¿Qué hay con la robótica en Cuba?: ‘En tiempos de androidesʼ en la Galería Servando

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Brazo robótico articulado

De julio a agosto de 2019 estará abierta la exposición En tiempos de androides, en la Servando, más conocida como la galería del Chaplin (sita en 23 esq. 10, en El Vedado habanero). Curada por las historiadoras del arte Sarah Lis Muñiz-Bueno (Matanzas, 1993) y Yenisel Osuna (Pinar del Río, 1988), quien dirige además el espacio, la muestra aúna piezas ejemplares, alejadas del “arte de galería”. La posibilidad de visitarla ha coexistido en paralelo con algo que levanta incluso más entusiasmo: varios talleres semanales de Robótica educativa, sólo impartidos –lamentablemente para mí– a niños de diferentes edades, que durante el verano han podido aprender jugando con Mbot, EZ-bot, Lego y Ev3.

En el catálogo de la expo –diseñado en virtud del tema por Cristina Rodríguez–, se agradece la colaboración sostenida del Grupo de Robótica y Mecatrónica (GRM) de la CUJAE, coordinado por Ivón Oristela Benítez González, Alejandro Pérez Malagón, Antonio Serrano-Muñoz, Gustavo Viera, Juana Amaro, Orlando Fábrega. Como se subraya allí, a nivel global, la tecnología que ocupa la muestra era “privativa de centros de innovación o cadenas productoras”, si bien de a poco ha ido tomando, junto a la Internet, las moradas más disímiles, hasta desembocar en los robots domésticos. Así lo destacaba en 2016, nada casualmente, en un artículo de Cachivache media, el robotista y code monkey Alejandro Pérez Malagón, algunas de cuyas reflexiones sobre su ciencia pueden leerse aquí.

Esta expansión tentacular proviene en buena medida –según distinguen las curadoras y los creadores aquí reunidos– del viraje de las circunstancias que rodeaban la robótica apenas ayer. Así, el “abaratamiento de los costos de un conjunto de elementos tecnológicos”; paradigmáticamente encarnados en los kits de Arduino, esa plataforma de hardware libre que nació en Italia y es, a ojos vista, una de las preferidas por los ingenieros y los programadores cubanos, que se sirven de sus microcontroladores y de su entorno de desarrollo para proyectos multidisciplinarios. Junto a esto, ha naturalizado o al menos restado elitismo a la robótica “la socialización de software y manuales” y la perenne y tozuda inventiva humana. Esa curiosidad que en Sarah Lis y Yenisel se tradujo en “montear” las piezas que deseaban para En tiempos de androides. La misma que se trasluce, con tamaña fuerza, en el documental que las motivó: El autómata (2016, HD, 13′), producido por la EICTV, donde el español Alejandro Pérez, realizador audiovisual que estudió en San Antonio de los Baños, nos devela la creatividad de un cubano de a pie que ha construido en Marianao su propio robot de chatarra…

Aunque algunos lo remiten a los años setenta, destaca también la curaduría que: “En Cuba las posibilidades de realizar tareas de valor usando las herramientas que brinda esta ciencia son acciones que se remontan a la década del ochenta y con mayor impulso a partir de los dos mil”.

En efecto, para quien quiera abundar en esos comienzos, capitaneados por entidades como EICISOFT (germen del Centro Nacional de Robótica y Software), memoriosamente recorridos por Armando Rodríguez, uno de sus protagonistas, será sustantivo el libro Los robots de Fidel Castro, EICISOFT, 1984. Una historia real (Eriginal Books LLC, Miami, Florida, 2011). Se trata tal vez del único que ha historiado hasta ahora el desarrollo de una ciencia que en la Isla se relaciona asimismo con el laboreo de Facultades de Ingeniería Automática de universidades como la de Santa Clara, y que hoy se halla extendida –de acuerdo con la investigación que nos la presenta– “a grupos independientes, multidisciplinarios, proyectos educativos, comunitarios, comunidades creativas y artistas”.

