Versiones restauradas de películas de Sara Gómez se exhiben en el Festival de Cine de La Habana

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Sara Gómez
Sara Gómez

Bajo el título Sara Gómez, por una poética de los márgenes, el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana ha programado una sección colateral para proyectar las versiones restauradas de cuatro películas de esta imprescindible cineasta cubana: el largometraje De cierta manera (1974), la única ficción que alcanzó a realizar, y los documentales cortos Iré a Santiago (1964), Guanabacoa: crónica de mi familia (1966) y Una isla para Miguel (1968).

En estas cuatro películas es apreciable la atención de la autora a los antagonismos sociales y conflictos de subjetivación a que se enfrentaban los marginales o el individuo racializado, “subalterno” –marcado por una subordinación cultural que dictaba su clase, su raza, sus condiciones económicas y laborares, sus prácticas religiosas–, en el contexto iluminista de los años sesenta cubanos. Estos filmes constatan el sello político distintivo de la cineasta: su preocupación por cómo las estrategias reformistas emprendidas por la Revolución impactaban la individualidad, el espacio personal de esos sujetos, y en cómo llegaban a incidir en la concepción misma de la idiosincrasia nacional.

Para quienes se interesen particularmente por el devenir autoral de la directora, Iré a Santiago tiene el atractivo de ser su primer documental. En él se percibe ya una sensibilidad creativa excéntrica para su tiempo. La vocación etnográfica de la realizadora emerge allí donde el aparato cinematográfico registra y fija a la imagen elementos de un paisaje esencialmente humano: mientras el universo visual de Cuba estaba siendo invadido por la Historia y el arrojo modernizador de la Revolución, Sara Gómez viaja a Santiago de Cuba interesada, no por la heroicidad de la provincia, sino por las dinámicas urbanas, los ambientes populares y los individuos que conforman la cultura de la ciudad y sus flujos. Ella busca aprehender la marca diferenciadora de Santiago en el mapa de la nación.

Pero tal vez lo más interesante de esta obra sea su trabajo sobre el estereotipo como índice de la identidad. Con códigos del free cinema, y voz en off encargada de articular las imágenes, se va tejiendo un fresco sobre la música, el lenguaje, la gestualidad y el cuerpo negros, la precariedad de ciertos ambientes periféricos, la arquitectura como testimonio de la Historia, la pobreza… hasta alojar una interrogante acerca del futuro de una ciudad que aspira a escapar de su condición colonial.

Guanabacoa: crónica de mi familia es ya una obra plenamente resuelta en el ángulo más autoral de Sara Gómez. En este filme se detiene a explorar los perfiles socioeconómicos, históricos y culturales de su familia, seducida por los motivos (de toda índole) que pesan sobre su familia afrodescendiente. Guanabacoa… atiende el sujeto racializado como un centro problemático para la Revolución. La riqueza morfológica de este documental –otra vez con una voice over, imágenes de archivos y registros testimoniales de Guanabacoa–, contribuye a la sagaz inmersión en “el problema negro”. Casi la totalidad del metraje deviene una suerte de prólogo para el segmento narrativo final, concentrado en Bertha, una prima de la cineasta que ejercía la prostitución antes de 1959. La mirada sobre esta mujer deja vislumbrar lo problemático que resultaba para el momento en que se produjo la película la superposición entre marginalidad y cuerpo negro.

En relación con Una isla para Miguel, Sara Gómez coloca su mirada sobre un campamento de trabajo emplazado en la actual Isla de la Juventud. Allí eran llevados jóvenes y adolescentes “con los que habría que emprender una tarea de reeducación”, por medio de la educación y “la épica del trabajo”. Es suficiente reparar en la retórica de la voz narradora para comprender la violencia misma del proceso; así se le escucha decir: “en esta empresa de neocolonización juvenil en la Isla de Pinos, los nuevos conquistadores se encontraron una nueva dificultad y también una responsabilidad”.

