‘La barca de Dante’, Eugène Delacroix, 1822

El mucho conjeturar durante años de pesquisa filológica por el canon literario de Occidente –labor detectivesca tenaz, a menudo infravalorada, silenciosa y humilde, ¿quién lo duda?, aunque no exenta de regocijo– ha terminado por conducir a una profesora titular de la UH, la reconocida ensayista, dramaturga[1] y traductora de italiano Mayerín Bello, a su primera aventura narrativa.

Los cuatro cuentos reunidos por ella en el volumen Caprichosas conjeturas (cum grano salis), publicado en 2013 por la editorial Letras Cubanas con una muy apropiada y bellísima ilustración de cubierta de ese caribeño Ieronimus Bosh que es nuestro Cosme Proenza, no se corresponden, sin embargo, con lo que cabría esperar de una pluma –o una computadora– neófita en el no tan simple arte de narrar historias. Tanto la original e ingeniosa estructura de cada uno de estos relatos, por otro lado bien diversos entre sí: “La encrucijada”, “Heterodoxia”, “Gertrudis, reina de Dinamarca, ha desaparecido” y “Un baile de máscaras”, cuyas intrigas nos mantienen atentos de principio a fin, como la prosa vivaracha, sumamente expresiva, de esta novel story-teller, incluyendo su fluido manejo de los diálogos, revelan oficio. Una habilidad que, digan lo que digan por ahí ciertos escribidores, egresados nostálgicos de nuestra benemérita Facultad de Artes y Letras, no se adquiere en la academia.

No en aquella de las postrimerías del milenio pasado, al menos, donde la profe Maye, muy joven por esas fechas, tuvo ocasión de soportarme dentro de un aula –con una admirable dosis de estoicismo por parte suya, ¡je, je!– como alumnita lipidiosa, discutidora a más no poder, y donde se impartían no sé cuántos mil semestres de Literatura, algunos la mar de interesantes y otros medio soporíferos, y ningún taller de Escritura Creativa. Programa de estudios que, si se viene a ver, en el fondo quizá no era tan imbécil, pues les arrancaba de cuajo las ganas de convertirse en escritores a quienes carecieran de, por así decirlo, auténtica vocación. Y lo que natura no da… ustedes saben.

Sobre el canon occidental, desde hace algunos decenios, pende una interrogante decisiva. ¿Nos apasionan sus más encumbrados autores –léase Homero, Sófocles, Eurípides, Aristófanes, Virgilio, Horacio, Dante, Petrarca, Boccaccio, Milton, Cervantes, Shakespeare, Moliére, Racine, Goethe & Co.– por su valor intrínseco de colosos geniales o porque a lo largo de centurias se nos ha estado lavando el cerebro para que nos dejemos embelesar por ellos, que en realidad conforman una siniestra pandilla de racistas, colonialistas, androcéntricos, eurocéntricos, misóginos, homófobos, lameculos del Poder, reaccionarios, malvados y estúpidos hombres blancos? La querelle, aun cuando no se plantee literalmente en esos términos, es encarnizada. Los guardianes del canon todavía hoy resisten el asedio, mientras que sus detractores perseveran en pitchearle, desde muy disímiles trincheras –o “escuelas del resentimiento”, según las denomina el difunto Harold Bloom, gurú supremo de Yale e insigne cabecilla de la resistencia–, toda clase de piedras y cambolos.

En el contexto de esa feroz fajatiña entre filólogos,[2] que desde luego trasciende nacionalidades e idiomas, la autora de Caprichosas… adopta una postura más bien intermedia, pacifista, liberal, mesurada, ajena a radicalismos y visiones maniqueas. Desde un breve prefacio, que lleva por título “A donde ha conducido el mucho conjeturar”, les atribuye a los escritores canónicos un “innegable poder de seducción” y, acto seguido, reconoce en sí misma una “imperiosa necesidad de profanar su sacralidad”, impulso que podría tal vez deberse, entre otros móviles, a “el influjo de ese perdurable y perturbador airecillo que sopla desde el pasado siglo, dispuesto a hacer tambalear todo lo que ostente visos de intangibilidad”. Es decir, que ella se propone cometer algunas fechorías de leso canon literario, pero sin beligerancia, con dulzura, en pequeña escala, cosa de que nadie se acompleje ni se berree.

Más adelante, en las páginas que siguen, ya dentro de los dominios del mago Merlín –un vastísimo territorio ficticio cuya atmósfera onírica, traviesa y pletórica de posibilidades, en cierto modo evocadora de aquel inolvidable Wonderland de Lewis Carroll con su “lógica” disparatada, nos embrujará sin remedio–, elemento unificador del libro por ser el escenario donde su muy sagaz protagonista ejerce como apagafuegos o ministro de Interior y donde se desarrollan todos los cuentos, empieza la fiesta. ¡Y qué fiesta! Un banquete de caprichosas e hilarantes conjeturas a propósito de varios mitos célebres de la tradición literaria de Occidente; una mojiganga a todo vapor, con antifaces, matracas y serpentinas, donde proliferan los guiños, cuchufletas, parlamentos de personajes europeos medievales o renacentistas que de pronto chacharean en jerga habanera de la esquina, parodias, retruécanos, adivinanzas, alusiones burlescas, anacronismos deliberados, ironías, pastiches, estrafalarias encuestas policiales… En fin, un mundo al revés, de cabeza y patas p’arriba, caótico, delirante, subversivo, endiablado, anárquico. La apoteosis del carnaval pese a los epígrafes antepuestos a cada relato –entre ellos, uno del teólogo Tomás de Aquino y otro de la feminista Hélène Cixous, que siempre hablaron en serio– como tímidos recordatorios de que allá lejos, en algún lugar remoto, quizás en otra galaxia, de vez en cuando imperan el orden y la disciplina.

Volviendo un momentico al prefacio, reencontramos a la culpable de toda esa amena y refrescante barahúnda esforzándose por engatusar, para que no se le futive, a cierto “lector grave” cuyos regaños parecen preocuparla. Un fulanejo al que, puesta yo también a conjeturar, vislumbro cual bibliotecario ciego, de nombre Jorge, español con malas pulgas, monje benedictino de hábito negro y enemigo acérrimo de la risa, de la inocente Cena de Cipriano y del apócrifo Tomo II de la Poética aristotélica. Lo reconocen, ¿verdad? Pues no me inspira la menor reverencia, debo confesarlo, quizás por tratarse de una jolgoriosa caricatura de otro bibliotecario ciego y Jorge, pero argentino, laico, librepensador y en absoluto desprovisto de joie de vivre.[3]

Tales atenciones con la entelequia de marras, en detrimento de otros lectores con otros perfiles –el “lector que no haya leído a los clásicos”, por ejemplo–, podría sugerir que tenemos entre manos un libro de corte elitista, escrito en clave para consumo exclusivo de eminentes catedráticos, licenciados y eruditos. A reforzar tan desafortunada impresión contribuyen, además, la frondosa densidad intertextual de los cuentos y el hecho de que la narradora nunca se muestra didáctica, requetemenos condescendiente o machacona. Por supuesto que eso último, aunque pudiera prestarse a malentendidos, es una virtud. Vamos, las clases en el aula y los sermones en el templo.

Caprichosas…, empero, está en condiciones de aspirar, según mi criterio, a satisfacer a un público relativamente más amplio: el de quienes, pese al auge creciente de los productos audiovisuales, todavía disfrutamos la lectura de una buena historia. Vayan, entonces, algunos comentarios finales en beneficio del lector curioso, desprejuiciado y con sentido del humor, pero sin formación universitaria –o autodidacta– en el ámbito de las Humanidades.

Muchos de los personajes con que nos topamos aquí, si bien proceden de obras literarias, son mundialmente famosos hoy día gracias a las múltiples versiones cinematográficas y/o televisivas de sus hazañas. Tal es el caso, entre otros, de don Quijote y Sancho, el principito, Mr. Hyde, Merlín y su colega Morgana, Hamlet, Dorian Gray, Jean Valjean, Rodia Raskólnikov, Phileas Fogg o el inspector Lestrade. Incluso Gertrudis de Dinamarca, una reina con escaso relieve en la tragedia shakespeariana, alcanzó planos estelarísimos en la década de los noventa del siglo pasado al ser interpretada en la pantalla grande por nadie menos que Glenn Close, actriz que, haga lo que haga, nunca pasa inadvertida. Así que ellos y sus respectivos entornos forman parte de nuestra cultura popular –a veces un poco distorsionados, pero en fin–, hecha más de sonidos e imágenes en movimiento que de palabras escritas y, por ende, muy accesible, acogedora, demócrata, al alcance de tutilimundi.

Otros camaradas suyos, verbigracia: Gargantúa y Pantagruel, Mersault, el barquero Caronte o el agrimensor K, ciertamente no califican, por lo menos que yo sepa, como estrellas mediáticas. Pero aquí aparecen caracterizados en forma tan vívida, tan pormenorizada, que no resulta indispensable acudir a las fuentes –Rabelais, Camus, Kafka et al— para comprender a cabalidad, como quien dice de cabo a rabo, sus peripecias y tejemanejes. De igual manera, la descripción del Infierno, risueña a la vez que bastante exhaustiva, nos permite prescindir, sin culpa, de cualquier ayudita dantesca.

