Nueva York (FOTO Juan Caballero)

Es admirable que haya habido gente capaz de despacharse una o incluso dos novelas en este año de mierda. Lo digo con la envidia del tullido que ve pasar la maratón de Nueva York por las calles completamente vacías. Admito mi derrota, el cansancio, la imposible carrera entre la liebre y la tortuga que juega a las matemáticas con su lentitud. El problema parece estar en la diferencia que supone el trabajo de escribir (que no tiene causa ni mayor misterio que la propia libertad intensiva de hacerlo) y la igualdad universal del encierro que la pandemia impuso sobre todas las actividades humanas, y cuya característica sobresaliente ha sido precisamente la falta de libertad para realizar lo que cada uno sabe o desea hacer. De esta forma, el encierro impuesto terminó con el encierro voluntario para ejercer la libertad de escribir, y en toda lógica es posible pensar entonces que la peste pueda haber terminado, si no con la lectura, al menos sí con la escritura de la literatura. Al menos en este año de mierda. Pero este pensamiento puede ser algo precipitado. Lo mejor en estos casos es caminar, salir a la calle y darse una vuelta.

Hace un año justo, el 8 de abril, el calendario marcaba el punto más alto y catastrófico de la pandemia en la ciudad, con casi ochocientos muertos en un solo día. Hace un año, sólo las ambulancias corrían por las avenidas desiertas y nadie podía pensar en otra cosa que encerrarse bajo siete llaves en un escenario de guerra y mortandad. Transformada de la noche a la mañana en la capital mundial del coronavirus, hoy la luz de Nueva York se asoma al final del túnel con la misma sensación de vacío instalada en las estaciones del subte.

La ciudad renace, insegura y todavía asustada, vacilante, no sabiendo bien qué pensar de las variantes del virus y confiando en que el programa de vacunación logrará frenar cualquier recaída. Cientos, cuando no miles de negocios, han cerrado definitivamente sus puertas. Hay edificios y departamentos abandonados en todos los barrios de la ciudad, con rentistas endeudados y propietarios arruinados por igual. Los bares salen a las veredas en busca de clientes y los restaurantes acomodan sus interiores en la forma de burbujas espaciales para cumplir con la ordenanza oficial. Nueva York despierta mal dormido y fatigado, como después de una larga noche de insomnio donde cada minuto multiplicó en horas y días su duración en la conciencia, haciendo aún más enervante y desesperada la búsqueda de reposo. En sueños, las pantallas sustituyeron a las almohadas. Exhaustos de nada y de lo mucho que se repetía sin variaciones, al final de cada día nadie era el mismo de antes. Menos aún después de un año de encierro, distancia social, mascarillas, persistentes lavados de manos y terribles noticias de parientes enfermos, amigos o conocidos que partían con la nítida e irreproducible sensación de haber quedado solos, distantes y apartados, lejos de toda ciencia, ayuda paliativa o compañía familiar en el momento más crítico del contagio. Lo que a primera vista parecía un escenario ideal para releer Guerra y paz, mirar los catorce capítulos de Berlin-Alexanderplatz, o escribir el novelón del año, muy pronto se transformó en parálisis, aletargamiento, pesadez mental y angustia de la peste. Lo muy grande ya no cabía en el minúsculo espacio humano dejado por el virus. El tiempo se volvió transparente, perdió sus fronteras naturales, y el cuerpo se adaptó a un eterno domingo de trabajo en pantuflas. Pasear al perro fue la gran fiesta del día para diferenciarlo de la noche. Apelar a las series de televisión de tiro largo terminó en una arbitraria selección de sucedáneos cada vez más fragmentarios y menos convincentes. El entusiasmo por la comida en casa devino compulsión por echarse a la boca lo que viniera, sustituyendo el espacio exterior por el espacio del cuerpo hasta superar la obesidad por defecto. Tocarse y ser tocado se volvió un tabú, haciendo realidad un terror primitivo.

Todas las ausencias se han multiplicado en este año de mierda: no hay a quien abrazar, con quien reunirse, nadie para contarle un chisme. En contraste, han abundado el tribalismo, el activismo retórico, la cancelación cultural, el narcisismo político, las novelas de apuntes, los diarios de vida. Desaparecieron hasta casi extinguirse los encuentros azarosos, la sensualidad urbana, las invitaciones y los saludos, la feliz mezcla de lenguas en las calles, la solidaridad gratuita. Todo ha estado medido y mediado por la necesidad de recortar los avances del bicho.

