La ópera prima del cineasta boliviano Diego Mondaca, premiada en Chile

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Fotograma de 'Chaco', Diego Mondaca, dir., Bolivia, Argentina, 2020

Año tras año, el cine latinoamericano asume aventuras estéticas cada vez más arriesgadas. Los creadores ensayan gramáticas singulares que colocan al corpus cinematográfico de la región entre los más audaces a nivel internacional. Su presencia constante (y triunfo) en festivales como Venecia, Cannes o Berlín, es una prueba del reconocimiento alcanzado por la escritura fílmica latinoamericana, que conjuga siempre el registro estilístico con hondas reflexiones sobre la realidad.

La 27ma edición del Festival Internacional de Cine de Valdivia (FICValdivia), que se realizó online entre los días 5 y 14 de octubre –a través de Play FICValdivia, una plataforma de streaming gratuita para el territorio chileno–, dio cuenta de la vitalidad y la riqueza que transmiten hoy las producciones del subcontinente. No deja de ser indicativo que el Premio Especial otorgado por el Jurado de la Competencia Internacional del evento –un premio reservado a obras que apuestan por lenguajes transgresores, difíciles para la expectativa receptora– lo mereciera la película Chaco (Bolivia, Argentina, 2020), ópera prima del realizador Diego Mondaca que tuvo su premiere mundial en el Festival de Rotterdam.

El Festival de Valdivia lanza anualmente una mirada a las creaciones internacionales más relevantes, interesado en promover una concepción del cine que descongestione la horizontalidad estilística privilegiada por el mainstream comercial en Latinoamérica. Esta apuesta por fomentar la búsqueda de nuevos lenguajes se evidencia ya en las conferencias que ofrecieron durante el festival los cineastas Lucrecia Martel y Sion Sono, dos autores imprescindibles de nuestra contemporaneidad audiovisual, quienes con su trabajo trasgreden continuamente los conceptos cinematográficos al uso. Por tanto, Chaco recibe este reconocimiento en un evento preocupado por exhortar un cine innovador del lenguaje fílmico, que aspire a expandir sus facultades narrativas, expresivas y conceptuales.

Raúl Camargo, director de FICValdivia, comentó en una entrevista: “Nuestra Selección Oficial siempre se ha caracterizado por tener películas que combinan lo artístico con lo político, y cuya fuerza está en la propuesta autoral sin importar el valor de producción. Películas muy personales, más bien frágiles, que no requieren un presupuesto alto y que logren conectar con problemáticas contemporáneas sin hacer usufructo de ellas. Películas totalmente ajenas a lo que nuestro amigo Roger Koza denomina “estética de la crueldad». Nuestra Selección Oficial se compone de films que no aprovechan las miserias del mundo para hacer carrera artística a partir de ese horror, sino que desde la resistencia ofrecen un destello que nos muestra que aún existe humanidad”. Estas palabras explican, con precisión, la naturaleza estética y el programa conceptual que nutren a la película de Diego Mondaca.

El argumento de Chaco recrea un pasaje del conflicto bélico que entre 1932 y 1935 enfrentó a Bolivia y Paraguay por el dominio del Chaco Borial, contienda tenida entre los principales enfrentamientos armados de la geografía latinoamericana durante el siglo XX. Pero, aunque la película recupera un acontecimiento fundamental de la Historia boliviana, su enunciación se interesa menos por el intríngulis histórico, por las anécdotas que lo conforman o por la descripción de los sucesos y la época. Se dirige más a la resonancia que tuvo el conflicto en el imaginario nacional y en el cosmos axiológico de los individuos que hicieron parte en él. Diego Mondaca rueda en su ópera prima un relato vinculado al peso de la memoria histórica en la contemporaneidad, una memoria recuperada ahora no desde la perspectiva social, sino desde la dimensión existencial de sus protagonistas.

Esta experiencia estética singular desde la que se recupera el pasado, obsesionada con las repercusiones emocionales de los hechos más que en los hechos mismos, encuentra su explicación en las siguientes palabras del director: “Siento que las consecuencias de esa guerra se fueron reflejando en mi familia, como en muchas familias bolivianas, y seguramente también en muchas familias paraguayas. La Guerra del Chaco nos atraviesa como un murmullo sombrío y doloroso. Un dolor que vamos royendo, desde otro lugar y con otros efectos, pero que son parte de nuestras ideas de patria, nuestras actitudes como bolivianos. Un reflejo de lo que somos y que también son errores y actitudes que se siguen repitiendo hasta hoy”.

