A Évora
Hacia 1880, Rosalía de Castro escribió: “las cousas teñen de ser com’ as fan as circunstancias, e s’ eu non puden nunca fuxir as miñas tristezas, os meus versos menos. Escritos n’ ò deserto de Castilla, pensados e sentidos n’ as soidades d’ á Natureza e d’ o meu corazón” [“las cosas tienden a ser como las hacen las circunstancias, y si yo no pude nunca huir de mis tristezas, de mis versos menos. Escritos en el desierto de Castilla y sentidos en la soledad de la naturaleza y de mi corazón”].
Así habló Rosalía sobre las circunstancias de la creación de su libro Follas novas, escrito a las afueras de su país, Galiza, en la dificultad de fuxir de sus sentimientos melancólicos y en esa soidade que filosóficamente hablando es la soledad que transita entre la experimentación de una gran nostalgia de algo ya vivido y que aún se desea. Jamás evadió su tristeza ni sus versos, porque ella en el dolor construyó su escritura. Tenía claro que errantes “pol-o mundo andamos/ y as nosas forzas acabando van” [“errantes por el mundo andamos / y nuestras fuerzas se van acabando”].Sentimiento intrínseco para O pobo galego [el pueblo gallego] que ha cargado su tierra por varios caminos.
Medio siglo más tarde, en Buenos Aires, entre 1942 y 1943, otro espíritu analizaría ese sentimiento. Para Alfonso R. Castelao: “En Galiza corre como propria a verba saudade; pero os galegos ainda adoitamos a decir soedade ou soidade para espresarmos o mesmo sentimento. Temos ademais, unha verba galega: morriña, que siñifica un estado especial da Saudade[En Galicia corre como propio el verbo saudade; pero los gallegos todavía acostumbramos a decir soedade o soledad para expresar el mismo sentimiento. Además, tenemos un verbo gallego: morriña, que significa un estado especial de la saudade]. Veinte años antes, Ramón Cabanillas anotó que, en las tierras ardientes de los países de sol bravo, en América, los gallegos manifiestan “a Morriña que é a mesma Saudade físicamente doorosa” [la Morriña que es la misma Saudade físicamente dolorosa].
Esas consideraciones sobre el sentimiento de cierta nostalgia de recobrar aquello que se ha perdido, llamada saudade y morriña prácticamente vivida en la emigración dan lugar a un inacabable debate; yo, ahora, las invoco para plasmar una moderada reflexión sobre el dolor de estar lejos.
En Rosalía noté esa torcedura de una poesía sincera en la que uno acepta el dolor de aquellas personas que se van de su país. Desde la vida cotidiana, su poesía evidencia las carencias y las decisiones de su gente hasta centrar la atención en el dolor de la huida o cómo queda cierto vacío de soledad. A veces se suele pensar que la carga de la emigración es del que se va, pero de la misma manera sufre la persona que se queda. Hay un poema “¡Pra Habana!» donde ella presenta ambas perspectivas causadas por el drama del adiós.
Galicia está probe
y â Habana me vou…
Adiós, adiós, prendas
d’ o meu corazón
Un océano de por medio en esa travesía de la migración. Con el tiempo, La Habana se convirtió en Buenos Aires, Montevideo y Caracas. Mientras América fue ese nuevo hogar, Galiza fue el país de la espera. Saudade y morriña se experimentan no solo por el que dejó a su familia, sino por la familia que lo espera en una carta o un muelle. Ya Fernando Pessoa lo expresaba: Ah, todo o cais é uma saudade de pedra![¡Ah, todo muelle es una saudade de piedra!], porque todo cais o muelle era el lugar donde uno abrazaba por última vez a su ser querido y desde ahí vuelve a esperar hasta ver a lo lejos un próximo trasatlántico que se traduce como tragedia o suerte de la emigración.
Galiza y Portugal son países del adiós, pero al mismo tiempo de la espera. Un doble dolor que Rosalía en el mismo poema dice:
Este vaise y aquél vaise,
e todos, todos se van;
Galicia, sin homes quedas
que te poida traballar.
Tês, en cambio, orfos e orfas
e campos de soledad,
e nais que non teñen fillos
e fillos que no tén pais.
E tês corazóns que sufren
longas ausencias mortás
viudas de vivos e mortos
que ninguén consolorá.[1]
La tristeza de su pueblo es una constante en su obra. Este manejo del verso desprende un sentimiento del desarraigo a la tierra de manera forzada. Aquí la poeta se dirige a su país, le dice cómo se queda cuando todos emigran. Le describe su propia condición de tierra abandonada en la que solo quedan huérfanos, madres sin hijos, viudas de vivos y de muertos. La imagen de la soledad y la morriña de tener conciencia de que quizás esas personas no volverán.
Castelao, quien sabía lo doloroso que era la emigración, distingue, en su libro Sempre en Galiza,entre morriña y saudade. Para él “A Morriña, pois, é a Saudade en estrado de concencia; é o desexo, posible ou imposible, de recobrar ou que se perdeu; é a devoción a algo que está na lonxanía do tempo ou do espazo”[ La morriña, pues, es la saudade en estado de conciencia; es el deseo, posible o imposible, de recuperar lo que se perdió; es la devoción a algo que está en la lejanía del tiempo o del espacio.] Expone el sentimiento saudoso entre la poesía gallega y portuguesa que fue creado por esa soedade que es igual a decirsoidade, soledad, que viven los gallegos y portugueses. La saudade es una palabra que no tiene traducción pero que puede sentirse en la esperanza y el recuerdo porque, como lo aclara Castelao al seguir al poeta portugués Teixeira de Pascoaes, “A Saudade, pol-o desexo, é Espranza; pol-a door, é Lembranza” [La Saudade, por el deseo, es Esperanza; por el dolor, es Recuerdo.]
