‘Joseph de Maistre’, Vogel von Vogelstein, circa 1810

El pensador saboyano Joseph de Maistre es presentado, con frecuencia, junto al británico Edmund Burke, como uno de los fundadores del conservadurismo decimonónico. Es cierto que ambos fueron críticos de la Revolución francesa, el segundo en sus Reflexiones (1790) y el primero en sus Consideraciones sobre Francia (1796). Pero las críticas de uno y otro al fenómeno revolucionario respondían a motivaciones intelectuales diferentes: para Burke la mayor amenaza de la Revolución se hallaba en la suplantación del derecho consuetudinario, protector del individuo, por una visión abstracta de los derechos naturales, generadora de la dictadura de la mayoría; para De Maistre, lo peor de la Revolución era su “maldad”: su implementación de una nueva religiosidad política, a su juicio, anticristiana.

En los dos últimos siglos, a las tradiciones ideológicas jacobinas, bolcheviques y comunistas –no tanto a la liberal, la socialdemócrata o la democristiana– les ha costado trabajo discernir entre el pensamiento político de Burke y el de De Maistre. Muchos han preferido no dar importancia a que Burke fue, en realidad, un old whig más que un new tory, es decir, un defensor del sentido representativo y constitucional de la monarquía británica, sin visos de absolutismo, como los que aparecen en la rígida lealtad borbónica de De Maistre, y sin una idea teológica de la política como la que desarrolló este último a partir de su formación jesuítica. Si Burke se entiende como conservador, en el sentido moderno y no antiliberal del término, De Maistre puede ser entendido como reaccionario.

Como muchos reaccionarios de los dos últimos siglos, De Maistre fue un pensador hábil, elocuente y polémico. Hay momentos en que se manifiesta en él una ortodoxia herética, por utilizar un oxímoron, que lo vuelve difícilmente ubicable en el conservadurismo de su época. No porque se acerque al liberalismo, como Burke, sino porque se aleja de las ideas conservadoras por el extremo derecho del espectro ideológico del siglo XIX. Esta dislocación se observa, por ejemplo, en el espléndido Tratado sobre los sacrificios, que rescataron, en 2009, los inteligentes editores de Sexto Piso. No es raro que la defensa del sacrificio y de la “salvación por la sangre” del monarquista De Maistre haya sido aprovechada por más de un republicano y nacionalista francés a partir de la segunda mitad del siglo XIX.

Al igual que en otros textos suyos –las Consideraciones, el Ensayo sobre el principio generador de las constituciones políticas o Sobre el Papa–, De Maistre se enfrentaba a pensadores ilustrados franceses, como Condillac y Voltaire, que entendían los sacrificios humanos como prácticas salvajes de la antigüedad clásica o de culturas bárbaras. Según De Maistre, esos pensadores no entendían que hacer sacrificios a Dios era una necesidad de la condición culpable y pecaminosa del hombre, que confirmaba la fuerza de la religión en todas las culturas. Al defender el sacrificio como práctica religiosa, De Maistre se apartaba de muchos estereotipos ilustrados, que atribuían al paganismo, al hinduismo e, incluso, a las cosmogonías precolombinas de América una esencia “bárbara”.

El rito de arrancar el corazón y exprimir la sangre en la boca del ídolo, entre los aztecas, o el de las mujeres de la India, que se lanzan sobre las llamas, luego de recitar el Sankalpa, le parecen a De Maistre testimonios de la “horrible buena fe de esos pueblos”. Lo importante del sacrificio, aún del sacrificio humano, es ese espectáculo de entrega del hombre, finito, ignorante y culpable, a la grandeza, virtud y sabiduría de Dios: “no hay nada –concluye– que demuestre de una manera más digna de Dios lo que el género humano ha confesado siempre, incluso antes de que se le hubiese enseñado: su degradación radical, la reversibilidad de los méritos de la inocencia que redime al culpable, y la salvación por la sangre”.

Por la vía de la ortodoxia católica y contrailustrada de la época de la Santa Alianza –De Maistre, como es sabido, fue, entre 1802 y 1817, ministro plenipotenciario del rey de Cerdeña, Carlos Manuel IV, ante la corte del Zar Alejandro I, a quien asesoró en temas de política europea– este reaccionario se convertía, casi, en un defensor de la dimensión religiosa de las culturas paganas, precolombinas e hinduistas. Culturas que la mayoría de los liberales, conservadores y socialistas del siglo XIX consideró manifestaciones supersticiosas, heréticas y, cuando menos, primitivas, que ofendían o desvirtuaban al cristianismo y que debían ser superadas o transformadas por medio de la razón científica o de la “verdadera fe”.

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