Ni un sonido, ni una simple regurgitación se escapa del lugar remoto adonde he llegado. Es el silencio de los abismos oceánicos, siempre conjeturados, siempre inescrutables. Únicamente aquí puedo ser yo mismo. Apacible e interminablemente, giro entre los silenciosos tropeles que entran y salen por cada orificio de mi cuerpo. Millones de muertes y nacimientos se suceden sin un lamento, sin un estertor, sin nada.
Calvert Casey, Piazza Margana
El otro día alguien reaccionó a un comentario que hice en una publicación del fotógrafo cubano Kenny Lemes. TE AMO. Entré a esa galería ficcional donde sus imágenes permanecen intactas, sentí un calambre. Entré otra vez a la habitación, me tiré en el colchón, sentí la carne abierta, las rozaduras en los muslos, la hora mágica, el impulso de chupar la herida y orientarme, al fin, alcanzar certezas de una realidad virtual.
Ha pasado un tiempo desde que hice ese comentario, si algo me produce cierta extrañeza es la decisión de Instagram de añadir el dato numérico de las semanas, ahora no encuentro la notificación porque no sé cómo buscarla. He pensado muchísimo en Kenny. Hoy estoy realmente triste y se me ha ocurrido ver la película de Bi Gan, Resurrection, su cine es la definición de poesía, tal vez me entristece por la felicidad que esconde, sobrenatural y profunda, sencilla y simple, la felicidad artesanal de crear mundos. No releeré lo que ya he ensayado sobre las fotos de Kenny, no hace falta, no pretendo contar nada, solo es el pensamiento que se mueve a su antojo. Me dieron ganas de hablarle, unas ganas aparentemente fortuitas, pero causadas por esa señal.
A veces, cuando fotografío animales muertos en los caminos, recuerdo su mirada sobre ese fuego fatuo, lo recuerdo con cierta complicidad, como los niños que torturan animales para ensayar la crueldad a la que les someterá la vida, como Antígona, con la complicidad de querer decirles algo, darles algún consuelo, algo de dignidad. Es probable que la pena siempre se transforme en un poema, en un cuento de amor, en un mensaje de voz o en un eterno scroll. ¿Cómo le hago llegar este mensaje a Kenny? Sí, porque entiendo que esta reacción en Instagram es una forma deliberada para citarme con la poesía que acumuló. Entiendo que puedo hablarle bajito, de madrugada, a solas. Entiendo que puedo meterme en el baño, hacerle alguna confesión. Entiendo que puedo escribir una novela sobre un fotógrafo que no tiene pulso, ni latido, ni nada, pero que tiene dentro una máquina que captura la luz y la procesa en imagen. Entiendo que puedo contemplar el Narciso de Caravaggio, al dios Baco, al chico mordido por una lagartija, o a Giovanni Losito, el amante italiano de Calvert Casey, o al actor y director de teatro que hechiza al público, entiendo que entonces, pensando en el amor, en los amantes y en los conjuros te puedo hablar. O no entiendo nada, es más propio de mí, y por esa incomprensión, hacer lo que hago usualmente, abrir la laptop vieja con la pantalla sucia, extrañar a mi familia y sentir que escribo porque quiero seguir rastreando señales, predicciones, relaciones de causalidad. Si el mensaje se extravía, no pasaría nada, entiendo que las rutinas, las noticias, la atrocidad y la crueldad seguirán ordenándolo todo. Quisiera que no entrara la tristeza así.
* * *
“Amar es herirse de otro”, ese poema de Roy Sigüenza me recuerda a ti, bueno, toda la poesía de Sigüenza me recuerda a ti o a escenas que parecen demasiado cinematográficas y románticas, leer versos de la edición ecuatoriana de su poesía con gente que quiero en una habana irreal. Leyendo la novela de Simon Chevrier, Foto por privado, no podía dejar de pensarte, se entendería que hablo de la biografía o de unas cuantas hipótesis sobre la fotografía, pero no es eso, son las obsesiones y el duelo. Sé que escribí algunas notas sobre las incógnitas, me parecía que lo incógnito era la gran potencia de la novela. El escritor, la foto de Peter Hujar en la portada, el modelo, Daniel, los amantes, el padre y el hijo. Voy a buscar una cita que ilustre todo esto en alguna página marcada de mi ejemplar:
En la sala de espera, me siento en una silla. Miro el reloj cada cinco minutos. Finalmente, aparece el médico, dice mi nombre. Me pide que lo siga. Las preguntas son formuladas en cadena. Hace clic, marca casillas. Riesgo alto, riesgo menor. Le cuento los detalles de la noche, así como mis dudas y mis temores. Como no ha habido un contacto de riesgo entre mucosas, se pregunta si no será hipocondría. Le respondo que estaba encima de mí cuando me ha anunciado que era seropositivo.
