Raúl Zurita

Septiembre trajo la noticia de que el poeta chileno Raúl Zurita había sido galardonado con el premio de poesía iberoamericana Reina Sofía 2020, sumando su nombre al de Gonzalo Rojas y Nicanor Parra, que en años anteriores ya habían sumado sus nombres al panteón del mayor reconocimiento de habla hispana después del Cervantes. El premio fue al parecer una auténtica sorpresa para el propio Zurita, según declaró este a la prensa al día siguiente, y un espaldarazo merecido para una portentosa obra escrita e inscrita en la terremoteada historia reciente del país durante los últimos cincuenta años.

Fiel a sus metáforas, Zurita se apuró en decir que tomaba el reconocimiento “como un abrazo entre ríos” por donde circulaba el ancho caudal de toda la tradición poética nacional, desde De Rokha a Elvira Hernández y Elicura Chiuailaf, poeta mapuche recientemente galardonado con el Premio Nacional, y pasando por hitos mayores como Neruda, Huidobro, Parra, Lihn y Teillier. “Desde el fondo de mi alma espero que abandonemos las pedradas por los abrazos. Todos”, dijo al diario La Tercera.

Zurita se refería sin duda a los agitados meses que ha vivido el país desde octubre de 2019, cuando un alza de pasajes en el metro gatilló una masiva protesta en las calles contra el abuso de lo que, de manera consensuada, se consideró un modelo diseñado para profundizar la desigualdad social, alentar el abuso institucional y proteger la corrupción política. Pero no fue gratis dicho consenso. A la represión a fuego del gobierno de Sebastián Piñera, siguió el desprecio hacia la democracia por un lado y la denegación del derecho a manifestarse por el otro, con cientos de personas mutiladas por disparos en los ojos, la destrucción de las estaciones del Metro de Santiago, el incendio de locales comerciales, destrucción de centros culturales, locales municipales, estatuas y plazas hasta no dejar un sólo muro sin pintarrajear con la palabra “Dignidad”. Una mezcla de genuina protesta social con saqueo indiscriminado del lumpen, fiesta de encapuchados, celebración de barristas de fútbol, nostalgia revolucionaria, presencias de narcos territoriales y una total ineptitud para encarar la crisis de parte de la autoridad presidencial, crearon un clima imposible durante semanas de estallido. Chile pasó de ser el país ejemplar de las agencias de turismo a un territorio inhóspito, envenenado por el rencor y la furia de todos contra todos. Era la hora de saber quién era quién, aunque ignorar la propia máscara es ya no saber nada de quien se es en verdad. Al respecto, el propio Zurita se vio envuelto en refriegas verbales impresentables, con insultos y descalificaciones personales a quienes disentían de la violencia en las calles, buscaban acuerdos y tendían puentes para una situación de ingobernabilidad que muy pronto adoptó caracteres insurreccionales. A ojos de la protesta y del estallido, quien hubiese tenido relaciones de trabajo o amistad política con los veinticinco años de construcción democrática durante la transición de los gobiernos de centroizquierda, quedaba incluido en el bando de los culpables, reaccionarios, vendidos, corruptos gestores y cochinos mediadores (Zurita mismo había sido agregado cultural del primer gobierno de la Concertación, y ni qué decir del financiamiento recibido para hacer posible algunas de sus obras mayores como la escritura de la frase “ni pena ni miedo” en las arenas del desierto de Atacama, en 1993. Lo mismo ocurría por lo demás con gran parte de los artistas y escritores que se sumaron a la consigna del Estado corrupto y despreciable que durante treinta años había financiado sus proyectos individuales y colectivos a través del ministerio de cultura y sus concursos públicos. En fin, que el extremismo neoliberal aplicado en Chile de forma impiadosa contagió de incoherencia a la misma protesta, sin líder ni programa de la cual sostenerse). Las funas se convirtieron en el método regular de amedrentamiento contra quienes buscaban un acuerdo político, como sucedió con Javiera Parada o Gabriel Boric, líder de una fracción de izquierda que se animó a firmar un acuerdo con las demás fuerzas políticas para someter a plebiscito nacional la Constitución Política de 1980, votada bajo dictadura y que asegura hasta hoy la preeminencia de un modelo pensado para la estafa privada en salud, previsión y obra social.

La pandemia de la Covid suspendió y agravó todo lo anterior. Las calles se vaciaron, la protesta se replegó, la miseria se propagó como una mancha del modelo y el gobierno se vio obligado a respirar con ella detrás de una máscara. Hasta llegar al momento actual, cuando corresponde ir votar, el próximo 26 de octubre, por aprobar o rechazar el acuerdo logrado en 2019 por una nueva Constitución. Por cierto, quienes desde la primera línea de combate en las calles se oponían entonces a la realización de un plebiscito, viendo en esta salida un nuevo y sucio negocio de la vieja clase política, hoy saludan la iniciativa sin remordimiento alguno por haber atacado y escupido sobre quienes la defendieron desde el primer momento. Incluso altos dirigentes de la derecha chilena se han sumado por motivos tácticos a la tendencia por el “apruebo” de una nueva Constitución, de modo que ya estamos casi todos de acuerdo en que el espíritu de la ley que nos gobierna en Chile es letra muerta en la vida política de la comunidad.

