Arte callejero en una calle de Santiago de Chile (FOTO BBC)
Arte callejero en una calle de Santiago de Chile (FOTO BBC)

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El día después.

Lunes 5 de septiembre. Plaza Italia o Plaza Baquedano o Plaza Dignidad o Dignidad a secas. En lo que fue alguna vez el monumento al general Manuel Baquedano hay un grupo de estudiantes de teatro. Llevan carteles. “La lucha sigue”, dice uno. Los autos pasan a su lado. Desde la explanada, la gente los mira. Alguien grita en apoyo. El grupo entonces cruza y se instala en medio de la calle y detiene el tráfico que viene del poniente. Por unos segundos no pasa nada. Abajo del monumento queda una muchacha sentada. El lugar está rayado completamente. Acumula capas de grafitis, stickers, pintura blanca, gris, pegamento.

La escultura de Virgilio Arias del general Baquedano y su caballo Diamante ya no está. Se la llevaron a comienzos de marzo del 2021. Vinieron de noche, con una grúa, en un operativo que podía lucir ridículo pero que buscaba sostener una suerte de pompa perdida. El Ejército y el Gobierno de Piñera estaban preocupados por el daño que los manifestantes le habían perpetrado al monumento, que estaba siendo objeto de un debate tan patrimonial como histérico. Para muchos, el general era otro nombre de los libros de historia rodeado de la heráldica de viejas guerras. Otro signo que parecía vacío. Las autoridades del Gobierno de Piñera ya estaban en alerta. Algunos manifestantes habían tratado de derribar la obra con cuerdas y herramientas mecánicas. También le habían prendido fuego. En la gigantesca concentración feminista del 8 de marzo de ese mismo año, las mujeres que estaban ahí tuvieron que echarlos.

Todo sucedió en pandemia, en la frágil vida cívica que dejó la peste. El plinto quedó vacío y unos meses después se llevaron también los restos del Soldado Desconocido, otros huesos que reposaban ahí sin que nadie se acordara de ellos, pisados una y otra vez por las masas. Una banda militar acompañó la exhumación.

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El monumento a Baquedano era una señal. Anoto lo anterior porque quizás estemos ante una batalla de símbolos, como si lo que pasó con el proyecto rechazado de una nueva Constitución fuese una pelea por el imaginario chileno; una disputa acerca de la pertenencia de los signos que atesorábamos, los que creíamos obsoletos o vaciados, pero sobre los que terminamos descubriendo que seguían ahí, que eran cualquier cosa menos fantasmas.

La nueva Constitución era eso o quería ser eso. Aspiraba a ser una novela expandida cuya primera versión comenzó a ser redactada en los muros del estallido, que construyeron una colección flamante de referentes y símbolos nacionales. En esa lista, al pañuelo rojo del perrito Matapacos se le unieron Gabriela Mistral, Allende, Pedro Lemebel, Mon Laferte y versiones kawai de los encapuchados y encapuchadas; personajes de animé con los puños levantados (“Akira viene”, decía un sticker); una colección de imágenes desplegada en los carteles serigrafiados hechos en talleres artesanales y los consignas revolucionarias hechas con un lettering perfecto; en los rostros de los heridos como Gustavo Gatica y Fabiola Campillai, ambos víctimas de la violencia policial; de los retratos de los muertos, de Camilo Catrillanca, de Macarena Valdés, de Cristián Valdebenito, pintados muchas veces como animitas fugaces en los muros de la esquina de Irene Morales con la Alameda y que cuidan deudos, amigos y viejos camaradas de armas. En esa iconografía también cabían personajes como Giovanna Grandón, la Tía Pikachu; Cristóbal Andrade, el Dinosaurio Azul; y el artista ecuatoriano Renato Avilés, conocido como el Sensual Spiderman. La celebridad mediática de la plaza resultó tal que los dos primeros fueron elegidos constituyentes y el tercero terminó contratado para la fracasada versión chilena de “Bailando por un sueño”.

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La nueva Constitución o la idea de la nueva Constitución quiso darle sentido a ese mundo y a los referentes que lo componían. Vio ahí la paleta de colores de un nuevo país que estaba siendo creado en tiempo presente y que se resistía a ser borrado de los muros, mientras se reinventaba una y otra vez. Así, a canciones como “El derecho de vivir en paz”, de Víctor Jara, y “El baile de los que sobran”, de Jorge González, se sumó “Un violador en tu camino” del colectivo Lastesis. De este modo, al Himno Nacional se le podían unir otros, que existían a la vez, puras voces construyendo el coro de la nueva historia de Chile.

