‘Las ideas llegan más lejos que la luz’ (óleo sobre madera), René Francisco Rodríguez y Eduardo Ponjuán, 1989
‘Las ideas llegan más lejos que la luz’ (óleo sobre madera), René Francisco Rodríguez y Eduardo Ponjuán, 1989

Estoy cansada. Una tiene derecho a cansarse.

Y a rendirse. A mirar la realidad a través de las persianas, respirar profundo, soltar el aire como lo haría un caballo, y pensar que no hay remedio. A decir: “está bien, ustedes ganan, ganaron, métanse esta isla por el culo”.

¿Alguien sabe qué va a salir de todo esto? ¿Un Puerto Rico, un Vietnam, una Nicaragua? ¿Qué va a sobrevivir? ¿Quiénes van a quedar?

Este país se sostiene entre odio y miedo. En mi caso, siento miedo. Por supuesto que siento miedo.

Me da miedo pensar que quienes se apartan de mi vida, quienes ya no llaman por teléfono ni escriben, quienes me escriben y usan sólo palabras cordiales, quienes me dicen “te amo pero no es posible”, quienes no reaccionan a las más inocuas de mis publicaciones en Facebook, quienes guardan rotundo silencio mientras a mí me interroga un agente de la Seguridad del Estado en medio de una pandemia se apartan porque tienen miedo de mí. O no de mí, sino de los ojos vigilantes, perniciosos, que siempre tengo sobre mí.

Yo misma he intentado apartar a la gente que quiero. Bloqueé a mi madre y a mi padre en Facebook. Eliminé a mi hermana de mi lista de amigos. Renuncié a publicar fotos grupales con personas cercanas que creo vulnerables a ser presionadas por la Seguridad del Estado. Dejé de comentar y reaccionar a sus publicaciones. A cada rato les pregunto si les han ido a ver, si les han molestado, y les insisto en que quiero saber si algo pasara.

Cuando me pusieron una multa de unos 120 dólares por decir lo que pienso en redes sociales, el pasado 17 de abril, disuadí de manifestarse a un par de amigas. ¿Para qué? Si quienes primero deben posicionarse ante lo injusto se tragan la lengua o, peor, se limitan a hablar sobre la terrible muerte de George Floyd o las terribles políticas de Brasil o Ecuador frente al nuevo coronavirus.

El pensamiento crítico de gran parte de la izquierda cubana sólo existe en relación con América Latina y Estados Unidos, siempre en oportuna correspondencia con los discursos del Ministerio de Relaciones Exteriores. Cuando se trata de Cuba, Venezuela o Nicaragua, el pensamiento crítico le pasa la mano a sus gobiernos.

También me da miedo ir a prisión, envejecer en la cárcel o que me fusilen. Me han dicho que no piense en esto último, que nunca me van a fusilar, pero me he imaginado par de veces con los ojos vendados y los oídos atentos frente a una hilera de hombres uniformados apuntando sus armas hacia mí.

Mi amigo dice: nada tiene más imaginación que el miedo. Sin embargo, los míos están en mi vida como mismo están las cenizas de un cigarro en un cenicero. Yo no tengo miedo a mis miedos, no son obstáculos, sino parte del paisaje. Sé convivir con ellos y creo saber distinguir entre los inherentes a mí y los implantados por el sistema totalitario en que vivo.

Los inherentes son los que importan. El mayor de todos es el miedo a no poder escribir, que significaría perderme a mí misma, pero, curiosamente, ese miedo actúa también como una motivación: mientras más intenso se vuelve, más escribo, como esas plantas cuyo nombre no recuerdo ahora, que cuando se sienten amenazadas comienzan a reproducirse a una velocidad impresionante.

He llegado a pensar que tengo una relación tóxica con Cuba. Este es un país que propicia las relaciones tóxicas. Las interpersonales, en muchos casos, se vuelven proyecciones de las sociales. Todo lo que vemos en los espacios públicos –la inestabilidad, el miedo al cambio y al compromiso, la desconfianza, la simulación, la cobardía o el conformismo– lo vemos también en los privados. Las familias cubanas están tan desestructuradas como la sociedad.