Una isla para Miguel se cuestiona la legitimidad de estas estrategias de reformación social destinadas a una supuesta formación de valores. La realizadora busca explicar la multiplicidad de factores que determinan “la violencia”, “la moral del barrio, del ambiente, [del] ser hombres, ser machos y ser amigos”, de estos muchachos, y cuestiona el desentendimiento de estos programas del universo subjetivo y afectivo del sujeto. El gesto audiovisual más contundente de esta mujer estuvo aquí en acometer una suerte de metodología documental que trasgredía el cerco ideológico que abrazaba su realidad.

De cierta manera es la obra cumbre de la filmografía de Sara Gómez, y uno de los filmes más importantes y singulares del cine cubano. En esta película la cineasta hizo coincidir una profunda inventiva fílmica –la superposición de registros documentales y de ficción, con técnicas de distanciamiento brechtiano que dotaban de objetividad la naturaleza aparencial de las imágenes fílmicas– con una aguda meditación sobre su más cara temática: el golpe subjetivo que supuso para el individuo marginal su conversión en “hombre nuevo”. La angustia experimentada por Mario –el personaje protagónico– es la angustia del marginal en su esfuerzo por llegar a ser “el hombre nuevo”.

Con esta película Sara Gómez atiende la maquinaria desarrollista de la Revolución y su presión sobre la constitución del individuo, hecho a la medida de un imaginario, un cosmos de valores, prácticas de socialización y costumbres que la reforma estructural desentendía. El capital expresivo de la fotografía, la fragmentación del plano narrativo, el diseño simbólico de los personajes, y la profundidad cognoscitiva de De cierta manera garantizan su supervivencia.

La creación de Sara Gómez está marcada por un particular desaliño expresivo, consecuencia quizás de la urgencia sociológica con que ella se proyectaba sobre los sujetos, y sus experiencias cotidianas, atendidas por su cámara. Desde esa aspereza cinematográfica, colocó el foco argumental de sus filmes sobre una de las problemáticas más determinantes de cuantas enfrentó la Revolución: la marginalidad. La restauración de estas películas recupera entonces una de las poéticas más singulares (e incisivas, en términos políticos) de cuantas emergieron en el paisaje cinematográfico cubano posterior a 1959. Volver a revisar estos filmes, restituida su cualidad estética, es constatar la potencia de una obra trascendente, en la medida en que los problemas atendidos en su tiempo, no se agotan todavía en nuestro presente.

Acompañando el estreno de estas películas en versión restaurada, se celebró el día 6 de diciembre, en la Casa del Festival, un panel que discutió el legado de la cineasta. La mesa estuvo presidida por Susan Lord, quien, en coautoría con María Caridad Cumaná, recién publicó The Cinema of Sara Gómez: Reframing Revolution (Indiana University Press), una compilación de ensayos donde diversos autores, procedentes de disciplinas desemejantes y de distintas geografías, discuten facetas esenciales de la filmografía de la realizadora. Ha sido Susan Lord, justamente, la responsable de la restauración de los documentales de la cineasta, empeño emprendido junto a Vulnerable Media Lab, cuyo equipo de trabajo dirige.

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Ángel Pérez (Holguín, Cuba, 1991). Crítico y ensayista. Compiló y prologó, en coautoría con Javier L. Mora y Jamila Media Ríos, las antologías Long Playing Poetry. Cuba: Generación Años Cero (Casa Vacía, 2017) y Pasaporte. Cuba: poesía de los Años Cero (Editorial Catafixia, 2019). Tiene publicado el libro de ensayos Las malas palabras. Acercamientos a la poesía cubana de los Años Cero (Casa Vacía, 2020). En 2019 fue ganador del Premio Internacional de Ensayo de la revista Temas, en el apartado de Estudios de Arte y Literatura. Textos suyos aparecen en diversas publicaciones de Cuba y el extranjero. Vive en La Habana.

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