Y al fondo la bandera chilena, que en ocasiones se volvió negra, estuvo invertida o reemplazó su estrella blanca de cinco puntas por la guñelve mapuche, que tiene ocho. Se trataba de un signo doloroso, marcado, trágico, al punto de que al verlo era imposible no recordar ese viejo poema donde Elvira Hernández se preguntaba qué significaba realmente el pabellón patrio, qué sentido tenían los signos de la identidad nacional en relación con la violencia militar, cómo cambiaban para volverse monstruosos y violentos. Hernández había publicado una primera versión de mimeografiada de “La bandera de Chile” en 1981, y ahora sus dudas volvían como un recordatorio de aquella tensión y la violencia que engendraba; y del modo en que los signos que definen a un país pueden ser la vez anhelos y pesadillas. Decía uno de sus fragmentos:

A veces se disfarsa la Bandera de Chile
un capuchón negro le enlutece el rostro
parece un verdugo de sus propios colores
nadie la identifica en el charco donde vive
si la han visto no la acuerdan
ni siquiera como el paletó a toda asta de Vallejo.

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Aquel despliegue alcanzó a la Convención Constitucional, que tuvo que sostener y asumir el peso de otro cuerpo: el de un trabajador aéreo llamado Rodrigo Rojas Vade. Rojas se hizo conocido en las manifestaciones de la Plaza Baquedano al exhibir su rostro y su torso, convirtiendo a su cuerpo enfermo atravesado por catéteres y heridas en una denuncia acerca del fracaso del sistema de salud y la inequidad chilena. Fue elegido convencional por la Lista del Pueblo y ejerció por dos meses, hasta que se reveló que su cáncer era en realidad sífilis y que todo constituía una mentira muy bien tramada.

Rojas explotaba un aura angélica que incluso lo llevó a jurar descalzo en la ceremonia de inauguración pues tenía los pies mojados luego defender a algunos manifestantes de la represión policial. Ese día algunos vimos en su gesto una promesa o un apunte sobre el futuro, pero ese cuerpo terminó convertido en un signo contrario, que nos obligaba a pensar que lo que había pasado en la plaza Baquedano también podía ser entendido como una puesta en escena; como si parte de la rebelión se hubiese transformado en un reality show, obligándonos –aunque no lo quisiéramos– a leer así el debate constitucional. Al final, el caso escaló a niveles delirantes; antes de ser desvinculado completamente del organismo, Rojas Vade anunció que iba a volver. “Tengo un compromiso con mis electores”, dijo.

Eso sucedió mientras la composición de la Convención volvía locos a los puristas y fetichistas de la patria. Ahí, los constituyentes de los pueblos originarios se presentaron como los representantes de varias naciones silenciadas y olvidadas, de las otras lenguas que estaban detrás la lengua chilena. La derecha, disminuida y en un afán de boicot permanente, no pudo soportarlo. El Chile que estaba ahí era el que no querían ver.

El debate constituyente era doble. Existió como una discusión técnica pero también como un espectáculo. Para quienes lo seguimos, era doloroso ver cómo un murmullo insostenible devoraba a veces la discusión. El proceso fue muchas veces secuestrado por un show innecesario. Los acuerdos políticos parecían a ratos ajustes de cuentas; los llamados al diálogo se convertían en monólogos; las apariciones en prensa, muchas veces bravuconadas idiotas. De este modo, el ruido subió hasta volver inaudible las voces del coro. Las virtudes del texto (la consagración de derechos sociales, la paridad a toda escala, la toma de conciencia de la condición plurinacional del país, entre muchas) quedaron sepultadas por un griterío que le quitaba piso a las ideas y por la incapacidad de la misma Convención de ordenarse. La campaña declarada de los enemigos del proceso (la derecha, las facciones de la Democracia Cristiana que parecieron caer en la irrelevancia, la izquierda más radical que vio en la Convención una señal de claudicación a lo que había significado el estallido) fue eficaz y acumuló fuerza en varios frentes.

Los símbolos seguían en conflicto. La Convención trabajó con ellos y los multiplicó. Todo se convirtió en una colección de imágenes que se oponían pero que existían en un mismo tiempo y lugar. La redacción del texto constitucional estuvo acompañada de ceremonias ancestrales. Las imágenes de los pasillos llenos de las banderas de comunidades, regiones y pueblos indígenas se yuxtapusieron a la de Grandón y Andrade, quienes se fotografiaban en el salón del pleno caracterizados como sus personajes. El peso simbólico de las visitas a ruinas inmemoriales, de los ritos de sanación y encuentro colectivo que a veces sucedían en el patio, debían ser leídos en el contrapunto con lo que hacía, por ejemplo, el constituyente Nicolás Núñez, que sacó una guitarra y le cantó a sus compañeros, y meses después votó de modo telemático desde la ducha.

