Muere la escritora mexicana Amparo Dávila

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Amparo Dávila en su juventud (FOTO Ricardo Salazar )

Luisa Coronel, hija de Amparo Dávila, anunció la muerte de su madre cerca de las 13:00 hrs del sábado 18 de abril de 2020. De inmediato, los medios se apresuran a reproducir la nota, acompañada de un poema de Dávila, “Semblanza de mi muerte”, apenas dado a conocer en 2018, con motivo del homenaje por sus 90 años: “Quiero irme / un día soleado / de una primavera reverdecida / llena de brotes y retoños / de pájaros y de flores / a buscar mi jardín del Edén”.

Si sobre su muerte quedará fijo el anhelo por partir en primavera, a propósito de su nacimiento, Dávila también se encargó de acotar el relato. Nació en 1928, en Pinos, Zacatecas, lugar descrito por ella en Apuntes para un ensayo autobiográfico (1965) como aparente: “desde lejos, parecía algo irreal”. Las notas, reproducidas incansablemente cada vez que se recorre su biografía, refieren que la niña Amparo Dávila miraba pasar la muerte desde su ventana, “porque la vida se había detenido hacía mucho tiempo en ese pueblo”: el mismo de las enlutadas de Agustín Yáñez o la Luvina de Rulfo, “donde sólo se oye el viento de la mañana a la noche, desde que uno nace hasta que uno muere”. Pinos no prometía esperanza de vida a una niña, descrita años después por ella misma como enferma y sola, dedicada la mayor parte del tiempo a leer. Este destino, insisto, narrado por Dávila, duró siete años. La vida la mudó a San Luis Potosí y, más tarde, a la Ciudad de México.

Evito el peligro de hablar de su vida haciendo referencia a los hombres que la acompañaron, pero aludo brevemente a cuatro de ellos por el peso específico que cobran en el contexto: su padre, quien rechazó las inclinaciones literarias de Amparo y a quien ella dedica Tiempo destrozado (1959); Pedro Coronel, su esposo, pintor y escultor quien, además, ilustró algunas obras suyas; Julio Cortázar, quien estableció correspondencia con ella tras leer, con entusiasmo, Tiempo destrozado y, finalmente, Alfonso Reyes, de quien fue secretaria durante varios años. Por suerte, Dávila se apropia de la crónica de su vida –personalísima como su obra– y en esta ella es la protagonista.

Cubierta de ‘Tiempo destrozado’ (Fondo de Cultura Económica, 1959)

Amparo Dávila ejercitó, primero, la poesía, y publicó cuatro libros: Salmos bajo la luna (1950), Perfil de soledades (1954), Meditaciones a la orilla del sueño (1954) y El cuerpo y la noche (1965-2007), más Poesía reunida (2011), que concentra las cuatro obras. Su narrativa, que corrió con mayor fortuna entre los lectores, está compuesta por cuatro libros, más las reuniones de algunos de ellos: Tiempo destrozado (1959), Música concreta (1961), Árboles petrificados (Premio Xavier Villaurrutia, 1977), Muerte en el bosque (1985, en el que se reeditan los dos primeros) y Con los ojos abiertos (2008), más Cuentos reunidos (2009), que agrupa los cuatro volúmenes.

Extraordinaria cuentista, Amparo Dávila ofrece a sus lectores un conjunto de relatos ciertamente perturbadores. Para quien se acerca a su obra por primera vez, esta le resultará atractiva en tanto que habla, con un estilo sobrio y agudo, de la vida ordinaria, doméstica, del hombre y de la mujer comunes, pero inquietante en tanto que esos sujetos habitan una cotidianidad que roza lo siniestro, la violencia, la locura, la soledad, el miedo, la imposibilidad, el tedio y el vacío. En esta coordenada se revela el “misterio de existir” que agobiaba a la autora, y que nos interpela, no sin sobresalto, a todos sus lectores. Sus relatos más célebres, “El huésped”, “Alta cocina”, “La señorita Julia”, “Moisés y Gaspar”, “Final de una lucha” o “Fragmento de un diario” provienen todos de Tiempo destrozado. Sus otros libros, escasamente atendidos por la crítica, aunque no menos notables, retoman los mismos intereses, si bien se inclinan por resoluciones diversas, con acento sobre todo en lo onírico y en la fatalidad.

