Nelson Jalil expone en la Servando: “Here is the most beautiful match in the world”

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Pieza de la exposición ‘Confundir el lunes con el domingo’, de Nelson Jalil (foto cortesía del artista)

Hace meses en La Habana no se inauguraba una exposición. Aunque no hemos vuelto a los rituales de siempre, algunos artistas ensayan alternativas para regresar a las galerías. Un aliento, si me preguntan, no soy fan de la web u otras salidas de los más optimistas. Son como el café de la bodega. La ciudad está cada vez más seca. No tuvimos tiempo libre en realidad: sólo inacción y una forzada paciencia, abandono. El arte que vuelve no va a espantar el hastío, pero lo alivia. Es un vendaje del tamaño de la belleza cotidiana que insiste en aparecer en medio de una ciudad que el concreto y el absurdo se tragan. En la isla, somos once millones perdiendo cantidades brutales de tiempo. Ahora que el resto del mundo está detenido, podemos disimular. Tiempo para lo intrascendente: cigarrillos, papeles regados, notas que van a ninguna parte, revolverte en tus viejas obsesiones, jugar con lápices, encontrarle historias a los objetos, pasar de la disciplina; tiempo para dejar que todo pase.

Nelson Jalil (Camagüey, 1984) ha inaugurado en la galería Servando una exposición cuyo título es mantra colectivo de los últimos meses: Confundir el lunes con el domingo y su cosmos pertenecen a las horas suspendidas, idénticas. Si sucede algún sobresalto es entre los objetos presentes, algunos reiterados en la obra de Nelson, pero que en pleno 2020 nos hablan en la lengua común que es la (im)paciencia. No sólo porque las pinturas y objetos de Jalil suelen ser monumentos, a veces lúdicos, a la belleza simple y al objeto encontrado, antes inadvertido, sino porque uno puede imaginarse al artista en sus horas de reordenar el estudio, conectar imágenes, volver a ideas que quedaron a medias, anotar posibles títulos, ir contra su propio hastío u ocio. No es nuevo que Jalil comparta sus miradas a los mundos sutiles y nos haga parte, a veces, del proceso y su energía. En la Servando, recorro los no-sé-si-es-lunes-o-domingo de Nelson y remedo mi propio dejarme estar. Imagino el proceso de pensar esta muestra. El ejercicio frente a la hoja en blanco, parte juego, parte inquietud, o desvarío, como en la pieza mínima hecha de rastros de borraduras y una goma para volver sobre lo escrito. Tratado de paciencia y soledad.

Nelson bordó los títulos. Títulos-poemas o microrelatos que dan a la exposición una sintonía extra con estos meses. No es que, en el caso de los lienzos, se precise de justificante narrativo, del tipo que no cree en la existencia de la pintura como representación de una idea sobre ella misma y salte del hipertexto a complicadas interpretaciones. Sucede que, en esta exposición, quizá por los días que llevo también confundida con las horas y por sus familiares imágenes, uno empieza a construir historias. Conecto con mi universo visual de los meses de encierro, las heriditas, sobre todo. El desorden orquestado en cada casa por no saber si era lunes o domingo. Hijo de leñador asiste a la escuela (óleo sobre lienzo, 2020) es uno de los títulos más poéticos de la exposición. Como en obras anteriores, vuelven los motivos del universo escolar, espacio de disciplina por excelencia y también de primeras rebeldías o abandonos. Jalil ha elegido lápices gastados o quebrados, restos de borrones, papeles enrollados y otras bellezas cotidianas. Ahora desautomatizadas, diría un formalista ruso. El hijo del leñador nunca levantó el lápiz para escribir en renglones, ni se acopló a las reglas, quizá odió la escuela y del lápiz sólo entendió la madera. El niño ensaya su propio saber, el oficio familiar. La madera y cómo trocearla es más importante que una sola de mis consonantes escritas. Una belleza que la academia más rancia llamaría inútil, y que es, sin tratados.

En la línea objetual, la poética de Jalil en esta exposición es de una sensibilidad cercana a otros artistas de la belleza simple como Diana Fonseca. En otros casos, los gestos están cargados de ironía sobre la conducta humana y determinados fenómenos sociales, como en Falsa victoria (2018) o Karma colectivo (2015), aunque en todo caso los atraviesa una misma metodología creativa. Algunos objetos pueden parecer el preámbulo de las pinturas. Huellas del proceso, ahora autónomas. Unos pasos más allá del objet trouvé: algunos, delicadamente intervenidos, como si de un juego se tratara, y otros, protagonistas de los lienzos; viaje de regreso del aliento dadá a la pintura.

Tenemos referencia cercana de estos trabajos en la muestra personal Varios segundos sin pestañear (Galería de la Biblioteca Rubén Martínez Villena, 2016), aunque regresan con buen timing y nueva frescura a través de la curaduría del 2020 desplegada en la Servando. Son los lienzos pequeños puentes sutiles entre las piezas de gran formato y los objetos intervenidos. El segmento más cercano, íntimo y literario de la exposición. Un ensayo visual sobre la pérdida y algunas heridas del lunes-o-domingo. Un abandono. El frasco de pastillas de mis amigos o mi madre (La fuga), la sangre en el oído por la compulsión de hurgar con el hisopo (Historia de una pequeña herida), el último cigarro, o su esqueleto. El fósforo que ardió antes y quemó la caja del último cigarro. Me pregunto si Nelson tendrá su paquete favorito de fósforos, sus Ohio Blue Tip, como el conductor de autobús que recorre Paterson y anota en la ciudad de William Carlos Williams: “Here is the most beautiful match in the world / It’s one-and-a-half-inch soft pine stem […] Lighting, perhaps the cigarette of the woman you love / For the first time […]”.

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