En el minuto 30 de la famosa entrevista de Soler Serrano a Cabrera Infante, el 11 de julio de 1978, el español –que empezaba a salir de una dictadura– le pregunta al cubano –que había escapado de otra– si se siente un traidor o un traicionado por la Revolución. La pregunta es tan grave que no parece que Soler Serrano esté hablando de Cuba sino de cualquier revolución, y en consecuencia Cabrera Infante no responde como exiliado cubano, sino como cualquiera que haya vivido en la revolución.
“Pienso que la Revolución se ha traicionado a sí misma”, contesta, “y que Fidel Castro es el Robespierre y el Napoleón de la Revolución. Su afán de poder lo ha llevado a adoptar el comunismo, pero si hubiera surgido como líder en 1939, quizás se hubiera aliado al fascismo o al nazismo para mantenerse en el poder”.
Cabrera Infante quería restarle peso a la Revolución y a Fidel Castro, quitarle relevancia. Fidel es Napoleón y es Hitler. La Habana es Puerto Príncipe y es Berlín. “Si la Revolución francesa tuviera que repetirse eternamente, la historiografía francesa estaría menos orgullosa de Robespierre”, había escrito Milán Kundera en 1968. Si la Revolución cubana se repitiera eternamente, los cubanos estarían menos avergonzados de Castro. He visto esa entrevista tantas veces que ya no me resisto a poner palabras en boca de Cabrera Infante.
Es probable que el déjà vu sea la única característica que a estas alturas me parezca relevante de cualquier revolución o levantamiento social. No importa no haber estado ahí en 1959 o en 1789. Ya-lo-vi. El entusiasmo y la decepción, el fervor y el terror, la libertad y la opresión. Déjà vu. Whatever.
El déjà vu fue la sensación predominante al leer El nacimiento de un mundo nuevo (Galaxia Gutenberg, 2021), de Jeremy D. Popkin. El libro aspira a convertirse en la historia definitiva de la Revolución francesa para las próximas décadas. Su único defecto es haber sido escrito por un profesor de Kentucky (es decir, un hombre que cree que los franceses llegaron a la Revolución gracias a los americanos). Popkin es un francófilo de Lexington, KY. Se ilusionó con el 68, viajó mucho a Europa, se da un aire a Bush padre. Su libro es largo y riguroso, pero bastante ameno. Quizás, después de todo, sí se convierta en el texto que hay que leer para entender a Robespierre y a Napoleón.
Popkin no está de acuerdo con Cabrera Infante sino con Kundera. Ninguna revolución se parece a otra. “No hay que manchar a la Revolución francesa con la misma brocha de la Revolución rusa”, es su primera conclusión tras más de 600 páginas. Otra conclusión, ya presente en el título, es que cada revolución crea un mundo nuevo, pero no destruye totalmente el anterior.
El 14 de julio de 1789 dos hombres alcanzan la crispación total, según Popkin. Uno es el rey de Francia y de Navarra, Luis XVI, Luis Capeto –así lo llamarán los revolucionarios–, que acabó guillotinado cuatro años más tarde. El otro es Jacques-Louis Ménétra, un vidriero itinerante que se entusiasmó con la Revolución después de una vida de prostíbulos y trabajos mal pagados en toda Francia. Son el príncipe y el mendigo. Ambos escriben diarios o memorias. El cuaderno de Ménétra es la historia de una idea; el del rey, un inventario de las piezas que ha cazado en el día.
Luis XVI no era un déspota. Su mujer, María Antonieta, había canalizado su hastío de la vida monárquica haciéndose construir un pueblo para “jugar a ser campesina”. Él, un fracasado sexual en su primera juventud, leía obsesivamente la historia de la Revolución inglesa de Hume y era aficionado a la artesanía. Eran “dos incompetentes” –como los llamaban sus instructores matrimoniales– que tenían la responsabilidad de unir a los Borbones con los Habsburgo.
Ménétra, afiliado a gremios y logias, conocía a los nobles de toda Francia y para él su incompetencia no era solo sexual, sino política. Odiaba a los curas y también a los funcionarios reales. Se hizo amigo de Rousseau y tenía la mejor opinión de Henri Sanson, el verdugo oficial de París. “Si no tenemos en cuenta su profesión, era un hombre amable y cordial”, llegó a escribir. Sanson fue quien le cortó la cabeza a Luis XVI en 1793.