Al igual que ha sucedido con la reseña de su vida, la obra de Dávila ha estado sujeta a una sola lectura, la del género fantástico que, si bien ella abrazó explícitamente en un principio (“Llegar a un vértice en que realidad y fantasía se toquen y hasta cierto punto, digamos se fundan, ya que para mí ni una ni la otra son absolutas. Toda realidad tiene tanto de fantasía como en toda fantasía hay mucho de realidad”), también es verdad que se obstinó en refutarla cuando la etiqueta empezó a inmovilizar su discurso. Ajena por voluntad a los círculos literarios y vinculaciones generacionales, gozó de becas y del trato con escritores. Su obra fue bien recibida, pero circuló poco: durante muchos años, sus textos pasaron secretamente de mano en mano entre una pequeña cofradía de lectores adictos. Acaso su condición de mujer escritora, o su rechazo a la exposición, o su larga ausencia del ámbito literario y editorial, o, por fin, la índole de su obra, hecha de cuentos y poemas, la convirtieron en autora marginal, secreta, de culto, envuelta en un aura de enigma y de reserva que, en los últimos años, fundamentalmente a partir de la publicación y recirculación de sus libros en 2008, empezó a gozar del justo reconocimiento que merecía y de una inusitada popularidad.

Cubierta de ‘Árboles petrificados’ (Joaquín Mortiz, 1977)

Todo lo que se dice de Dávila parece fruto de la repetición y resulta prácticamente imposible evadirla al hablar de ella. Si nos referimos a su vida, la narramos en los mismos términos que ella dispuso, lo que la ha dotado de un grado de irrealidad muy semejante al de Pinos, su pueblo natal. Si queremos ofrecer un retrato suyo, acudiremos con toda seguridad a la fotografía que la identifica y que ha sido reproducida una y otra vez –me refiero a la placa hecha por Ricardo Salazar –, la cual ofrece una imagen tópica, pero muy productiva en su caso: mujer y gato, dualidad que supone enigma e independencia, sacralidad e irreverencia. Si optamos por resumir su poética en una frase, esta vendrá sin duda de “El patio cuadrado”: “no hay escapatoria posible al huir de nosotros mismos; el caos de dentro se proyecta siempre hacia afuera”. Por último, cuando hablemos de su muerte, y no temo a equivocarme, aludiremos a su anuncio: “Quiero irme / un día soleado / de una primavera reverdecida” (en medio, por cierto, de una pandemia).

Se trata, pues, de insistencias que han acompañado y seguirán acompañando a Amparo Dávila, y a sus lectores, como una condena. Pero también son, en muchos sentidos –y es quizás esto lo que provoca mayor inquietud–, una reiteración de su procedimiento ficcional: la coordenada que explora el misterio de la existencia, inevitablemente grabada, incrustada, en el centro del relato es un desvío que es fatalmente repetición (y aquí acudo a Rafael Lemus: los personajes en Dávila, al fin libres de la repetición, enloquecen). Sus cuentos, en suma, son variaciones sobre un mismo tema.

A estas horas no sabemos nada, todavía, a propósito de las causas de la muerte de Amparo Dávila. Pasma a sus lectores la rigurosa coincidencia entre su último poema y la realidad de su fallecimiento, y la inquietante sincronía de este con la pandemia, el aislamiento, el espanto y la fragilidad que experimentamos en estos días.

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YLIANA RODRÍGUEZ GONZÁLEZ
Yliana Rodríguez González. Doctora en Letras por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Es Investigadora de tiempo completo en el Seminario de Edición Crítica de Textos, del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM. Ha publicado artículos y reseñas en revistas académicas (Hispanic Review, Revista Crítica de Literatura Latinoamericana y NRFH), así como capítulos en libros colectivos. Es autora de Los lugares comunes en la literatura mexicana hacia el final del siglo XIX: perfil y función (El Colegio de San Luis, 2015), y ha editado, por lo menos, cinco volúmenes. Se especializa en literatura mexicana del siglo XIX (narrativa): prensa y literatura, y lectura, lectores y prácticas lectoras en el Porfiriato.
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