Par de pistolas italianas del siglo XIX (FOTO Pinterest)

Tal vez porque en el duelo se ejercita visiblemente el argumento dramático, la literatura ha dado más de una obra maestra del tema. Con el duelo queda expuesta la confrontación y sus autores pueden examinar la esencia de la ficción, hacer una crítica de la jerarquía indiscriminada de la trama o entregarse al motivo y perfeccionarlo. Desde distintos géneros, la posibilidad ha atraído a Maupassant, Emily Dickinson, Casanova, Thomas Hardy, Heinrich von Kleist, Chéjov, Conrad, O. Henry, Borges, Nabokov. Aunque con desarrollos opuestos, varias de estas piezas comparten el mismo título: El duelo.

En los últimos meses de 1891, Chéjov estuvo publicando su aporte por capítulos en un periódico de San Petersburgo. Por más de la mitad de la novela corta, el duelo es un enigma y al final ocurre –en Chéjov todo lo que va a pasar, a su manera, pasa–, a pistola, en un amanecer boreal, con una habilidad magistral para capturar el instante de los disparos. Se trata de un enfrentamiento motivado por el odio, por el trágico placer de eliminar, disfrazado de un código de honor, a un tipo al que otro no soporta; es una lucha que en lugar de surgir de una ofensa amorosa resuelve una relación en crisis. El duelo de Chéjov está ornamentado con referencias explícitas a Tolstói, Turguénev, Lérmontov, Pushkin, Goncharov, como si los personajes de esa vida real que les dispone el autor estuvieran obligados a vivir bajo las normas de la literatura nacional, como si la literatura nacional fuera el duelo.

En contraste con el único y postergado combate ruso, el de Conrad es una sinfonía. También por entregas, en una revista inglesa a principios de 1908, El duelo se construye desde el exceso de combates, desde la reverberación de reprises donde una herida viene a sustituir a otra sin imponer un final porque los cuerpos siguen sobreviviendo. Los adversarios son dos tenientes de húsares del ejército de Napoleón que se baten por años a espada, a pistola, a sable. Como se trata de oficiales que pueden ascender de rango y volverse inalcanzables, es también el relato de una persecución de jerarquías para reactivar el duelo. El origen de esta historia perfecta se fija en un párrafo de diez líneas que encontró su autor en un periódico de un pueblo perdido de Francia. Las causas que habían motivado el enfrentamiento no se revelaban en el informe; ese desconocimiento, que impulsó la escritura de Conrad, se vuelve combustible de la trama.

La biblioteca cubana tiene algo más que decir sobre los duelos pues conserva un libro de páginas flameadas por los años sobre tales enfrentamientos. Los duelos en Cuba, de Agustín Cervantes, publicado en la imprenta La Moderna en 1894, es un inventario de las actas de desafío que aparecieron en los periódicos (como la que se cruzó Conrad), otras que fueron conservadas por duelistas y sus familiares vueltas reliquias de honor o, según palabras del autor, por la tradición.

“La más hermosa de las aspiraciones de venganza”, llamó al duelo de esgrima en 1891 el cronista venezolano Miguel Eduardo Pardo. “A un hombre que ofenda y no se bata, se le puede declarar, por medio de un acta que firmen los padrinos del ofendido, fuera de las leyes del honor”. Los énfasis pertenecen enteramente al amante de los duelos, quien no creía en la existencia de las estocadas secretas, proliferantes en las ansias de ficción, porque considerar una estocada oculta en la gramática de la esgrima sería algo cercano a la traición, a un golpe privado fuera del ejercicio abierto. Lo que a los no entendidos parece una estocada no es más que la emancipación de las espadas: “para cada ataque hay una riposta, y para esta, otra”. Hay un momento en que las armas luchan solas. A diferencia de la espada, el duelo a sable aportaba tres zonas peligrosas: filo, contrafilo y punta. Después de un asalto, los adversarios terminaban extenuados por el peso del arma y la reprise se cumplía entre sudores. Las cicatrices de sable, que podían llegar hasta el hueso, quedaban de por vida. En Cuba tenían la singularidad de que, además de usar las tres partes, se amolaban en piedra y no se usaban con el filo original, como era costumbre en el extranjero.

Al recorrer Los duelos en Cuba es evidente que nadie estaba exento de una ofensa de obra o de palabra (los dos motivos principales) que lo destinara a un combate. Ninguno quedaba fuera de las leyes del honor o la estupidez: los que una tarde son testigos aparecen más abajo, en la misma página, registrados como adversarios. Por “ofensa de obra” podrían suponerse traiciones románticas o deudas incumplidas, para aumentar los personajes secundarios y atizar el conflicto. Por “ofensa de palabra” que lleve a duelo, descartando los ataques políticos en la prensa, que eran los más comunes y en esos casos quedan expuestos en detalle, supongo la ofensa evocadora de una madre colonial. Los más abiertos a la especulación registran “motivos reservados”. Entre esos fragmentos se proyecta la batalla de una infinidad de libros no escritos.

