineludible en El fin del juego, no es insistente u onerosa. Se manifiesta de tres maneras principales: el ambiente de vigilancia ya mencionado; frases cubanas típicas; referencias a escritores cubanos. La vigilancia es sobre todo en la Universidad, “estar vigilado y recontra vigilado”,[1] a lo que se suman los consecuentes chivatazos, delaciones, toda una narrativa, como ya se vio. En la novela aparcan giros que solo un cubano podrá entender, aunque no es una novela costumbrista, a saber: “jinetera”;[2] “comediante en jefe”,[3] por “comandante en jefe”; “mientras mataban a Lola”,[4] lo que pasaba mientras ocurría otra cosa (Lola siempre moría a las 3 pm); “cantar la guantanamera,” por morirse, y algunas más. La mención o alusión a autores cubanos son como un saldo de cuentas con sus mayores por parte de Carbonell. Ya vimos que Chang es una figura de Lezama por su gordura, homosexualidad, y vida entregada a las artes. Pero hay referencias más directas, como “Sólo lo difícil es estimulante”,[5] primera y célebre declaración que abre La expresión americana; “aventura sigilosa”,[6] poemario de Lezama, y el tabaco permanente, en la boca de Chong. Ecos de Fernando Ortiz, en particular su Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar están en todas partes, tanto Chong como Sergio son devotos fumadores de habanos; el humo envolvente de estos los rodea en sus conversaciones especulativas. Sergio dice, “Mientras escribo, fumo mi último tabaco, y siento dentro de mí todo el polvo del mundo.[7] Sabemos que Ortiz asociaba el tabaco con las actividades artísticas e intelectuales. A Alejo Carpentier hay alusión en “un reino de este mundo”,[8] y “guerra del tiempo”,[9] pero sobre todo en el trasfondo histórico de la Cuba del XIX –“Viaje a la semilla” y El siglo de las luces.

Sin embargo, el más aludido de los autores cubanos modernos es Guillermo Cabrera Infante. Ya se vio que en El Café de los Apocalípticos los personajes recuerdan a los tristes tigres de la famosa novela, pero además inventan un trago mixto al que le ponen el Bustro, en homenaje a Bustrófedon, la figura de Cabrera Infante que se especializa en parodias y juegos de palabras. Más aún, se menciona “aquella novela triple y triste, destructora de palabras”.[10] Carbonell menciona a Severo Sarduy entre los autores cuyas palabras “rompen y trastornan” los personajes,[11] pero de este, aparte de que el anticuario se llama Severo, solo hay posible alusión en la homosexualidad de Chong y Lorenzo, no es visible su presencia. Tal vez en una estatuilla de dos gemelos danzantes que podría recordar a Auxilio y Socorro. Hay que advertir, no obstante, que, a pesar de toda esta intertextualidad, el estilo de Carbonell no es como el de ninguno de estos maestros. Hay pocos juegos de palabras y no hay giros paródicos exagerados. Su novela se deja leer sin mayor dificultad ni colaboración forzada del lector.

Pero no es, ni con mucho, como la porquería prolífica de Leonardo Padura, de una mediocridad accesible. El fin del juego es literatura, de lo mejor que han publicado cubanos dentro y fuera de la Isla en años recientes. Es notable que los funcionarios aspirantes a escritores –los comisarios actuales– le hayan dado un premio que suponía su publicación en Cuba, no ya por la forma descarnada en que presenta la sociedad cubana, sino porque su calidad ponía la barra muy alta para ellos, superando con mucho lo que podrían escribir y además lo que ya habían publicado.


Notas:

[1] Xavier Carbonell: El fin del juego, Ediciones del Viento, La Coruña, 2021, p. 160.

[2] Ibídem, p. 28.

[3] Ibídem, p. 29.

[4] Ibídem, p. 89.

[5] Ibídem, p. 57.

[6] Ibídem, p. 194.

[7] Ibídem, p. 200.

[8] Ibídem, p. 103.

[9] Ibídem, pp. 105-106.

[10] Ibídem, p. 90.

[11] Ibídem, p. 217.

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Roberto González Echevarría (Sagua la Grande, Cuba, 1943). Investigador y ensayista. Es miembro de la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias y Sterling Professor de literatura hispanoamericana y comparada en la Universidad de Yale. Impartió cátedra en Cornell (1971-77), donde fue uno de los primeros editores de la revista Diacritics. Ha dado conferencias en Estados Unidos, Canadá, Hispanoamérica y Europa, y fue el primer hispanista en dirigir un seminario en la School for Criticism and Theory. Entre sus libros destacan Myth and Archive: A Theory of Latin American Narrative (Cambridge, 1990), Alejo Carpentier: The Pilgrim at Home (1977), Isla a su vuelo fugitiva: ensayos críticos sobre literatura hispanoamericana (1983), La ruta de Severo Sarduy (1986), entre otros. En 2004 la revista Encuentro de la Cultura Cubana (Madrid), n. 33, le hizo un homenaje. En marzo del 2011, el presidente Barack Obama le otorgó, en la Casa Blanca, la Medalla Nacional de Humanidades. Ha recibido becas de la Guggenheim Foundation, la National Endowment for the Humanities, el Social Science Research Council y la Fundación Rockefeller, entre otras. Su trabajo ha sido publicado en español, inglés, francés, alemán, portugués, polaco, italiano, persa y chino. Ver más de RGE aquí.

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