‘The Mastermind’, de Kelly Reichardt (el aburrido estilo de la torpeza)

La rotundidad de esta película reside en la rotundidad del dibujo implacable (socarrón, sardónico) que hace del infortunio.

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Detengámonos un instante en una secuencia magistral, sesgadamente simpática, de The Mastermind (Kelly Reichardt dir., 2025). Cuando los policías-investigadores interrogan a James Blaine Mooney (Josh O’Connor) acerca del robo, en un museo local, de cuatro pinturas famosas de Arthur Dove, y se enteran de que él es el hijo del notorio juez Mooney, y le explican que en rigor ellos no tienen dudas sobre su culpabilidad porque uno de los cómplices del atraco acaba de delatarlo con pelos y señales, le indican a J. B. a continuación, con mucho cuidado, que es muy grave ponerse a retirar pinturas famosas de espacios públicos. O sea, el delito de robar arte no se menciona de inmediato ni a las claras. La parsimonia policial y el eufemismo generan, al unirse, una enseriada atmósfera de comedia.

Una anodina vida familiar más una relación matrimonial agrisada acaso podrían dar libre curso a una mediocridad profesional que, en el caso de J. B., lo lleva a la pobreza, a la quiebra financiera, al aburrimiento. Le pide dinero a su madre, para pagar la labor de quienes ejecutarán su averiado plan de robo, y una cadena de torpezas e imprevistos dan como resultado lo que, simplemente, se espera: el fracaso.

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(Cool jazz de fondo. Nada de orquestaciones temperamentales. Una música repetitiva y minimalista, varada en detalles que abren vía a una introspección infructuosa, estática, contemplativa. Música basada, en lo esencial, en los sonidos de la batería y la trompeta).

The Mastermind avanza, con lentitud, entre la ironía y el sarcasmo, burlándose de las convenciones del thriller. Se supone que estamos en presencia de un thriller, pero en fin… son hechos propios de un thriller, pero sin el sabor ni la textura rítmica de un thriller. Kelly Reichardt sabe cómo dinamitar, poco a poco, una prestigiosa convención y sus elementos constitutivos. Y es justo eso lo que hace.

La actuación del mastermind J. B., arquitecto en paro, devoto del arte y carpintero a ratos, es muy significativa. Es quien planea, con enormes dosis de ingenuidad y absurdo, el robo de los cuadros de Arthur Dove. Y todo le sale mal. Hay que insistir en eso: este hombre de medias sonrisas, en apariencia tímido, mentiroso, que tiende a ser solitario (como una figura de Edward Hooper) y hasta mezquino, es un náufrago de lo que hace y de sí mismo. Naufraga todo el tiempo. Y no pierde el aplomo. Hasta su desconcierto final, que equivale, diríamos, a esa pregunta clásica: ¿cómo es que he llegado hasta aquí?

Kelly Reichardt ha hecho su película con tonos diversos de grises cromáticos que se avienen muy bien con su gramática del fiasco, la frustración. James tiene que huir. La mujer de su mejor amigo casi lo expulsa de su casa (voz baja pero firme, frases cortas, explicaciones resolutivas e inapelables), y cuando el mastermind llega a Cleveland, las personas con quienes podría estar bien acogido no están, se han marchado. El amigo le había aconsejado cruzar a Canadá y meterse en un grupo de outcasts que forman una especie de gueto. Como sospechoso que es, ya sale en los periódicos. A uno de sus cómplices, el que se ha apresurado a declarar en su contra, se le ha ocurrido intentar robar en un banco después del atraco en el museo. Ineptitud tras ineptitud, este mastermind desmañado es la caricatura de un arquetipo.

Un bello ladrón de arte en el museo de la pereza
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Sobre el trasfondo de una peripecia deliberadamente lenta y bastante plana, Josh O’Connor es muy hábil en la construcción dramática de pequeñas secuencias pespunteadas por el tedio. Son momentos “sin importancia” que van marcando la vida minúscula y como aterida, o exhausta, de una suerte de pobreza del no hacer, o del no saber cómo seguir, o del no poder escapar de la mediocridad. Próximo al talante de algunos personajes de Samuel Beckett, todo en él es tan patético, tan casi en los límites de lo cómico, que su nueva identidad lo metamorfosea en el antihéroe de una “antipelícula de acción”, como observa la crítica. J. B. tiene quizás el mérito de ser el peor ladrón de arte del mundo. Josh O’Connor consigue armar un personaje de excepción, estupendamente matizado, lleno de tics muy funcionales y capaz de adecuar su carácter a una gestualidad singularísima.

El ardid estético mayor de Reichardt consiste en reproducir creativamente esa llamada “estética setentera” en la que interviene un tono general apagado, por medio de colores sin saturar, y cierta nebulosidad. Todo esto es, también, congruente con la actuación del mastermind, un Josh O’Connor silencioso a medias, que expresa candor y, a la vez, desconfianza.

La huida del mastermind es, pues, la de un hombre pasivo, receloso, observador como puede serlo un pillo espantadizo.

En una calle de Cincinnati, sin rumbo preciso (Terri, la esposa de J. B., no ha querido ayudarlo mandándole dinero), se refugia de la lluvia. Se encuentra en los bajos de una escalera, y una mujer sube, protegiéndose con un periódico, y lo tira y él lo recoge y lo abre y ahí está su foto de sospechoso prófugo más las imágenes de los cuadros de Dove, ya recuperados.

Pero entonces al mastermind se le ocurre asaltar a una anciana a quien ha visto pagar en una cafetería. J. B. observa el bolso de la mujer, hinchado de billetes. Ya no es sino el espectro de un ratero vulgar. Y en un callejón solitario empuja a la anciana y le roba. Y se escabulle dentro de una manifestación pacifista. Y entonces ocurre lo imprevisto, lo sorprendente, lo impensable: la policía interviene y sacan por la fuerza a algunos manifestantes, entre ellos a J. B., quien exclama, desconcertado, desde un asombro tremendo, que es un error. Y ahí termina la aventura del mastermind: en un camión policial de detenidos y con el rostro (el de quien no alcanza a comprender qué pasó) pegado al vidrio trasero.

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La rotundidad de esta película reside en la rotundidad del dibujo implacable (socarrón, sardónico) que hace del infortunio.

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ALBERTO GARRANDÉS
ALBERTO GARRANDÉS
Alberto Garrandés. Narrador, ensayista y editor. En años recientes ha publicado Sexo de cine (Premio de la Crítica en Cuba, 2013), Body Art (cuentos, 2014), El ojo absorto (ensayo, 2014), Una vuelta de tuerca (ensayo sobre cine de autor y películas de culto, 2015), y Demonios (novela, 2016, Premio Alejo Carpentier). En 2018 reunió lo esencial de sus cuentos en Mar de invierno y otros delirios.

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