En todo tiempo nuestro natural ha sido distinguido por su honrada sencillez, nada de afectación, hasta que el libertinaje francés conquistó, compatriotas, una gran parte de nuestras antiguas costumbres con grave perjuicio. Ahora que detestamos de todo corazón las máximas de la nación degradada y que tenemos esculpido en mármol la felonía cometida en la augusta persona de nuestro adorado rey Sr. Don Fernando el Séptimo (Q. D. G.), ¿por qué no hemos de extrañar de nosotros la «balsa» (valse) y contradanza, invenciones siempre indecentes que la diabólica Francia nos introdujo? Ellos en su esencia son diametralmente contrarios al cristianismo, gestos, meneos lascivos y una rufiandad impudente son sus constitutivos, que provocan por la fatiga y el calor que producen en el cuerpo la concupiscencia.

Cuando releemos este párrafo de un editorial de El Aviso de La Habana, de 1809, citado por Alejo Carpentier en su libro La música en Cuba, no nos queda otra alternativa que exteriorizar el irreprimible chiste que mejor cuadre al estúpido “chauvinismo” de las autoridades coloniales que pretendieron ahogar, con insultos y amenazas, la afición de un pueblo que empezaba a bailar unas contradanzas que habían tenido su origen en Inglaterra, en 1600, y que fueron traídas a Cuba por los inmigrantes franceses.

“Pero nadie hizo caso a las frases condenatorias del bilioso gacetillero –continúa diciendo Carpentier– ya que la «balsa» y la contradanza habían prendido demasiado hondo en los gustos del criollo, para que se sintiera muy tentado a demostrar su fidelidad al Sr. Don Fernando el Séptimo, privándose de algo que le era muy grato” y –decimos ahora nosotros– que no dañaba, sino que, por el contrario, en el caso de la contradanza, enriquecía las costumbres de los criollos e iniciaba una evolución en nuestra música y en nuestros bailes que, pasando por Saumell y Cervantes, desembocaría en la integración de nuestro baile nacional: el danzón.

Esta actitud de “retranca” al desarrollo e integración de una cultura nacional se mantuvo en los sectores oficiales coloniales durante toda la lucha emancipadora y, después de establecida la República, tuvo a sus mejores representantes en los politiqueros, en los grupos “cultos” de la aristocracia y en los intelectualoides de la redacción del Diario de la Marina, todos obedientes a los designios del imperialismo explotador y oscurantista.

Contra este complot antinacional se pronunciaron y lucharon constantemente –con su actitud y con su obra– nuestros mejores artistas. Es claro que la correlación de fuerzas era contrariamente abrumadora a la justa causa de la cultura cubana. No era posible vencer en una lucha donde el explotador capitalista detentaba el poder y le era fácil apelar a la fuerza para reprimir las manifestaciones culturales que pudieran enriquecer y reafirmar nuestra nacionalidad. Sin embargo, a pesar del politiquero, a pesar del gacetillero y del cura, de la señorona y del businessman, del SIM y del BRAC; a pesar del imperialismo, nuestros artistas lograron algunos avances en sus expresiones y en sus tácticas que, en cierto modo, daban a su producción un buen nivel de contemporaneidad.

Cuando llega la Revolución y sienta las bases para que el pueblo pueda rescatar su dignidad y su destino, en los reducidos medios artísticos –y los artistas también son parte del pueblo–, ya se sabe apreciar y respetar no sólo las obras artísticas de los siglos pasados, sino también las de un siglo que tiene representantes tales como Picasso y Klee, Stravinski y Schönberg, Maiakovski y Saint-John Perse. Un siglo en el que, además, hay jóvenes de todas las latitudes entregados al trabajo responsable de experimentar, buscar y encontrar nuevos medios de expresión, nuevas técnicas que poner al servicio de la creación artística.

