Ilustración de Alejandro Cañer

A fines del año pasado El Caimán Barbudo publicó una encuesta sobre mi novela Pasión de Urbino. Entre las respuestas una se destacó por su arbitrariedad. En lugar de ofrecer la opinión literaria pedida, Heberto Padilla redactó una nota política en la que oponía al escritor que ha permanecido en Cuba el escritor que vive en el extranjero. La encuesta se convirtió para Heberto Padilla en una oportunidad de expresar, con cierto vuelo sensacionalista, sus opiniones sobre la Revolución cubana y los que la sirven, ocultándose en una neblina de ligerezas seudoliterarias.

En aquella ocasión la redacción de El Caimán Barbudo respondió con razonamientos que comparto plenamente a la nota de Heberto Padilla y no estimé necesaria una respuesta. Pero ante una nueva publicación insistiendo sobre el tema creo que se hace necesario precisar ciertas inexactitudes. No voy a responder con amplitud a las breves y superficiales menciones que se hacen de mi novela porque creo que Heberto Padilla la tomó como una excusa para decir lo otro. En realidad este no es un debate literario sino político. Y en ese plano debe mantenerse.

No obstante debe ser aclarado que Padilla no leía el manuscrito de “Pasión de Urbino” como él afirma “después de cada revisión”. Lo leyó una sola vez igual que muchos otros escritores cubanos a los que podía considerar mis amigos. No fue a instancias mías que lo envió al Premio Biblioteca Breve sino a instancias del patrocinador de ese concurso, Carlos Barral, que envió un telegrama a Padilla (debido a las relaciones económicas que mantenían), pidiendo la participación en el concurso de dos escritores cubanos que precisaba con sus nombres y apellidos: Calvert Casey y Lisandro Otero. También es conveniente aclarar que si es cierto que “Pasión de Urbino” no resultó premiada sobrevivió la eliminación de más de ochenta manuscritos y quedó finalista compitiendo con la novela de Cabrera Infante y la de un autor español cuyo nombre no recuerdo. Finalmente el jurado la recomendó para su publicación, cosa que no pudo hacerse por prohibición de la censura eclesiástica española. Así la primera edición de “Urbino” vio la luz en la Editorial Jorge Álvarez de Buenos Aires.

Pero vayamos a lo fundamental. En los alegatos de Padilla se puede observar una incomprensión y un distanciamiento del proceso histórico que ha vivido el pueblo cubano a partir de 1959. Hay múltiples ejemplos en sus dos notas. En una, por ejemplo, parece poner en razón directamente proporcional la calidad de un libro con el precio al que es vendido al público. Para él una novela de cinco pesos es necesariamente mejor que una de cuarenta centavos. Con lo cual está negando el acceso del pueblo a la cultura mediante el abaratamiento de precios. Por esa vía los libros que distribuye gratuitamente el Instituto del Libro a los estudiantes no tienen ningún valor. En otro instante se vanagloria de no haber hablado para la BBC de Londres de un problema interno cubano y parece ser una virtud que no haya llevado sus discrepancias con la Revolución a una agencia de noticias extranjeras. Parece no comprender Padilla que el hecho de no traicionar no constituye una prenda en la conducta de un cubano, ni siquiera es el cumplimiento de un deber, sino la manifestación espontánea y natural de un estado de conciencia. Algo que debe ejercerse tan normalmente como beber un vaso de agua.

Pero estas incomprensiones y distanciamientos no deben sorprendernos. Padilla ha pasado más de la mitad del proceso revolucionario cubano fuera del país. Es maravillosa la manera eufemística y reticente en que habla de sus residencias en el extranjero. “En ocho años de Revolución solamente he vivido uno en Praga”, afirma rotundamente y va dejando la cuenta total en la nebulosidad de frases tales como: “Londres, en 1960, donde estuve unos meses exclusivamente”. No aclara que estos meses casi llegaron a un año. En el curso de 1960 hizo dos viajes a Europa. Dice: “La Unión Soviética donde estuve en 1963, no como funcionario de la Revolución (eso parece ser un galardón), sino como simple redactor del periódico Novedades de Moscú”. Estuvo, sí, en 1963 y retornó a Cuba. En marzo de 1965 Padilla salvó a Praga y retorno en mayo de 1966 un año más tarde. Si a esto se añade estancias en Europa Occidental: París, Milán, Madrid, etc., la cuenta, que Padilla, nunca suma, nos arroja alrededor de tres años y medio fuera del país. Por eso es correcto el calificativo de la redacción de El Caimán: “Haber vivido y luchado en Cuba días tras días es un privilegio que Padilla no ha tenido”.