En cuanto a los bizcochos en el té que desencadenan una avalancha de recuerdos, la aurora de rosáceos dedos, el hipogrifo que aún está cuando el caballero Astolfo se despierta y demás citas implícitas, son inofensivas. Quiero decir, beatus ille quien identifique su origen, pero en modo alguno atentan contra el placer de quienes lo ignoren. Uno continúa leyendo (y conjeturando), tan campante, sin el menor trauma, nerviosismo o desaliento.

No se trata, en resumen, de rellenar un maligno crucigrama con letras específicas, ni de rendir algún estresante examen académico, ni de ponernos paranoicos ante el peligro de que se nos escape algo. Nones. Hay que relajarse, cogerlo suave. A fin de cuentas, es el divertimento –o sea, la coña, el chucho, la jodedera–, no la rigidez ni el miedo, quien lleva la batuta en este caprichoso reino conjetural de Mayerín Bello. Adentrémonos, pues. ¡Y a gozar!


Notas:

[1] Su pieza en un acto La ardua ruta de Jano el Caminante (Ediciones Caserón, Santiago de Cuba, 2012) le valió en 2010 el Premio José María Heredia de Teatro que otorga la UNEAC en dicha provincia.

[2] Desde la academia norteamericana, siempre avant-garde, nos llega la insólita noticia de que la Filología ya no existe. Me pregunto qué rayos le habrá sucedido.

[3] Otra vez Cocolucho para el trajín. Está visto y comprobado que no podemos dejarlo tranquilo. Me imagino al ancianito venerable refocilándose por lo bajo, socarronamente, con las sinvergüenzuras del pibe Umberto Eco.


Heterodoxia

Por Mayerín Bello

Ahora bien, los vicios carnales, es decir, la gula y la lujuria, consisten en los placeres del tacto, o sea, el de la comida y el del deleite carnal, los más vehementes de los placeres corporales. De ahí que por estos vicios se decida el hombre con resolución en favor de lo corporal, y, en consecuencia, quede debilitada su operación en el plano intelectual. Este fenómeno se da más en la lujuria que en la gula, por ser más fuerte el placer venéreo que el del alimento. De ahí que de la lujuria se origine la ceguera de la mente, que excluye casi de manera total el conocimiento de los bienes espirituales; de la gula, en cambio, procede el embotamiento de los sentidos, que hace al hombre torpe para captar las cosas.
Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica

De todos los casos que recordara Merlín –¡cuántos asuntos peliagudos no habrían pasado por sus manos!– ninguno lo había perturbado tanto como el que ahora ocupaba su mente y su mesa de trabajo. El reporte, proveniente de las más Altas Instancias, urgía:

Se ha reportado como muerto en extrañísimas circunstancias a un condenado del Infierno. Respondía al nombre de Paolo Malatesta. Por las funestas implicaciones que un hecho de esta naturaleza puede acarrear, se ordena que sean postergadas todas las investigaciones en curso para conceder atención prioritaria y todos los recursos necesarios al delito que hoy nos abruma.

Se estaba, pues, ante un suceso que se erigía con todo el peso de su evidencia: la segunda muerte de un muerto.

“Nefasta redundancia –argüía Merlín– que, en principio, podría explicarse por dos elementales razones: o ha comenzado ya el Juicio Final, o hay un asesino que obra impunemente y desafía los Poderes Establecidos. Porque asesinar a un difunto condenado al Infierno es ir contra un orden que ha sido dispuesto por la más Alta Justicia.” Un estremecimiento agitó al sapientísimo mago cuando evocó la rotunda y aterradora inscripción que figuraba en lo alto de la puerta del reino del mal:

Dinanzi a me non fuor cose create
se non etterne, e io etterno duro.
Lasciate ogne speranza, voi ch’intrate.

Con febril mas lúcida disposición redactaba ahora Merlín el memorándum donde figurarían las premisas esenciales para darle inmediato curso a la investigación. El expediente que consultaba rezaba así:

Nombre del occiso: Paolo Malatesta

Delito que justifica su condena infernal: lujuria (y adulterio: en complicidad carnal con Francesca de Rímini, y en perjuicio de Gianciotto Malatesta, esposo de esta.)

Castigo: como lujuriosos, Paolo y Francesca están condenados a ser arrastrados por una tormenta que evoca su incontinencia pasional.

Circunstancias en que se produjo el delito: el marido los sorprendió en plena faena amorosa y los mató a ambos. Gianciotto y Paolo son hermanos, lo que torna más complicadas las circunstancias. Según se comprobó en la investigación, hubo dolo y fría premeditación por parte del agraviado, de modo que ha sido también condenado, y pena entre los traidores a sus parientes, en el fondo del Infierno.

Se trataba de un caso cerrado. Quién iba a pensar que al cabo de tanto tiempo tendría su coletilla. Merlín trataba de poner orden en su pensamiento, zarandeado por hipótesis confusas y divergentes. Tomaba nota, despejando incógnitas, desbrozando el camino:

“Gianciotto, a primera vista el sospechoso más evidente, ya que una nueva venganza podría constituir el móvil, queda excluido. Si las cosas no han cambiado, no les está permitido a los condenados salirse de los recintos o círculos a que están confinados. Lo impiden las leyes y los guardianes se encargan de que se cumplan. Impensable, además, que el cornudo traidor haya viajado, sin ser advertido, desde el fondo del noveno círculo hasta el segundo, que es donde se encuentran los lujuriosos”.

Desplegó por centésima vez el mapa del Infierno, y lo estudió con detenimiento.

“La lógica dice que el asesino pudo ser, o uno de su mismo círculo, es más, de su escuadra (pues es sabido que todo está allí muy compartimentado y el control se funda, entre otras razones, en ese estricto orden), o un extraño venido de otro sitio. Considerando la primera posibilidad, tendría entre mis sospechosos a sus compañeros de grupo, es decir: Semíramis, Dido, Cleopatra, Helena, Aquiles, Paris, Tristán, Francesca. Ahora bien, dadas las circunstancias en que se ha producido el crimen, es muy poco probable que alguno de ellos haya podido ser el autor. Evoquemos el escenario: todos vuelan arrastrados por una tormenta poderosísima que los mueve a su antojo y apenas les permite detenerse. Paolo ha sido sacado de ese remolino con un lazo –lanzado desde una orilla del cono infernal–, y luego desviado hacia una de las paredes más escarpadas y ríspidas. Atrapado allí por un remolino, ha sido repetidamente arrojado hacia los numerosos y afilados salientes hasta ‘morir’. La fuerza y la habilidad que tal ejercicio de enlace presupone, excluye a las damas: todas son bien enclenques. Nos quedan los hombres: Aquiles, Paris, Tristán. La endeblez hoy cadavérica del otrora amante de Helena, habla a su favor. Bien fornidos son, en cambio, los otros dos. ¿Pero cómo lograron salirse del grupo? Y aunque mucha oscuridad hay en el sitio, y aunque el viento los arroja, a veces, lejos unos de otros, es poco probable que no notaran sus compañeros la ausencia prolongada de uno de ellos. ¿Un complot? ¿Y el móvil?

Consideremos la otra posibilidad: el asesino viene de otro lugar. En realidad, parece la más probable pero… –Merlín se masajeó las sienes, como buscando estimular o exprimir su cerebro – ¡vaya, que la gente no se pasea por allá abajo como Pedro por su casa! Claro, a no ser que se lo permitan…”

Se levantó y abrió el amplio ventanal. Constituía un bálsamo para su espíritu la contemplación, a la hora del ocaso, de esos inmensos espacios infinitos, confundidos en la armonía de sus tintes y tan ajenos a los ajetreos de las criaturas que pululan en el mundo. Hoy, sin embargo, le estaba vedado el goce, pues el apremio era la patente manifestación de un temor más profundo, estampado en los rostros que conocían lo sucedido. No todos habían desechado la posibilidad de que hubieran comenzado a sonar las trompetas del Apocalipsis. Y cierto llamado de sus vísceras le insinuaba al venerable mago que él tampoco. Suspiró hondamente y volvió a la mesa.

“Vamos a ver. ¿Quién fue autorizado a recorrer ese ultramundo de principio a fin? ¿Quién se lo ha dado a conocer a los hombres con todos sus particulares, al punto de que podría ser considerado “su arquitecto” si ello no sonara a demasiada irreverencia? ¿Quién sino Dante Alighieri? He aquí una pieza fundamental en este juego, aunque su probadas piedad y devoción, entre otras razones –como que estaba por acá arriba cuando sucedieron los hechos–, lo eliminen como sospechoso. Uhmmm…Tareas inmediatas: pedir licencia a la Superioridad para nuevo viaje de Dante al escenario de los acontecimientos, así como solicitar la suspensión temporal del tornado que agita a los lujuriosos del segundo círculo infernal, de modo que puedan realizarse de forma efectiva y expedita las indagaciones”.

