‘Kokoloko’, de Gerardo Naranjo, otro paisaje fílmico de la violencia en México

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Detalle del cartel de la película ‘Kokoloko’, Gerardo Naranjo, dir., 2020

La manera en que se comunican los cuerpos desnudos de Mundo y Marisol, la sensualidad y la violencia con que estos personajes se entregan a la satisfacción de sus deseos, son la expresión física que mejor explica la ardiente aventura en que se adentra Kokoloko (2020), la nueva película del director mexicano Gerardo Naranjo. Estrenado internacionalmente en el Festival de Cine de Tribeca, el filme es parte ahora de la selección oficial de la 35ta edición del Festival de Guadalajara, que se estará celebrando entre los días 20 y 27 de noviembre.

Kokoloko se adentra en el hábitat de un pueblo costero de Oaxaca, donde Marisol se encuentra atenazada entre un rabioso deseo por Mundo –su amante– y el control posesivo e incestuoso que su primo Mauro ejerce sobre ella. El color local del lugar, la belleza del paisaje marino y la furia con que continuamente las olas se avalanchan contra las costas rocosas, además de las disímiles expresiones de violencia (física, verbal, psicológica, sexual) que se suceden allí, sumergen esta historia en un tono entre íntimo y salvaje que rezuma la lucha de esta mujer por conquistar su libertad, por ser autónoma y levantar sus sentimientos sobre la energía de su cuerpo y sus emociones.

Aunque Marisol parece un personaje pasivo, presa de las decisiones de los hombres, Kokoloko es, en puridad, una mirada a la resistencia de esta joven; ella busca y le exige a Mundo que tome riendas en el asunto. Pero Mundo se comporta tan pasivo y servil ante su jefe –él trabaja para Mauro en su pequeño negocio– que no es de extrañar la apacibilidad con que acepta salir del país cuando Mauro logra exiliarlo a los Estados Unidos. Sin embargo, los dos amantes mantienen comunicación a través de mensajes de textos y video llamadas, en un cruce encendido de pasiones que ignora cualquier tipo de interés social.

Cuando Mundo regresa de su breve exilio californiano para recuperar a su amante, ambos se encuentran en una casa a la salida del pueblo, antes de escapar de la pandilla de Mauro. Mundo cruza una cerca que da al patio trasero de la casa, toma a Marisol en sus brazos y se la lleva a la cama. La atracción sexual, amorosa y feroz a un mismo tiempo, que ejercen uno sobre el otro, desata una abismal tragedia que no puede sino terminar en la muerte.

Mundo posee el cuerpo de Marisol con una animalidad incontrolable, tanto como el placer que ella experimenta, plena de goce. En medio del ardor de esa pasión estalla el salvajismo del clima social que modela estos cuerpos, sus expresiones, su comportamiento. Mauro irrumpe en el lugar, vuelve a recuperar a su prima y descarga todo su odio sobre Mundo, lo ata a su camioneta y lo arrastra por la carretera. No es otra la tragedia a la que está condenada esta relación, víctima de un mundo fatalmente invadido por la irracionalidad, el peligro y la sangre. Pero Mundo no se resiste a vivir sin el objeto de su deseo, y vuelve a la carga. El encuentro postrero entre estos individuos, en una batalla con machetes que recuerda al western, es menos una disputa por Marisol que una ceremonia que refrenda su hombría.

Este triángulo sexual –bastante enfermizo, por cierto– está envuelto por la situación sociopolítica que abraza la cotidianidad de ese pequeño pueblo mexicano. Las ansias de Marisol de escapar con Mundo coinciden con sus aspiraciones de unirse a la guerrilla local, la misma para la que él trabaja. De algún modo, el pavor, el desamparo y el miedo que sufre la protagonista, así como los antagonismos entre los hombres que se disputan a la postre su posesión, emanan de un entorno cívico y político muy particular, que la película no describe, pero que se percibe punzando en el cauce de la vida de estos personajes.

Las tensiones experimentadas por la pareja de amantes, entre la esperanza de consumar sus deseos y la búsqueda de una oportunidad para escapar de la realidad que los atrapa, son las mismas en que está inmerso todo el pueblo. La frustración de Marisol y Mundo es la frustración de esta comunidad, cuyo imaginario filtra Gerardo Naranjo a través de estos amantes que parecen mediados por la sed de venganza y no por los sentimientos. El ardor con que sus cuerpos se juntan es el mejor modo de reaccionar a la opresión de ese ambiente.

La violencia con que Mauro trata a Marisol y con la que Mundo se enfrenta a Mauro está estrechamente ligada a una ética, derivada de un conjunto de valores sociales erigidos por una civilidad y una cultura modeladas por años de historia. Quizás sea el tratamiento fílmico de la violencia uno de los aspectos mejor calibrados por la realización de Kokoloko. La cinta de Gerardo Naranjo se ocupa del modo en que la violencia se manifiesta en la cotidianidad de los individuos –en el modo en que se relacionan consigo mismo– como expresión de las estrategias de normatización dictadas por el aprendizaje cultural.

Todavía se debe destacar el criterio fílmico escogido por el director para rodar esta tormentosa historia. Gerardo Naranjo rodó Kokoloko en 16 mm, lo cual, además de extrañar los códigos del melodrama, dota al relato de un enrarecido lirismo en el plano visual, gracias a la textura de la imagen y al contraste de colores conseguidos. Por otra parte, este formato apuntala considerablemente el tono de la narración, resuelta en una trama que articula fragmentos no siempre relacionados, que parecen emanados de la memoria de alguno de los personajes. Los estallidos lumínicos en la superficie visual y el look propiciado por este tipo de película celuloide –que posibilita un apreciable trabajo con el contraste de colores, la saturación de determinados tonos, la escala de planos–, contribuye a envolver la historia en una atmósfera medio onírica de la que depende mucho la subjetividad de los protagonistas.

Con Drama/Mex, Voy a explotar y, sobre todo, Miss Bala, Gerardo Naranjo se colocó a la vanguardia de la creación cinematográfica latinoamericana. Kokoloko, con su desborde de ingenio visual y su implacable manejo de los códigos en que se manifiesta la violenta relación del triángulo amoroso, confirma la voluntad de riesgo estético y la inteligente autoría de este director.

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ÁNGEL PÉREZ
Ángel Pérez (San Germán, Holguín, Cuba, 1991). Licenciado en Historia del Arte. Artículos y ensayos suyos aparecen en libros, antologías y publicaciones periódicas nacionales e internacionales. Compiló y prologó con Javier L. Mora, Long Playing Poetry. Cuba: Generación Años Cero (Editorial Casa Vacía. Richmond, Virginia, 2017) y con Jamila Medina, Pasaporte. Cuba: poesía de los Años Cero (Editorial Catafixia, Guatemala, 2019). Ha obtenido los Premio Caracol de crítica y ensayo cinematográficos de la UNEAC (2017 y 2019), el Premio Internacional de Ensayo de la revista Temas (2019), además de la Beca de Creación Dador (2018) y el Premio Pinos Nuevos de Ensayo (2020), ambos otorgados por el Instituto Cubano del Libro. Es programador del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Integra el staff de Rialta.
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