Pero hay otras muestras de su incomprensión y su distanciamiento. Padilla afirma que “ni siquiera en la Unión Soviética subdesarrollada de los años veinte puedo imaginarme a un Isaac Babel de Vicepresidente de Cultura, a un Vladimir Maiacovsky de Director de Literatura” y añade que es posible citar excepciones. Cito “excepciones” tales como Chagall que fue Comisario de Artes Plásticas o Lunacharski que fue Comisario de Instrucción Pública. O el mismo Maiacovski que dirigió una sección del Departamento de Agitación y Propaganda. En realidad casi todos los escritores y artistas revolucionarios de esos años participaron en mayor o menor medida en labores ideológicas durante la nueva fundación de su país.

Lo que sí resulta muy difícil de imaginar es a Essenin o a Blok de Gerente de Exportación porque esas son actividades ajenas a su vocación cultural y requieren técnicos especializados. Sin embargo, Padilla ocupó las funciones de Director de un Departamento de Comercio Exterior a pesar de que el autor de Las Rosas Audaces tuvo una escasa experiencia comercial durante sus años en Puerta de Golpe.

Padilla habla con acritud del “novelista-funcionario”. En mayor o menor cuantía todos somos en Cuba funcionarios salvo los que trabajan por cuenta propia y de esos ya se encargó la Ofensiva Revolucionaria. Funcionario significa que se labora para el común, que se es empleado público o del Estado. Y esa es una honra a reivindicar. Porque un error que a menudo cometen algunos es identificar al Estado, al funcionario con lo oficial y académico como si hablásemos de algún país con dos mil años de tradición. Ser en Cuba, hoy, funcionario de una Revolución que se mantiene fresca, antiacadémica y perpetuamente renovada, es un honor. El ser iconoclasta y antiacadémico, el oponerse a los nichos de los santones no es un privilegio de un grupo de intelectuales, es una actitud que viene manteniendo la Revolución a partir de 1959 sin encasillarse siquiera en el marco de una Constitución.

Padilla, en un nuevo despliegue de su desinformación, habla de no sé qué memorándum y de la suspensión de las obras teatrales Maria Antonia y La cuadratura del Círculo. En torno a la obra Maria Antonia hubo una discusión ideológica. Derecho que la Revolución no cede es el de analizar y discutir la concepción de una obra de arte si entiende que puede ser deformadora. No fue así en el caso de María Antonia y la pieza estuvo varios meses en cartelera e incluso fue seleccionada por nosotros para ser ofrecida a los delegados al Congreso Cultural. De ello pueden dar mejor fe sus propios autores. En cuanto a La cuadratura… no sé de qué hablan. Nunca he tenido nada que ver con su puesta en escena. Que Padilla muestre un solo memorándum en el que suspenda o prohíba obra alguna. Todo esto debe reducirse a algún chisme desencaminado introducido en una oreja ávida.

Pero vayamos al fondo de la cuestión, el problema sobre el que Padilla insiste en cada ocasión: la ausencia de Guillermo Cabrera Infante. Primeramente debo precisar que la forma en que Cabrera Infante descendió del avión o subió a él es algo que no nos concierne. Es un asunto extraliterario que en su momento podrá ser esclarecido por los organismos correspondientes. Digo que no nos concierne porque la salida de G.C.I. de Cuba es algo de su entera responsabilidad. Una decisión de tal gravedad no se toma como afirma H.P. porque G.C.I.: “fuera bajado del avión que lo conducía de regreso a Bruselas”.

Si un revolucionario es víctima de una falsa acusación es su deber de revolucionario y de hombre honrado luchar hasta tanto se esclarezca la falsedad de la acusación. Pero si en lugar de eso se evade con un generoso permiso en el bolsillo, ¿no es eso una demostración de que “el oscuro policía” no andaba tan desencaminado? Pero no queremos prejuzgar como hace H.P. hablando de un “oscuro policía” que si existió, como Padilla afirma, quizás haya caído anónimamente a estas horas, infiltrado en las filas enemigas como muchos otros “funcionarios” del heroísmo.

Padilla plantea dos caminos para un escritor en Cuba: o emigra y se “plantea diariamente su humilde, grave y difícil tarea en su sociedad y en su tiempo” o se convierte en un “gris burócrata de la cultura”.

Creo que la alternativa es falsa por escapista y rudimentaria, por no utilizar otros adjetivos quizás más apropiados.