Merlín se acomodó en su asiento más satisfecho. “Bien, pero no hemos agotado la segunda posibilidad, es decir, el asesino pudo haber sido alguien ajeno al círculo. Excluido Dante, ¿quién más nos queda? Virgilio, ciertamente.” La tímida complacencia del mago se desvaneció al instante. “No puedo eliminarlo como sospechoso. Conoce el camino que lleva del Limbo a los círculos inferiores. Pudo engañar a los guardianes con el argumento de una nueva autorización. Esto es improbable, muy improbable, detestable resulta la suposición, además de que no parece existir un motivo… Pero el rigor me obliga a ponerlo en la lista. Y con él a todos los del Castillo límbico: alguien pudo sonsacarle información acerca de la ruta recorrida y …”.

El naranja desvaído del horizonte, entreverado de un violeta fantasmagórico y seductor, se despidió de Merlín antes de ceder el sitio a las oscuras avanzadas de la noche. Tras los impasibles ojos que escudriñaban las primeras estrellas seguía el pensamiento ejecutando sus cabriolas deductivas. Pero las elucubraciones, ora se ramificaban en infinitas probabilidades, ora se daban de cabeza contra muros opresores.

“Cierto, Dante no puede regresar solo. Deberá acompañarlo un observador imparcial, pero que tenga suficiente autoridad, amén de energía, como para interrogar a los moradores del Castillo del Limbo, toda gente bien importante. Estamos hablando nada menos que de Virgilio, Aristóteles, Euclides, Galeno, Sócrates, César, Horacio, et al. Y estos al. son numerosos… Y luego, a los lujuriosos. Y eso es solo el principio, porque nunca se sabe a dónde pueda conducir la investigación.”

Merlín cerró los ojos. Sentado con cierto hieratismo, las manos apoyadas en las rodillas, respiraba eurítmica y profundamente. La concentración era absoluta. Transcurrieron algunos minutos… Cuando salió de su inmovilidad su semblante mostraba sosiego y resolución:

“Nadie más que uno de los Siete Sabios podrá ayudar en este trance. Y deberá ser aquel que reúna una cabal inteligencia en cuerpo sano y vigoroso, una disposición ecuánime para enfrentar los más graves contratiempos y tenga a la mesura por divisa. Quién si no él.”

Los guardianes de la Torre vieron, por fin, abrirse la puerta de la recámara que servía de despacho al mago. En su rostro imperturbable nadie pudo leer aviso alguno. Se supo luego que había convocado con urgencia a uno de los Siete sabios de Grecia: Cleóbulo de Lindos.

*  *  *

―98…99…100… ¡Uf!

Acostado sobre el liso tronco de un árbol caído, el hombre, luego de ejercitar sus brazos con una pesada rama, la había lanzado lejos de sí. Se incorporó y ofreció a la vista de su interlocutor un torso formidable, que contrastaba con su larga, abundante, mas encanecida melena, y un rostro surcado por añejas y profundas arrugas.

―El ejercicio me aclara la mente. Las horas que he empleado en leer tantos reportes, expedientes y apuntes me la han ofuscado. Revisé tu obra, por cierto. Te felicito, sencillamente formidable … en su estilo. Perdóname la franqueza, mi estimado muchacho, pero mis años me autorizan a darte algunos consejos: creo que posees un ánimo harto sombrío y tomas la vida demasiado a la tremenda. Ello te afectará el estómago, si no te lo ha afectado ya. Además, no ejercitas convenientemente tu cuerpo. De seguro te ayudaría y le daría aún más vigor a tu talento. ¡Uf! ¿No habrá algún arroyo potable por aquí donde beber y, de paso, alguna taberna? Mi colega, Periandro de Corinto, suele decir con toda razón: “Aliméntate de leyes antiguas y de comida fresca.”

El “muchacho” denegó con la cabeza. Era un hombre entre los cincuenta y sesenta años, de aspecto esmirriado, nariz aguileña, mentón prominente, y cuyo mutismo se sellaba con un rictus amargo. Su habitual abatimiento estaba hoy acrecentado por la convicción de la radical incompatibilidad que mediaría entre él y su nuevo compañero de viaje. Así pues, este asunto debía ser despachado con prontitud.

―Propondría que nos pusiéramos en marcha. Mientras más rápido salgamos de este sitio, mejor.

Asintió el otro y se acomodó su túnica. Respiraba, satisfecho, a pleno pulmón.

―Este aire es tan bueno como cualquier otro, y esta selva no es más oscura que cualquier selva. Qué raro que no haya un arroyo por todo esto.

―Habrá que andar hasta las inmediaciones del Castillo, y falta todavía.

El camino se le hacía largo a Dante. Recordaba con nostalgia el anterior viaje. Cierto era que al inicio lo habían embargado el terror y el desamparo, además de la angustia que provoca la ignorancia del propio destino. Pero todo había sido de algún modo compensado, amén de por la sabiduría adquirida –y la fama que, desde su regreso, acompañaba a su nombre–, por la cercanía de sus venerados guías: la siempre bienamada Beatriz (¡ah, Bea, Bea…!) y el maestro Virgilio, a quien hoy se tachaba de sospechoso. Pues, a pesar de todos los miramientos, se le interrogaría, y con él a tantos. Y este señor que no se calla, ni por un instante… ¿Cómo es posible que Merlín pensase en él para una misión tan delicada? Hasta ahora no ha demostrado ninguna cualidad que valide el título que le endilgan: “uno de los siete sabios griegos…” Sabio Homero, sabio Platón, sabio Aristóteles, para quedarnos entre los antiguos, ¿pero este?

Un entusiasta grito de su compañero arrancó bruscamente a Dante de sus meditaciones.

―¡He allí a Caronte! ¡Caronte! ¡Caronte, viejo! ¡Hey, aquí!

Con sus dos brazos en alto hacía señas al infernal barquero, quien, poseído por la desconfianza, maniobraba con pericia hacia la orilla del Aqueronte, mientras sus ojos trataban de enfocar a aquel hombrón que lo llamaba con tanta familiaridad y energía. Cuando, finalmente, logró discernir de quién se trataba, por primera vez en larguísimo tiempo el rostro de Caronte se distendió en una amistosa sonrisa.

― ¡Cleóbulo, carajo! ¡El gran Cleóbulo de Lindos!

Cleóbulo, con su túnica suspendida, se metió en el río a grandes zancadas. La multitud de almas que se agolpaba hacia un extremo de la orilla, y el taciturno poeta que observaba desde el contrario, pudieron ver cómo el genuino entusiasmo que poseía a los dos recios ancianos amenazaba con hacer zozobrar la barca.

―Vienes por lo del muerto, ¿verdad? ¿Y aquél quién es?

―Verás, si haces un poco de memoria a lo mejor lo recuerdas: estuvo hace un tiempo por aquí en compañía de Virgilio.

―Ya. Se ha vuelto famoso, también por estos lares. Su libro circula de contrabando por todo el Infierno. He visto que mi retrato no es lo que se dice… favorable, pero no puedo achacarle toda la culpa. No se puede negar que plagió bastante el que de mí hiciera el viejo latino. Esos dos… qué personajes. Ya te contaré en otra ocasión sobre “el guía”, quiero decir, a tu regreso, que ahora llevas prisa. Tu Dante no es que sea muy querido por aquí, salvo contadas excepciones.

―Su mayor problema es que no tiene sentido del humor y eso le agria el carácter. ¡Mira a quién se lo digo! Pero, vamos, es buen muchacho, inteligente y gran poeta, muy bueno… Oye, ¿dónde se puede reponer fuerzas por aquí? No puedo creer que me tenga que pasar todo el tiempo en ayuno forzoso. Aquel me asusta con esa posibilidad.

―Aquel cree que porque dio su viajecito por aquí se conoce esto al dedillo. Llámalo, que los llevaré a la otra orilla. La luz que enseguida columbrarás te servirá de guía. El Limbo es aquí el gran barrio, con su ostentoso despliegue de luminarias, muy en contraste con la oscuridad reinante en los demás sitios. Hay allí varias tabernas donde se come bien y, por supuesto, gratis. Hasta hace poco no servían vino, pero ciertas reformas recientes han permitido incluirlo en el menú. Además, el viejo Tomasito de Aquino lo dijo hace ya un tiempo: “Ningún manjar ni bebida son ilícitos por sí mismos, ya que el Señor dice en Mateo 15,11: Nada de lo que entra por la boca mancha al hombre. Luego el beber vino, en sí mismo, no es ilícito”. Suma Teológica, Secunda secundae, Cuestión 149, Artículo 3. Y como magister dixit… Bueno, vamos, que pronto se ocultará el sol y, a mis años, no es bueno maniobrar de noche.

―Caronte: ¿has visto u oído algo anormal en estos últimos días?

―Nada, salvo la noticia que te ha traído aquí y está en boca de todos. Pero si de algo me entero, descuida, que te lo haré saber. Llama al otro.

