El Festival Internacional de Cine de Valdivia premió ‘Las mil y una’, de la argentina Clarisa Navas

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Fotograma de ‘Las Mil y Una’, Clarisa Navas, dir., 2020

Tras presentar su ópera prima, Hoy partido a las tres (2017), la realizadora argentina Clarisa Navas pasó a ser, de inmediato, una de las voces femeninas más prometedoras del cine latinoamericano reciente. Y ahora, entre las películas galardonadas por la 27ma edición del Festival Internacional de Cine de Valdivia, celebrado entre los días 5 y 14 del presente mes, su largometraje Las mil y una (Argentina, Alemania, 2020), recibió una Primera Mención del Jurado de la Competencia Internacional.

Las mil y una, que se estrenó en la Sección Panorama del Festival de Berlín, y compitió en el Festival de Cine Latinoamericano de Toulouse, confirma ahora la inteligencia y el pulso narrativo de esta directora, que en lo que lleva de carrera ha demostrado agudeza para observar la complejidad de las emociones y de las conductas de los individuos. El reconocimiento que le otorga Valdivia distingue, junto a la potencia estética del filme, sustentada en la diestra instrumentación del lenguaje audiovisual y en la sutileza con que explora la electrizante realidad a que se aproxima, el perfilamiento de una auténtica voz autoral.

Clarisa Navas acomete en esta película una profunda disección del cosmos de valores éticos, del imaginario, del universo existencial de un grupo de adolescentes de un barrio periférico (Mil Viviendas) en la provincia argentina de Corrientes. El retrato que consuma el filme de la vida de estos muchachos se distingue por exponer las disyuntivas y problemáticas que sus aspiraciones, su descubrimiento de la sexualidad, sus deseos eróticos confrontan en el ambiente marginal que les ha tocado vivir. Un entorno que los desafía y al cual ellos resisten desde la materialidad de sus cuerpos, desde su diferencia.

Si la adolescencia supone un periodo etario y un sector social en continua erupción, la que presenta puntualmente Las mil y una es la de unos personajes –una chica lesbiana y sus dos amigos gais son los protagónicos– inmersos en la construcción de sus identidades, en el descubrimiento de sí mismos, al tiempo que son amenazados por los dictados normativos y las hostilidades propias de un contexto donde la árida vida cotidiana es la mejor representación de la precariedad de estos cuerpos “anómalos”. Quizás por eso, la puesta en escena concede tanta importancia al entorno cívico, a la dinámica del barrio, al ambiente cotidiano, en la medida en que este explica con elocuencia la turbulencia interior experimentada por los protagonistas. Confinados a esos márgenes, y con ansias de realización personal, estos adolescentes imponen sus afectos y su diferencia como una carta de libertad.

La película comienza con una cámara que persigue a Iris, una muchacha de diecisiete años, que juega con su pelota de basket por los callejones y los pasillos del barrio donde vive. Las imágenes del lugar y la apariencia física del personaje avisan, de inmediato, que entraremos a un territorio sumido en la precariedad, donde contrasta un desamparo social alarmante, con una sorprendente humildad. Durante el metraje, la cámara acompañará a esta joven mientras se desplaza por los recovecos más intrincados del lugar o mientras conversa en el tolerante ambiente doméstico de sus amigos Darío y Ale, dos hermanos que, como el resto de los personajes, parecen abandonados a su suerte, aun cuando la madre acepta sin prejuicio alguno su homosexualidad.

Al inicio del filme, durante alguna noche, ellos tres juegan al escondite con otros muchachos del vecindario, momento que aprovechan para dar rienda suelta a sus apetitos sexuales fuera de la vista pública. Pero ni en estos instantes de relajamiento del contrato social, Iris cede a los deseos de los otros, porque ella sólo tiene ojos para Renata, una joven que acaba de regresar al barrio luego de pasar un tiempo fuera del país. Iris se las arreglará para aproximarse a Renata, hasta que entablan una relación, tensada por los rumores de que Renata se droga, se prostituye y tiene VIH. Pero, a ciencia cierta, estos no son motivos que impidan a Iris dejar sus deseos en libertad.

Junto al diseño de los personajes, la estructura dramática que favorece el gradual involucramiento del espectador con las vidas de estos individuos constituye uno de los aspectos mejor resueltos de Las mil y una. En su propósito de registrar un perfil particular (la atmósfera) de ese barrio hacia el que mira, la película opta por una narración acumulativa que avanza a través de la gradual suma de información acerca del mundo de los personajes. Según progresa la trama, más impactante se vuelve la intensidad de las emociones y la desolación que estos individuos llevan dentro, las mismas que se perciben en la dinámica cotidiana del lugar. No hay demasiados accidentes dramáticos, asistimos a un grupo de acciones menores vinculadas a las rutinas de los protagonistas, pues el argumento se consagra a mostrar actividades, rutinas, episodios, sin demasiada relación causal, que esbozan las percepciones, la sensibilidad y la cosmovisión de estos adolescentes en particular.

Las largas escenas de Iris deambulando por el barrio con Renata o aquellos momentos en que Iris, Darío y Ale conversan sobre sus deseos sexuales son sencillas acciones que explican la psicología y la cotidianidad de estos individuos. Y esta estrategia narrativa constituye un acierto definitivo de Clarisa Navas, porque con ella –acompañada por el naturalismo visual de una fotografía que emula el registro del documental observacional– consigue una impactante impresión de realidad, de mundo posible.

Decía que el diseño de los protagonistas constituía uno de los aspectos más relevantes de la película. Iris, Darío y Ale son personajes de una riqueza sorprendente, por la hondura con que revelan la dimensión de la existencia de unos adolescentes enfrascados en el reconocimiento de su propia “otredad”. Iris es un ejemplo de búsqueda personal, de conquista de la libertad. Ella está dispuesta a todo con tal de tener a Renata, que, entre tanto, es un accidente en su vida que le conduce a cuestionar su noción de la realidad, sus expectativas de vida. Ale y Darío quieren expresarse desde sus cuerpos, necesitan experimentar con ellos, pero no dejan por tal motivo de interrogarse sobre el futuro.

A través de la vida de estos adolescentes, Clarisa Navas delinea una mirada singular, la de unos seres capaces de trascender las formas de vidas que la sociedad les dicta, por medio de la imposición de sus deseos, de sus instintos; esta es la mirada de unos adolescentes que, tenidos por diferentes, se niegan a ser normatizados. Ahí es donde el discurso de Las mil y una alcanza su eficacia definitiva, cuando configura una suerte de política del cuerpo. Estos sujetos imponen su individualidad hasta volver su presencia ininteligible para las ideologías reguladoras. Ellos quiebran los límites y se imponen a los discursos que intentan expulsarlos.

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ÁNGEL PÉREZ
Ángel Pérez (San Germán, Holguín, Cuba, 1991). Licenciado en Historia del Arte. Artículos y ensayos suyos aparecen en libros, antologías y publicaciones periódicas nacionales e internacionales. Compiló y prologó con Javier L. Mora, Long Playing Poetry. Cuba: Generación Años Cero (Editorial Casa Vacía. Richmond, Virginia, 2017) y con Jamila Medina, Pasaporte. Cuba: poesía de los Años Cero (Editorial Catafixia, Guatemala, 2019). Ha obtenido los Premio Caracol de crítica y ensayo cinematográficos de la UNEAC (2017 y 2019), el Premio Internacional de Ensayo de la revista Temas (2019), además de la Beca de Creación Dador (2018) y el Premio Pinos Nuevos de Ensayo (2020), ambos otorgados por el Instituto Cubano del Libro. Es programador del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Integra el staff de Rialta.
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