En 1857, por ofensa de obra, se citan en un duelo con sable José de Armas y Agustín Domínguez, y luego de tres reprises el ofendido Domínguez sale con una herida en el pecho. Aun buscando reparación, renovado el deseo de venganza por haberse humillado más al quedar perdedor, ataca a su adversario cuando ya el otro está desarmado y lo hiere en el hombro y en la mano izquierda; al ser detenido intenta suicidarse en el acto, suicidio con sable. El de Machín y Sáez en 1864 es la traducción de un haiku: los motivos son reservados, se ignoran los testigos, el arma es sable y como registro del combate sólo queda una línea de fuga donde se lee que Sáez perdió la mano derecha, una mano cortada limpiamente que en el aire todavía empuñaba un sable pesado, un puño perdido en una isla. Ese mismo año deja una muestra de la mala suerte con que suele acompañarse la soberbia. Por ofensa de palabra de Mallén a Sales se van a duelo de pistola, tres tiros a veinticinco pasos, “avanzando y disparando a discreción hasta la distancia de diez pasos”. Sales, quien había pronunciado la ofensa, tal vez buscando fijar un asalto más temible, por desafiar a los testigos o intimidar al adversario, camina sus diez pasos sin disparar una sola vez. Cuando se detiene y se ajusta de perfil para volverse un blanco más fácil de errar, el otro le dispara, le atraviesa el brazo derecho y lo mata. De haber querido dar su propia muestra de soberbia, Mallén podía haber soplado el cañón humeante y dado la espalda al muerto. Otro que se aproxima a la ruleta rusa: año 1875, tras ofensa de obra inferida por José de la Cruz Castellano a Diego Mendo Figueroa fijan duelo de pistola a sólo dieciocho pasos, con tres disparos y treinta segundos para apuntar cada uno; el tercer disparo se instala entre ceja y ceja de quien obrara mal. En 1880 Gerónimo Lozano ofende de palabra a Federico Caine y se citan con pistolas, a veinte pasos y todos los disparos necesarios. Pero las pistolas no están en buen estado. Es de noche. A esa hora no se ve nada ni pueden sustituirse las armas. Los padrinos se palpan buscando qué otra cosa pueden juntar y deciden pasar el duelo a revólver. Cinco tiros por duelista. Ninguno acierta. Suenan diez disparos en lo oscuro y cada bando se va por su lado sin estar muy seguros del camino que los devuelve a la ciudad. Un año después, un profesor de armas ofende de palabra a un teniente de infantería y ocasiona un duelo a veinticinco pasos y dos tiros de pistola. En el primer disparo, el ofendido le da una necesaria lección de puntería al profesor al ponerle la bala en un dedo de la mano derecha. En 1883, en el teatro Payret, con una multitud reunida en los alrededores que tiene que controlar la policía, Ángel Soler y José Palacios cumplen un combate a sable con punta, por ofensa de palabra y de obra de Soler ante un artículo publicado por Palacios en el periódico El Rayo. En la segunda reprise, Soler le marca una herida en el cuello y Palacios muere al instante. Fermín Valdés Domínguez (que tuvo más que el leopardo) tiene un duelo con pistola en 1889 a causa de un artículo ofensivo publicado por Andrés de la Cruz, dos tiros a quince pasos según la voz de mando, del que ambos salen vivos pues tras el primer disparo los padrinos acuerdan que el honor está repuesto. En 1893, tras una ofensa de obra provocada por una discusión, terminan en duelo de pistola a veinticinco pasos y tres disparos, Aurelio Olazábal y Ramón Hernández, en una finca de Arrollo Arenas a las cinco de la tarde. El segundo disparo entra por la mejilla de Hernández, el ofendido, “produciendo pérdida de los molares del maxilar inferior, con destrucción de sus arbiolas (?) y alojándose el proyectil detrás de la carótida interna”. En la mañana del 4 de mayo de 1893, se da por terminado el duelo a espada por ofensas mutuas de palabra entre Carlos Díaz Peñalver y Gustavo Sotolongo, quienes estuvieron luchando en la calzada de Vento por cuarenta y cinco minutos en once reprises hasta quedar agotados sin que ninguno marcara una herida en el otro.

