Ilustración de Alejandro Cañer

Hace un año, por el mes de julio, hicimos circular un número de Plural consagrado a la Revolución cubana y su cultura. Lo titulamos “Textos encontrados”. Queríamos significar con ello que se trataba tanto de textos “hallados”, o sea, que de modo azaroso habíamos “encontrado”, como de textos que se enfrentaban entre sí, es decir, que se “encontraban”, que estaban en posiciones “encontradas”. El “encuentro” puede ser amistoso o violento. Queríamos, deliberadamente, jugar con las opciones, y por eso utilizamos un concepto ambiguo.

Hoy, pues, a un año de distancia, volvemos a dar un amplio espacio al tema cubano. Las condiciones internacionales han cambiado. Y lo han hecho de una manera aguda y acelerada. También han cambiado las condiciones internas, las condiciones en las que se mueven la economía, la política y la cultura en la isla de Cuba, en la Revolución cubana.

Plural ha sido un espacio para la discusión y el análisis, un foro en el que, lo hemos dicho de manera reiterada, tienen cabida todas las opiniones y todas las posiciones. Su nombre mismo lo indica: el plural implica un número y en ese número se encuentra, por definición, la diferencia.

Entregamos este número de Plural, polémico, pues, para la discusión y el análisis. Pero deseamos dejar en claro, antes que otra cosa, que nos interesa la discusión de ideas y de principios, no la baja querella ad hominem. Quienes amamos a Cuba entendemos, envuelto en ese nombre, algo más que una geografía, mucho más que una idea, bastante más que un sistema de gobierno. Entendemos bajo ese nombre una historia, una cultura y, por encima de todo, muchos rostros: de hombres, mujeres y niños; muchos amigos, algunos versos luminosos (“Hora es de entrar, escucha, en el silencio”, por ejemplo).

Por esta razón, precisamente por esta razón, entendemos que es necesario encontrarle una solución racional al problema cubano. El problema cubano no será jamás resuelto por la vía de la fuerza. Ni interna ni externa. Y si aquí, en este número de Plural, se encuentran textos diferentes, críticos, disidentes es porque la condición primera de la inteligencia es esa, precisamente, la diferencia. Y porque el diálogo, para que en verdad lo sea, necesita del enfrentamiento con el “otro”, el otro que también habita en mí y que también soy yo.

Estamos, pues, por el levantamiento irrestricto del bloqueo estadunidense a la Revolución cubana. Pero estamos también, sin duda, por el levantamiento de todos los bloques internos que la misma Revolución ha levantado en su contra.

Desde hace tiempo, intenté un examen de aquella proposición famosa de Fidel Castro, establecida en la Reunión con los Intelectuales, hace más de treinta años (1961): “Dentro de la Revolución, todo. Contra la Revolución, nada. Fue en su momento, un desafío, una posición de compromiso y de audacia, un planteamiento inédito en el conjunto de las teorías y las prácticas culturales de los países llamados socialistas o de economía (mal) planificada. Sirvió para liberar las fuerzas intelectuales y creativas de los artistas cubanos. La Revolución no impuso ningún dogma artístico y dejó en libertad a los creadores para trabajar como lo desearan.

Al mismo tiempo, la Revolución educó generaciones enteras de jóvenes. Les proporcionó no sólo educación básica, sino también universitaria del más alto nivel. Hoy nos enfrentamos a los resultados. La crisis por la que atraviesa la intelectualidad cubana, de diferentes generaciones, es un producto típico del crecimiento mismo de la Revolución: esas personas educadas, inteligentes, no pueden pensar igual que si no lo estuvieran. Y es inútil pedirles que piensen de modo idéntico a sus dirigentes o exigirles que dejen de pensar.

¿Qué significan esas palabras, pues, de Fidel Castro? Esas palabras poseen en sí mismas, un gran peso: “todo”, “nada”, “dentro”, “fuera”, “Revolución”, “Todo”, pues, sí, pero “dentro” de la Revolución. ¿Quién determina qué es lo que está “dentro” y lo que está “fuera”? ¿Está “fuera”, tanto en sentido figurado real lo que se aparta de la norma, aquello que es “diferente”?

Para mí, el problema central que se discute es acerca de la manera como se construye, estructuralmente hablando, la razón, aún mejor, la racionalidad humana y la racionalidad social. Si se piensa que “todo”, para que esté “dentro”, debe ser homogéneo, el concepto de razón es unívoco y se rechaza la diferencia, la disidencia. El que disienta de la “racionalidad revolucionaria”, de la norma admitida, de la “cientificidad socialista”, será “loco”, es un irracional. Su diferencia lo excluye.

