Louis Riel (FOTO cbc.ca)
Louis Riel (FOTO cbc.ca)

Desde fines del siglo XX, en diversas naciones iberoamericanas se ha planteado la necesidad de transitar hacia modelos que rebasen los límites identitarios del estado-nación, ya sea por la vía multicultural o la plurinacional, que son distintas. En muchos países ha avanzado la legislación en materia de pluralidad civil y diversidad cultural. En pocos (Bolivia y, si se aprueba la nueva Constitución, Chile) ha arraigado la fórmula del Estado plurinacional. Los más aferrados al paradigma de la identidad nacional, como Cuba, son regidos por proyectos anticuados, que extrañamente se atribuyen el liderazgo de la izquierda regional.

Un libro reciente del historiador franco-mexicano Jean Meyer, Louis Riel. El profeta del Nuevo Mundo (Taurus, 2022), narra la epopeya fundacional de un movimiento precursor de las confederaciones plurinacionales de hoy: el de los mestizos métis, las naciones crees y diversas comunidades de ascendencia francesa o inglesa, que profesaban la región católica, al sur de la bahía de Hudson y el noroeste de Canadá, a fines del siglo XIX. Su líder, Louis Riel, fue un teólogo, predicador y prolífico escritor, condenado a muerte por la Corona británica y ahorcado por el gobierno de John A. Macdonald en 1885.

En los escritos de Riel, siempre en tono profético u oracular, el líder mestizo repasaba los conflictos internacionales entre 1870 y 1885. Su lucha, según esta biografía de Meyer, buscaba una réplica del modelo autonomista negociado por Canadá con Gran Bretaña, que facilitara el autogobierno de Manitoba y Saskatchewan por sus propios habitantes. La identidad católica era un elemento fundamental de diferenciación, pero no una limitación para la convivencia dentro de un pacto federal. Sus observaciones sobre el contexto internacional se caracterizaban por la crítica a los imperialismos británico, alemán y ruso, la apuesta por el republicanismo en Francia y España y la defensa de la abolición de la esclavitud en las Américas, incluyendo el Caribe.

Encuentra Meyer algunas alusiones de Riel a Cuba, en los años finales de la Guerra de los Diez Años, especialmente sobre la necesidad de poner fin a la esclavitud, que anteceden a la Ley del Patronato de 1880 y la derogación definitiva en 1886. Interesante conexión de este líder con la experiencia histórica cubana, que lo acerca a las preocupaciones, no solo de los líderes separatistas de la gesta del 68, sino a las de los autonomistas que, como Rafael María de Labra o Miguel Figueroa, también demandaban la supresión del trabajo esclavo.

En el caso de los autonomistas, la conexión es de ida y vuelta, ya que algunos de aquellos políticos cubanos eran admiradores del modelo de autogobierno canadiense. No hace mucho, en un artículo para The Americas, revista electrónica de la Universidad de Cambridge, J. C. M. Ogelsby reconstruía la importancia del referente canadiense para pensadores y líderes autonomistas como Rafael María de Labra, Eliseo Giberga y Rafael Montoro. Queda por averiguar si en aquellas referencias, los autonomistas cubanos dieron cuenta de la epopeya de Riel y los mestizos católicos.

Menos conocidas son las menciones a la gesta de los métis en la obra de uno de los principales rivales del autonomismo: José Martí. En una crónica publicada en La Nación de Buenos Aires, en febrero de 1889, pero escrita en las Navidades del año anterior, el poeta narraba las fiestas barriales de fin de año de algunas colonias de inmigrantes, en Nueva York, como los suecos, los escoceses y los alemanes. Contaba Martí que muchas familias de inmigrantes europeos viajaban a Quebec y a Montreal a esperar el nuevo año.

La introducción del tema de Canadá, en aquella crónica, le permitía establecer un análisis comparado de la diversidad religiosa en Estados Unidos y su vecino del norte, especialmente en la parte francófona y católica. Decía Martí que el catolicismo quebequés, defendido por el “héroe” Louis David Riel, en sus insurrecciones contra el Gobierno de la reina Victoria y el primer ministro John A. Macdonald, y por el “gran poeta laureado”, Louis Honoré Frechette, se confundía con el patriotismo y que, en su resistencia a la hegemonía protestante y anglosajona, se robustecía.

“Desertar de la religión es para la masa católica del Canadá como desertar de Francia”. Y agregaba: “allí si no necesitan juntarse los clérigos de sectas diversas, como se están juntando acá (en Estados Unidos), para preguntarse alarmados por qué se va la religión, y cómo podrán sujetarla”. Y concluía: “allí no hay que revocar la religión caída con pinturas de moda, como telones viejos”.

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Imagen de cubierta de Jean Meyer, 'Louis Riel. El profeta del Nuevo Mundo'
Imagen de cubierta de Jean Meyer, ‘Louis Riel. El profeta del Nuevo Mundo’

En otro pasaje de la misma crónica, Martí parece mover el paralelo hacia la situación del catolicismo en Hispanoamérica. Cuando dice “allí sí es, como en Polonia o Irlanda, poderosa la religión, porque es un símbolo de la patria”, se dirige a otros contextos. El apunte vale lo mismo para Estados Unidos, que por su diversidad religiosa y su laicismo originarios no podía encorsetar confesionalmente la nación, que para los países hispanoamericanos y Cuba, que, por heredar el catolicismo del orden colonial, no habían producido nacionalismos religiosos determinantes en el siglo XIX.

Más bien, como ha contado Jean Meyer en otros de sus libros, la hegemonía ideológica de las repúblicas hispanoamericanas en el siglo XIX gravitó, poderosamente, hacia un liberalismo laicista y, a veces, anticlerical, que Martí compartió y lo llevó a descartar el catolicismo como elemento de cohesión nacional en Cuba. La ironía, otra vez, es que aquel poeta que tanto admiró la diversidad cultural de Nueva York y el naciente confederalismo plurinacional de Canadá, terminara sirviendo de pretexto –fuente, lo que se dice fuente, nunca fue– para una ideología de Estado, que basa su política cultural y educativa en la “identidad nacional”.

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Rafael Rojas (Santa Clara, Cuba, 1965). Es historiador y ensayista. Licenciado en Filosofía por la Universidad de La Habana, y doctor en Historia por El Colegio de México. Es colaborador habitual de la revista Letras Libres y el diario El País, y es miembro del consejo editorial de la revista Istor del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). Ha publicado los libros: Un banquete canónico (2000), Revolución, disidencias y exilio intelectual cubano (2006), La vanguardia peregrina. El escritor cubano, la tradición y el exilio (2013), entre otros. Desde julio de 2019 ocupa la silla 11 de la Academia Mexicana de la Historia.

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