Y es, precisamente ahora, dentro del amplio campo de acción y con los innumerables medios que la Revolución pone al alcance de los artistas, que estos se disponen –ya lo están haciendo– a luchar por lograr obras que contribuyan aún más a la integración de una verdadera cultura nacional que sea fiel a nuestro tiempo, fiel a nuestra Revolución y, por tanto, libre de prejuicios limitadores, de oscurantismos y coyundas, lograda a través de la aplicación de todos los conocimientos adquiridos, de todas las técnicas existentes y de las que podamos desarrollar para tan elevado fin.

Y esto sólo puede hacerse dentro de una Revolución. Esto sólo puede lograrse dentro de una Revolución como la cubana que, al mismo tiempo que anula todas aquellas fuerzas opresoras que, al servicio del imperialismo, impedían el progreso de la cultura nacional, crea un verdadero clima de libertad creacional y auspicia la difusión de todas las manifestaciones artísticas que no sean manifestaciones contrarrevolucionarias: desde el cuadro más objetivo hasta el absolutamente abstracto, desde la música más convencional hasta las últimas manifestaciones de las músicas concreta y electrónica. Esta amplia y luminosa política cultural consustancial a la Revolución cubana quedó sintetizada certeramente por el Primer Ministro, Dr. Fidel Castro en una sola frase en sus “Palabras a los intelectuales”, cuando al hablar de la libertad de creación dijo: “Con la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”, y que, con expresión diáfana, ratificó al dirigirse a los intelectuales en la clausura del Primer Congreso de Escritores y Artistas:

Nosotros no tenemos que decirles a ustedes lo que han de hacer; de la realidad misma surgen las tareas que ustedes tienen delante. Lo evidente es que ustedes cuentan hoy con las condiciones ideales, con las mejores condiciones para trabajar; y la realidad es que el intelectual, el escritor y el artista cobran en esta hora revolucionaria todo su valor y toda su importancia: el valor y la importancia que sólo las clases humildes, liberadas, de nuestro pueblo, podían darles; la importancia que jamás habrían podido darles, el valor que jamás habrían podido concederles las clases explotadoras.

Bueno, y, mientras tanto, ¿qué ha sido del businessman, del cura, de la señorona, del SIM, del BRAC, del imperialismo?

La verdad es que ya en nuestra Patria no pueden detener el avance cultural.

Pero tienen herederos.

Visten distinto, hablan distinto, tienen otros argumentos, pero cuando se habla de cultura, cuando se habla de arte, presentan muchas coincidencias.

He aquí al dogmático de izquierda.

Y aquí al oportunista de derecha.

Son pocos, pero muy peligrosos. A cada rato nos encontramos con ellos. No pierden oportunidad alguna para desorientar al pueblo. Lo mismo apelan a su folleto que a una charla “revolucionaria”.

Pero ambos están contra la amplia política cultural de nuestro Gobierno revolucionario y quisieran que los artistas cubanos, de espaldas a todos los logros de la cultura, pasados y presentes, adoptaran un solo cauce expresivo, cultivaran una sola forma: la que mejor cuadre a sus respectivos mejores o peores gustos. Y para convencernos de esto y desorientar al pueblo apelan a todo, ¡hasta a la deformación del marxismo-leninismo!

Unos dicen estar contra un arte que llaman “abstracto” y en esta denominación incluyen todo lo que no sea un cuadrito de almanaque o una melodía llorosa. Otros dicen estar contra un arte realista y sólo aspiran a la oscuridad.

Lo más curioso de todo esto es que casi ninguno de ellos se ha dedicado jamás a la creación artística. Es más, de entre los que conozco he visto a muy pocos en un concierto, en una exposición o en un teatro.

Contra estos dos enemigos de la Revolución debemos luchar. Hay que desenmascararlos dondequiera que saquen las uñas. En lo adelante vamos a tenerlos más en cuenta y vamos a combatirlos con más fuerza. Analizaremos con más detenimiento sus tácticas y procedimientos. Con nosotros, con todos los escritores y artistas cubanos, está la Revolución, está nuestro Gobierno revolucionario.

Lo que nosotros defendemos, lo que nosotros queremos, es lo mismo que defiende y quiere la Revolución; lo mismo que defiende nuestra dirigencia: dentro de la Revolución caben todas las tendencias artísticas; contra la Revolución, ninguna de ellas.

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