Adviértase que “estar fuera” de la Revolución coincide con una pura “nada”. Dice Fidel Castro: “Nada fuera de la Revolución”. Si invertimos los términos, querrá decir que lo que “está fuera” de la Revolución es la “nada”. Fuera de la Revolución, ¿qué hay? Nada. Así, pues, se tiene que estar “dentro”. Y, para estar “dentro”, se tiene que ser coincidente. Pero, ¿coincidente con qué? Por supuesto, con la Revolución. Sin embargo, ¿qué es ahora, la Revolución? Fue, para todos nosotros, la Revolución de la utopía, la que hizo posible, de súbito, aquí y ahora, que ese lugar que no está en ninguna parte, ese lugar que no existe, se situara, se encarnara, tuviera lugar en una determinada geografía social y humana.

Las dificultades, empero, lejos de resolverse, se han agudizado. Y los países llamados socialistas se han derrumbado. Y lo han hecho, sin duda alguna, por el peso específico de sus propias contradicciones, no por una intervención externa ni por una guerra civil. Pura llanamente por el peso, abrumador, de sus propias contradicciones.

¿Cuáles son esas contradicciones? La más aguda, la que jamás pudieron resolver: la contradicción entre el desarrollo de sus fuerzas productivas y el sistema de organización social. Las fuerzas productivas no se desarrollaron sino que, por el contrario, se estancaron. Y mientras que en los países capitalistas, de los que se predijo su colapso; de los que se dijo, “científicamente”, que se encontraban imposibilitados de desarrollar sus fuerzas productivas en escala creciente, las desarrollaron y las desarrollan aún al máximo, en los países de economía (mal) planificada sucedió lo inverso, las fuerzas productivas se estancaron.

¿Por qué? Porque los países socialistas se aislaron, se consideraron “dueños de la verdad”, del “método científico” y “revolucionario” (lo uno parecía indisolublemente ligado con lo otro), y, en lugar de entrar en “comercio” y reciprocidad con las corrientes del pensamiento contemporáneo (las “enemigas” incluidas), se aislaron, insisto, se encasillaron en una autosuficiencia dogmática. Se quedaron con “todo” —pero aquí este “todo” se hizo equivalente de “muy poco”—, “dentro” de su “sapiencia” revolucionaria. Y, lejos de adoptar una actitud humilde, científicamente consistente, o sea, la actitud del que debe investigar para disipar los problemas, la actitud del que está obligado a dudar de todo, los “socialistas revolucionarios”, los “socialistas científicos” mostraron desdén olímpico por lo que estaba “fuera”. En fin de cuentas, “afuera” no había nada, “la nada” se encontraba fuera.

Cuba está, hoy, en una situación extremadamente difícil. Ha acentuado su carácter insular, pero ahora en un sentido no sólo físico sino también teórico, buscando, en vez del contacto con las ideas más renovadoras del mundo contemporáneo, la verdad dentro de sí misma, la “pureza” revolucionaria y doctrinal. Lo más grave de cuanto acontece, hoy, en la Isla, es que se ha creado un éxodo masivo de sus mejores hombres.

En efecto, después de que la Revolución cubana los educó en una conciencia crítica, ahora les exige la sumisión teórica, en vez de la impía, la despiadada crítica revolucionaria. ¿Acaso la crítica es “enemiga”? Cuando se está seguro, no se teme el contacto con las realidades externas. Sólo el débil, el que no está convencido de sus tesis, teme entrar en confrontación con los demás. Así, pues, Cuba está dejando ir a una enorme cantidad de jóvenes que ella misma formó, desangrándose de manera paulatina e inexorable. Esta fuga de cerebros es, acaso, junto con el deterioro de sus fuerzas productivas y la falta de contacto con las corrientes renovadoras de la economía mundial, lo más patético que hoy enfrenta la Revolución cubana.

Junto con ello, la intolerancia hacia cuanto signifique disidencia o, simplemente, diferencia y desacuerdo. Plural, amiga siempre de las más limpias y altas causas de la humanidad, eleva su voz para que la dirigencia cubana recapacite, libere a la poetisa María Elena Cruz Varela y se otorguen espacios de expresión a todos los intelectuales cubanos. Porque dentro de la Revolución debe caber, en efecto, “todo”. Pero aquí debemos entender por la palabra todo, efectivamente, “todo”, aun aquello que molesta e irrita, aun aquello que critica y discrepa. El demonio debe adquirir también carta de ciudadanía en la Revolución cubana: el demonio, es decir, como quería Antonio Machado, el derecho específicamente demoníaco que consiste en la libre emisión del pensamiento.

Lo decimos con amor, con el ánimo fraterno de quien está atravesado por un dolor inmenso: ese dolor que surge cuando se ve que la Revolución de la utopía ha cedido el paso a una revolución que ya no se encuentra en ninguna parte “digo, es un decir”, a la utopía de la Revolución.

* Este texto se publicó posteriormente en La Gaceta de Cuba, n. 6, noviembre-diciembre, 1992, pp. 38-39.


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