No es para menos. En una impactante entrevista realizada por la periodista chilena Claudia Alamo y publicada hace unos días en el semanario The Clinic, el médico especialista en cuidados intensivos, Glenn Hernández, advierte que la segunda ola que actualmente está haciendo estragos en Chile es sólo una parte del problema. “Sabemos que nos enfrentamos a un enemigo terrible ante el cual nunca se puede cantar victoria, ni siquiera cuando el paciente está de alta. Pero hoy se suma un nuevo factor: los equipos están fatigados. Lo que prima es el agobio”. Hernández entrega una estadística trágica: cada quince minutos, dice, muere un chileno como consecuencia de la errada política de comunicación del Gobierno, una situación reportada por The Washington Post y The New York Times en sendos artículos que refrendan el diagnóstico del médico chileno. “Todos los equipos de salud tenemos mucha rabia. Esta segunda crisis se pudo haber evitado. Los permisos de vacaciones; los viajes al extranjero, especialmente a Brasil, sabiendo el hervidero de nuevas variantes que hay allá […] No puede ser que una parte del país esté en guerra contra el virus y otra parte pensando qué hago el viernes santo: ¿un asadito? ¿O un mariscal? No. Ya basta. Llegó la hora en que hay que decirle a la gente que estamos en una guerra de verdad. Que este no es un enemigo ficticio. Aquí está muriendo mucha gente”.

El relato del médico intensivista es abrumador, y apunta directamente a las autoridades por la catastrófica vuelta de carnero que hizo de Chile, en cuestión de días, de un ejemplo de distribución masiva y planificada de la vacunación para transformarse luego en un infierno de optimismo y sobreactuación oficial, muy en sintonía con el carácter y la política nacional. Chile es especialista es celebrar con abrazos las victorias de los partidos que aún no terminan, y el precio a pagar ha sido siempre la agonía de los repechajes. Al cierre de un verano estupendo, hoy Santiago padece un cierre casi total a la espera del invierno.

“No creo que pueda volver a un antes de la pandemia. No creo que mi vida actual pueda encajar en ese tiempo que terminó”, dice una de las muchas entrevistadas por The New York Times en un reportaje sobre lo que nos espera el día después. Es cierto: muchas cosas que parecían inamovibles hasta hace poco más de un año hoy están en el suelo, aunque nadie sepa con certeza qué vendrá a reemplazarlas. Al final del túnel, la luz de Nueva York es un albur como lo fueron las sombras al inicio de la pandemia. Lenta, todavía suspendida, la ciudad sacude los espectros que la habitaron durante todo este tiempo. La vida retoma un cierto aliento, pero nada es evidente. Nueva York existe sólo para los neoyorquinos, sin turistas. Un negocio de compra-venta de libros usados reabre sus puertas en la esquina de Bleecker y el Bowery, un barrio apaleado por el abandono y el desempleo de sus locatarios, lejos de los elegantes anaqueles con proliferante novedades de escritoras y escritores que se han despachado una o dos novelas en este año de mierda. La selección de Codex es magnífica, con precios accesibles y ediciones en distintas lenguas. Una librería de viejos, como corresponde al momento.

Encuentro Evasión y otros ensayos, de César Aira, en tapa dura con cinco ensayos breves de 2017. No los había leído, así que los leo ahí mismo, parado entre los estantes repletos de buenos y nobles libros, en uno de los pasillos estrechísimos de Codex. Aira habla de la novela de antes y la de ahora, de Roussel y su “procedimiento”, de escribir mal y del esfuerzo que esto significa cuando todos escriben bien, pero sobre todo habla de la felicidad de la literatura, de eso que antes llamábamos literatura, un artículo casi olvidado en el furioso negocio editorial de novedades, y se explaya sobre algunos métodos aireanos para encontrar el camino de vuelta que es siempre un camino de fuga.

De un párrafo a otro, me quedo pensando que Aira ha preferido la felicidad a cualquier otro dogma de sentido, la palabra digresiva a la palabra consentida, y ha escogido ser inteligente y aplicar esa inteligencia al discurso literario antes que proponerse como vanguardista, líder carismático o figura estelar de lo que fuera. “Donde todavía hay tema sigue habiendo elección, y por lo tanto libertad”, escribe Aira. Escribir quizá sea esto mismo: una elección al precio de no tenerla, y hoy suprimida en este año de mierda. Salgo fuera del túnel con el librito bajo el brazo a la luz quebrada del mediodía en el Bowery.

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ROBERTO BRODSKY
Roberto Brodsky (Santiago de Chile, 1957). Escritor, profesor universitario, guionista y autor de artículos de opinión y crítica. Entre sus novelas se cuentan El peor de los héroes (1999), El arte de callar (2004), Bosque quemado (2008), Veneno (2012), Casa chilena (2015) y Últimos días (Rialta Ediciones, 2017). Residió durante más de una década en Washington como profesor adjunto de la Universidad de Georgetown. Ha vivido por largos períodos en Buenos Aires, Caracas, Barcelona y Washington DC. A mediados de 2019 se trasladó a vivir a Nueva York.

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