Katherine Bisquet (Detalle de una fotografía de Reynier Leyva Novo)

Cuando llevaba más de diez días de encierro, Katherine Bisquet colgó una sábana blanca desde el departamento que alquila en la azotea de un edificio en Centro Habana. La tela que rozaba las paredes derruidas decía: “13 días de privación ilegal de libertad. Tenemos derecho a expresarnos libremente”. Escribió la frase junto a una amiga, y con lo único que tenían al alcance: lápiz labial, lápiz de ojo, rímel y purpurina.

Las autoridades no le notificaron el arresto domiciliario. En todo caso, las señas eran claras: una patrulla policial con varios oficiales y un agente de la Seguridad del Estado, vestido de civil, vigilaban a Katherine desde los bajos del edificio. A Camila, la amiga que había llegado para ayudarla a mudarse, también le impedirían volver a salir.

Días atrás, Katherine Bisquet había protagonizado una protesta inédita con más de trescientos artistas e intelectuales plantados en las afueras del Ministerio de Cultura en el barrio habanero del Vedado. Antes, había sido una de las huelguistas de hambre de San Isidro. Se abstuvo de comer por cinco días, hasta que el Estado allanó el local donde se realizó la huelga. Katherine y otras catorce personas protestaron en Damas 955, Habana Vieja, ante la persecución policial contra ella y otros amigos que se manifestaron de modo pacífico por la liberación del rapero Denis Solís.

“Asumí la responsabilidad de hablar por alguien que no tiene voz en Cuba”, dice a través de audios de WhatsApp. “Asumí la responsabilidad de gritar por él. Si no hubiéramos salido en la defensa de Denis Solís su caso hubiera pasado sin penas ni glorias. No es que hayamos resuelto absolutamente nada en su caso legal específico, pero sí ganamos algo: mayor cantidad de gente tiene consciencia ahora de estos procesos arbitrarios”.

Katherine Bisquet tiene 28 años. Escribe poemas y crónicas. Estudió Letras en la Universidad de La Habana. Nació en un lugar atípico, en la llamada Ciudad Nuclear, en el centro de la isla. Allí se suponía que iban a residir miles de personas que se emplearían en “La obra del siglo”: la planta nuclear de Jaraguá. La obra es ahora una estructura gigantesca de cemento en ruinas. Su construcción se suspendió en 1992 tras la disolución de la Unión Soviética, el año en que nació Katherine. Allí tuvo una infancia feliz, me dice. Y sigue contándome que creció rodeada de científicos que habían regresado de estudiar en el bloque socialista y tenían muchas ganas de desarrollar proyectos en Cuba. Ellos fueron quienes le enseñaron a ser inquieta, a cuestionarse las cosas. Hay un poemario suyo que se nombra, por alusión a aquella obra, Uranio empobrecido.

En 2018 ella, como parte de una movida de artistas, escritores, promotores, investigadores y activistas, comienza a defender iniciativas cívico-artísticas que se oponen a los lineamientos de la política cultural cubana. A partir de ahí se topa con vigilancia y acoso policiales, desalojos, llamadas telefónicas de intimidación a la familia, interrogatorios, violencia física en el espacio público, multas, detenciones, ataques de los propios medios televisivos y de prensa estatales, únicos legales en el país.

En calidad de escritora joven, en 2019, la habían invitado a una lectura de poesía. Era febrero y se celebraba la Feria del Libro de La Habana. Allí manifestó su inconformidad con el proyecto de reforma constitucional que se debatía por esos días en el país. Katherine usó un pulóver blanco con las letras en negro: “Yo voto no”. Y antes de comenzar la lectura, hizo una declaración contra el decreto 349, una norma que entra en los terrenos del oxímoron y busca regular el arte independiente.

La respuesta estatal no fue inmediata: le permitieron terminar su servicio social como editora en la sección de poesía de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, pero a finales de ese año le negaron la plaza laboral que le correspondía. Esa misma institución le había publicado en 2014 el cuaderno de poesía Algo aquí se descompone.

En agosto de 2019 también la llamaron a su primer interrogatorio en la estación de la policía de 21 y C, en el Vedado, aunque por error. El sujeto que la interrogó estaba confundido. Creyó que ella iba a participar en una manifestación frente al Ministerio de Comunicaciones. El objetivo del interrogatorio era disuadirla. Todavía hoy, Katherine no sabe muy bien de qué se trataba aquella protesta que se frustró en agosto.

“En un primer momento yo no había tenido contacto directo con la policía política. Creo que está sobrevalorada. La policía política intentó intimidarme mediante sus conversaciones con mis caseros, mi familia, amigos. Uno se lanza al activismo y no sabe lo que puede perder o ganar. Empiezas a entender cómo funciona la policía política, cómo piensan ellos, cómo trabajan. El trato no es igual para todos los activistas. Depende mucho del elitismo y el racismo que existe en el país. Se estigmatiza a los perseguidos políticos en Cuba porque no se les conoce. No se sabe nada de ellos. La gente no conoce su historia de vida”, dice.

También hay pasajes de debilidad en la resistencia. Katherine describe en una crónica de 2020 cómo vivió el momento en que regresaba a su casa en el transporte público luego de que una patrulla policial la soltara en un callejón oscuro pasadas las diez de la noche. Sucedió el 10 de octubre por Nuevo Vedado, un barrio de La Habana que apenas se transita a esas horas: “Lloraba sin parar, pero casi sin fuerzas, y entre tantas cosas pensaba en lo fuerte que me había creído un rato antes. ¿Qué era esto ahora, yo llorando en una guagua delante de todos? Yo nunca lloro en las guaguas… Por mi cabeza pasaban muchas imágenes, apenas alcanzaba a balbucear unos mensajes de audio a mis amigos preocupados”. La montaron en la patrulla en las afueras de la estación de policía de Cuba y Chacón. Había ido hasta allí, junto a otras cuatro mujeres, a preguntar por amigos activistas retenidos desde la mañana.

Actualmente, Katherine Bisquet no está bajo arresto domiciliario. Le quitaron la vigilancia poco después de que colgara la sábana blanca desde la azotea y abriera una fiesta en la pólvora, como quiso en un poema. Pero la persecución estatal contra ella continúa. El 21 de diciembre la llamaron a una entrevista en la estación de policía de Cuba y Chacón.


*Este texto se publicó originalmente en el marco del laboratorio de Periodismo Situado.

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