No sucede a menudo, pero a veces un libro lleva el título perfecto. Ese es el caso de Keeper of My Kin: Memoirs of an Immigrant Daughter (Scribner, 2026), las extraordinarias memorias de Ada Ferrer, autora de Insurgent Cuba: Race, Nation, and Revolution, 1868–1898 (1999), Freedom’s Mirror: Cuba and Haiti in the Age of Revolution (2014), y Cuba: An American History (2021), obra galardonada con el premio Pulitzer, y que recorre la historia profundamente entrelazada de Cuba y los Estados Unidos durante siglos.
Los vínculos transnacionales, las repercusiones de diversos desplazamientos, el papel decisivo de la raza en el devenir histórico y la recuperación de las experiencias de quienes suelen quedar al margen de los relatos oficiales constituyen algunos de los ejes principales de esos tres textos de historia.
Keeper of My Kin dialoga con los libros anteriores a pesar de tratarse de memorias, un género situado a medio camino entre la historia y la literatura, donde la reconstrucción del pasado depende inevitablemente de los mecanismos, siempre falibles, de la memoria. Los temas que atraviesan la obra historiográfica de Ferrer reaparecen aquí, aunque filtrados ahora por la experiencia personal.
Cuba: An American History ya dejaba entrever el trasfondo autobiográfico que las memorias desarrollan a plenitud. Su prólogo abre con un resumen de la historia familiar de Ferrer, quien emigró de Cuba en 1963 con apenas diez meses de edad junto a su madre, dejando atrás a un medio hermano de nueve años, Poly (hijo del primer matrimonio de la madre), cuyo padre no lo autorizó a salir. Ambas se reunieron con el padre de la futura historiadora, el cual ya había emigrado.
Después de un tiempo, la familia decidió establecerse en West New York, un pueblo aledaño a Union City, el denominado “Cuba’s northernmost province” por la alta concentración de cubanos que había allí –como apunta la socióloga Yolanda Prieto en su libro The Cubans of Union City: Immigrants and Exiles in a New Jersey Community (2009)–, donde transcurrió la infancia de Ada y su hermana menor, nacida en los Estados Unidos. Poly, el medio hermano, logró salir finalmente de Cuba por el puerto de Mariel en 1980.
Keeper of My Kin reconoce desde un principio el carácter elusivo y escurridizo de la memoria. Pero, fiel a su formación como historiadora, Ferrer toma innumerables precauciones para minimizar las distorsiones y lagunas inherentes a toda evocación personal. No solo consulta a otros miembros de la familia tanto en Estados Unidos como en Cuba para contrastar recuerdos, sino que recurre de manera sistemática a las abundantes fuentes que tiene a su disposición, específicamente la correspondencia personal, los álbumes de fotografías y los diarios guardados durante décadas en cajas y bolsas olvidadas en armarios. Todo ello proporciona el entramado documental de la narración.
Las cartas intercambiadas entre quienes emigraron y quienes permanecieron en Cuba revelan el profundo impacto que tuvo la separación familiar sobre el medio hermano y el persistente sentimiento de culpa que compartieron Adelaida (o Adela), la madre, por haberlo dejado, y Ada (o Adita), por haber sido la hija que pudo marcharse. A lo largo del libro, Ferrer vuelve una y otra vez sobre esa conciencia de haber sido la elegida. El día de la graduación de Ada de la escuela secundaria coincide con la presencia de Poly en el campamento donde se alojaban los marielitos al llegar a la Florida. Para la primera, el momento marca un futuro prometedor. Para el segundo, un porvenir incierto dada su inestabilidad emocional.
Aun prescindiendo de la desigualdad de condiciones, la experiencia narrada por Ferrer remite a una realidad mucho más amplia: la de los niños separados de sus familias por conflictos políticos y procesos migratorios. Al leer esos pasajes, es difícil no pensar en los más de 14 000 niños que llegaron a Estados Unidos sin su familia durante la Operación Pedro Pan. E incluso, para no ir más allá de Cuba, en los hijos de militantes de la izquierda latinoamericana que hicieron el viaje a la inversa, a saber, niños chilenos, argentinos y guatemaltecos que fueron enviados a la Isla sin sus padres para ponerlos a salvo de las dictaduras de derecha. ¿Puede alguien, ya se cuente entre la progenie o entre los progenitores, salir ileso de tales escenarios?