Siendo de tal amplitud y diversidad el campus de producción de la robótica, una de las premisas de quienes pensaron a dúo la expo fue, justamente, no concentrarse en los que la han instrumentalizado dentro de su arte. De modo que fueron a buscar a los que, desde la ciencia, han proyectado y podido ver en movimiento piezas a veces únicas, y otras ya serializadas para empresas o industrias. Por eso sólo dejaron lugar en la sala –entre los que provienen del campo del arte, como el realizador Alejandro Pérez– al brazo robótico Autopoiesis (2019) de Yusnier Mentado, quien lo expuso anteriormente en la XII Bienal de Arte de La Habana, según reporte de OnCuba. Esa pieza de Mentado sí se concentra, como parte de Copincha (comunidad abierta orientada a la experimentación), en el uso de la tecnología al servicio de problemas desafiantes. El brazo de Mentado es de cierto modo autotélico, ya que “reproduce los movimientos realizados por el brazo del artista” durante su creación –como explicita el catálogo.

Entre la nómina mayor, engrosada por científicos cuentan, pues, Francisco García Valle con Entrenador Automática Valle (2017): un mueble que permite incentivar el pensamiento computacional a través de la programación, y alrededor del que gira un proyecto comunitario centrado en los jóvenes. Basado en la libertad de un hardware (materializado, ya se ha dicho, en placas de Arduino) y software (como Scratch y Mblock), se vale de sensores para comprobar los algoritmos diseñados y no se dedica a la construcción de robots.

Se disfruta también, gracias a la compañía canadiense Robostem Academy, en colaboración desde 2017 con el GRM, de muestras de Mbot, Artec robot, EZ-robot, Lego engineers y Lego robotics Ev3-MINDSTORMS –esos “primos pequeños” de Arturito, el R2-D2 de Star Wars–, que a su vez permiten capacitar a estudiantes y profesores de la carrera de Automática. Con y sobre tales ingenios han podido interactuar los asistentes a los talleres vespertinos de la Servando durante cuatro semanas, y es esta una labor que la universidad realiza periódicamente en sus campus, a puertas abiertas para crecimiento y alegría de los pequeños.

Junto a los paseítos armónicos del Robot autobalanceado (2019) de José A. Concepción, otra de las definitivamente más atractivas, por su funcionamiento cíclico, al abrir y cerrar puertas y ventanas, encender y apagar luces y un ventilador, es la Casa inteligente (2019), de los estudiantes Marcos Marzo (Santiago de Cuba, 1997) y Marcel Lao (La Habana, 1998), quienes construyeron su prototipo cuando aún trabajaban en solitario. Este ingenio (que tiene el atractivo de lo rudimentario y que parece un juego de niños, aunque quienes no podemos desentrañar el meollo de su funcionamiento sabemos bien que no lo es) les valió un Premio Relevante y, sobre todo, echó sobre ellos la mirada de Ivón Oristela, esa brillante profesora de Automática que enseguida los invitó a incorporarse al GRM de la universidad habanera. Dedicados a la aplicación industrial y a la didáctica, sus integrantes tienen en perspectiva, por ejemplo, la vinculación con palacios de pioneros y con el parque tecnológico de La Habana, que radicará en la Finca de los Monos, tal como explicó Ricardo Luis Tritzant Mesa, estudiante de 5o año de Ingeniería Automática.

Dentro de ese grupo de la CUJAE, Lao, Marzo y otros de sus miembros, darán continuidad a investigaciones y prácticas para perfeccionar, en un futuro próximo, robots como el Brazo manipulador SCARA (2019), de José Dayron Olmo, graduado de la CUJAE. Este brazo articulado, que forma parte igualmente de la exhibición (y donde el espectador puede contemplar a sus anchas lo que mueve a un robot, incluidas las placas de Arduino), cumple con funciones de selección a través de las cuales puede sostener y decantar elementos diversos, frutos –por citar un caso– de acuerdo con su color o maduración –según entrevista exclusiva dada por estos jóvenes de la CUJAE.

La “visita guiada” de Lao y Marzo me permitió incluso reconocer el prototipo, igualmente destinado a la industria, del Brazo manipulador antropomorfo de cuatro grados de libertad (2019) de Jesús Leonel Vichot, otro graduado de la CUJAE. Un diseño destinado a la medicina, pues podría facilitar labores como las de mover ámpulas de insulina.