*  *  *

En grandes letras góticas se proclamaba el nuevo nombre de la posada que había seducido a Cleóbulo: Las Vegas. Decidido a establecerse allí para, cómodamente, comenzar con los interrogatorios, debió vencer primero la resistencia obstinada de Dante que abogaba por el Castillo que servía de morada a los “espíritus magnos”. Argüía Cleóbulos que la investigación «que él dirigía» –-y el énfasis en su cometido parecía desestimar, por principio, cualquier objeción de subordinado– debía realizarse en sitio neutral para el encuestado. Si tal neutralidad, además, se combinaba con algunos regalos para el cuerpo y la comodidad del perito, no había lugar más idóneo que Las Vegas.

―Además, bien entusiasta que te mostrabas en tu poema cuando llegaste a este sitio.

―¿Yo? ¿A este sitio? Lo estoy viendo por vez primera. No sospechaba siquiera su existencia. Casi estoy por pensar que estamos en un lugar muy distinto de aquel que tuve el honor de visitar, hace ya algunos años.

―A ver, muchacho: ¿no dices tú en tu Infierno, canto IV, verso 111: giugnemmo in prato di fresca verdura? Te lo puedo demostrar, pues traigo un ejemplar conmigo. Además de que lo he memorizado en gran parte… No, no, espera un momento. Ahora mira hacia el cartel de la entrada. Si te fijas bien, el nuevo nombre ha sido escrito sobre un antiguo letrero, que se descubre con un poco de esfuerzo bajo la capa de pintura: Benvenuti al prato di fresca verdura. ¿Qué te parece?

―¡Es una extraña coincidencia! Yo me refería al verde prado que está en las inmediaciones del Castillo, no a este sitio.

―Bueno… Queda claro, entonces, que aquí nos quedamos.

―Señor, no logro comprender cuál es mi papel en todo esto y si no me motivara lo suficiente la posibilidad de volver a abrazar a mi maestro Virgilio, hace rato le hubiera pedido que me permitiera regresar. Es más, una vez que lo haya hecho, le ruego tenga en cuenta mi petición.

―Despacio, despacio. Voy a responderte satisfactoriamente. ¿Que por qué has venido de nuevo? Pues porque, como “tu maestro” dijo varias veces en tu poema, vuolsi così colà dove si puote ciò che si vuole, e più non dimandare. Es argumento inapelable: “lo quieren allá donde se puede todo lo que se quiere, y no preguntes más”. Que conste que no lo he dicho yo. Y en lo que a mí respecta, te diré que me serás útil ya que este mundo, o al menos parte de él, te es bien conocido, por lo pronto mucho más que a mí, a pesar de todo lo que me ha hecho estudiar Merlín. Pero además, si no es contigo ¿con quién voy a hablar?

―Tengo entendido, señor, que una de sus más celebradas sentencias es la que reza: “La abundancia de palabras y la ignorancia predominan en la mayor parte de los hombres. Si quieres sobresalir de la mayoría inútil, cultiva tu conocimiento y envuélvete en nubes de silencio”.

―Eso está muy bien pero, si no tengo un interlocutor, ¿cómo diablos se conocerían mis sentencias? En mi mundo las verdades se solían difundir oralmente, más que por escrito. Además, no es que hable con el primero que se me ponga al alcance. Pero bueno, dejémonos de charla inútil y veamos la lista de nuestros entrevistados. Te confieso que iría al grano y prescindiría de conversaciones que no aportarán nada, pero es mejor despistar a los suspicaces, sin descontar que alguno podría sentirse disminuido porque se le ha ignorado. Sí, sí, no te extrañe. El ego de toda esta gente excepcional es muy delicado. Así que ármate de paciencia. He dispuesto que conversaremos, en este orden, con…

Desde hacía un buen rato, y desde un oscuro ángulo del salón, Cleóbulo y Dante eran observados con insistencia por un sujeto que, con evidentes deseos de hacerlo, no se decidía a abordarlos. Finalmente, luego de apurar el resto de vino de su vaso, se les aproximó.

―Una vez que hayamos despachado a los poetas, llamamos, entonces, a los filósofos, en orden jerárquico, quiero decir cronológico: primero Sócrates, luego Platón, luego Aristóteles…–la llegada del desconocido no produjo contrariedad en el siempre bien dispuesto Cleóbulo, quien, ante un mutismo que la timidez volvía obstinado lo animó a hablar–. ―¿Puedo serle de ayuda? Pero antes tome asiento; venga, venga aquí.

―Les ruego me disculpen, verán, se comenta sobre ustedes, sobre la indagación que están realizando y pensé que, quizás, pudiera yo a mi vez comentarles algo que podría ser de su interés. No quisiera parecer osado o inconveniente, y tampoco quisiera que piensen que les estoy cobrando la información, pero… el asunto es que yo debo ir al Castillo y sé que ustedes están, por fuerza, en relación con sus moradores. Hasta ahora mis tentativas por llegar allí han sido vanas, y sepan que he venido porque he sido llamado, ellos –la entonación enfatizó el pronombre– me han llamado. Ahora me mandan a decir que estoy equivocado, que mis servicios no se requieren. He dejado todo por venir, comprenderá…

Cleóbulo se sintió un tanto desilusionado al percatarse de que el otro, más que colmar una expectativa que había creado, imploraba su ayuda. Lo tranquilizó diciéndole que se ocuparía de su caso, desde luego. No le prometía que de modo inmediato pues el trabajo presente y el porvenir le abrumaba, pero que confiara en él, que al menos una respuesta satisfactoria le daría, señor…

―Perdónenme, olvidé presentarme. Me llamo J. K., pero todos me conocen como “El agrimensor”.

―¿Y qué va a medir aquí, señor mío? Ya todo parece estar convenientemente asignado.

―Lo mismo me he preguntado yo. Pero como usted bien sabe, hay designios que son inescrutables. Bueno, aquí va mi… comentario –el tono casi inaudible de sus confidencias provocaba la instintiva aproximación de las tres cabezas–. ―Como siempre merodeo los senderos que conducen a mi meta en busca de la ocasión propicia que facilite mi entrada al Castillo, fui involuntario y distante testigo de un encuentro entre un encapuchado y –fue un susurro el que pronunció el nombre–Aristóteles. Era noche cerrada, y el manto de aquel era apenas suficiente para esconder el aura luminosa que poseía su portador. Si he comprendido bien, ese esplendor solo lo poseen los beatos del Paraíso. Ergo: Aristóteles conversaba con alguien que habita por allá arriba, y bien alto. Esa misma noche el Estagirita, tomando las debidas precauciones, se encaminó ágilmente hacia la frontera. Ya saben, “la frontera”, la que separa este lugar del sitio maldito… Y su ausencia duró hasta casi el amanecer. Poco después de este incidente” corría la voz de la muerte del Malatesta.

Las revelaciones del agrimensor habían logrado interesar a los otros dos, que se miraron significativamente. El mismo comentario inquisitivo se insinuó en sus mentes: “¿Y este qué hace metido en todo este rollo? ¿Vuolsi così colà… o es que el Azar ha lanzado sus dados con fuerza tal que uno ha venido a parar aquí?”. Cleóbulo se sintió, por un momento, sin el completo control de la situación, de modo que encaró al agrimensor con todo el peso de su autoridad en la voz y en la mirada:

―Óigame bien, amigo. Ni una palabra de esto a nadie. ¿Entendido? Su precaria situación podría tornarse aún más inestable si se sabe que va por ahí propagando rumores inconvenientes. No me olvidaré de usted, pierda cuidado. Y ahora nos deberá disculpar, pero tenemos trabajo. Muchas gracias por su información.

*  *  *

La jornada había sido agotadora. Agotadora e inútil, pues ni un solo paso se había adelantado. Cierto, hablar con toda aquella gente ilustre había sido una ocasión excepcional y, en otro sentido que el meramente pragmático, gratificante. Más aún cuando varios de esos espíritus se confesaron deudores de la sabiduría de su generación –así meditaba Cleóbulo mientras paseaba por los alrededores de Las Vegas–. Su mirada se detuvo en el verdor circundante. Quién iba a pensar que en sitio de tan sombría fama se viesen cultivos tan espléndidos. “La fertilidad de la tierra es aquí excepcional” –había explicado el posadero–. “La confluencia del Aqueronte con otros arroyos irriga la zona y nutre todo ese verde que avasalla la región. Nuevas especies se han ido introduciendo con los años, pues tiempo es lo que se nos sobra para experimentar con todo género de cultivo. Por ejemplo, esa planta de grandes hojas que allí ve. Luego de un proceso de secado y selección que reclama bastante pericia, se tuerce en unos cilindros alargados. Pruebe un día a colocarse uno en la boca, préndale fuego por el extremo y aspire, y me dirá si el placer que provoca no compite con las delicias que concede la ambrosía. Importada de “allá arriba” por mediación de algunos condenados, aquí se da como en ningún otro sitio. De ahí el cambio de nombre de nuestro albergue, llamado ahora con más propiedad Las Vegas”.

