Amigo Piñera:

¿Por qué se esmeró usted tan laboriosamente en evitar este natural y grato comienzo en su carta reciente? Ya ve usted con cuánta confianza me acojo a esa presunción de amistad, que es todavía la mejor ilusión de los hombres.

Perdóneme que haya tardado tanto en contestarle su carta. Pude haberlo hecho enseguida con un “¡Pues no faltaba más!” y un cheque. Pero no quería ser con usted, tan brutalmente lacónico. Y estaba demasiado ocupado para otra cosa.

Hasta hoy, que he leído su Poeta. Lo he leído y me ha gustado –a pesar de su reticencia polémica un poco menuda, a pesar de su cuarzo y de su niebla–. Aparte de logros más sustantivos, le celebro la impaciencia, porque sin esta no se llega a aquellos.

Esa impaciencia, esa violación de rutinas, la trajimos nosotros –no lo olviden: nosotros, los que ya somos “viejos” para ustedes, como ustedes lo serán para los de pasado mañana–. Y debo confesarlo que a veces me asusto un poco de mi propia herencia. Quisiera tener tiempo para escribir un ensayo un poco escandaloso –al que ustedes, naturalmente, no le harían ningún caso– sobre “Lo poético irresponsable”.

Venga pronto su libro, y excúseme lo modesto de mi cooperación. Le desea ventura personal y prosperidad poética su afmo.

Jorge Mañach

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