Antes de esperar vivir en el hotel Chelsea, Daniel vivía en un pequeño apartamento con un amigo. Un pisito de una habitación invadido de baratijas y marionetas gigantes que cubrían una parte del techo, donde las colgaba para evitar el desorden. Cuando no hacía mimo delante de los escalones del Metropolitan Museum, a Daniel le gustaba clavar los codos en el suelo y trazar dibujos infantiles en largas tiras de papel con los pinceles, el acrílico y el secante que tuviera a mano. Después las colgaba en la pared, orgulloso de sí mismo. Con una melodía disco de fondo, se encendía un porro junto a la ventana, hiciese viento o nevase. Mientras admiraba sus obras, recapitulaba su vida pasada, interrogándose de vez en cuando sobre su sexualidad. Era guapo, delgado, y sus francas palabras seducían. Solo que pensaba no haber tenido jamás sentimientos amorosos hacia nadie. Se sentía atrapado por su elección de vida y sus prioridades, donde el amor no tenía cabida.
Últimamente estoy escribiendo con muchísimas ganas aunque no tenga un propósito, me ocurren iluminaciones azarosas, sé que me excito con estos lapsus de incontinencia y que me dan vida. Doy brincos, me subo al tren, voy al fumadero de opio, como flores, viajo a La Habana, viajo a una estación en China, viajo a Argentina, llevo un as bajo la manga, juntos lavamos las fundas de las almohadas porque están manchadas de rímel y pintalabios, pero no cambiamos las sábanas porque son rojas y me confiesas que las ganas solo surgen del encuentro. Hay que encontrarse, pienso.
Hace unos meses leí que la transcripción de un papiro describía una versión distinta a la de Ovidio sobre el mito de Narciso. En vez de consumirse con su reflejo, el joven bello se suicidó con una daga y la flor nació de su sangre. Según el libro de perfumistas de segunda mano, el narciso: “encierra una nota ligeramente agresiva, un poco astringente, casi punzante diríamos”. Y no estoy pensando en la belleza o en la soberbia, sino en las versiones que terminan en lo mismo, lo “casi punzante”.
Pero qué significa herirse de otro, quizás se lo respondió Calvert Casey en Piazza Margana, y tú me preguntarás ahora si la herida es nuestra, si es visible o no, si ese otro se nos metió dentro, si nunca quiso estar ahí, o tal vez, y esto es lo que me da más ganas de suponer, esa alteridad es un reflejo, amar es mirarse de otro, irse desgastando, pero no por narcisismo, sino por un encantamiento necesario. La invasión, el contagio, la comunión, un amarre. No sé si te apetezca que hablemos de Aristófanes, de medias naranjas, de existencias incompletas, de una oración del alma enamorada de San Juan de la Cruz, Nosotros que fuimos tan sinceros que desde que nos vimos amándonos estamos. Nosotros que nos queremos tanto debemos separarnos no me preguntes más. Me divertiría si compráramos El banquete en la librería de segunda mano que frecuento y allí mismo nos volviéramos amantes platónicos. Una de las razones por las que quiero ir a Roma, además de perseguir a Calvert Casey, es para ver esa escultura de Lorenzo Bernini de Santa Teresa. Quería llegar de algún modo a la flecha, ¿no?, al éxtasis. Punzante, afilada, un don divino que atraviesa el pecho. Siempre me ha parecido que Cupido no es una mascota del mercado, sino un esclavo, ¿a ti no? Debería ocuparse de enviar cartas como esta. Quizás las palomas mensajeras fueron pequeños cupidos entrenados, y por tratarlas como plaga, han perdido su propósito. Estoy delirante. Tiene un diamante en la punta el puñal que nos hiere, escribiste. ¿Estabas refiriéndote entonces a la belleza?
TE AMO. La frase tatuada sobre los párpados. Imborrable. 93 semanas. La virgen en la hierba. El pichón caído del nido. Las familias. Las incógnitas. Las flores y la píldora N33. ¿Se puede salir ileso del mundo? Dime si te parece una pregunta retórica o una pregunta que tiene sentido, un sentido amoroso. La desnudez, la cicatriz, las celulitis, ser monstruo, ser flor, ser putita y ser tu modelo. Me están mirando tus fotos. No entiendo, no entiendo por qué son tan bellísimas y cómo esperan por estas palabras. En ese amar mirar astringente te busco, pensar en tus fotos heridas de ti, en cierto autosacrificio, un inmortalizador que no hace más que desear encontrarse. Y tengo el impulso de sacar el teléfono y fotografiarte ahora, en este instante, pensaré en tu autorretrato, en el tiempo, en lo que cabe en la palma de las manos y en la boca, en las huellas que están ahí para que la gente siga encontrándose contigo, en los tatuajes, en ese temblor ardor de la aguja, en la epidermis de las cosas, en la libertad. Fotografiar es herirse de otro.













