Boris Pahor rememora la Gripe Española desde su cuarentena por Covid-19

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Pacientes de la Gripe Española de 1918 en el hospital estadounidense de Fort Riley (FOTO Historia. National Geographic)

Confinado en la localidad de Trieste por causa del brote de coronavirus que se ha ensañado especialmente con el norte de Italia, el escritor esloveno Boris Pahor ha querido recordar la conocida como Gripe Española, que provocó varios millones de muertos al culminar la Primera Guerra Mundial.

A punto de cumplir los 107 años, completamente ciego, pero al tanto de todo lo que sucede más allá de su casa frente al mar Adriático, este testigo de dos grandes guerras, de regímenes totalitarios, de campos de concentración y hasta de la tuberculosis, trazó un breve paralelo entre la actual crisis epidemiológica y aquella otra pandemia que marcó su infancia.

“Trieste era entonces parte del Imperio Austrohúngaro –relata–. Antes de la guerra, mi padre vendía mantequilla, miel y queso blanco en el mercado de Ponterosso, en un puesto rodante que estaba expuesto a todos los vientos. Pero cuando se produjo la epidemia, él no estaba en casa, el ejército austriaco lo había movilizado como fotógrafo de guerra.”

“Yo apenas tenía cinco años en ese momento –prosigue–, pero esa epidemia fue un desastre porque estábamos solos, mi madre, mis dos hermanas pequeñas y yo. Mimitza tenía tres años, Evelyna, dos. Todos contagiados, con cuarenta de fiebre, sudando a mares. Era imposible salir de la cama, ser socorrido.”

Según le contó el autor de la novela Necrópolis (1966) a la escritora francesa Anne-Marie Mansuy para el diario Causeur, la familia vivía “en una especie de cueva”, en un subsuelo que su padre había adaptado colocando un alambre sobre el cual su madre fijó una tela que separaba la cocina del área que fungía como habitación. Afuera había algo de hierba, varios árboles. “Ahí jugaba con mi hermana Mimitza”, evoca.

Boris Pahor

“Mi abuelo, el padre de mi padre, no podía venir a ayudarnos –continúa–, pues tenía que ocuparse de mi abuela y de mi primo Cyril, quien se suicidó unos años más tarde. Ellos vivían en un ático cerca del Gran Canal, esa lengua de mar que penetra en el corazón de la ciudad triestina, donde amarran los viejos barcos de fondo plano que tienen que esperar a que llegue la primavera, cuando baja la marea y deja un espacio más ancho por debajo del Ponte Rosso. Cerca de ahí, las eslovenas bajaban desde la meseta kárstica para vender sus productos en el mercado. Una de ellas vino a ayudarnos. ¿Quién la alertó? No lo sé, mi abuelo probablemente, que no podía moverse de su lugar. Recuerdo que hizo té para nosotros. Lo recuerdo bien, porque todos nos moríamos de sed por culpa de la fiebre. Al final nos curamos. Excepto mi hermanita Mimitza, que estaba delicada como les pasa a quienes mueren hoy de Covid-19, los ancianos, los enfermos.”

“No sobrevivió –lamenta Pahor–, pero creo que hoy la habríamos salvado. Recuerdo el dolor de mi padre, recuerdo que todos los días ponía flores en su tumba.”

“Para nosotros no hubo respiro –prosigue–. Poco después vino otra catástrofe: el incendio de la casa de cultura eslovena por parte de los Camisas Negras y el comienzo del fascismo con la prohibición de hablar nuestro idioma y la obligación de italianizar nuestros apellidos. «¡Los eslovenos son piojos que hay que aplastar!», escribió el hermano de Mussolini en el periódico Populi Roma.”

“Aquello ocurrió en 1920, hace ya cien años. Otra contaminación, una plaga oscura comenzaba a invadir Europa. ¿Y cuántos no habría después, miles y miles de piojos que tratamos de aplastar?”, se pregunta este escritor nacido en agosto de 1913.

“Espero que la enfermedad de hoy sea diferente y que la epidemia se detenga rápidamente. ¿Ya no ha sufrido la gente lo suficiente? Espero sinceramente que todos estos sufrimientos algún día nos traigan sabiduría…”, concluye.

En 2010, a raíz de la publicación en castellano de Necrópolis (Anagrama), el escritor visitó Barcelona, donde, una vez más, regresó a sus imágenes de los campos de trabajo y de exterminio: “Siempre veíamos el humo del horno crematorio y notábamos el olor a carne quemada”, relató para el diario ABC sobre sus días en el campo de Natzweiller-Struthof, enclavado sobre la Cordillera de los Vosgos, en Alsacia, a donde fue enviado tras su arresto en las calles de Trieste.

Sobre su paso por este y los campos de Dachau, Dora, Bergen Belsen y Buchenwald, el escritor le dijo ese mismo año al diario español El País: “Vivías rodeado de moribundos que morían muy despacio, por falta de vitaminas, grasas y minerales. Era duro, pero tuve más suerte que Shlomo Venezia, que sacaba a la gente de la cámara de gas, eso era terrible.”

Junto a Primo Lévy e Imre Kerstész, Pahor es considerado uno de los grandes retratistas de la Shoah y de los sistemas totalitarios.

Claudio Magris, uno de los comentaristas de la obra de este autor esloveno, ha encontrado en Necrópolis “un poderoso aliento humano [que] coexiste con una precisión aguda y fría”.


* Una versión de este texto fue publicada en Yahoo Noticias.

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