Analicemos la primera. La evasión ha sido siempre una vía tentadora para nuestros escritores y artistas. Desde la Avellaneda a Hernández Catá los rigores de una sociedad que se mostraba –por su subdesarrollo cultural– poco receptiva hacia la obra literaria, han motivado una fuga periódica de muchos de nuestros literatos. En los años últimos de la tiranía de Fulgencio Batista la mayor parte de nuestros escritores emigró a Estados Unidos o Europa. Al triunfo de la Revolución retornaron masivamente y se incorporaron al alucinante torbellino de aquellos días. El tiempo fue descantando y como hace el mar con las rocas sometió a la erosión a las partes blandas y fue dejando las aristas de la piedra más dura.

A partir del primero de enero de 1959 no tiene justificación para un escritor cubano residir fuera del ámbito esencial que debe conformar su obra. Porque el divorcio entre escritor y sociedad ha desaparecido, porque la comercialización de los medios masivos de comunicación ha sido erradicada, porque todos los elementos enajenantes han sido barridos por el huracán de renovación social, porque vemos la aparición de un público informado que con creciente interés demanda y entiende nuestra obra, porque nuestra palabra tiene un sentido y nuestra acción también y pueden contribuir a transformar el medio ambiente en que vivimos. Solo se puede partir al extranjero por altas necesidades de la Revolución misma y con la encomienda de una tarea concreta.

Los demás, los que juegan a Ivan Bunin, los que andan por Londres, París y Roma diciendo que no están contra la Revolución cubana pero… siempre un pero que se multiplica y diversifica: esos están objetivamente frente a la Revolución y trabajan contra ella. Sean cuales sean sus muestras de adhesión en privado, que nunca hacen pública en artículos o ensayos.

En el caso de Cabrera Infante ¿cómo puede justificar sus colaboraciones en la revista Mundo Nuevo que ha sido insistentemente denunciada por los intelectuales cubanos como un organismo pantalla de la CIA? No afirmo que todo el que colabore en dicha revista sea un agente enemigo. De hecho sabemos que muchos han sido engañados en su buena fe. Pero ¿podía G.C.I., un cubano, ignorar nuestras acusaciones? ¿No implican sus colaboraciones en esa revista un compromiso, una toma de posición?

Creo que ha llegado la ocasión de decir estas verdades y decirlas claramente. No podemos seguir alimentando las medias tintas de esa “emigración” de escritores que afirman estar junto a la Revolución… del otro lado del Atlántico. Ni podemos seguir tolerando que se les defienda entre nosotros a menos que el defensor planee para sí mismo un destino similar y desde antes eche las bases de su justificación.

Pero aun así le costará trabajo porque ¿cómo se puede justificar moralmente permanecer al margen de su propio país que permanece bloqueado y hostigado, un país que realiza un esfuerzo colectivo y gigantesco por salir del subdesarrollo, que vive en medio de privaciones y limitaciones pero manteniendo más alta que nunca la soberbia nacional y la vergüenza ciudadana? ¿Cómo se puede vivir al margen de esto y dormir tranquilo por la noche?

Nada de esto parece importarle a Padilla.

Para él esta etapa es “la incesante provisionalidad que remite al plano teórico toda discusión urgente de los problemas y hacer reinar sobre el país una moral de la emergencia”. De acuerdo con esto deberíamos sentarnos a discutir sobre “la blasfemia como acto erótico” en lugar de cortar caña. Moral de la emergencia es el Cordón de La Habana o la Isla de la Juventud o la Columna del Centenario. ¿Qué problemas puede haber más urgente para nuestro país que la acción cotidiana que le permite salir del subdesarrollo? ¿Qué discusión puede tener prioridad por encima de la solución concreta de los problemas?

Al final de su nota Padilla pone en claro su concepción del intelectual revolucionario. Una concepción tomada del soviético Solzhenitsin que identifica la función de la literatura con la campana en la estación de bomberos, una literatura “que avise a tiempo la amenaza de peligros morales y sociales”.

En 1966 escribí en una carta al crítico mexicano Emmanuel Carballo que fue publicada en la revista Siempre:

Algunos escritores en la burguesía creen que la literatura es una forma perenne de insurrección, de insumisión, de rebeldía. Estiman que solo existe literatura donde exista la irreverencia, el sarcasmo, la protesta. Ven la función literaria desde su propia posición: escritores lucidos dentro de una sociedad que rechazan. Ese, desde luego, es su propio papel, pero no es la función de un escritor en una sociedad revolucionaria porque un escritor no es un corrector de gazapos, ni un inspector del fisco, ni un impugnador sistemático, ni un cazador de herejías.