Conozco a varias mujeres, algunas diez o veinte años mayores que yo, que sostienen la hipótesis de que para las que somos heterosexuales y feministas, o nos mostramos independientes y fuertes, es más difícil encontrar pareja en Cuba que en cualquier otro país. Por supuesto, todas ya pasan los treinta y se basan en experiencias propias o de amigas que confirman esa hipótesis. Yo no podría afirmar que esto es así en rigor, por eso digo que se trata de una hipótesis, pero me parece curioso encontrar cada vez más a mujeres cubanas que piensan igual.

Es bien difícil desarrollar relaciones sanas, con una misma y con otros, en un sistema totalitario. No hay nada sano en el totalitarismo, no hay nada sano en la falta de libertades.

Lo que sí puedo afirmar es que la cultura patriarcal, específicamente la cultura del tarro, del engaño, impone dinámicas muy dañinas en las relaciones. Si fuéramos seres poliamorosos no habría problemas, nadie engañaría nunca a nadie y nadie se lastimaría, pero somos demasiado machistas como para practicar el poliamor. Preferimos mentirnos. La parte escabrosa es que la cultura del tarro va acompañada de la cultura del chisme y la indiscreción.

Mi amiga G. dice que en La Habana todo el mundo se ha visto encuero y lo dice precisamente porque sabe, como todo el mundo, quién ha visto encuero a quién.

Es bien difícil desarrollar relaciones sanas, con una misma y con otros, en un sistema totalitario. No hay nada sano en el totalitarismo, no hay nada sano en la falta de libertades.

En Cuba, en 1959, ocurrió una revolución popular, que muy pronto practicó una sustitución de opresiones. Ocurrió algo similar a lo descrito por Orwell en su novela de 1945 Rebelión en la granja: los cerdos que lideraron la rebelión acabaron yendo a vivir a la casa de los humanos y comiendo en la misma mesa en que los humanos comían, mientras el resto de los animales de la granja enfrentaba miseria y represión.

En la granja Cuba, los principales militares y dirigentes fueron a vivir a las casas de la alta burguesía, mientras el pueblo… ustedes ya saben. También aquí unos animales acabaron siendo más “iguales” que otros.

La ideología, tan necesaria, se asumió como una religión. El Partido único ocupó el lugar que hubiera ocupado el Dios católico; el Estado, el de la Iglesia; Fidel Castro desempeñó el rol de profeta; el comunismo, el de paraíso; el capitalismo, el de infierno; Estados Unidos, el de demonio; Cuba, el de ángel; los derechos humanos, el de Satán. Y promovimos nuestras canciones, nuestras plegarias, nuestros cultos, nuestros símbolos, nuestras cruzadas, alegremente, por el mundo… Y la Seguridad del Estado fue nuestra Santa Inquisición y los disidentes y contrarrevolucionarios nuestros herejes. Y elaboramos una lista gigantesca de pecados, y juzgamos a los pecadores.

Hannah Arendt, en Los orígenes del totalitarismo, dice que los dictadores totalitarios tienen el hábito de anunciar sus intenciones políticas en forma de profecías; lo que más les preocupa, por encima de todas las consideraciones utilitarias, es lograr que sus predicciones lleguen a cumplirse. Desde antes de que tomen el poder, su propaganda se caracteriza por un “extremado desprecio por los hechos como tales, porque en su opinión los hechos dependen enteramente del poder del hombre que pueda fabricarlos”.

Arendt comparte una perspectiva de la recepción de la propaganda por “las masas” bastante cuestionable, incluso para la época en que se publicó su obra (1951), y sospecho que hoy habría que replantearla debido a los cambios generados por las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones y las redes sociales, pero aporta luces valiosísimas para intentar comprender el ejercicio del poder en Cuba y esa creación de “un mundo totalmente imaginario” que compite con el real y “cuyo principal inconveniente es que no es lógico, consecuente, ni organizado”.