Unos pasos más adelante en el sendero caminaban tomados del brazo Dante y Virgilio. “Siempre solemnes, esos dos” –observó con simpatía Cleóbulo–. “Y qué extraño sentido del humor el del discípulo, ¡llamarle comedia a su libro!”. Su sonrisa se fue desvaneciendo cuando sus pensamientos tomaron por los obligados derroteros. “Virgilio y Aristóteles saben, eso se nota. El pobre muchacho está anonadado, y no es para menos. El viejo Virgilio no fue nunca muy explícito en sus advertencias y profecías, y ahora sigue con la misma manía: alusiones, medias frases, admoniciones escondidas tras los consejos. La manera fija con que los dos miraron a Dante, y sus crípticos comentarios, parecen querer involucrarlo en todo este asunto más de lo que él sospecha”. Cleóbulo recordaba con cierto malestar las evasivas de Virgilio, y el no soltar prenda de Aristóteles, cuando le preguntara abruptamente a este último sobre su incursión reciente al “más abajo”. “La gente habla a veces demasiado y no hay que dar crédito a los rumores. Usted mismo, maestro Cleóbulo, lo ha dicho: ‘Hay que saber escuchar, pero no a todos indistintamente’. En efecto, merodeé por esos días por la frontera. Mis peripatéticas meditaciones me abstraen tanto, y mi insomnio es tan pertinaz, que a nadie le extrañará que mis caminatas nocturnas cada día lleguen más lejos”. Luego, él y Virgilio habían concentrado sus miradas en Dante, pobre muchacho, y sin parar de suspirar meneaban las cabezas. Y como remate, la tirada sibilina del Estagirita: “No estén las gentes demasiado seguras cuando juzguen… no crean … que porque vean que uno roba y el otro hace ofrendas, así serán juzgados por la justicia divina, pues aquel podría levantarse, y el otro caer.”

La frasecita le había hecho el efecto a Cleóbulo de un dejà vu (o dejà lu si se prefiere), aunque no recordaba en qué circunstancias. Y algo dentro de su cerebro le decía que no la dejara irse, que la guardase, porque era una luz que podría irradiar su virtud si las tinieblas de la mente se hicieran completas. Apresuró el paso. Ya la noche se les echaba encima y quería estudiar con Dante, luego de la cena, algunos expedientes relativos a los lujuriosos, los próximos en ser interrogados. Alcanzó a escuchar el final de la plática que el autor latino y su dilecto alumno sostenían:

―Que este mundo haya alcanzado perfiles definidos en la mente de tantos se debe en gran parte a tu obra, hijo mío, y es legítima gloria que nadie osará disputarte. En lo que a mí respecta, te conduje por la recta vía, es decir, la esencial para los fines que perseguías, y ello me da tranquilidad de espíritu. Escucha bien, ahora, mi consejo: Ve y mira. Y que la temeridad y la soberbia dobleguen la cerviz, y que la justicia plena resplandezca por obra de una sincera compunción. Confío en ti, querido hijo.

El conmocionado abrazo que estrechó al maestro y al discípulo le demudó el semblante al autor de la Eneida. Cuando se separó de Dante su rostro se había recompuesto y el amago de una triste sonrisa se dibujó en él.

―Cuídemelo, maestro Cleóbulo. Adiós.

Dante se había sentado en una piedra y la palidez de su rostro era también notable. Cleóbulo comenzó a preocuparse.

―¿Qué te ha dicho para reducirte a este estado? Figúrate, con esos truenos, no es para menos: “Ve y mira. Y que la temeridad y la soberbia dobleguen la cerviz, y que la justicia plena resplandezca por obra de una sincera compunción”. ¿Qué manera de hablar es esa? Este por un lado, el peripatético por el otro, con su enigma: “No estén las gentes demasiado seguras cuando juzguen… pues aquel podría levantarse, y el otro caer”. El que se está preguntando desde hace rato qué hace aquí soy yo. Ya agarraré por las barbas a Merlín. ¡Hacerme venir desde mi cómoda lejanía a estos parajes sombríos, a estos enredos esotéricos y alegóricos, y quién sabe qué más! Pero, hombre, que te desmayas. ¡Posadero! ¡Posadero! ¡Ayúdeme a llevarlo al salón! ¡Y sírvale un buen vaso de vino tinto! !Y uno bien grande para mí!…

*  *  *

“Quién le iba a decir a este que un griego presocrático y casi legendario, del que nunca había tenido noticias, terminaría velándolo toda una noche cuando, de nuevo en el Infierno, las lenguas de la fiebre lo lamerían cual lúbricas hembras”. Tales eran los pensamientos de Cleóbulo mientras humedecía por centésima vez el paño que refrescaba la frente del insigne florentino. Hacia el alba las calenturas y la tos cedieron, y con ellas el delirio. Cuando abrió los ojos el enfermo, fue un bálsamo para su espíritu encontrar ante sí la sonrisa animosa del sabio de Lindos.

―Hola, muchacho, de esta saliste. Ahora escúchame. No me vino mal pasar la noche en vela. Alterné el baño de tu frente con la lectura de mis apuntes y mis profundas meditaciones –que no solo medita el viejo Aristóteles–. ¿Y sabes qué? Creo que he dado con la punta del hilo, premisa imprescindible para desenredar toda esta madeja. Bueno, ahora me voy a dar una vueltecita por allá abajo. Quiero comprobar yo mismo ciertas hipótesis que he hecho. Tú quédate aquí y descansa.

―Ni soñarlo, maestro. Es imprescindible que vaya. Pero, ¿podría explicarme qué tiene en mente?

―¡Qué bien! Ahora soy “maestro”. No te diré nada, porque como dice mi dilecto colega Pítaco de Mitylene: “No cuentes tus proyectos, porque si fracasas se reirán de ti.” Aunque después de todo, una sonrisa tuya bien valdría un fracaso. Pero si fracaso, no habrá sonrisas, y menos la tuya. En fin, yo me entiendo. Vamos, entonces, y que la luz nos acompañe.

Una vez que un desayuno reparador devolvió a los viajeros los bríos necesarios para acometer la empresa, estos se encaminaron hacia la frontera siguiendo el camino usual. Cercanos a esta los abordó un sujeto de fea catadura que traía un mensaje de Caronte. Rezaba así:

Entregar solo a Cleóbulo de Lindos. Remite Caronte, el barquero. He sabido de fuentes muy fidedignas, es decir, de buena tinta, que se acaba de descubrir el cuerpo sin vida de otro muerto. Se trata del goloso Ciacco. ¡¿Qué carajo está pasando?!

Dante se limitó a bajar la mirada y a suspirar, suspiro secundado por el de Cleóbulo. Agradecieron al mensajero y continuaron su marcha. El paisaje había perdido, ya desde antes de llegar a la frontera, su benigna apariencia. Cuando alcanzaron el borde del barranco, aun en pleno día, las tinieblas comenzaron a insinuarse, así como lejanos ayes e imprecaciones. A Cleóbulo se le encogieron el alma y el estómago. La palidez y la tos de Dante se habían acentuado tanto que su desvanecimiento parecía inminente. El de Lindos propuso un alto.

―¿Sabes? Ayer envié un mensaje urgente a Merlín pidiéndole una información elemental. Tan elemental que debí haber partido de ella. Pero, por un lado, la multitud de expedientes y cartapacios en que me sumergí durante las horas previas a nuestro viaje, que me absorbieron casi por completo; por otro, conociendo los mecanismos que rigen este mundo de jerarquías, de “lo quieren allá arriba y no preguntes”, en que viven tú y todos tus comarcanos, amén de considerar que, a fin de cuentas, había un asesinato y cualquiera movido por una elemental justicia demandaría una investigación, todo ello me llevó a no indagar –y este es el objeto de mi mensaje a Merlín– sobre quién reportó el asesinato de Paolo Malatesta a las Instancias Correspondientes, que, a su vez, pasaron el caso al Ministerio presidido por nuestro mago. Pero la respuesta no me llega, y es piedrecita imprescindible en mi mosaico.

―¿Tiene alguna sospecha al respecto?

―Anjá.

―¿?

―Esperemos la confirmación de Merlín. De todos modos, lo quieras o no, sabrás todas las respuestas, si es que ya no las intuyes. Por cierto, muchacho, no he oído de ti ni una sola conjetura. Desde que Caronte nos depositó en la orilla de acá solo te he visto meditativo y pálido. Te sobra inteligencia y penetración, así que sospecho que has sacado tus propias conclusiones. No, no pongas esa cara de espanto que no te estoy interrogando. Amigo Dante, déjame aclararte algo por si no lo has comprendido: mis prioridades morales y espirituales se fundan en la mesura, la tolerancia, la comprensión y, aunque no poseo esa fe de la que son ustedes tan devotos, me seduce mucho eso que llaman el amor al prójimo, aunque el prójimo de aquí –y su índice apuntó hacia el abismo– no es que la esté pasando muy bien, ni parece bienamado. En fin, que trato de entender los motivos de los hombres y, sin sentirme superior, solo más viejo, siento gusto en dar consejos y apoyo, en caso de necesidad. En dos palabras: estoy de tu lado porque he comprendido que eres un buen sujeto. Vamos, solo conversemos. Más bien, recapitulemos. Ya que tendremos que bajar, recuérdame cuáles son las provincias, los distritos, y otras divisiones administrativas llamadas…

―Círculos. Siendo un cono el Infierno resulta apropiado denominar así a esos recintos que, concéntrica y decrecientemente, se van estrechando mientras se desciende.