A comienzos de julio pasado, el nuevo texto había dejado de ser una abstracción. Los ciudadanos salían a buscarlo para encontrarse, a descubrir las señales de lo perdido o lo prometido, a leer ese libro que podía explicar sus vidas: el boceto y la posterior versión armonizada ya habían entrado al ranking de los libros más vendidos y poblaban las cunetas con sus versiones piratas.

La derecha presentó a la bandera chilena como otra víctima, desecrada y profanada por la Convención, sometida a la violencia de quienes querían fundar una nueva patria a partir de su olvido. Esa bandera estaba al centro de las fake news que circularon desde el primer día. Esas noticias truchas redactaron una Constitución paralela, hecha de fragmentos intervenidos contaminados por la mala fe y la necesidad de desinformar a los ciudadanos. Su mensaje era claro y a la vez falaz: la nueva Constitución no solo no solucionaba los problemas de la antigua sino que además ofrecía nuevas desigualdades. Con ella, los que ya tenían poco no iban a quedarse con nada, perderían sus ahorros, sus viviendas, su salud, su educación, su libertad, todo.

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La campaña del plebiscito de salida hundió toda posibilidad seria de debate o de encuentro. El Rechazo multiplicó el ruido en las redes sociales hasta lo inaudible llenando de noticias falsas, de rumores, de ideas confusas, de amenazas veladas. Los agitadores y bots de la ultraderecha que había llevado a José Antonio Kast como candidato en diciembre del 2021 estallaron preocupados por el apocalipsis de la patria, por el fin de un Chile que leían como idealizado en una ideología que tenía no poco de la estridencia de un pinochetismo remozado, orgulloso de defender esas mismas tradiciones que los constituyentes y el Gobierno querían desaparecer para refundar el país: la bandera, el himno, los escudos, el mapa, el idioma, la chilenidad al palo. Que Andrés Tagle, presidente del Servicio Electoral, tuviese una reunión con Francisco Pancho Malo Muñoz (barrabrava colocolino, pinochetista, preso por homicidio el año 2000), terminó de legitimar y autorizar la violencia de ese discurso.

La derecha clásica se replegó. Guardó sus rostros en las sombras y dejó que cierta centroizquierda tomara el protagonismo de la ofensiva contra la nueva Constitución. Llegaron ahí los heridos de la Democracia Cristiana despreciados por el gobierno de Boric, los miembros de las viejas élites de los que nadie se acordaba, tránsfugas de distintas calañas y pelajes, varios descolgados y algunos intelectuales pasmados y ofendidos moral y estéticamente por ese nuevo país prometido. Sí, lo anterior lucía patético, pero al final fue eficaz. La televisión les abrió a todos las puertas con una felicidad inusitada para que dijesen o inventaran lo que quisiesen mientras sus lamentos se desplegaban en una hemorragia de cartas y manifiestos.

Todo se tradujo en la campaña feroz y rancia, una batalla de símbolos extraña que produjo un desequilibrio que nadie pudo prever. Así, mientras el Apruebo armaba piezas que parecían hechas para confirmar a los convencidos antes que acercarse a los indecisos, el Rechazo tomó el diseño de las viejas propagandas televisivas de la Concertación y lo repitió hasta la náusea. Ahí volvieron los cuerpos como símbolos, existiendo en un espacio intermedio entre la ficción y la realidad.

De este modo, si en un segmento veíamos a varios chilenos en la ducha, metidos en sus cavilaciones diarias, en otro un muchacho trans que se había prostituido testimoniaba la violencia que había recibido por un cliente. Entre ambos era posible reconocer cierto gesto autoral más bien bizarro. Las imágenes de la ducha eran tristes y terribles, transcurrían en una penumbra hecha de angustia; lo mismo que la historia del chico homosexual, que estaba contada como una pequeña película que no despreciaba la ficción pues parte importante de los hechos de su vida habían sido adaptados y reescritos para la campaña.