He dejado para el final lo que, junto a la genialidad de mis “guías especializados”, me resultó más impactante, ya no por prometedor sino por lo que llevan de emprendido los miembros de AlaSoluciones (2016), ingenieros y aeromodelistas que se ocupan de la manufactura, los sistemas de control automático, el software y los sensores de sus propios vehículos aéreos no tripulados (VANT) y que producen asimismo drones.

En mi visita a la Servando tuve la suerte de conocer a dos mayabequenses de ese equipo, el aeromodelista Maikol Díaz (1995) y el mecánico de aviación e ingeniero automático Erick Carmona (1986), director del AlaSoluciones, quienes ofrecieron amplio testimonio para esta noticia. Entre sus creaciones, se puede disfrutar de los engranajes del Cuadróptero (2018), del video de las circunvoluciones en paracaídas de un Skywaker (que homenajea con su nombre a otro personaje de la película Star Wars y sirve para explorar en lugares de difícil acceso) y de dos VANT.

Los vehículos aéreos expuestos llevan los nombres de una pareja consuetudinaria de aves en duelo: el prototipo de avión explorador Pitirre (2017), cuya utilidad depende de una cámara adosada de giro-estabilización y video en tiempo real, y el Gavilán (2018), que tiene como función principal evitar el peligro aviario en las pistas de aterrizaje, pieza clave para impedir accidentes como el ocurrido hace poco en el aeropuerto de Camagüey. Por demás, AlaSoluciones ha colaborado, desde el punto de vista pedagógico, con una maestría de la CUJAE, en la estimación del estado de las carreteras a través del Skywaker y en algunas tesis.

El proyecto de Carmona dimanó de una de las vertientes del Club de Aviación de Cuba, radicado en el municipio habanero de Playa (y cuyo logo consta en las alas de los aviones expuestos), al cual pertenecen; aunque actualmente AlaSoluciones se desempeña de modo autónomo. Al no poder seguir siendo prohijado por esa organización, este equipo se halla a la espera de que se dicte alguna ley que apruebe y regule su estatus y sus actividades como cooperativa, para continuar produciendo VANT como los que ofrecieron en serie a GEOCUBA, y fueron de probada utilidad en la construcción del puerto del Mariel y en desastres naturales como las penetraciones del mar por el Malecón o el pasado tornado.

En cuanto al club, agrupa además a aficionados al aeromodelismo, la aviación deportiva, el vuelo libre, el paramotor, el ultraligero y el paracaidismo. Sus demostraciones se realizan en lugares como Varadero o el Parque Lenin, donde pueden verse algunos fines de semana el cielo surcado de pequeños modelos de avión, un jolgorio en el que AlaSoluciones se puede permitir volar –más allá de toda redundancia– con sus propias alas, en efecto, “para alcanzar los sueños más lejanos”…

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JMR
Jamila Medina Ríos en poesía: Huecos de araña (Premio David, 2008), Primaveras cortadas (México D. F., 2011), Del corazón de la col y otras mentiras (La Habana, 2013), Anémona (Santa Clara, 2013; Madrid, 2016), País de la siguaraya (Premio Nicolás Guillén, 2017), y las antologías Traffic Jam (San Juan, 2015), Para empinar un papalote (San José, 2015) y JamSession (Querétaro, 2017). Jamila Medina en narrativa: Ratas en la alta noche (México D.F., 2011) y Escritos en servilletas de papel (Holguín, 2011). Jamila M. Ríos (Holguín, 1981) en ensayo: Diseminaciones de Calvert Casey (Premio Alejo Carpentier, 2012), cuyos títulos ha reditado, compilado y prologado para Cuba y Argentina. J. Medina Ríos como editora y JMR para Rialta Magazine. Máster en Lingüística Aplicada con un estudio sobre la retórica revolucionaria en la obra de Nara Mansur; proyecta su doctorado sobre el ideario mambí en las artes y las letras cubanas. Nadadora, filóloga, ciclista, cometa viajera; aunque se preferiría paracaidista o espeleóloga. Integra el staff del proyecto Rialta.
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