Gabriel Boric y Gustavo Petro
Gabriel Boric y Gustavo Petro

Tras la victoria de Gabriel Boric en Chile se generó una reacción en México que se repitió el domingo pasado, con la de Gustavo Petro en Colombia. El lopezobradorismo celebró ambos triunfos como si fueran suyos; el antilopezobradorismo los repudió como si fueran iguales.

Lo interesante no es que cada bando haya tratado de llevar agua a su molino, es que, al hacerlo, cada cual exhibió muy claramente sus puntos ciegos.

América Latina vive un momento confuso o, mejor dicho, paradójico. Los sistemas políticos de la región están experimentando múltiples cambios, pero muchos de los marcos conceptuales a través de los cuales se interpretan esos cambios se muestran inflexibles, avejentados, incapaces de dar cuenta de las distinciones, los matices o las novedades.

Digamos que, en términos generales, lo versátil de los hechos contrasta con lo inalterable de las ideas. Cuesta trabajo creerlo, pero a veces parece que todavía es necesario argumentar, por ejemplo, que no todas las izquierdas latinoamericanas son lo mismo (ni las derechas tampoco, dicho sea de paso).

Hasta la demonología medieval era más sofisticada: proponía la existencia de una pluralidad de demonios, admitía que tenían características disímiles y nunca saltaba a la conclusión de que todos eran Satanás. Lo que entonces hubiera sido desautorizado como teología de muy baja calidad hoy es admitido, tanto por los devotos de la ortodoxia como de la herejía, como un discurso político válido.

¿Por qué? Porque equiparar a Boric o a Petro con Chávez u Ortega es un recurso simplista pero efectivo. Simplista porque exagera sus parecidos (incluso se los inventa cuando no los hay) y menosprecia, o de plano ignora, sus diferencias. Efectista porque al enfatizar esos parecidos crea un sesgo de confirmación que al decirle a unos y otros lo que quieren oír, los exenta de habérselas con la evidencia que los contradice.

El lopezobradorismo ensalzó las victorias de Boric y Petro como si fueran una victoria propia. Sin embargo, la comparación con esos liderazgos sirve para formular varias críticas a la gestión de López Obrador.

La prioridad que le ha dado el gobierno de Boric a los derechos humanos, tanto en su política interna como en la exterior, no tiene ningún equivalente en la administración lopezobradorista. La apuesta por emprender profundas reformas tributarias con propósitos explícitamente redistributivos, tanto en el caso de Boric como en el de Petro, es una clara señal de vocación progresista que en México ha brillado por su ausencia.

Y el compromiso de Petro con la transición hacia las energías limpias y la justicia ambiental, entendida como una forma de justicia social, está en las antípodas de lo que ha sido la política energética y la negligencia medioambiental de la autodenominada Cuarta Transformación. Más que festejar, al lopezobradorismo debería darle vergüenza.

El antilopezobradorismo lamentó ambos triunfos por considerar que representan más de lo mismo, errores históricos de mayorías necias o tontas que no aprenden. Sin embargo, lo cierto es que los antilopezobradoristas son los primeros que no han aprendido nada, no solo de sus propias derrotas sino tampoco de los motivos de las victorias ajenas.

No es que no tengan razón en su escepticismo, la tienen de sobra: el problema es que insisten en no caer en la cuenta de que en democracia no se gana regañando ni menospreciando a las mayorías, se gana comprendiéndolas incluso aunque haya buenas razones para no estar necesariamente de acuerdo con ellas.

Las reacciones mexicanas a Boric y Petro nos enseñan que el punto ciego del lopezobradorismo son sus fracasos, el del antilopezobradorismo, su falta de éxitos y el de ambos, su insolvencia para habérselas con lo que no encaja en sus nociones preconcebidas. América Latina está cambiando, pero ellos siguen en las mismas. Tal para cual.


* Este texto se publicó originalmente en Expansión Política. Se reproduce con autorización de su autor.

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