En su mayoría, los personajes del libro de los duelos van al combate una sola vez, a veces fatalmente. Los más beligerantes o más aburridos repiten dos y hasta tres encuentros. El caso de Francisco Varona Murias, que entre 1884 y 1889 participa en nueve duelos comenzados a sable y terminados con pistola, es inolvidable. Varona Murias fue periodista, aunque no siempre sus enfrentamientos fueron por opiniones; por su aval de duelista y hombre de letras llegó a ser apodado el Rochefort cubano. En sus inicios no le va bien con el sable. En el 84 es herido dos veces en la mano derecha: la primera, por ofensa de palabra donde logra con dignidad llegar intacto a la segunda reprise en un enfrentamiento de sable sin punta; luego cae en un segundo duelo por ofensa de palabra, esta vez proferida por él, que lo lleva al primer combate de sable con punta y en la primera reprise se busca otra herida en la misma mano del duelo anterior. Dos años después por un artículo que publica en La República vuelve al sable sin punta y ahora, mejor espadachín, llega a las cuatro reprises, pero ambos adversarios terminan heridos; Varona Murias, otra vez en el antebrazo derecho. Estos tres cortes más una discusión con alguien de confianza que debió haberle augurado que un día iba a perder la mano (¡la misma con que escribes!, sabría recalcarle), supuso que se pasara a la protección distante y divina del duelo a pistola, y al año siguiente, por otro artículo, sale ileso de un encuentro de cuatro disparos a veinticinco pasos. El 87 es un año en que Varona Murias no se toma la vida en serio o se vuelve adicto a la adrenalina. Contando el anterior a pistola, participa en un total de cuatro duelos en un solo año. A causa de otro artículo, esta vez una “publicación injuriosa” para él escrita por otro periodista, regresa al sable con punta y en la primera reprise, vengativo por tratarse de alguien del gremio, en una fracción de segundo le marca de un sablazo la sien izquierda. El derrotado, de apellido Montenegro, comenzaba, sin embargo, a volverse él mismo un adicto: se había estrenado en un duelo a pistola sin consecuencias el año anterior y luego de su marca en la sien participa ese mismo año en dos más, por ofensas de palabra en su contra. Todo parece indicar que tras el asalto Varona Murias se hace su amigo; es uno de sus testigos en el siguiente cruce de espadas, que se disuelve sin consecuencias, lo cual probablemente significa que los padrinos conversan y consiguen evitar el combate, y que tal vez Varona Murias no estaba allí por sus nuevos lazos de amistad sino para asegurar que hacía muy poco le había abierto la cabeza a Montenegro y que su representado no estaba todavía en condiciones de batirse. Al poco tiempo alguien lo insulta y terminan en duelo, pero esta vez se ha recuperado, no convoca a Varona Murias, se entrega a cuatro reprises de sable sin punta y sale invicto al marcarle una herida a su adversario en la muñeca derecha; para que respete su cicatriz en la sien. Montenegro no vuelve a batirse por cinco años, pero en 1892 escribe un artículo que ofende a Lorenzo Oroza, quien lo reta a pistola, a sólo veinte pasos, sin límite de disparos y hasta que uno de los dos quede inutilizado. A la segunda descarga se anula el duelo. Ambos han apretado el gatillo apuntando a la frente de su adversario y, lo que es más terrible, han esperado inmóviles por el disparo enemigo y se dan cuenta del valor de la vida, reconocen lo que sería de ellos si siguen repitiendo ese momento indefinidamente hasta que uno de los dos caiga, lo que sería de la vida, incluso para el que triunfe, tras haber repetido esas esperas, y se retiran dejando cumplida la cuestión de honor (en esto recuerdan más a Chéjov). Montenegro no vuelve más al libro de los duelos. Varona Murias, por su parte, después de marcarle la sien y antes de servirle como testigo en su siguiente cita, ha acumulado él mismo ya dos duelos más: sable con punta donde abre una herida durante la primera reprise en la muñeca de quien le había causado una ofensa de obra, y pistola a cuatro disparos y a quince pasos contra el autor de un artículo injurioso publicado en su contra. El tercer disparo de Varona Murias impacta el costado derecho de su adversario y muere en el acto. Un año después, como no podía ser menos en un espacio que tiende a lo literario, sucede un encuentro extraordinario. Varona Murias se enfrenta al autor del libro. La causa no es ofensa de obra ni de palabra, es algo más sutil: una “provocación hecha por el señor Cervantes”, una provocación porque Varona Murias se está convirtiendo en el personaje protagónico de su libro que quería ser un registro de ambiciones estadísticas y pasión burocrática, sin héroes ni argumento, y Varona Murias se está robando toda la atención, no deja de salir al terreno, cambia de armas con facilidad, sólo el año pasado tuvo cuatro y en el último mató a un hombre de un disparo en el pecho. Cervantes quiere humillarlo y lo arrastra a sus orígenes, sable con punta, y para recordarle cómo entró en su libro a la segunda reprise le hace una herida en su accidentado brazo derecho. El último de sus duelos ocurre casi por inercia, por probar si aún siente algo: en el 89 publica una injuria contra Paulino Dihins que lo lleva a un enfrentamiento a pistola, de dos tiros a veinticinco pasos. No muere nadie y se despiden sin consecuencias.