―Los del Infierno son nueve. Estos pecados se organizan en tres grandes órdenes, como lo estableció el duetto Aristóteles-Santo Tomás, ¿vero? Tenemos, entonces, un primer círculo, el Limbo, de donde acabamos de salir. Aquí están, entre otros no bautizados, todos los paganos virtuosos –como nuestros Virgilio y Aristóteles–, además de algunos hebreos antiguos. Hay otro círculo, el de los herejes, ¿el sexto, verdad? que se excluye del plan aristotélico– tomístico. El resto cae en su tripartición de los pecados, a saber: Incontinentes, Violentos, Fraudulentos (entre estos últimos, merecen mención aparte los traidores). ¿Voy bien? Mientras más se desciende, peor para ellos. Más lejos del premio paradisíaco, más cercanos al diablo, ergo, más culpables. Ahora me interesan los Incontinentes esto es, los que someten la razón a los instintos. Te confieso que tengo mis dudas al respecto pero, como pagano sensualista que soy, me dirás que no puedo entender ciertas sublimidades. Y además, no es momento de especulaciones. Bien. Ahora verás con qué atención estudié –además de disfrutar, intelectualmente, se entiende– tu obra. Entre los Incontinentes, tenemos, en este orden: lujuriosos (segundo círculo), glotones (tercer círculo), avaros y pródigos (cuarto círculo) e iracundos (quinto círculo). Vendría después… ¡Vaya! ¡El que tenía que venir! ¡Al fin apareció nuestro hombre!

La doctrinal charla se vio interrumpida por la brusca aparición de un sujeto embozado y sucio, que surgió del camino conducente al abismo.

―La imposibilidad de que lo sean me impide darles, como desearía, los buenos días –el agrimensor se descubrió y se sentó junto a los viajeros–. ―¡Terrible espectáculo! Y esto es sólo el comienzo…

―Pero amigo: ¿dónde se ha metido usted? Nuestras narices apenas pueden soportar su presencia. ¡Vamos, muchacho, cierra esa boca! Todo investigador que se precie tiene siempre a mano a un detective privado que haga las averiguaciones que él no puede hacer. ¿A quién podía acudir? Por una extraña razón a nuestro amigo El agrimensor aquí se le ignora. De todas formas, le pedí tomara todas las precauciones, como espero haya hecho.

―Pierda cuidado. Además, le traigo un reporte completo. Señor, la evidencia respalda su intuición. Las cosas están como usted pensaba. Pero seguro querrá comprobarlas por sí mismo.

―Claro que sí. Además de que a mi compañero se le ha pedido que “fuera y mirara”, entre otras cosas. Así que llévanos al próximo círculo, al segundo.

―Maestro, quisiera antes decirle que…

―No perdamos tiempo ahora, mio caro Dante, ya hablaremos. Aquí las noticias circulan rápido, y este mundo parece estar bastante alterado últimamente. Caronte me ha dicho que no es que se te aprecie mucho por estos lares. No sé tú, pero yo siento la hostilidad y la amenaza en el aire, y la sensación vale también para el Limbo. Así que apresurémonos.

―Los guiaré por el atajo más seguro y rápido.

A medida que la exigua escuadra avanzaba con paso ligero, el aire se volvía denso de emanaciones pestilentes. Y la razón del hedor estaba ahora ante sus ojos: arrellanados en un fango enriquecido por lo que parecía comida en descomposición, amén de otros detritos, los golosos se revolcaban en él cual chanchos. Mientras los pecadores recién llegados, ubicados hacia el sector suroeste, se lamentaban y devolvían la comida que no tenían en sus estómagos, los veteranos, sin parecer importarles su presente condición –y estos eran la mayoría– se agrupaban hacia el extremo noroeste del círculo, donde la milicia infernal se había incrementado. Indolente, en lo alto de un risco, Cancerbero mordisqueaba un esqueleto.

―Ha sido asesinado un tal Ciacco, por eso el despliegue policial –precisó el agrimensor–.

―Maestro… no pensé jamás… –la consternación de Dante lo abrumaba–. ―Santo Tomás de Aquino, y con él Aristóteles, y también San Alberto Magno, no son muy explícitos al respecto; o quizás sería mejor decir que mi inteligencia se ha mostrado insuficiente para comprender sus indicaciones. De modo que pensé que podía asirme de esta ambigüedad para legitimar, de algún modo, mi… ligeramente contraria percepción del asunto.

―Pero tú estuviste aquí y viste como eran las cosas.

―Sí, pero… como glotones y lujuriosos están bien arriba, y son ambos pecados de incontinencia, no creí que un pequeño cambio en lo que respecta a su colocación podría ser considerado tan … perturbador.

―Amigo agrimensor, lo que nos quiere decir acá nuestro apreciado Dante Alighieri es que, cuando escribió su libro y ordenó su Infierno –que debía reflejar este en que estamos ahora lo más exactamente posible– debió poner antes a los glotones y no a los lujuriosos, que es el orden “natural” de este mundo, lo que significaría que son los glotones, como de hecho sucede, menos culpables que los otros, por estar más arriba (ya sabe, mientras más se desciende, más grave es la culpa). Por razones de preferencia personal nuestro muchacho lo hizo al revés: el espléndido canto que dedica a los pecadores del sexo –correspondiente al segundo círculo–ha contribuido con creces a su fama; nada que ver con el tercero, que destina a los culpables de gula. Habiéndome leído a Tomasito de Aquino por indicación de Merlín, quien quiso me pertrechara del saber de que se nutre la Comedia, me percaté del cambio, pero yo tampoco le conferí mayor importancia. Si nuestros dioses olímpicos fueran a castigar a todos aquellos autores que les cambian los mitos y los adaptan a sus conveniencias, no habría para cuando acabar… Anoche, mientras te velaba, medité mucho en las reticentes palabras que pronunciara Aristóteles antes de hacer mutis y empecé a comprender de qué se trataba: tú las recoges en tu Paraíso, canto XIII, si no recuerdo mal, y están puestas en boca de tu Santo Tomás: una alerta contra la soberbia de tantos que creen poder interpretar a su antojo la justicia divina.

―Pero, ¿por qué estas muertes? Primero Paolo; luego Ciacco –Dante comenzaba a temblar como gelatina–.

―Si me permite, señor Cleóbulo, les informo lo que he podido averiguar, pues a la par que confirma sus sospechas, responde lo que Dante pregunta. Amigo: su libro es bien conocido aquí abajo, y a usted se le considera todo un experto en materia de ultravida. De modo que los lujuriosos, instigados por Paolo, el amante de Francesca –y asistidos por la autoridad de su Comedia– concibieron la peregrina idea de efectuar una mudanza hacia el círculo superior, cambio que les mejoraría, aunque fuera mínimamente, su actual situación. Le presentaron, pues, la solicitud al guardián y juez de segunda categoría que es Minos para que la tramitara a la Superioridad, alegando sutiles razones, entre ellas, que la imagen difundida del reino infernal –difundida, obviamente, por usted– resultaba más persuasiva que la realidad, y que no sería muy desatinado que “la vida” imitase al arte. Cuando los glotones supieron del asunto, tomaron sus medidas. Y he aquí que Ciacco, amparado por Cancerbero, el guardián, quien también se perjudicaría de hacerse el cambio, se las arregló para sacar de circulación a Paolo del modo que ya conocen. El hecho fue considerado como una declaración de guerra. Aprovechando la oscuridad y el cese de la tormenta decretado para que se realizasen las investigaciones concernientes a la muerte del lujurioso, alguien de estos últimos, con la complicidad del resto de sus compañeros, ha asesinado a Ciacco. Varios de los comelones, por su parte, aseguran que el ejecutor fue Tristán. Para poder averiguar todo esto he debido revolcarme en el fango junto con los veteranos y hacerme pasar por recién llegado. ¿Qué pasará ahora? ¿Habrá una guerra … “civil”?

―El trastorno es grande, entonces: los muertos mueren antes del Juicio. Y todo por culpa mía. Mi suerte está echada.

―¡Oh, el poder de la literatura! Tú mismo lo insinuaste con aquel asunto del inspirador libro de los amores de Lancelot y Ginebra, que leyeran los difuntos Paolo y Francesca. Pero hay poderes, hijo mío, contra los que no vale literatura alguna.

