‘La Caridad nos une’. Acción performática realizada por Luis Manuel Otero en conjunto con la fotógrafa norteamericana Tania Lucía Bernard, La Habana, 2013.

Yo no quiero hablar de arte. A Luis Manuel, luego de múltiples detenciones arbitrarias en los últimos meses, lo han acusado infundadamente y encarcelado, y eso debería ser razón suficiente para borrar la palabra “arte” de cualquier discusión, sobre todo en Cuba, paraíso del cinismo. Siempre aparece el incólume que invoca las buenas y nobles formas y pide que paremos de compartir fotos del mismo hombre (gesto mínimo al cual tampoco se atreven los puristas y académicos susurrantes). El arte en Cuba últimamente invoca a severos guardianes de la estética, a compañeros del Consejo, viejitos y damas con carnet de la UNEAC, siempre preocupados por que nuestra cultura siga pura, elevadísima, sin lo que ellos llaman “intrusos”. Para los represores cubanos, quienes no sólo integran las filas de nuestras rancias instituciones, Luis Manuel Otero sería todo lo que no es arte.

Diagramar mis razones para llamar artista a Luis Manuel sería aceptar que debo justificarlo, defenderlo del absurdo de la legitimidad de su diálogo frontal con el poder y las mafias cubanas como criterio para criminalizarlo, desacreditar su obra y persona, quitarle la libertad a su cuerpo. La gente en esta Isla confunde todo: cabeza con extremidades, derechos humanos con el gusto o los juicios dizque estéticos. A uno y a otros se aferran con todas sus fuerzas los censores. Por ahí le entraron al cubano de a pie para convencerlo de que el Decreto 349 nos iba a salvar de la vulgar incultura. Muchos prejuicios de larga data les han venido bien para vender esa idea contra un muchacho negro, autodidacta, libre y de un barrio marginal. Yo sé otra cosa: tampoco uno debe ceder el concepto o la palabra arte al patrimonio del discurso oficialista ni a los museos de la vigilancia, pero vamos a dejar claro que está preso un hombre inocente, ahórrense las otras credenciales por ahora.

Casi me dan ternura algunos de mi generación que invocan todo tipo de narrativas de la mesura. En especial los “entendidos” en arte, quienes en el fondo sólo están molestos por el fenómeno mediático alrededor de las repetidas injusticias contra Luis Manuel y cómo ello roba la atención que los futuros Premios Nacionales del arte cubano merecen. Me dan escalofríos también, por desconocer cándidamente que la escena del arte en Cuba, ya no burbuja sino cadáver, tiene poca gente, y ahí va Luis Manuel, interesado en darle un aire.

En obras como la recordada Miss Bienal, Luis Manuel tensaba límites de un esquema de relaciones prácticamente inamovible entre el sistema de instituciones y eventos oficiales, artistas y espacio colectivo. Es quizá su manera de relacionarse con este último lo que más genere incomodidad entre los compañeros que nos atienden. Ya se ha dicho en otros textos: en términos artísticos, el Luisma no ha inventado nada. Está claro, compañeritos. De hecho, hay en sus maneras de entender la práctica escultórica algunos precedentes notables como los ensamblajes de Antonia Eiriz. Además, una tradición iconoclasta y visceral del arte cubano, volcada a la calle, a la discusión de cómo se iba construir un país y su memoria, lo ampara de sobra. Arte político durante décadas tomado como paradigma por el sistema de enseñanza y las instituciones oficiales que hoy niegan a Luis Manuel, paradójicamente, la legitimidad. Negarle el estatus de artista es invalidar además las enseñanzas del potencial desestabilizador y de negociación de la performance y el activismo artístico, pero no me detendré en este punto. Repito: yo no quiero hablar de arte hoy. Aunque, según la lógica del régimen cubano su delito es hacer arte político. Quizá todo arte político en Cuba sea un crimen condenable en el futuro y con Luis Manuel preso ello es posibilidad cercana. A todos debería darnos vergüenza, y miedo. Al tiempo que él asume peleas o causas de todos y empuja los límites o se reinventa, los represores ensayan nuevas formas de engordar los muros, engrasar la maquinaria. Nuevas maneras de normalizar el horror.

Los entusiastas de la mesura y el 349 no quieren recordar los sesenta años del poder y la vigilancia repartiendo palos a la ciudadanía y las muchas escaramuzas que se han dado en el terreno simbólico. Frente a esas prácticas, mujeres y hombres como Luis Manuel han discutido y ganado espacios de acción del individuo como ciudadano, nuevas maneras de articular un pensamiento que procure una vida digna para todos, así como incluir otras voces actuantes en el constructo nación, si en el 2020 cubano se permite invocar semejante ficción. Recuperar el espacio de la cultura sería una realidad si LMOA caminara ahora por La Habana después de haber asistido a la besada.

Luis Manuel no tiene miedo, eso desconcierta a todo el mundo en una isla muerta, así como desconcierta su risa despampanante, sin apagarse a estas alturas. Es artista, diría yo si me preguntaran luego de afirmar que es el más libre de los cubanos de mi generación, o uno de ellos. Podrán no gustarte sus acciones, guárdalo para las clases de Historia del Arte, pero si la conclusión que sacas luego de tus tormentos estéticos te lleva a justificar la tamaña injusticia de estos días, ello ya juega en el terreno de la vileza. Igual hay gente que no entiende nada y no merecen a Luis Manuel. Yo sí creo que nos hace mucha falta. Y al régimen bien le vienen su casco, sus esculturas, sus performances. Le recuerdan que un grupo de gente piensa y sabe que Cuba está todavía muy lejos de cualquier civismo.

LMOA no es un político, mucho menos delincuente, es artista. Sabe que desde el arte puede dar guerra mejor a la barbarie. Digo esto incluso teniendo un punto de vista mucho más pesimista sobre cuánto nos puede salvar el arte o cualquier otra cosa a los cubanos. Envidio el empuje de Luisma, su fuerza y cómo es feliz. Me ha hecho más de una vez preguntarme por mi lugar en Cuba y mis responsabilidades básicas como bípeda, ya ni siquiera ciudadana. A Luis Manuel no lo ha molido la maquinaria, se mantiene claro por nosotros. Mientras esté preso, yo no quisiera hablar de arte.

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