En 1895, Varona Murias publica unas memorias que no podían llamarse de otra manera que Mis duelos. En ellas propone el combate no como un deporte de los más adiestrados, sino como un terreno donde debería jugarse la vida de cada uno, con todos y para el riesgo de todos. La educación de un profesional le parece una cobardía: “Vencer sin peligro no es vencer”. Y termina ridiculizando el código con un argumento semejante al que aviva la trama de El duelo de Conrad: “A cada momento se lee en los periódicos de mayor circulación la noticia de un encuentro personal; pero con la lectura de lo acaecido en el combate se nota la ridiculez del mismo. Casi siempre uno de los combatientes ha sido ligeramente rasguñado en el antebrazo, en una mano, en un dedo. Consúltese, en comprobación, las estadísticas de Francia. Unas gotas de sangre han calmado el furor de dos hombres que minutos antes no se conformaban sino con la muerte del adversario. Esto es soberanamente ridículo. Si ha existido una ofensa que exige la tremenda reparación de matar al injuriador, y para vindicar el agravio, se ha llegado al terreno, resulta cómico y acusa falta de bríos, o por lo menos debilidad manifiesta, el conformarse a la hora de la reparación de la injuria, con un arañazo que no exige, en puridad, ni siquiera un centímetro de tafetán inglés para su curación”. Nunca considera el duelo como una demostración de habilidad o de fuerza, no es para él un pulso ni el simulacro del destino, sino el destino mismo, acelerado. “Yo que tanto me he batido, no volveré a batirme”, concluye. Hay algo infantil o novelesco en su visión que me hace simpatizar con él: cuando niño yo estaba convencido de la idea, aún no puedo decidir si valiente o tremendamente cobarde, de que una riña debía terminar en muerte, si no qué sentido tendría una vida paranoica en la que en cualquier momento el adversario pudiera vengarse.

Hace unos años, en una visita a una pareja de amigos, la mujer me contó que le había regalado a su esposo una estrella. Esta última a continuación no es una historia de duelos, no hubo un gesto que terminara en ofensa de obra o de palabra, es un recuerdo sobre el infinito y ese sí está relacionado con nuestro libro. El regalo consistía en una certificación con coordenadas para localizar el cuerpo celeste que le pertenecía exclusivamente a esa persona. No habrá que imaginar unos millonarios en una terraza del Upper East Side; esta es una pareja pobre y enamorada, dos cualidades que han pulido por décadas, que guarda en un rincón de su casa una cartulina donde se certifica que a uno de ellos le pertenece un astro. Es un punto en el cielo que han visto juntos tal vez sólo una noche, la noche del regalo, y el resto del tiempo han mirado los números y el nombre en letras abigarradas como la certeza de que en algún lugar de la galaxia parpadea un punto de luz lejano y suyo. Una agencia gestiona las ventas y es bastante barato porque el número de estrellas, aunque no es infinito, es elevado y cualquier cosa fácil de conseguir no cuesta nada. Cada cliente tiene una coordenada esperándolo. La empresa será próspera: cuenta con una mina atomizada en la noche de los enamorados, lleva el registro de los puntos asignados y conserva el nombre del afortunado como quien ha rentado un dominio online. Para las historias de duelo, el volumen cubano funciona como esta agencia nocturna, con un inagotable inventario de argumentos.

Chéjov, Conrad, quienes busquen ponerse a prueba, aparecerán condensados en escenarios habaneros, lo cual hace del libro de fragmentos un manual indispensable para quien se proponga competir en el género. Basta con abrir sus páginas y escoger alguno que, trasplantado a otra región, cruzado por personajes secundarios y subtramas más o menos obsesivas para su autor, irá fijando los rasgos de un clásico. Quedan disponibles todavía una infinidad, como puntos de una constelación a la espera. Uno de los tantos que me gusta imaginar, por su brevedad y por la reconstrucción de sus evidencias, su camino sin salida que expone el hecho sin necesidad de un acta de desafío, ocurre en 1888. Por motivos privados, tras un duelo en el campo, sin testigos, a revólver, son encontrados en el terreno los cuerpos de los duelistas.

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