Un movimiento a sus espaldas interrumpió el diálogo. El espanto se mitigó cuando de entre las rocas que bordeaban el círculo apareció el posadero de Las Vegas, quien era portador de otro urgente mensaje de Caronte. Rezaba así:

Entregar en sus propias manos a Cleóbulo de Lindos. Remite Caronte, el barquero. ¿Y si te digo que acabo de descubrir entre la multitud de los que esperan por mis servicios, muertitos y coleando, a las difuntas almas de Paolo y Ciacco, que no cesan de insultarse y agredirse? Supongo que van para allá abajo de nuevo, mas espero orden de mis superiores. Pero voy a lo más importante: apresura tu retorno. He sabido (y cuando Caronte dice que sabe, sabe) que tu amigo Aristóteles y varios de sus secuaces han solicitado a “allá arriba” se te conceda permanecer con ellos en el Castillo, pues tu presencia “prestigiaría aún más el sitio”. Y cuando aquí quieren dejar a alguien del otro lado del Aqueronte no hay quien después lo haga salir, salvo muy contadas excepciones, y siguiendo otra larguísima ruta, como sucedió con tu Dante a quien, por cierto, los ánimos no le son tampoco muy favorables. Te esperaré al anochecer en la ribera oeste. Mañana podría ser tarde. Lo olvidaba: Merlín ha respondido a tu mensaje de esta manera: “El que reportó a la Superioridad fue Aristóteles”.

Cleóbulo, por primera vez con un semblante de pocos amigos, en el que la preocupación se daba la mano con el franco temor, ordenó la inmediata retirada.

―Señor –dijo el posadero– le sugiero que no regrese a Las Vegas. En mí puede confiar: soy un hombre de Caronte, y él me los ha recomendado, a usted y a su compañero. Ya se le busca por todas partes para conducirlo al Castillo. Les aconsejo regresar por una ruta menos transitada. El sendero que tomaremos nos llevará hacia uno de los campos de cultivo, en el que hay una vieja choza donde se guardan los instrumentos de labranza. Allí se esconderán hasta la noche cuando, tomando un atajo, iremos hacia la ribera oeste donde los esperará el barquero.

―Bravo por Caronte, y bravo por usted. Para luego es tarde. ¿Se nos une, amigo agrimensor?

―Se lo agradezco, pero no es necesario. A decir verdad, no creo que nadie quiera conducirme al Castillo; en este sitio se me ignora cortésmente. Esperaré en Las Vegas por sus noticias, pues sé que me las hará llegar.

—Puede contar con ello. Su ayuda ha sido muy valiosa. Buena suerte, amigo.

*  *  *

La tranquilidad terminó por adueñarse del ánimo de Cleóbulo al ver que ninguna presencia amenazante se había manifestado durante la tarde en los alrededores de la cabaña a que los condujera el posadero.

―Prueba a descansar un rato más –le pedía a Dante, de nuevo presa de la fiebre y de su persistente tos–.

―Necesito hallar claridad en mi mente para sosegar mi espíritu. Entonces, ¿ni Paolo ni Ciacco murieron por segunda vez?

―No a plenitud. Ellos –Paolo en particular–-, que provocaron la crisis instigados por tu libro se convirtieron, luego, en simples marionetas. Todo devino simulacro urdido donde se puede todo lo que se quiere. Se trataba, sobre todo, de castigar la osadía de un culpable quien, fiado de su ingenio y poseído por su fantasía, se apartó de ciertos puntos de la doctrina que parecía defender.

―Que parecía defender no. Que defiende. Ese culpable dedicará lo que le queda de vida a enmendar su error.

―Bueno… parece que hay más de un “error”. Ciertamente, hay cosas más gordas en todo este asunto, y no lo tomes como acoso, trato de situarme en la perspectiva de los que te juzgan. Beatriz, por ejemplo. Hay quien habla de ella –y, vamos, no le falta razón–como de “una invención de formidable atrevimiento”, y de ti como del responsable del “acto audaz” de promover a una linda muchachita, que te sorbió el cerebro y quién sabe qué más, a pieza indispensable del engranaje que mueve este mundo.

―Pero, ¿cómo osan? ¡Maestro, por favor! ¡Las cosas no son así, tan simples, ni los motivos tan bajos! ¡Ella fue mi guía, lo juro!

―Tranquilo, tranquilo. Bueno…la gente habla, ya sabes. Volviendo a lo nuestro, es muy probable, pues, que los hechos se dispusieran así: conocidas las aspiraciones de los lujuriosos por la Superioridad-que-aquí-reina se decidió no involucrarse en un primer momento, y que los acontecimientos siguieran el curso que estos incautos quisieran darles. Una vez “muerto” Paolo era necesario intervenir, so pena de un caos mayor. Y que las cosas no terminaron allí lo demuestra el “ajusticiamiento” de Ciacco. Del mismo modo en que, según tú cuentas, descendió Beatriz al Infierno a parlamentar con Virgilio para que te sirviera de guía y te sacara del mal paso, Santo Tomás, en representación de dicha Superioridad (fue su embozada figura la luminosa presencia que viera El agrimensor, y de la que nos hablara en la primera charla que sostuvimos) buscó a Aristóteles para que fuera, primero, al escenario de los hechos, y denunciase luego, con conocimiento de causa, el delito a las Instancias Correspondientes de nuestro mundo. Fue el turno de Merlín entonces, desconocedor, por supuesto, de todos estos intríngulis, pues la orden que invitaba a realizar la indagación no te involucraba en absoluto; pero tu colaboración era algo que cualquiera habría contemplado, y el mago obró en consecuencia.

―¿Y por qué Paolo y Ciacco volvieron a la orilla del Aqueronte?

—Supongo que fue como una especie de reciclaje y el acto final de toda la mascarada; después de todo serían catapultados de nuevo para los sitios habituales. Claro, la respuesta cabal y completa de toda esta historia habría que obtenerla de “allá arriba”, pero te confieso que no quisiera tener nada más que ver con esas alturas. Sigo suponiendo, pues, que primero arribó el cuerpo muerto de Paolo, quien se confundió con la multitud de fallecidos recién llegada a la ribera; y luego el de Ciacco. Por eso Caronte no los descubre hasta un tiempo después.

—En fin: que todo este enredo ha tenido por objetivo hacerme reconocer mi error. En última instancia soy yo el culpable.

—Bueno… Qué te puedo decir. No tomes las cosas tan a pecho, aunque esa sea la intención de los que te han hecho venir. Te lo diré por lo bajo y con mi consustancial irreverencia: a esa gente que aquí gobierna no le gusta que nadie piense con su cabeza, ni se salga un poquito de lo que ellos han dispuesto como dogma y ley. Ello podría traer como consecuencia que los ánimos se alteren, o, incluso, se rebelen, como de hecho sucedió, aunque no pasara de una tormenta en un cuenco de agua. ¡Figúrate si iban a permitir una reforma como la que proponían los lujuriosos! Sí, sí. Ya sé que soy un pagano desconocedor de los premios y castigos de este mundo, mas tal ignorancia me reconforta. No te esfuerces en persuadirme. Pero mira, viene alguien.

El posadero, como había prometido, llegaba para guiarlos al punto de encuentro con Caronte. Las tinieblas se mostraban cómplices para coronar la empresa con un final feliz. “Cuán relativo puede resultar todo en la vida”, razonaba Cleóbulo, “el mejor desenlace para todos sería que llegáramos sanos y salvos a la barca de Caronte, escoltados por este Mr. Hide de feo talante, aunque siempre amable”. Había tenido el sabio que, como el ilustre precedente virgiliano, echarse a la espalda a Dante, cuyas debilidad y pesadumbre, incrementadas por la fiebre, le impedían dar un paso. “Este no durará mucho. Tiene un recio temple moral pero una naturaleza endeble. Pobre muchacho. Vamos a ver a dónde va a parar luego. Espero que Virgilio interceda en su favor”. En la ribera oeste una poderosa sombra balanceada sobre una barca los esperaba. Cleóbulo depositó con cuidado su carga y de un salto se acomodó en el bote. Caronte interpeló al posadero:

―Espero hayas hecho honor a tu nombre y que nadie te siguiera. ¿Trajiste mi encargo?

―Aquí está, Don. Las hojas torcidas y listas para fumar, y las “otras” ya secas y listas para el brebaje. Pierda cuidado, nadie nos vio. No faltaría más. Hasta la próxima. Adiós, señores.

Bogó Caronte con el mayor cuidado luego de instar al silencio. Avanzaron sin tropiezos un buen rato. Fue el barquero quien rompió la quietud.

―Hemos tomado la ruta más larga. La milicia recorre la zona en estos días y no sería nada extraño que los del Castillo la utilicen para perseguirte, y también a este: como lo veo, poco falta para que tenga que quedarse por aquí. La proximidad de las orillas en mi habitual recorrido le facilitaría las cosas a la cuadrilla. Como no se avizora ningún peligro, déjame tomar un receso. Nunca me ha gustado navegar de noche pues ella y mis años conspiran contra mi habilidad para sortear traicioneros peñascos.

Dante dormía acurrucado en el fondo. Caronte se sentó y aprovechó la ocasión para encender uno de sus cilindros, luego de obtener hábilmente fuego con un pedernal. Cleóbulo lo miraba hacer con renovada simpatía. Ambos eran viejos, con muchos, demasiados años a sus espaldas. Las huellas que su misión había estampado en el rostro de Caronte le conferían una apariencia dura, temible, sobre la que relampagueaba, sin embargo, una expresión juguetona y hasta tenuemente risueña, que contrapesaba su hosquedad. Ahora, como un niño con su golosina, se aplicaba en aspirar su humeante manojo de hojas torcidas.