Yo sé que la mitad de mis miedos forman parte de ese mundo imaginario, de esa ficción creada por el Poder, y que ni largándome de Cuba van a desaparecer. Nadie logra romper cabalmente con Cuba si deja atrás familia y amigos, y preserva esos vínculos.

He trabajado con fuentes que residen en otros países y no han accedido a ofrecer entrevistas on the record por temor a represalias, a que les impidan volver a entrar, a que les dejen entrar y luego no les dejen volver a salir, a que sus familiares aquí puedan salir perjudicados. Incluso en Estados Unidos, una de las pesadillas más recurrentes de los emigrantes cubanos es que, tras una visita, no les permitan retornar y se queden encerrados aquí, en la isla.

Cuba ha sido y es un gran trauma para muchas personas que conozco. Su política, su economía, sus hospitales, su machismo, su racismo, su homofobia. Todo. Y lo que está en la base de ese trauma es la falta de libertades para cambiar lo que nos traumatiza. El encierro dentro del encierro.

Es posible aprender a vivir en esta lógica, acostumbrarse, y hasta ser feliz de cierta forma. Una va a obras de teatro, conciertos, festivales de cine, playas, bares, clases de yoga, cumpleaños. Una baila, sonríe, se ejercita, lee, se enamora. Intenta normalizar su cotidianidad hasta donde es posible en los estrechos márgenes del sistema, porque de lo contrario sólo queda ahorcarse.

Un cineasta cubano que conocí hace poco en Europa, amigo de unos amigos, me dijo que él había tenido que irse porque el techo es demasiado bajo en la isla y ya estaba caminando con la cabeza de lado y le dolía el cuello. Así anda en Cuba mucha gente: con la cabeza ladeada y con dolor de cuello. Así ando yo.

A mí no me une a Cuba una razón patriótica. Yo creo seriamente en esa idea martiana de que “patria es humanidad”. Frantz Fanon, en Piel negra, máscaras blancas, decía más: “yo soy hombre, y en este sentido la guerra del Peloponeso es tan mía como el descubrimiento de la brújula. […] Yo soy un hombre, me corresponde, quiero recuperar todo el pasado del mundo”. Porque la gran rebelión de Fanon frente al colonialismo racista fue considerarse parte del gran movimiento de la humanidad.

En abril de 2016, yo tuve la oportunidad de reportar en Colombia, en La Guajira, sobre la crisis con el agua que enfrenta la comunidad wayúu, y conté la historia de una escuela primaria ubicada en una de las zonas más desérticas del departamento. Yo no soy de esas personas que necesita a Cuba para escribir y que piensa que no podría escribir sobre ningún otro sitio. Mi afán por escribir es apenas la expresión de un afán mayor, el de comprender la vida.

Cormac McCarthy, en una entrevista con Oprah Winfrey, dijo algo muy obvio, pero también muy revelador: “el subconsciente es más viejo que el lenguaje”. Sus novelas –yo sólo he leído cuatro– son un poco eso: obvias y reveladoras. Oprah adoró esa frase en su entrevista y yo también cuando la escuché, porque creo que el lenguaje no es un fin en sí mismo sino un método para excavar en ese subconsciente que tiene millones de años. Yo tengo millones de años.

Si estoy en Cuba aún, a los 32, es porque periodística y filosóficamente me interesa poder contar un sistema totalitario. No sé si hago o no un sacrificio, al menos no lo siento como tal. Estar aquí y trabajar no puede ser un sacrificio. A mí los sacrificios siempre me han parecido manifestaciones de la vanidad.

Sé que cuando salgo de la isla, la existencia, la cotidianidad, son cuestiones más ligeras, fáciles, normales. Sé que estar dentro, haciendo periodismo, es un reto gigante para la salud mental de cualquiera. Sin embargo, a mí me gustan los retos.

Cansarse es parte de enfrentar un reto. Esto no es una competencia, ni una guerra. La guerra está en la ficción del poder. A mí no me importa si yo veo o no el país que intento construir haciendo periodismo independiente, un país con alguna base mínima para la democracia, porque Cuba no se trata de mí, como mismo mi vida no se trata de Cuba. Yo no soy indispensable más que para mí misma.

