El último número de ‘Annales’ revisita la Edad Media y América Latina

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La prestigiosa revista francesa Annales. Histoire, Sciences Sociales ha lanzado a principios de este mes de junio la versión digital de su último número, que se corresponde con el primero de 2019, después de un retraso de más de un año y medio.

El comité editorial de la revista, en un anuncio colocado en su página web y titulado “Los Annales desconfinados”, explica que a un retraso de meses ha venido a sumarse el obstáculo que la actual pandemia de la Covid-19 supone para la edición y la impresión de los ejemplares. Sin embargo, informan de que próximamente este número que ahora aparece, el cual por el momento puede consultarse a través de diversas plataformas de difusión de contenidos académicos, será impreso y distribuido por correo postal a los suscriptores de la revista, y se espera que tanto los números pendientes de 2019 como los correspondientes a 2020 se publiquen antes de que termine el presente año.

Esta entrega abre con un dosier que gira en torno a los estudios lexicales del pensamiento económico, un campo de investigación fundado y desarrollado por el reconocido historiador italiano Giacomo Todeschini, catedrático de la Universidad de Trieste. El primer trabajo de este dosier lo firma el propio Todeschini, y constituye un brillante resumen de uno de los aspectos más significativos de la obra teórica de este autor, pues se ocupa de poner al descubierto las categorías de orden teológico tributarias de la cosmovisión medieval y que subyacen, en forma de imágenes semánticas, al pensamiento económico moderno. Una mirada que se opone a la noción académica convencional que estima que la constitución de la economía como objeto de estudio científico implica una ruptura radical con la episteme premoderna. El otro trabajo que integra este dosier, debido a Clément Lenoble y Valentina Toneatto, es una valoración general de la obra historiográfica de Todeschini, en la que los autores destacan la originalidad de su pensamiento y la repercusión intelectual que ha suscitado en las diversas disciplinas académicas de la historia, la sociología, la economía y la teología.

Otros dos textos ofrecen acercamientos de distinto signo a la historia de la Edad Media: un interesante trabajo de Mahmood Kooria sobre la fundación de las dos primeras facultades de derecho en el mundo islámico, las de La Meca y Bengala, y un agudo ensayo de Thomas Labbé, investigador del Instituto Leibniz de Leipzig, que explora los diversos valores que adquieren los acontecimientos de sufrimiento colectivo –lo que en algún momento del siglo XVI se comenzará a denominar “catástrofe”– en una historia de la sensibilidad occidental. Apoyado en documentos de los siglos XIV al XVI, que dan cuenta de eventos tales como plagas, inundaciones y terremotos ocurridos en Europa Occidental, Labbé aísla dos momentos fundamentales de esta historia. El primero, vigente hasta el siglo XIV, no comprende la compasión hacia las víctimas, sino que depende del modelo bíblico de la catástrofe natural como castigo ordenado por una providencia trascendente contra los pecados cometidos por la población y se caracteriza por la ausencia de pathos en su tratamiento discursivo. Un caso paradigmático de esta disposición emocional sería una epístola de Roberto I de Anjou en la que este ilustrado rey de Nápoles, protector de Petrarca y Bocaccio, consideraba a las trescientas víctimas humanas de una inundación del río Arno, en Florencia en 1333, como enemigos de Dios que cargan con la responsabilidad moral de su ruina.

El otro momento de esta historia de la sensibilidad, que se impone hacia el siglo XVI, recibe la influencia del modelo emocional de la tragedia griega tal como lo describe Aristóteles en la Poética, un tratado promovido por los eruditos humanistas de la época que no había experimentado la misma difusión que la obra metafísica y teológica del Estagirita encontró en el pensamiento escolástico medieval. A partir de este momento, el discurso acerca de las catástrofes estará determinado fundamentalmente por las dos categorías emocionales que según Aristóteles definen la recepción por parte del espectador dramático del destino del héroe trágico: el terror y la compasión. Desde luego, como acertadamente concluye Labbé, la causa profunda de esta modificación de acento no radica en una simple moda retórica, sino que responde a una nueva “semántica del desastre”, de acuerdo con la cual las catástrofes naturales ya no son entendidas como el castigo justo de una culpa moral que debe ser expiada sino como un mal imposible de ser reducido a una escala de inteligibilidad humana (de un modo análogo, también, al fatum de la tragedia antigua).

