Georg Heym: poemas

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La guerra

Se ha levantado la que durmió largamente,
se ha levantado, sale de bóvedas profundas.
En el crepúsculo se alza, grande y desconocida,
aplastando la luna en su mano negruzca.

Sobre el nocturno ruido de las ciudades caen
las sombras y la helada de una rara tiniebla.
Se cuaja como hielo el ciclón de las ferias.
Miran en torno todos. Silencio. Nadie sabe.

Les toca en las callejas los hombros levemente.
Una pregunta. No hay respuesta. Un rostro palidece.
En la distancia tiembla un leve campaneo,
y también tiembla el pelo en su fino mentón.

Se alza por las montañas y comienza su baile
gritando a los guerreros: ¡Adelante, adelante!
Y se oye el rechinar, al mover su cabeza,
de cadenas que cuelgan de diez mil calaveras.
Del postrer resplandor como una torre sale
—por donde escapa el día, ríos repletos de sangre.
Innúmeros cadáveres descansan ya en las cañas
cubiertos por los fuertes pájaros blancos de la muerte.

En la noche, ella azuza el fuego por los campos,
un perro rojo con altar de bravas fauces.
De lo oscuro salta el negro mundo nocturno,
con el borde alumbrado por terribles volcanes.

Y con mil altos gorros puntiagudos están
salpicadas de llamas las lóbregas planicies,
y al enjambre que huye debajo por las calles
lo lanza a bosques ígneos, donde las llamas rugen.

Y las llamas devoran un bosque y otro y otro,
amarillos murciélagos se aferran al follaje.
Igual que un fogonero, los árboles sacude
con una barra, para que el fuego ruja y se alce.

Una urbe se ha hundido en el humo amarillo,
se ha lanzado sin ruido al vientre del abismo.
Pero gigante se alza sobre candentes ruinas
la que blande su antorcha tres veces en el cielo.

Sobre el reflejo de nubes que triza la tormenta
en el frío desierto de la tiniebla muerta,
para que se agoste la noche en el incendio
llueve sobre Gomorra pez y fuego.

Los gorilas

En un claro de selva pantanosa
salvaje pataleo. Dos gorilas combaten.
Se amarran con sus brazos colosales.
El sudor de los torsos el calor lo evapora.

Mudos de rabia están.
Y solamente el ronco estertor del aliento sus pulmones arrojan.
Dan tumbos, dominados por la violencia loca.
Caen sobre las cañas y los podridos troncos.

Uno le hala por el pelo al otro
la cabeza hacia atrás. Y así bebe del chorro
que sale de los vasos del cuello desgarrado.

Mientras el otro con sus furores postreros
le comprime las sienes reventándole el cráneo.
La sangre cubre a los enormes muertos.

Los locos

Sale la luna de la amarilla pared de nubes.
Los locos cuelgan de los barrotes de la verja
como grandes arañas pegadas a los muros.
Exploran con sus manos la cerca del jardín.

En salones abiertos se deslizan bailarines.
El baile de los locos. De repente la insania
da cortos gritos. El ruido se propaga
y está haciendo temblar todos los muros.

Al médico con quien hablaba sobre Hume
le da un loco violenta sacudida.
Yace empapado en sangre. Tiene el cráneo partido.

Los locos lo contemplan con placer. Pero pronto
escapan en silencio al restallar del látigo
igual que los ratones se arrastran por el suelo.

Berlín II

Toneles embreados rodaban desde rampas
de oscuros almacenes hasta las embarcaciones.
Partían remolcadores. La melena de humo
pendía ennegrecida sobre olas grasientas.

Venían dos vapores con orquestas.
Las chimeneas truncas en el arco del puente.
Hedor, humo y hollín sobre las sucias olas
de las curtidorías con sus pieles pardas.

En cada puente que nuestra gabarra
atravesaba, se oían las señales
como un tamborileo creciendo en el silencio.

Partimos, nos llevaban las aguas por canales,
despacio, entre jardines. En el idilio vimos
de enormes chimeneas los nocturnos fanales.

Adelantan los hombres la cabeza en las calles

Adelantan los hombres la cabeza en las calles
y contemplan los grandes signos que hay en los cielos
en donde los cometas, con narices de fuego,
rodean amenazantes el perfil de las torres.

