ʽEneas y la sibila en el inframundoʼ, Jan Brueghel el Joven, 1630

Resulta fascinante descubrir secretos, desvelar códigos ocultos o hallar claves desconocidas para la interpretación del mundo o de una obra. El hermetismo, sin duda, constituye una tentación por lo que implica de conocimiento revelado y de superación de los límites marcados por la racionalidad. Ya Fausto, al comienzo de la famosa obra de Goethe, reconocía su cansancio ante el estudio convencional, por lo que había decidido entregarse a la magia para conocer, gracias a la fuerza del verbo y del espíritu, los arcanos del mundo. Algunos libros se prestan mucho más que otros a las lecturas misteriosas y la bibliomancia. Este es el caso de la Eneida, para la que revisaremos cuatro formas herméticas de ser leída… y vivida.

Algunas claves sobre el pensamiento hermético

Es fundamental que, antes de pasar a cuestiones más concretas, tengamos algunas nociones básicas sobre la tradición del pensamiento hermético, si bien no vamos a concebir este en el sentido estricto de su antiguo corpus desde el siglo II, sino desde un espectro más amplio (queda para otra ocasión, pues, analizar las relaciones entre el pensamiento hermético sensu stricto y el virgilianismo). Recurriremos para ello a los primeros capítulos del libro de Umberto Eco titulado Los límites de la interpretación, en particular los recogidos dentro de la parte titulada “Aspectos de la semiosis hermética”. El racionalismo griego ha tratado de conocer el mundo a través de la noción de causa, dentro de una cadena unilineal de los acontecimientos, de manera que, pongamos por caso, una pregunta es previa a una respuesta, o las premisas anteceden a la conclusión. Asimismo, hay que aceptar el principio de identidad de las cosas, gracias al cual a es a, de forma que resulta imposible que a sea también su contrario. Sin embargo, para el pensamiento hermético resulta clave la noción de similitud, de forma que nuestro fin no sería tanto encontrar las causas como las semejanzas secretas entre las cosas, sin atender al hecho de que tales semejanzas puedan resultar contradictorias. Asimismo, el hermetismo rompe con la unilinealidad planteada por el racionalismo, de manera que, si ya no buscamos la relación causal, pongamos por caso, entre una pregunta y una respuesta, sino la similitud secreta que las aúna, es perfectamente posible que la respuesta pueda preexistir a nuestra propia pregunta, dado que la secuencia temporal no dejaría de ser más que un engaño de nuestro mundo aparente. No en vano, el propio lenguaje está constreñido a la linealidad del propio signo lingüístico, de forma que cabe encontrar combinaciones secretas de letras o de versos que puedan desvelarnos lo que la apariencia “lineal” simplemente nos oculta (esto nos llevaría a los anagramas de Saussure, por ejemplo, o a la poesía de Antonio Machado).

La Eneida, sin ser propiamente un libro sagrado, presenta unas características, en especial temáticas, que han propiciado ciertas lecturas, llamémoslas, especiales o alternativas, basadas básicamente en la manipulación y la sobreinterpretación de sus textos. La idea del destino, la intervención de los dioses sobre los acontecimientos, la bajada de Eneas al infierno, o la ilusión profética (si bien se trata de un “futuro” para Eneas que es “pasado” para Virgilio y sus lectores) contribuyen a fomentar tales lecturas. Asimismo, no deja de ser un estímulo la propia circunstancia de que Virgilio compuso la Eneida bajo la atenta observación de Octavio, donde subyace tanto la propia intención de la obra como el deseo de querer quemarla por parte del poeta.

Vamos a proponer para nuestro estudio cuatro lecturas representativas, dos de ellas propiamente antiguas y otras dos más novedosas, al menos desde el punto de vista de su formulación. En lo que a las dos primeras respecta, nos referimos, de manera concreta, a la práctica de las Sortes Vergilianae y a la discusión sobre la bajada al infierno en el libro VI, particularmente el problema que implica la salida por la puerta de los sueños falsos; en lo que atañe a las dos lecturas modernas, vamos a centrarnos en la sorprendente lectura regeneracionista y revolucionaria que de la Eneida llevó a cabo el pensador francés Pierre-Joseph Proudhon, y la teoría de la segunda voz del poema, defendida por los filólogos de la llamada escuela de Harvard, al calor de una conocida novela de Hermann Broch.