Otra pieza jugaba a la emoción vintage, a saquear con alevosía la épica del pasado. Se trataba de un segmento que clonaba una imagen clásica de la campaña televisiva del No en el plebiscito de 1988. En ella una multitud atravesaba un puente, que representaba la democracia ad portas y el fin del gobierno de Pinochet; en suma, el futuro. Ese mismo puente era cruzado ahora por los rostros emblemáticos del Rechazo. Ver el segmento resultaba obsceno y patético. En él se presentaba a la lucha contra la dictadura como algo similar al proceso democrático que llevó a la Convención Constitucional. Parodia deforme de las ideologías, se trataba del uso y abuso del relato de la historia de Chile, amañada con una épica que era otra farsa ideológica.

La publicidad terminó por roer simbólicamente el debate. En esa lectura, que era también una falacia ad hominem, solo importaban los autores, jamás la obra. Lo que pudiera decir el texto daba lo mismo pues la propaganda sostenía que quienes lo habían escrito lo habían hecho desde el odio, jamás desde el amor; y era al final el amor lo que iba a salvar a Chile.

Una semana antes del plebiscito todo terminó de pudrirse: los símbolos estallaron hasta desfigurarse y volverse irreconocibles. Primero, en la tarde del sábado 27 de agosto vino la actuación de Las Indetectables, banda travesti y de disidentes sexuales cuyo trabajo siempre existió en las zonas del activismo más radical. El evento había sido convocado por el alcalde Jorge Sharp y varios constituyentes de izquierda alejados de la esfera del Gobierno y críticos a Boric y a su mundo. En este punto nadie supo qué pasó o qué iba a pasar. Las Indetectables terminaron su show sacando una bandera del ano de una de sus integrantes. La performance fue transmitida por el sitio lavozdelosquesobran.cl y la bandera sucia, exhibida y ondeada en el escenario mientras leían un manifiesto con ecos claramente lemebelianos. “Apruébamelo”, leyeron o declamaron y todo fue registrado en vivo para luego ser celebrado por la animadora –Alejandra Valle, periodista y concejala de Ñuñoa– que le gritaba al público: “se volvieron locos los bots del Rechazo, mandémosle un saludo por el show de Las Indetectables”.

“Les cuesta entender cualquier cosa que no sea literal. Es difícil para ellos lo metafórico”, dijo Valle también sobre el escenario ese día, aunque la metáfora era en realidad transparente, clarísima. Vinieron el repudio, las disculpas, las cancelaciones y las condenas por todos lados (el Gobierno, la Defensoría de la Niñez, las hordas de Twitter). Por ahí apareció un productor asumiendo su responsabilidad de modo impresentable. El daño ya estaba hecho. De nuevo, la bandera. De nuevo, los símbolos apilados como un relato que se reescribía desde los bordes, tan quebrado como perdido, a la deriva en la misma campaña y transformado en el shock predecible de una vanguardia agotada, viejísima. De nuevo, la Constitución como una suerte de fuerza de gravedad que atraía a los cuerpos y los signos, hilándolos en un mismo relato, vuelto ahora una parodia tristísima, una transgresión tardía.

En cualquier caso, Las Indetectables se aprovecharon de algo que estaba en el aire: la electricidad de la semana final de la campaña era una batalla semiótica. Ese fin de semana, el Rechazo sacó a la calle a una multitud de huasos a caballo por todo Chile. Acción y reacción, supongo. El viejo país rural que parecía haberse difuminado volvía ahora en gloria y majestad en caravanas llenas de banderas orgullosas que se proponían como una alternativa a la plurinacionalidad, a la crisis del Wallmapu, a la destrucción de los símbolos sagrados de la patria. Esas imágenes llenaron las redes sociales y a algunos nos dio escalofríos porque recordamos las puestas en escena de la dictadura, esa idea de lo nacional resumido como puro folklore del latifundio, de la cueca como el baile preferido de los milicos y los patrones. El domingo después del show de Las Indetectables en Valparaíso, los huasos del Rechazo se desplegaron por Santiago al mediodía y atacaron a una caravana de ciclistas del Apruebo en la Alameda. Ahí, lanzaron sus carretones sobre los ciudadanos en bicicleta, les pegaron rebencazos a los manifestantes, como si estuvieran felices de recuperar para sí la calle, el país y el imaginario, aunque nadie nunca se los hubiese quitado.

Las imágenes de esas persecuciones son violentas e inverosímiles. En ellas un carretón atropella a unos ciclistas, y varios hombres con sombreros de chupalla atacan con sus fustas a los manifestantes, mientras todo se vuelve una batalla campal. Esa batalla existe como reverso del show de Valparaíso; conviven en el mismo límite donde la nueva Constitución terminó siendo una zona de disputa de símbolos tan encarnados como roídos, hechos de significados deformados, al borde de la caricatura o el vacío.