Hago este recuento porque Zurita y su cartografía poética están íntimamente vinculadas a los acontecimientos políticos chilenos tanto del pasado reciente como del inmediato. Su voz es la voz de la tribu: Zurita habla por ese nosotros donde además están ellos y los otros, en una epifanía de reconciliación que nunca llega, que no es posible fuera del poema que le da aliento y esperanza. Así, al menos, creo leerlo desde Purgatorio y Anteparaíso, cuando los que teníamos veintiún años entonces reconocíamos en él una voz sacrificial, un cuerpo que automutilaba su individualidad, arrojaba ácido sobre sus ojos para iluminar el dolor, se laceraba y se masturbaba en público para denunciar la impotencia de la letra ante la tortura y el sufrimiento que se padecían en dictadura. Había mesianismo allí, también religiosidad, pero sobre todo algo nuevo, como una luz negra en esa poesía que se proponía matemática del dolor y del tiempo rotos tras el Golpe de 1973. Y sin embargo, curiosamente, Zurita no parecía Zurita cuando lo conocí. Quiero decir: no era el poeta extremo que se tajeaba la cara para marcar la herida colectiva en un perfomance delirante, sino un atento ciudadano con un lápiz y un cuaderno en las faldas. La circunstancia era singularmente paralela a la actual, pero en 1980, precisamente durante la votación del plebiscito de Pinochet, el mismo plebiscito que entronizó la Constitución que el día de mañana arrojaremos a la basura después de cuarenta años de sufrirla.

El cuaderno que Zurita sostenía en las faldas no era para escribir versos sino para contar votos, ya que como muchos otros opositores al régimen había sido destinado a una mesa de votantes del Estadio Nacional en calidad de testigo o informante no oficial del conteo final. Yo estaba allí acompañado de Gregory Cohen, mi amigo escritor y dramaturgo, y habíamos ido a votar NO a pesar de que no existían registros electorales (quemados por los militares durante el Golpe) ni modo alguno de controlar un evidente fraude, con filas de soldados esperando sufragar por segunda o tercera vez. Esa era la Constitución de Jaime, como la llamó recientemente y de forma muy familiar un dirigente de la derecha chilena a propósito de Jaime Guzmán, el principal arquitecto del nuevo orden que naturalizaba la presencia de Pinochet como Presidente de la República hasta el infatigable año de 1996. La Constitución de Jaime aseguraba que la mejor forma de asegurar una democracia sólida era cancelándola por un buen tiempo. La oposición, si existía, tendría una oportunidad de decir que NO a este proyecto en 1988, es decir a mitad de plazo del cuarto de siglo considerado desde la aprobación de la nueva Constitución. La mayoría decidió votar que NO en 1988, se inició la transición a la democracia, y a Jaime lo mató un comando de ultraizquierda en 1991, pero esa es otra historia. O quizá no; quizá sea la misma historia de 1980 y de 2020, la historia de Chile como una guerra susurrada al oído, inscrita con sangre, bañada en letras de oro y borrada con multitud de violencias, traiciones, odios aristocráticos, incendios, masas enardecidas. La historia secreta de Chile que se sigue escribiendo al margen de la historia.

De modo que allí estábamos ese 11 de septiembre de 1980, parados ante la mesa de votación y con Zurita sentado con el cuaderno en las faldas, anotando cuántas personas salían de la urna y cuántos votos salían en la contabilidad final. Cohen nos presentó y Zurita sonrió de esa manera un poco traviesa, con la barba crecida y la frente ya sin pelos. En ese momento me impactó que el poeta radical de Purgatorio y las performances autodestructivas se aviniera con la condición de ciudadano. Con el tiempo entendí y quedó expuesto que cada espacio público donde se jugaban símbolos contrarios formaba parte de su proyecto poético: la redención del dolor, las palabras de combate, el populismo incluso de la promesa dictada como una misa desde el pastor al rebaño, incluida la esperanza de los abrazos en vez de las pedradas con que enganchó localmente el premio Reina Sofía, eran modos de versificar una reconciliación que pasaba por él mismo y su biografía. Hay una responsabilidad en Zurita para con la historia de Chile en el último medio siglo, y al declamarla, entonces también ellos, ustedes, los otros, pueden hacerse responsables de esa historia donde estamos todos. Al mismo tiempo, este mismo hecho permite que podamos exigirle a Zurita que se haga responsable de su texto. Abrazos y no pedradas es lo que pide y merece el premio Reina Sofía 2020, dice Zurita. Y esta vez tiene toda la razón.

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