La Revolución estalló en una Francia llena de enciclopedistas, jansenistas, jesuitas, masones, judíos, curas, intendentes, tertulianos, philosophes, intrigantes, amantes suecos, condes, barones, marqueses, vidrieros, carpinteros, carboneros, prostitutas y esclavos. Era la Francia del teniente Bonaparte y del periodista Marat, pero también la del alquimista y estafador Cagliostro.
A los grandes hombres de la Revolución francesa, como Mirabeau o Robespierre, dedica Popkin pequeñas biografías. Quedan retratados sobre todo en frases, gestos, gritos o tiroteos. De pornógrafo a diputado, la vida Mirabeau se puede resumir en una advertencia: “¡Ay, mis ciegos compatriotas! ¡No será más difícil borrar sus nombres de la lista de ciudadanos que el mío!”.
En cuanto a Robespierre, demonizado –injustamente, según Popkin– en las décadas posteriores, sus frases recuerdan tanto a las de Castro que casi hay que darle la razón a Cabrera Infante: “La teoría del gobierno revolucionario es tan nueva como la Revolución que la concibió”; “el gobierno revolucionario está obligado a defender al propio Estado contra las facciones que lo asaltan por todos los flancos”; “a los enemigos del pueblo, la Revolución solo les debe la muerte”.
La veloz transformación del gobierno revolucionario en un caos, y de sus líderes en hombres enloquecidos por el poder, es la verdadera historia de la revolución. No hay revolución sin Terror. “¿Quieren una revolución sin una revolución?”, preguntaba burlonamente Robespierre a sus rivales políticos. El Terror era el único gobernante serio que había tenido Francia, llegó a decir años más tarde Napoleón. Poco después, se ordenó la ejecución del rey.
Al otro lado del mar, Toussaint Louverture –entonces un general al servicio de España– se escandalizó contra los franceses por haber matado a Luis XVI. Poco tiempo después cambió de bando y se convirtió en uno de los caudillos de la Revolución haitiana. El libro de Popkin tiene el mérito de darle mucha importancia a lo que estaba pasando en Sainte Domingue, pero también en Estados Unidos –el único aliado de la Francia revolucionaria– y en Egipto, donde Napoleón había llegado con una flota de 36 800 militares y 170 científicos.
Los hombres de la época napoleónica, Talleyrand, Fouché, los Bonaparte, ya estaban por llegar. Robespierre gritaba que él era un “mártir viviente de la República, un esclavo de la libertad”. Veía conspiraciones por todas partes. Era un momento romano y acabó como Roma, pasando de la República al Imperio. Marat fue asesinado en la bañera por Charlotte Corday, una joven girondina, en 1793. Danton fue guillotinado el año siguiente, acusado por Robespierre de conspirar contra la República. Robespierre recibió un disparo en la mandíbula durante la llamada reacción de termidor, en 1794, y fue finalmente guillotinado tras la toma del Ayuntamiento de París.
El libro de Popkin acaba con la llegada de Napoleón al poder en 1799. Su primer discurso, “respondido con puñales” por los diputados, fue un fracaso. Parece que se desmayó, y fue su hermano Lucien Bonaparte –el Raúl Castro francés, hubiera dicho Cabrera Infante– el que intentó hablar en nombre de su hermano y convencer a los diputados de sus buenas intenciones. A las tres de la mañana, cuando su hermano ya era cónsul y la Revolución podía considerarse muerta, Lucien dijo: “A partir de hoy, todas las convulsiones de la libertad han terminado”. En cuanto a Ménétra, el vidriero ilustrado, envejeció, vendió su taller a bajo precio, y murió pobre.
Según Popkin, el republicanismo siempre sobrevive, no solo a la revolución sino también a la dictadura. Después de Napoleón llegó Luis XVIII, pero eso no significó que volviera el antiguo régimen. En 1848 vino una nueva revolución y en 1851, con Napoleón III, un Segundo Imperio. En 1870, Bismarck acabó con el imperio y se volvió al republicanismo. Excepto durante ocupación nazi –afirma Popkin–, los franceses siempre han vivido como republicanos.
La Revolución francesa, promete Kundera, “ya no volverá a ocurrir, los años sangrientos se convierten en meras palabras, en teorías, en discusiones, se vuelven más ligeros que una pluma, no dan miedo. Hay una diferencia infinita entre el Robespierre que apareció sólo una vez en la historia y un Robespierre que volviera eternamente a cortarle la cabeza a los franceses”. Pero es una promesa vacía. Robespierre siempre vuelve. La Revolución también.