Lo que vino después aumentó la confusión. Primero, fue la ilusión del triunfo del Apruebo luego de un acto que convocó a varios cientos de miles personas en la Alameda y un cierre del Rechazo donde lo más fulgurante fue un doble de Juan Gabriel. Entremedio, Las Indetectables reclamaron que aún no les pagaban los 30 mil pesos adeudados por el show.

Luego: la paliza; el triunfo del Rechazo sobre el Apruebo, ese 61,86% contra un 38,14%; las recriminaciones, los mea culpa, todas las declaraciones de varios constituyentes de que decían que se retiraban, que volvían a los cuarteles de invierno, que era culpa de la gente, que los chilenos eran unos desagradecidos.

Luego: el cambio de gabinete, el olvido paulatino de los acuerdos firmados, el peso de la noche.

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Paso por la plaza Baquedano y miro el lugar donde estaban el general y su caballo. Leo que su destino final es el Museo Histórico y Militar. En los meses que siguieron a octubre de 2019 el monumento se transformó en una suerte de territorio recuperado, un espacio de pertenencia que unía la esperanza y la violencia, la ira y el encuentro. La galería Cima lo transmitió todo con su cámara fija que miraba desde arriba. Los que fueron a las concentraciones vieron mil versiones del caballo y jinete; vieron cómo Baquedano y Diamante fueron pintados de blanco, de negro, de rojo, le colgaron ojos y joyas y más ojos, las barras bravas de la Universidad de Chile y Colo Colo levantaron sus banderas ahí; alguien le puso una oveja encima. Los que se subieron al caballo hicieron selfies, lives de Instagram. Yo mismo vi a una pareja coquetear o tener una cita sobre el lomo de metal. Más abajo y más allá, en ese horizonte lleno de crepúsculos rojos estaban las multitudes, la Primera Línea como un muro que detenía a la policía, los incendios y la destrucción, las lacrimógenas y los perdigones disparados directo al cuerpo de los ciudadanos. Mientras, al caballo le colgaron más ojos gigantes de papel maché, más banderas, pañuelos y todos los rayos lásers del mundo le apuntaron para darle una luz nueva mientras desde ahí los manifestantes disparaban bengalas y fuegos artificiales; algo que los drones que cubrían desde el cielo a las multitudes de la plaza registraron en mil imágenes y versiones distintas.

Iluminado por el fuego de las barricadas y las balizas de los carros policiales, el caballo elevado sobre la marea humana era un vórtice de la historia de Chile, una imagen que recordaba a la vez la Libertad de Delacroix y la balsa de la Medusa de Géricault.

Pienso en esos signos contradictorios, en ese alfabeto chileno. En las letras que se inventaron y en las que se olvidaron. En la bandera. Esos símbolos no eran abstractos. Por el contrario, remitían al cuerpo, a los cuerpos reales de los chilenos. Al centro de todo estaban los ojos, esos miles de ojos dibujados o marcados en los muros, modelados en papel maché, dibujados en los puentes o en el suelo; ojos que nos llevaban de vuelta a la mirada rota de quienes habían sido atacados por la policía, a esos varios centenares de ciudadanos que sufrieron trauma ocular por los perdigones disparados a quemarropa en los primeros meses del estallido. En esas representaciones, los globos oculares vacíos retornaban como arte mientras brillaban desde las paredes, pintados o puestos en autoadhesivos, colocados de mil formas sobre la ciudad, intervenidos una y otra vez como catarsis, acaso recuerdos que permitían procesar el trauma, modos de fijar la memoria y compartirla.

Esos ojos venían a reemplazar los que se habían perdido en los rostros.

Eran otras estrellas; terribles, muchas veces insoportables.


* Este texto se publicó originalmente en Revista Anfibia.

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Álvaro Bisama (1975). Escritor y doctor en Literatura. Ha publicado las novelas Caja negra, Músicamarciana, Estrellas muertas, Ruido y Taxidermia, además de los volúmenes de ensayo Cien libros chilenos y Televisión; y los libros de cuentos Death Metal, Los muertos y Cuando éramos hombres lobo. Ha ganado el Premio Municipal de Literatura, el Premio Academia y el Premio a Mejor Obra Literaria en Género Novela. Es director de la Escuela de Literatura Creativa de la Universidad Diego Portales.

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