Por su parte, los archivos históricos en Cuba y en los Estados Unidos, a los que Ferrer acude una y otra vez, ayudan a reconstruir una genealogía y aportan datos importantes sobre la existencia de antepasados esclavizados y las pequeñas comunidades rurales donde vivieron sus ancestros, además de detalles sobre el Mariel. Al concluir el relato propiamente dicho, las notas que identifican las fuentes consultadas ocupan casi treinta páginas, de la 339 a la 367. Dicha documentación minuciosa resulta excepcional en un libro de memorias. Ferrer somete su propia historia familiar al mismo rigor metodológico que caracteriza su obra académica. El resultado no es una mera acumulación de datos, sino una manera de rescatar del olvido las vidas y las voces de personas que rara vez dejan huella en la historia escrita, adhiriéndose a lo verificable. Es lo que suele denominarse la historia de la gente sin historia.
Los relatos familiares constituyen otro de los grandes pilares del libro. Su madre quizás no poseía una extensa educación formal, pero compensaba esa carencia con un admirable talento para contar historias. Ferrer reproduce esos relatos con una viveza que permite al lector escuchar la voz materna y comprender cómo la memoria oral puede transmitir matices, emociones y verdades que ningún documento escrito alcanza a registrar. En algunos momentos da la impresión de que Adelaida se convierte en coautora de las memorias.
Si hay una coprotagonista del libro, es precisamente la madre. Su principal legado no fue material –al morir dejó a sus tres hijos la “jugosa” suma de menos de diez mil dólares, como la autora señala con ternura–, sino la obstinación por preservar la memoria familiar y, por añadidura, el amor a Cuba. En gran parte, gracias a ella sobrevivieron las historias, los documentos y el ansia de no olvidar que hicieron posible que la guardiana de los suyos escribiera este libro.
Además de la documentación prolija y del carácter coral de la narración, que lo aleja de la autobiografía clásica construida alrededor de la vida de un héroe, uno de los mayores méritos de Keeper of My Kin: Memoirs of an Immigrant Daughter es el énfasis que pone, desde el título mismo, en la perspectiva inmigrante. Para cualquier lector ajeno al ethos cubanoamericano, esto pudiera parecer natural.
Sin embargo, gran parte de la comunidad cubanoamericana, en especial la primera generación llegada tras 1959, se definió históricamente como exiliada, una identidad que confiere determinados beneficios y privilegios y que responde, ineludiblemente, a una posición política según la cual el regreso queda descartado mientras persistan las circunstancias que motivaron la salida de Cuba. Las memorias más representativas del canon literario cubanoamericano corresponden, en mayor o menor medida, a esa concepción.
El cambio de paradigma que conlleva la adopción de una identidad inmigrante abre nuevas posibilidades significativas: permite subrayar la experiencia, ampliamente compartida, de la separación familiar que permea la vida de los inmigrantes hasta el día de hoy; reconocer un origen social y racial que raramente coincide con el relato dominante del exilio; y mantener viable la posibilidad de diversos retornos.
Asimismo, el libro nos invita, aunque sea de manera implícita, a reconocer el enorme potencial de los inmigrantes que, como Ferrer, llegan de todas partes en busca de mejoramiento y terminan enriqueciendo la vida intelectual y cultural de Estados Unidos, sin renunciar por ello a una identidad dual que los convierte, al mismo tiempo, en partícipes y observadores de la sociedad que los acoge. Esa tensión aflora con especial claridad en los pasajes dedicados a las vivencias de Ada en una prestigiosa universidad privada. Allí se hacen evidentes tanto las diferencias que percibe con respecto a su nuevo entorno como las que, de manera gradual, comienzan a perfilarse entre ella y su propia gente.
En resumen, la documentación exhaustiva, la voz plural y el sentido de identidad, los tres rasgos distintivos del libro que he preferido destacar en mi breve reseña, a los que se suman la elegancia de la prosa y la emoción contenida, hacen de Keeper of My Kin una adición impecable a la narrativa cubana escrita en los Estados Unidos (o la narrativa estadounidense que no se desentiende del tema cubano). Se agradecen las páginas (98-105) dedicadas al West New York de los años setenta, que dio refugio a una nutrida comunidad cubana de clase trabajadora y media, un tema que podría extenderse pues, hasta donde sé, no se ha tratado en la literatura memorialista, a diferencia del enclave cubano de Miami reflejado en muchas otras páginas.
Pero profundizar en dicho tema hubiese dado lugar a otro texto, distinto del que Ferrer decidió escribir: una historia cuidadosamente centrada en una familia cuyo inquebrantable amor mutuo no bastó para protegerla de las consecuencias, positivas y negativas, de procesos históricos de larga duración. Tal como ha sido publicado, es un libro que esta reseñadora no pudo dejar a un lado una vez iniciada su lectura.