Y todos los tejados están llenos de astrólogos
que clavan en el cielo largos tubos,
y de magos, que emergen de huecos en el suelo
retorcidos, a oscuras conjurando los astros.

Los suicidas avanzan agrupados en hordas
que buscan en la noche su existencia perdida,
encorvados, al sur y al este y al oeste y al norte
barriendo el polvo con la escoba de sus brazos.

Son como el polvo, suspendido un momento,
y en el camino pierden los cabellos.
Saltan hasta morir, apresurados
y yacen en los campos con la testa quebrada.

Pataleando aún, a veces. Y las bestias del campo,
ciegas, los rodean y les clavan los cuernos
en el vientre. Y les llega el final
bajo salvias y espinos.

Los mares, sin embargo, se estancan. En las olas
los barcos, suspendidos, se pudren entre el tedio,
dispersos, y no hay corriente alguna,
y los patios de todos los cielos se han cerrado.

Los árboles no cambian en el curso del año,
eternamente muertos en su extremo,
y extienden sobre los caminos arruinados
sus manos alargadas, sus dedos de madera.

Quien va a morir se sienta para así levantarse
y en cuanto pronuncia una última palabra
de repente se ha ido. ¿Su vida dónde está?
Y sus ojos se quiebran como se quiebra el vidrio.

Hay sombras, muchas sombras, escondidas y turbias
y hay sueños que rozan las puertas silenciosas
y el que despierta, agobiado por la luz matinal
ha de aliviar del sueño sus apagados párpados.

Atardeceres al comienzo de la primavera II

Los pescadores vuelven de la primera pesca.
Hay soldados de pie en el cuartel, delante
de las ventanas, forman grupos de a dos, de a tres,
en broma le han cerrado el paso a una muchacha.

Las mujeres platican al son de los martillos.
Los niños juegan ya de nuevo a la intemperie.
«Una alondra, una alondra». Las voces de los pequeños chillan,
y pasan largo rato contemplando los pájaros.

Dos hombres halan una carretilla.
Se detienen delante de la última casa.
Cargando un ataúd cruzan la muda puerta.

Silencio en la calleja. Frío viento la atraviesa.
Pero pronto golpean de nuevo los martillos
y una vez más comienzan a hacer ruido los niños.

El Dios de la ciudad

Esparrancado está sobre un bloque de casas.
Acampan vientos negros en torno de su frente.
Lleno de rabia mira a los lejos las últimas
y solitarias casas, que en el campo se pierden.

Reluce el rojo vientre de Baal en el crepúsculo.
Las enormes ciudades que lo rodean se postran.
Las campanas de iglesias incontables oscilan
hacia él en mar de negras torres.

Como una danza de coribantes retumba
por las calles la música de inmensas multitudes.
Humo de chimeneas y nubes de las fábricas
suben a él, azules como vapor de incienso.

Arden las tempestades en medio de sus cejas.
El crepúsculo oscuro se ensordece en la noche.
Ondulan las borrascas que miran como buitres
desde su cabellera erizada de cólera.

Extiende en las tinieblas su puño carnicero
y lo sacude. Está corriendo un mar de llamas
por una calle. Y brama la humareda
y la devora, hasta que ya tarde alborea.

Ensoñación en azul claro

Todos los paisajes
se han llenado de azul.
Todos los arbustos y árboles del río
que se ensancha hacia el norte.

Azules países de la nubes,
blancas velas unidas,
las riberas del cielo allá a lo lejos
se disuelven en viento y luz.

Cuando descienden las noches
y nos quedamos dormidos,
los sueños, los hermosos sueños,
entran con paso leve.

Hacen sonar los címbalos
en sus límpidas manos.
Algunos susurran y sostienen
velas frente a su rostro.

Mi alma

dedicado a Golo Gangi

Mi alma es una serpiente,
lleva mucho tiempo muerta,
solo en el rojo deshojado
de algunos amaneceres de septiembre
me yergo desde la ventana
donde hay astros ponientes,
sobre las flores y el mastuerzo
mi frente resplandece
en el gimiente viento de las noches.


* Sobre la traducción: ver créditos.

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