Aquí Mondaca reconoce la subjetividad como un espacio de negociación que incide en la escritura del pasado, lo cual resulta fundamental para la perspectiva que defiende su película, que se desmarca de la ofrecida por el relato “oficial” de su país, considerada por él, “un conglomerado de absurdas contradicciones”, escrito “desde una perspectiva patriótica nacionalista sobre una campaña lamentable y desgarradora”.

Chaco se limita a presentar los recorridos de una tropa de soldados indígenas bolivianos (aymaras y quichuas), a través del seco y desolador territorio boscoso, conducidos por un retirado capitán alemán que se empeña en encontrar un enemigo que no aparecerá jamás. Durante ese agotador desplazamiento –en el que se suceden actividades mínimas, más relacionadas con el acontecer natural de los soldados que con la trascendencia dramática del filme–, la geografía se torna el enemigo real, el principal antagonista.

El propio paisaje adquiere incluso una cualidad protagónica, en la medida en que asume una profunda relevancia temática y discursiva que atraviesa el arco dramático recorrido por los personajes. Es la relación de los individuos con la naturaleza, con las dificultades de supervivencia que el agreste entorno impone, el núcleo de la puesta de Chaco. El director rebaja al máximo la cadena de acciones dramáticas y expande considerablemente el tiempo de la exposición, a tal punto que el criterio de progresión narrativo hace coincidir muchas veces el tiempo del relato con el tiempo del discurso. De este modo, se consigue otorgar mayor relevancia a las percepciones de los personajes, a sus emociones y a su gradual desmoronamiento físico y moral al interior de ese territorio hostil donde están inmersos sin siguiera agua o alimentos suficientes.

La supresión de todo enfrentamiento armado permite al filme atender, antes que la contienda bélica, sus consecuencias, sus implicaciones en unos individuos sin entrenamiento militar ninguno, expuestos a un régimen de vida para el que no estaban preparados. Además de los obstáculos impuestos por el medio natural, también la terquedad del capitán –empeñado en avanzar en la búsqueda del enemigo (más imaginario que real) sin las condiciones mínimas para sobrevivir a un enfrentamiento alguno–, provoca junto al deterioro fisiológico de los soldados, el surgimiento de drásticas tensiones internas entre ellos que acelera el desgaste definitivo de la tropa.

El conflicto que Chaco despliega se articula a partir de problemáticas sin repercusiones determinantes en el curso de la trama, la cual se sumerge en la construcción de un cuadro interior que reflexiona sobre el costo de una empresa convulsa en la vida de unos sujetos (los indígenas) desfavorecidos por la Historia. Este penetrante correlato de la Guerra del Chaco –resuelto en un filme sin rémoras políticas, enfocado en destacar la voz de aymaras y quichuas–, debe su eficacia a la conformidad entre una estricta dramaturgia y un inteligente criterio de puesta en escena.

Ahí destaca además una fotografía –centrada en potenciar a nivel físico el estado de los personajes– cuya deliberada concepción del plano procura un preciso control de la composición durante los desplazamientos constantes de la cámara. Esto contribuye a que el espacio cobre el valor dramático y simbólico que termina por ofrecer. También resulta decisivo el aporte del montaje a la articulación narrativa, no sólo por su eficacia a la hora de regular el tiempo expositivo, sino por su entrega a la construcción icónica de una imagen que trasunta en sí el infierno insoportable y el absurdo en que devino aquel conflicto bélico.

La validez de los resultados estéticos de Chaco debe mucho a la competencia de su factura, tanto como a la idoneidad de su registro expresivo. La destreza narrativa que ostenta este todavía joven realizador, y su ejemplar manejo de la puesta en escena, logran arrancar de la historia una conmovedora lección de humanidad. Mas el valor definitivo de la película se localiza en la agudeza con que se adentra en la Historia desde un tejido estético que desacredita su relato autoritario.

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ÁNGEL PÉREZ
Ángel Pérez (San Germán, Holguín, Cuba, 1991). Licenciado en Historia del Arte. Artículos y ensayos suyos aparecen en libros, antologías y publicaciones periódicas nacionales e internacionales. Compiló y prologó con Javier L. Mora, Long Playing Poetry. Cuba: Generación Años Cero (Editorial Casa Vacía. Richmond, Virginia, 2017) y con Jamila Medina, Pasaporte. Cuba: poesía de los Años Cero (Editorial Catafixia, Guatemala, 2019). Ha obtenido los Premio Caracol de crítica y ensayo cinematográficos de la UNEAC (2017 y 2019), el Premio Internacional de Ensayo de la revista Temas (2019), además de la Beca de Creación Dador (2018) y el Premio Pinos Nuevos de Ensayo (2020), ambos otorgados por el Instituto Cubano del Libro. Es programador del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Integra el staff de Rialta.
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