La tumba de Virgilio en Nápoles (FOTO Francisco García Jurado)

Las sortes: adivinación, manipulación y centón

La Eneida, así como los textos homéricos (Raquel Martín Hernández ha estudiado los papiros con los que practicaban estas Sortes Homericae) o la propia Biblia (la conversión del mismo San Agustín se produjo mediante este procedimiento) ha sido objeto de una práctica bibliomántica que conocemos como las sortes. Su principio, aparentemente, es muy sencillo: formulamos una pregunta y recurrimos al azar a un verso o pasaje de la obra donde, supuestamente, está contemplada la respuesta a nuestra pregunta. Ya el propio San Agustín se cuestionaba en sus Confesiones cómo era esto posible, y le respondieron que había una suerte de instinto superior por el que el propio poeta, aunque hubiera pensado en cosas bien distintas al escribir tales versos, podía ahora ser capaz, sin saber muy bien cómo, de dar respuesta a una pregunta. No es posible comprender desde el principio racional las sortes, dado que, al invertirse el orden secuencial entre la pregunta y la respuesta (la respuesta está ya escrita), no nos queda más que el mero azar como posible explicación. Sin embargo, desde la perspectiva hermética, cabe pensar que la respuesta lleva esperando quizá siglos a su pregunta, pendiente tan sólo de que una y otra se encuentren en la sincronicidad. Como apunta Umberto Eco, el principio racional post hoc, ergo propter hoc, se ve sustituido por el de post hoc, ergo ante hoc. Resulta, asimismo, significativo, que tan sólo haya una obra antigua donde aparecen atestiguadas tales prácticas, como es la Historia Augusta. Moa Ekbon, en su interesante estudio titulado The Sortes Vergilianae: a Philological Study (2013), no ve en los testimonios de la Historia Augusta argumentos concluyentes para afirmar que tales sortes constituyeran una práctica adivinatoria como tal en la Antigüedad. Sugiere, por el contrario, que podría tratarse, más bien, de un complejo juego literario. De esta forma, según la autora, el traslado desde el sentido original a nuevos contextos acercaría esta práctica, más bien, al género del centón, una forma de reescritura que nos confirmaría, en cualquier caso, la manipulación del texto y su reordenación. En cualquier caso, la relación entre el juego y la adivinación no supone la banalización del segundo. El azar, en este caso, introduce un elemento clave, al tiempo que unas reglas precisas.

Resulta curioso, en este sentido, asistir a una moderna práctica de las sortes en la lejana ciudad iraní de Shiraz, donde todavía se recita a uno de los poetas persas más queridos: Hafiz, apodado el memorioso. Es posible todavía ver hoy día cómo un hombre, a la puerta de su sepulcro, ofrece al azar, con la ayuda de dos periquitos, pequeños papeles de colores con los versos de Hafiz.

Un curioso ejemplo de moderna sortes en la ciudad iraní de Shiraz (FOTO Francisco García Jurado)

Sueños ilusorios, la salida del infierno

Uno de los pasajes más controvertidos de la Eneida se encuentra, sin duda, al final del libro VI, cuando el padre de Eneas, Anquises, tras narrar la futura historia de Roma, hace salir tanto a su hijo como a la Sibila de Cumas por la puerta de los sueños falsos.

Difícil respuesta tiene saber por qué, tras la transcendental revelación del futuro de Roma que Anquises le comunica a su hijo, este sale justamente por la puerta de los sueños ilusorios, y no por la de los sueños verdaderos. En el siglo XVIII, el obispo William Warburton propuso, como si de un dogma se tratara, una explicación de naturaleza mistérica, consistente en que allí se narraba cómo Eneas había sido iniciado en los misterios eleusinos. De esta forma, al salir por la puerta de los sueños falsos, confería a aquel pasaje un carácter mímico, con el fin de atenuar la falta imperdonable de haber revelado tales misterios. El historiador Edward Gibbon utilizó la más estricta lógica para refutar tales asertos: si Virgilio conocía los misterios eleusinos no podía revelarlos y, en caso de no conocerlos, tampoco le era posible hacerlo.