Es aquí cuando, según Labbé, surge una categoría que sigue siendo vigente en nuestra valoración emocional de las catástrofes: la de víctima, que comprende a los damnificados cuya inocencia se da por sentada. Esta constatación va contra la periodización convencional que sitúa la génesis de la representación moderna de la catástrofe, con sus implicaciones humanitarias y su sentido secularizado del devenir, en la interpretación ilustrada del Terremoto de Lisboa de 1755. Dos siglos antes del escándalo de Voltaire, concluye Labbé, intelectuales renacentistas como Giannozzo Manetti, Giovanni Botero o Juan Luis Vives ya habían comenzado a elaborar un pensamiento que “organiza lo inefable alrededor del contenido trágico de la realidad”.

Este número de Annales incluye además un dosier dedicado a la historia de América Latina, integrado por un trabajo de Romain Robinet, de la Universidad de Angers, sobre los avatares del indigenismo en la política mexicana posrevolucionaria, y otro de Henrique Espada Lima, de la Universidad Federal de Santa Catarina, sobre las experiencias judiciales de los esclavos brasileños en el período posterior a la emancipación. Robinet examina las diversas modulaciones doctrinales y políticas asumidas por los movimientos indigenistas mexicanos desde los años treinta a los cincuenta del siglo XX, y sus cambiantes interacciones con el oficialismo del Partido Revolucionario Institucional y con el indigenismo latinoamericano de esos años. Espada Lima, por su parte, acude a documentos legales brasileños, anteriores y posteriores a la abolición de la esclavitud en ese país sudamericano en 1880, para indagar el modo en que los esclavos emancipados recurrieron a las instancias judiciales como forma de canalizar sus conflictos económicos y sociales.

Concentrándose en una serie de casos individuales (que, como advierte el autor, no le interesan en tanto casos típicos sino en cuanto tengan que decir de las experiencias privadas y las proyecciones subjetivas de esos individuos abocados a un cambio de circunstancias tan estrepitoso para sus existencias), Espada Lima busca escudriñar en esa tensión que se produce “entre el horizonte de la experiencia y el horizonte de expectativas”, que con razón considera “de importancia central para comprender la dinámica social de la esclavitud y sus repercusiones en todas las Américas”. En efecto, el acto de última voluntad de un liberto que no puede procurarse la cura de la enfermedad que lo llevará a la muerte, una demanda de patria potestad con la que una antigua esclava pretende recuperar la custodia de sus hijas o los contratos de trabajo en que hombres y mujeres recién liberados intentaban garantizarse un trato justo, dicen tanto de la naturaleza ilusoria del horizonte de expectativas de estos sujetos recién ingresados a un estado nominalmente de derecho, como de la aspereza del horizonte de la experiencia que les esperaba. El resultado decepcionante de estos intentos por redimir una injusticia social mediante el recurso a instancias públicas, opina Espada, no ha dejado de tener consecuencias sobre el panorama social brasileño de los siglos XX y XXI, caracterizado por una injusticia social que afecta de manera muy especial a la población afrodescendiente.

Complementa el número, como es frecuente en la revista, una extensa sección de reseñas que en esta ocasión pasa revista a volúmenes publicados en 2020 sobre diversas cuestiones relativas a la historia intelectual, religiosa y política de la Edad Media.

La variedad de enfoques, perspectivas y objetos de estudio de los trabajos reunidos en esta entrega de Annales, además del rigor histórico del que todos participan, hace justicia al sostenido prestigio intelectual de una revista que ha contribuido como pocas publicaciones académicas a la renovación de la historiografía contemporánea, una disciplina que impulsó por los caminos metodológicos de las ciencias humanas, desde que fuera fundada en 1929 por Lucien Febvre y Marc Bloch (de cuya muerte a manos de la Gestapo, por cierto, se cumplían ayer 76 años).

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