Un escritor, tanto en el socialismo como en el capitalismo, debe tratar de crear en palabras una representación del mundo y de las relaciones de los hombres con ese mundo y entre sí mismos. Mediante esa representación contribuye en última instancia al proceso cognoscitivo del hombre y su circunstancia que es también el objeto de la ciencia y la filosofía…

Afirmaba eso en aquella ocasión porque una obra creada dentro de esas normas siempre será verdadera y sabemos bien que solo la verdad es revolucionaria. Más adelante añadí en aquella carta: “En el socialismo sus hechos (los del escritor) trascienden, modifican el medio, por tanto tiene que escapar constantemente a la tentación de la acción pura. Tiene que hacer un gran esfuerzo para persuadirse de que sus palabras tienen tanto valor como sus acciones en la tarea constructora. Y al decidir si esas palabras serán de estímulo o de critica debe saber que ni la apologética ni la heterodoxia tienen nada que ver con la literatura…”

Un escritor revolucionario puede servir a su sociedad con sus palabras y con sus hechos. Ambas formas son válidas. Tan injusto es desvalorizar a una como a otra. Pero creo que la palabra solo es trascendente en función cognoscitiva del hombre y su circunstancia, lo que en una sociedad en revolución equivale a afirmar que la literatura solo es válida en función de la expresión de lo revolucionario.

También debe añadirse que la palabra es justificable en una revolución cuando va acompañada de la acción. Porque nadie puede explicar moralmente la existencia de una casta de analistas que se autodesigna conciencia de una sociedad, y no hace algo por cambiar esa sociedad. ¿Con qué derecho, donde lo ganaron? El escritor solo puede ser crítico y anticonformista cuando actúa en el seno de la revolución y contribuye con su talento y entusiasmo a la gran obra creativa de la nueva sociedad. Desde ella, dentro de ella, puede ayudar con su obra a reparar los errores, a ser intolerante con las negligencias, anticonformista con lo mal hecho.

Es así como se puede criticar. No hablando de los errores sino trabajando para superarlos. Solo el hacer puede dar fuerza al decir. Y el tomar un puesto en la acción cotidiana es ser un soldado de la Revolución. Y era eso lo que quería decir Martí cuando afirmaba: “La razón, si quiere guiar, tiene que entrar en la caballería”. Pero el escritor que se autodesigna conciencia de un pueblo se encontrará frente a un pueblo que ni desea ni pide esa conciencia y que solo está dispuesto a oírla si la ve hombro con hombro sudando en el mismo surco.

En Cuba, hoy, son muchos los escritores que desde la cátedra, el periodismo, el radio, la televisión, las editoriales o como funcionarios de la administración pública actúan desde el seno mismo de la Revolución y sus acciones otorgan un peso renovado a sus palabras. No pretendo ser lo que describo como ideal. Agradezco a la Revolución haber cambiado muchas de mis concepciones. En 1959 pensé que tenía mucho que enseñar. Ahora comprendo que estoy aprendiendo todavía.

Para Heberto Padilla entrar en la caballería, en la acción cotidiana, unir el sudor propio junto al de aquellos que construyen y fundan significa ser un gris burócrata. Trabajar directamente en la modificación de la realidad y no en la hechura de su imagen es para Heberto Padilla una manera de evadir la humilde, grave y difícil tarea de un escritor en su tiempo. Como revolucionarios ¡jamás podremos aceptar esa definición!

Sartre ha dicho que “la prosa es una actitud del espíritu”. El presidente Dorticós en su discurso inaugural del Congreso Cultural de La Habana dijo: “Cuando hablamos de una teoría científica la entendemos en una genuina acepción revolucionaria, en el sentido no solo de que sea una teoría capaz de un diagnóstico, sino que sea una teoría acompañada de una actitud creadora… capaz no solo de analizar la estructura de un mundo[…] sino además luchar […] por alcanzar las metas que esa teoría implica…”. Y añadía el presidente: “El científico, el escritor y el artista es, pues, a nuestro juicio, no solo un hombre de análisis, sino también en la medida de su ejercicio intelectual, un hombre de acción, de creación, de formación”.

Pare los que están del otro lado del Atlántico, física o espiritualmente, no existen ni la teoría ni la acción porque habitan un limbo desclasado, aséptico y observante. Para ellos todo lo que hacemos aquí es una moral de la emergencia.


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