La cuestión ha sido intensamente debatida. Pero nos interesa especialmente la posibilidad de que Virgilio haya creado, justamente, la ilusión literaria de un conocimiento revelado. Tengamos en cuenta que, para Eneas, la revelación que le hace su padre acerca del futuro no es más que el pasado tanto para Virgilio como para sus lectores. De esta manera, estamos asistiendo a la magia de convertir verosímilmente el pasado en futuro, a manera de una revelación que, por su propia naturaleza, para Eneas resulta un conocimiento tan novedoso (Inscius Aeneas VI 711) como no comprobable. Es interesante, por tanto, que Virgilio cree esta ilusión literaria, es decir, verosímil, de una revelación. Cuando Jorge Luis Borges, al escribir acerca de Warburton y Gibbon, define los “sueños falsos” como “vanos”, nos recuerda a cuando, en su dedicatoria a Leopoldo Lugones, que se había suicidado años antes, el propio Borges lo visita en la biblioteca, trasunto del infierno virgiliano, gracias a la hipálage del ibant obscuri sola sub nocte per umbram (VI 268), y confiesa que su “vanidad” y su “nostalgia” han creado aquella escena imposible. Tan vano es el sueño donde Eneas se encuentra con su padre muerto como aquel donde Borges se encuentra con Lugones. Cabe pensar que, a lo mejor, para comprender el pasaje final del libro VI de la Eneida habría que apelar, más bien, a una razón poética más que a una razón convencional.

Milenarismo y regeneración

A veces, nuestra infancia condiciona la percepción de las cosas. El hecho de haber tenido un abuelo anarquista posibilitó que me familiarizara con algunos autores que probablemente no sean tan conocidos por los demás, tales como Bakunin, Kropoptin o Pier Joseph Proudhon. Asimismo, desde niño, observaba que mi abuelo tenía en su biblioteca ciertos clásicos, en especial Homero y Platón y algunos presocráticos. Al comenzar a investigar en el mundo de las modernas recepciones de los clásicos, siempre he tenido entre mis intereses indagar sobre cuáles eran las lecturas e imaginarios que del mundo clásico tenía aquel anarquismo.

Una de las más singulares lecturas que he encontrado al respecto proviene justamente del pensador social Proudhon, dentro de su obra titulada De la Justice dans la Révolution et dans l’Église, de forma particular, el noveno estudio, subtitulado “Progés et Décadence”. Proudhon propone una singularísima relectura de la Eneida en calidad del poema que encierra una utopía regeneradora, lectura a la que hemos dedicado ya un estudio. El pensador francés, desde las claves culturales de su tiempo, muy preocupado por la decadencia y la regeneración de los pueblos, intenta ofrecernos una lectura de la Eneida como la obra que propició una nueva etapa para Roma y preparó, asimismo, el cristianismo. El contenido de la obra puede resumirse de esta forma:

El desenlace de la Eneida encierra una lección profunda: Juno, vencida en la persona de Turno, en realidad triunfa: se da asilo a los troyanos en Italia, pero pierden su nombre y su nacionalidad. La Italia queda inviolada, con sus costumbres, su religión, su nombre, sus leyes y su lengua; el Asia queda absorbida, y esta absorción es la gloria de Roma, la más adicta de todas las ciudades del mundo al culto de Juno. Parece que Virgilio dice a los romanos, que han llegado a ser a su vez conquistadores y colonizadores, la civilización se comunica y no quita a las razas su carácter.

Proudhon espera, a tenor de lo que ocurrió en el ciclo histórico marcado por la Eneida, que Francia encuentre durante la segunda mitad del siglo XIX a su nuevo Virgilio. Las ideas de Proudhon llegaron, asimismo, a los grandes intelectuales y autores portugueses, como Eça de Queiroz, quien en su cuento “Civilización” y en su novela póstuma La ciudad y las sierras recurrió a Virgilio justamente como poeta regenerador.