Deseo y dolor, esperanza y recuerdo son afectos que se concretan en el poema XV de Cantares gallegos de Rosalía. Una despedida dolorosa, el deseo de volver atrás, a esa tierra que una vez alguien labró y a la que ya no pudo regresar. La voz poética se despide de lo que más desea:“Miña terra, ¡adiós!, ¡adiós!” Y el dolor que esto le supone es plasmado en su desgarrador final.
¡Adiós tamén, queridiña…
Adiós por sempre quizáis!
Dígoch’ este adiós chorando
desd’ á veriña do mar.
Non m’ olvides, queridiña,
si morro de soidás…
Tantas légoas mar adentro…
¡Miña casiña!, ¡meu lar![2]
El miedo de no saber si ese adiós es para siempre, porque la embarcación es el cruce de un océano, tantas leguas mar adentro, donde no se sabe que deparará. Al final de este poema uno entra al interior de la morada. A esa casa rústica llamada lar y que en el juego de palabra también evoca a la lareira, que es la intimidad nostálgica del hogar. La cocina, donde se prendía el fuego para preparar recetas familiares, calentar el cuerpo o contar leyendas para apaciguar el frío de invierno. En estos últimos versos, la soledad es otra imagen que refleja ese sentimiento saudoso que es el anhelo del gallego, cuenta Castelao, “de volver ao agro que presenciou a nosa emersión”[de volver al agro que presenció nuestra emersión.]
Brotes que Rosalía plasmó como un tipo de agitación que provoca el estremecimiento al ya no pisar la primera morada. Uno tiembla de anhelo cuando está lejos de eso que en Galiza llaman terra nai [tierra madre], concepto que para mí se puede traducir como matria. Neologismo de la filósofa de origen vasco-gallego Victoria Sendón de León, quien define a lamatria como una búsqueda en el lugar de las bifurcaciones, el horizonte de lo posible y un modo de pensar diferente a las políticas de las patrias, donde se fraguan las políticas de la expulsión y del no reconocimiento al extranjero que acaba de llegar. Una matria es el lugar que uno siempre añora cuando está afuera de su casa, la terra nai, pero es a la vez el lugar donde recibe otras pasiones heredadas. Se vuelve así un lugar y un no-lugar, dice Sendón de León. La matria o terra nai es el lugar que el emigrante dejó, esa “terra donde m’eu criey”, escribe Rosalía, y que se bifurca “por un mundo que non vin” [mundo que no miré]. En ese sentido la morriña y saudade son sentimientos que se extrapolan a aquellas personas que dejan una colectividad para crear otra. No solo es una tragedia sino el deseo de viajar y encontrar algo mejor. De esta manera Rosalía, como dice Cabanillas, es “o corpo santo da Saudade Gallega”.
* * *
Jamás imaginé que ese malestar físicamente doloroso que provoca la morriña me perforaría el cuerpo. Sentí los calambres que producen las noches húmedas de invierno gallego en una pequeña aldea llamada Terreboredo, mientras me envolvía el deseo del retorno. Era una experiencia que despertaba mi conciencia del adiós. La sensación ocurrió en un instante. Primero miré cómo las hojas amarillas caían de los árboles de la misma manera que caían mis lágrimas. Luego vinieron los vientos intempestivos que azotaban al bosque en un intrépido compás de donde emanaba una voz fantasmagórica. A lo mejor un cierto pasado o como escribe el poeta Eduardo Pondal en Novos poemas, eran las fuerzas de unos pinos que:
Non sólo murmuran
As cousas pasadas
Dos fillos dos celtas,
Mas tamén murmuran
As arpas garridas
E ben acordadas
Dos pinos da patria[3]
El clima me producía melancolía. Y la aprehensión de una nueva morada entre piñeiros e carballos [pinos y robles]creaba sacudidas que me llevaban a Miñas lembranzas! [mis recuerdos], de vientos también acechadores. A ese lugar del aferro, como menciona Claribel Alegría en un poema de Saudade, donde:
ha habido y habrá
inesperados vientos
huracanes
tormentas
y sequías
Las ventiscas gallegas me trasladaron a los recuerdos de un sol tropical a todas horas encendido donde su gente, debajo de la sombra, produce algarabía. Un ruido familiar y humano para mí, pero que era absorbido en la frondosidad de un bosque desconocido y que al verme caminar murmuraba lo lejos que estaba mi hogar. Así entré en el inevitable remedio de no poder evadir las tristezas del alma. Estaba en Galiza, pero también estaba en Nicaragua. Tenía que aceptar, como la poeta de la soidade, que si las hojas caen es porque tarde o temprano vendrán otras nuevas. Al final de todo, pues, qué significa emigrar si no iluminar en la penumbra como una vaga luciérnaga hacia otro lugar.
Notas:
[1] Este se va y aquel se va / y todos, todos se van / Galicia, sin hombres quedas / que te pueda trabajar / Tenés, en cambio, huérfanos y huérfanas / y campos de soledad / y madres que no tienen hijos / e hijos que no tienen padres. / Y tenés corazones que sufren / largas ausencias muertas / viudas de vivos y muertos / que nadie consolará.
[2] ¡Adiós también, queridita… / Adiós por siempre quizás! / Te digo este adiós llorando / desde la orillita del mar. / No me olvidés, queridita, / si muero de soledad… / Tantas leguas mar adentro… / ¡Mi casita! ¡mi hogar!
[3] No sólo murmuran / Las cosas pasadas / De los hijos de los celtas, / También murmuran / Las arpas garridas / Y bien acordadas / De los pinos de la patria.