―No te preocupes, que desde esta ensenada nadie podría ver la llamita que quema estas benditas hojas secas. ¡Qué aroma, eh! Ese paquete que hay ahí es tuyo. Es mi obsequio. Fumar ayuda a la meditación y tú eres dado a ella. Y también aleja la pesadumbre.

―¿No tienes modo de escapar a tanto sufrimiento? Son muchos los años en un servicio que es hora ya de recompensar con un buen retiro.

―¡Qué poco conoces este mundo! Tanto por las supuestas buenas intenciones que deberían animar a mis superiores, como por lo del sufrimiento. No hay mal que dure cien años ni cuerpo que no se adapte. Afortunadamente, las leyes no funcionan del modo tan cabal en que lo ha pintado tu amigo. Hay contrabando, mercado negro, soborno, burla de la censura… A propósito, aprovecharé la imprevista claridad que nos regala la noche para leerte un pasaje del último libro que ha escrito aquí Virgilio, y que creo responderá a tu solidario interés. Como disfruto tanto su obra, sobre todo después del giro que ha dado, la llevo siempre conmigo. Escucha lo que dice “el maestro”:

Ya en la vejez, el Infierno se encuentra tan a mano que lo aceptamos como un mal necesario y hasta dejamos ver nuestra ansiedad por sufrirlo. Más tarde aún (y ahora sí estamos en sus llamas), mientras nos quemamos, empezamos a entrever que acaso podríamos aclimatarnos. Pasados mil años, un diablo nos pregunta con cara de circunstancia si sufrimos todavía. Le contestamos que la parte de rutina es mucho mayor que la parte de sufrimiento. Por fin llega el día en que podríamos abandonar el Infierno, pero enérgicamente rechazamos tal ofrecimiento, pues, ¿quién renuncia a una querida costumbre?

―¿Eso lo escribió Virgilio? No es posible, debes haberte confundido de autor.

―Verás… en realidad lo escribió “el otro Virgilio”. Para que lo entiendas tengo que hacerte toda la historia. Reanudemos nuestro viaje y, mientras, te voy contando. Te adelanto que este “otro Virgilio” es persona encantadora; somos muy afines. Fue mi pequeña venganza por el desfavorable retrato que de mí hiciera en su Eneida; después de todo soy una malvada criatura infernal. Todo comenzó cuando mi actual amigo y secuaz Hide llegó aquí.

―El posadero. Siente una gran devoción por ti.

―Su caso era interesante, y no creo que sea un mal tipo, solo que ha estado un poco trastornado. De modo que pude colocarlo en el Limbo, entre la servidumbre. Como Minos tiene tanto trabajo y hay casos cuya ubicación podría ser irrelevante, me los remite y así lo ayudo un poco. Pues bien: desde que vive en el Infierno Hide ha ganado en estabilidad emocional. En el mundo estaba aquejado de doble personalidad. Se mostraba de día como un ser bueeeeeeeeeno, mientras que la noche acentuaba sus malignas disposiciones. La transformación era estimulada por un brebaje que él mismo se preparaba con ciertas hojas de cierta planta, y al que se aficionó de forma desmedida; llegó un momento en que pasaba de uno a otro estado a cualquier hora del día. En fin, que su adicción lo llevó a la muerte. Una vez aquí, lo entrevisté, como hago con todos aquellos que me envía Minos. Su caso me interesó enseguida y decidí dejarlo en el Limbo, primero a prueba. Cuando le hice saber a Galeno de qué se trataba se fascinó, y lo convirtió en objeto de estudio y de terapia. Conclusión: el hombre se ha estabilizado y se ha vuelto un buen sujeto, claro, con ciertos deslices que hemos decidido consentirle. Fuma sus hojas e ingiere pequeñas dosis de su brebaje, que lo ayuda a estar en el fiel de la moral al uso límbico. Un día le pedí que me trajera un poco de esas hojas perturbadoras, pues continúa cultivando la planta en su huerto, para uso personal. Hice mi propio cocimiento, lo bebí … Pero dejo lo mío para el final. Habiendo comprobado, pues, que dicho brebaje saca a flote tus más reprimidos instintos y disposiciones –no pienses que te dota de lo que no tienes– decidí una noche dárselo a beber al guía de tu amigo, so pretexto de alivio de ansiedad. El viejo se lo tragó de un tirón y al rato, cual beodo de la peor calaña, despotricaba cínicamente contra lo establecido en todos los órdenes. Su ingenio se ha reanimado y ha producido una obra … alternativa, vamos a llamarla, que es bien heterodoxa y que circula bajo capa, como suele hacerlo toda contestación en circunstancias adversas. Al día siguiente ni se acuerda, solo sabe que durmió –dice– “como un lirón”. Está muy agradecido. Hasta ahora nadie sabe del suceso; cuando está fuera de sí, soy su único interlocutor, aunque no su único lector. Creo que pronto tendré que llevarlo a la fase de desintoxicación: ¡menudo escándalo si se llega a saber!

―¿Y cómo ha funcionado contigo el brebaje? ¿En quién te transformas?

―Je, je. ¿Has oído hablar de cierto Lohengrin, un apuesto caballero que viaja en una linda barca, semejante a un cisne?

―¡Nooo! ¿Tú?

―Positivo. ¿Por qué crees que le tiene prohibido a su dama hacer determinadas preguntas, so pena de gran catástrofe? Imagínate si ella descubre su verdadera identidad. En fin… vamos a ver cuánto dura la historia. Mientras, la paso bien. He ahí nuestra meta. Este infeliz ni se mueve.

―Se recuperará, espero. Pero en caso de que lo tengas pronto de vuelta, por favor, ayúdalo.

―Haré lo que esté a mi alcance, pierde cuidado. ¿Por qué no te llevas también un poco de estas otras hojitas? Podrían serte de ayuda alguna vez.

―No, gracias. No quisiera hacer emerger las criaturas de mi abismo. Pero a Merlín le encantarán. Le gusta tener a mano todo tipo de recurso. Amigo… espero nos veamos de nuevo pero en circunstancias menos sombrías. Descuida: no pasará mucho tiempo sin que le haga una visita al Caballero del Cisne.

*  *  *

Ministerio de Imaginación y Ocultismo

Del funcionario correspondiente al señor agrimensor J.K.
Posada Las Vegas, El Limbo, Infierno
[Cortesía de Caronte, el barquero]

Estimado señor:

Nuestro colaborador y agente, Cleóbulo de Lindos, ha tramitado y respaldado calurosamente su solicitud de permiso para entrar al Castillo, al cual usted dice haber sido llamado con oferta de trabajo. Luego de realizadas las averiguaciones pertinentes tengo el deber de comunicarle lo siguiente:

Usted, señor agrimensor, está, realmente, en el Limbo; en otras palabras, no es ese, en verdad, el alcázar que ha solicitado sus servicios. Deberá, pues, encaminar sus pasos hacia otro Castillo. ¿Cuál? Hay caminos que solo uno mismo puede encontrar. Por la insistencia del perito de Lindos, con cuya investigación usted colaboró generosamente, y como merecida retribución, hemos instruido al barquero Caronte para que lo traslade a la orilla correcta, de modo que usted pueda encaminar sus pasos hacia meta tan deseada. Le auguramos toda la suerte del mundo. Se le saluda muy atentamente, también en nombre de Cleóbulo de Lindos, sabio griego.


*Tomado de Mayerín Bello: Caprichosas conjeturas (cum grano salis), Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2013, pp. 22-59.

Colabora con nuestro trabajo
Somos una asociación civil de carácter no lucrativo, que tiene por objeto principal la promoción y fomento educativo, cultural y artístico. En Rialta nos esforzamos por trabajar con el mayor rigor profesional en la gestión, procesamiento, edición y publicación de los contenidos y la información. Todos nuestros contenidos web son de acceso libre y gratuito. Cualquier contribución es muy valiosa para nuestro futuro.
¿Quieres (y puedes) apoyarnos? Da clic aquí.
¿Tienes otras ideas para ayudarnos? Escríbenos al correo rialta@rialta.org.
ENA LUCÍA PORTELA
Ena Lucía Portela (La Habana, 1972). Narradora y ensayista. Licenciada en Lengua y Literaturas Clásicas por la Universidad de La Habana. A la edad de veinticuatro años ganó con su primer libro el Premio de Novela de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Ese mismo año fue otra vez galardonada con el Premio Juan Rulfo de cuentos por El viejo, el asesino y yo, y en 2002 su novela Cien botellas en una pared mereció el Premio Jaén. Publicada en más de una veintena de países, muchos de sus textos han aparecido en numerosas antologías, tanto en Cuba como en el extranjero. En el año 2007 fue seleccionada en la Feria del Libro de Bogotá como uno de los 39 escritores menores de 39 años más importantes de América Latina.
Comentarios
guest
0 Comentarios
Inline Feedbacks
View all comments