Un apunte de Pessoa donde podemos ver los juegos de palabras creados a partir del hemistiquio latino

Todo este afán de regeneración adquiere su máxima expresión en Portugal con Fernando Pessoa y su poema “Mensagem”, cuyo título, que contiene el mismo número de letras que la palabra “Portugal”, nace de una suerte de acróstico formado a partir de un hemistiquio de la Eneida:

MENS AGitat molEM

Justamente, el texto latino está tomado de las palabras proféticas de Anquises a su hijo en el libro VI (VI 227), pero Virgilio tampoco fue ajeno a los juegos de palabras y anagramas, como cuando juega con los términos lativm y malvit:

Primus ab aetherio venit Saturnus Olympo,
arma Iovis fugiens, et regnis exul ademptis.
Is genus indocile, et dispersum montibus altis
composuit, legesque dedit, LATIVMque vocari
MALVIT, his quoniam latuisset tutus in oris.
(VIII 319-323)

De esta forma, el hermetismo, o la pretensión de buscar “mensajes” secretos, va incluso más allá de la linealidad de las propias palabras y su convencional ordenación.

La voz oculta en la Eneida

Las intuiciones de los escritores suelen ir por delante de los estudios académicos. La libertad de la creación literaria puede hacernos entender, asimismo, como verosímiles, interpretaciones audaces acerca de la historia literaria. Un ejemplo singular de lo que decimos nos lo ofrece Hermann Broch y su libro La muerte de Virgilio (1945), escrito ya cuando la lectura de la Eneida como “el poema de Augusto” dejaba de ser pertinente. No obstante, para entender a Broch, debemos ofrecer unas mínimas nociones de hermenéutica.

De manera tradicional, entendemos que un sujeto estudia un objeto. La escuela hermenéutica alemana, desde Dilthey hasta Gadamer, desarrolló una nueva manera de entender las ciencias del espíritu a partir de la “aprehensión” del objeto por parte del sujeto. Veamos cómo se aplica esta cuestión tan abstracta al estudio propiamente virgiliano. Desde una perspectiva tradicional, cuando alguien se preguntaba por qué Virgilio había querido quemar la Eneida al final de sus días, debía plantear el asunto desde la recopilación y estudio de las vitae Vergilianae, según la metodología positivista. Sin embargo, Broch emprende un nuevo y singular camino, como es el de “aprehender” su objeto de estudio, es decir, las motivaciones más íntimas de Virgilio, como algo tan propio que él mismo pueda llegar, a partir de su propia circunstancia, a comprender tales razones. A este respecto, resulta clave la intensa y tensa conversación que mantiene un moribundo Virgilio con Augusto dentro del libro tercero de la novela de Broch, donde el emperador deja claro a Virgilio que su Eneida ya no le pertenece. El texto de Broch parte de un pasaje clave de la Eneida, como es el de la referencia a la batalla de Accio en la descripción del escudo de Eneas (VIII 626-728).

El Ara Pacis, o Templo de la Paz de Augusto, donde pueden encontrarse imágenes comunes con los textos de Virgilio. (FOTO Francisco García Jurado)

Recordemos que entre las figuras esculpidas en el escudo aparece Augusto triunfante sobre Marco Antonio y Cleopatra. Como podemos leer en la novela de Broch, este pasaje lo conoce el propio Augusto de memoria, pero él ha venido a llevarse el manuscrito de la Eneida. La cuestión esencial llega cuando Augusto pregunta sin ambages a Virgilio por qué quiere destruir su poema y comienza una disquisición acerca del “conocimiento de la muerte”, cercana a la propia orientación órfica de Virgilio.