Nadie es indispensable. Además, los procesos de cambios sociales siguen tiempos muy superiores a los de las personas. El proceso que dependa de una persona, y no de la gente, de estructuras, leyes e instituciones, no me sirve.

“Hay que cuidarse ese Fidel que llevamos dentro”, dijo una vez la amiga C., citando a alguien en un documental que no recuerdo ahora. Porque ese es su principal legado: que nos odiemos entre cubanos. No hay en la historia del país una figura que nos divida tanto como esa.

Pero lo que más siento que nos desgasta no es el miedo, ni andar con la cabeza ladeada, ni la Seguridad del Estado, sino el odio. El odio de los defensores del gobierno y el odio de los detractores de la dictadura.

“Hay que cuidarse ese Fidel que llevamos dentro”, dijo una vez la amiga C., citando a alguien en un documental que no recuerdo ahora. Porque ese es su principal legado: que nos odiemos entre cubanos. No hay en la historia del país una figura que nos divida tanto como esa.

Yo recuerdo que cuando supe la noticia de su muerte, en noviembre de 2016, no sentí nada. Pero cuando viajé a Santiago de Cuba, para una colaboración que hice con un diario extranjero, y vi sus restos pasar frente al antiguo Cuartel Moncada, me senté sola en la calle por varios minutos a llorar. No estaba triste, tampoco alegre, porque al final dejó el poder cuando le dio su gana, después de ejercerlo por más de medio siglo. Pero sentí alivio.

Lamentablemente, en el pueblo hay muchos Fidel. La actitud de los cubanos que no toleran ninguna crítica a Estados Unidos, ni a su policía, ni a su presidente, ni a su sistema electoral, ni a sus leyes, ni a la compañía Goya Foods, y siguen haciendo mítines de repudio en redes sociales, es una actitud fundamentalmente fidelista. Ni hablar de los que dicen que los críticos con Estados Unidos deberían irse; solo les falta gritar: “no los queremos, no los necesitamos”.

Si hay un muro en Cuba que hay que derribar, como mismo se derribó el muro de Berlín que dividía a Alemania, es el de la confrontación entre Cuba y Estados Unidos. Por supuesto, este no es un muro que se pueda tumbar en par de noches. Requeriría años de diálogos y negociaciones. Con Barack Obama casi empezamos a tumbarlo, pero entonces vino Donald Trump, un fanático nada despreciable de los muros. Hasta que ambas naciones no se reconcilien no empezará la otra reconciliación más compleja y profunda que deberá darse entre cubanos.

Mientras, Cuba anda como un barco a la deriva, yendo más o menos para donde el viento sopla, si sopla, y la población sigue envejeciendo o emigrando. La historia que contara en 1905 Esteban Borrero en El ciervo encantado es una historia que se repite. En algún momento, el gobierno debería considerar impartir cursos en los barrios cubanos sobre cómo mantener encendido el faro de El Morro. Tanto faro que quisimos ser, que será eso lo único que terminaremos siendo: un faro.

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MÓNICA BARÓ
Mónica Baró (La Habana, 1988). Periodista y escritora. Trabajó para la revista estatal Bohemia entre 2013 y 2014 y luego en el Instituto de Filosofía de Cuba. En 2015 formó parte del equipo fundador de la revista medioambiental independiente Periodismo de Barrio, donde fungió como reportera y miembro de su consejo editorial, hasta 2018. Ha publicado en OnCuba, Univisón Noticias, El Toque, Cuba Posible, Hypermedia Magazine. Ha escrito principalmente sobre comunidades vulnerables a desastres naturales, envenenamiento por plomo, problemas de vivienda y violencia de género. En 2019 ganó el premio Gabriel García Márquez con el texto “La sangre nunca fue amarilla”. Actualmente trabaja como reportera de la revista El Estornudo y reside en La Habana.
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