Cuando Adam Parry publica en 1963 su fundamental artículo “The Two Voices of Virgil’s Aeneid” regresa, igualmente, a este pasaje virgiliano del escudo y compara la pareja formada por Dido y Eneas con la que representan Cleopatra y Marco Antonio. Asimismo, se fija en un verso que refleja perfectamente la actitud de Eneas ante este “futuro pasado” (non enarrabile textum VIII 625) ofrecido por su madre Venus que nos recuerda al de la profecía que ya había hecho su padre Anquises en el infierno. Eneas rerum ingarus imagine gaudet (VIIII 730), es decir, se alegra ante la contemplación gozosa de todo este programa iconográfico donde se plasma el futuro imperial de Roma, aunque sin comprenderlo. Eneas había salido del infierno por la puerta de los falsos o vanos sueños, mientras que ahora, simplemente, no comprende lo que ve. Nos encontramos de nuevo ante la presentación verosímil de un conocimiento revelado.

La propuesta de una segunda voz por parte de los virgilianistas de la Escuela de Harvard es, en principio, un fenómeno debido a la propia historicidad de los nuevos lectores de la Eneida tras el ocaso de los imperialismos. Pero quienes nos presentan esta segunda voz como una clave secreta de lectura, debida a la intención del propio autor, que introdujo ciertas sombras en el monumento erigido al omnipotente emperador, suponen una propuesta con claves herméticas.

Nos ha sorprendido, a este respecto, la reciente (2018) obra del chileno Antonio Cussen titulada El milenio según Virgilio, distribuida en tres tomos y reseñada pormenorizadamente por Hugo Bauzá. Esta magna obra nos propone una lectura secreta de la Eneida basada, en principio, en el período que va desde la llegada de Eneas a Accio y luego la victoria de Augusto sobre Marco Antonio en este mismo lugar del Epiro, mediante un cómputo de letras y versos de toda la Eneida, que Cussen mismo publica en un tomo aparte, tal como cree que sería originalmente (se incorporan pasajes supuestamente expurgados por Augusto y se elimina la puntuación para hacer más libre la lectura rítmica). Virgilio, al escribir su poema épico, pretendía, en palabras del mismo Cussen:

Fundar una especie de dinastía divina –los Césares− a través de la cual el nuevo imperio quedara unido a los orígenes míticos del pueblo romano, que son las glorias de Eneas tras la caída de Troya. Ahora, lo que yo planteo es que pretende mucho más que eso, porque concibe el comienzo del imperio como el comienzo de un nuevo milenio. Y con eso, lo que en definitiva quiere Virgilio es fundar un orden terrenal que sea la imagen de un cosmos que funciona. Ni más ni menos. Esa intención de fundar un nuevo milenio es lo que da coherencia a todos los códigos numéricos y verbales de este gran criptograma.

La obra de Cussen, de la que conocemos dos de sus tomos (los que pueden consultarse digitalmente), es impresionante y es propia de un virgilianista de raza, pero no se nos escapan los rasgos herméticos que ya intuimos al tener noticia de ella por comunicación del profesor Bauzá. Entre otras cosas, si seguimos el propio esquema trazado en nuestro ensayo, tenemos a) la restitución de versos dudosos, entendidos en este caso como versos censurados por Augusto, lo que no deja de ser un acto de manipulación textual encaminado a cuadrar ciertos cómputos de letras; b) una relectura del pasaje del infierno, donde Cussen cree haber encontrado una suerte de doble dinastía, gracias a las equivalencias de los personajes históricos nombrados por Anquises; c) una dimensión milenarista y cíclica de la historia y, finalmente, d) una doble voz en la que Virgilio habría intentado cantar primero cómo Marcelo habría sucedido a Augusto, si bien este plan quedó pronto truncado.

Mínima conclusión a un tema inacabable

El hermetismo y la literatura constituyen, unidos, una poderosa tentación. Umberto Eco mantiene que muchas de las modernas teorías textuales tienen, mutatis mutandis, naturaleza hermética en su afán de encontrar temas y claves ocultos dentro de las obras que otros lectores no han podido ver o, en el peor de los casos, han impedido que se vieran. No puedo negar que este otro lado de la Eneida (supongo que a estas alturas habrán intuido bajo este título una palabra muy virgiliana, aunque invisible, como “luna”) es inacabable, y que también forma ya parte de la propia historia de la exégesis del poema.

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