Pablo Baler, en Eterna Cadencia, Buenos Aires, durante la presentación de sus últimos libros (FOTO Andrea Zavaroni y Luis Murillo)
Pablo Baler, en Eterna Cadencia, Buenos Aires, durante la presentación de sus últimos libros (FOTO Andrea Zavaroni y Luis Murillo)

La burocracia mandarina y El lejano desoriente son dos libros escritos a casi diez años de distancia y sin embargo más allá de que ambos hacen en el título una referencia al oriente (los mandarines… la nobleza china de la dinastía Qing… y por otro lado el concepto del lejano Oriente, concepto inventado por supuesto desde y por el Occidente). A pesar de esa coincidencia hay algo más profundo que los une y tiene que ver con la celebración de lo indeterminado, de la naturaleza irreductible, inagotable del mundo y de las personas que nos rodean.

Uno de los títulos que barajaba antes de quedarme con La burocracia mandarina era “Sujetos a la nada”. Quizá no es un buen título, pero en algún sentido revelaba la realidad de los personajes de estos cuentos que están sujetos a nada (desconectados de las redes de significación, de nuestros puntos de referencia) y también son sujetos lanzados a la nada.

Algunos ejemplos de estos personajes:

Una pareja de ciegos que son protagonistas de una escena porno en medio de un bar en Moscú.

Un equilibrista que tuvo un derrame cerebral y sin embargo continua con sus acrobacias.

Un viejo pescador que pesca en un río que ya no existe.

Una mujer que de niña dedica su vida a contar todos los números naturales.

Un luchador de Sumo aficionado al origami.

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Una bibliotecaria cuya obsesión por hacer respetar el cartelito de “silencio por favor” desencadena una guerra mortal.

Un buda suicida.

Un caníbal que se come las uñas.

Entre tantos otros personajes.

Y por su parte, El lejano desoriente también explora un “naufragio” de nuestros puntos de referencia, empezando por los puntos cardinales (de ahí una de las versiones del desoriente) pero extendiéndose no sólo hacia todas nuestra creencias y dogmas, sino incluso hacia las categorías más fundamentales de nuestra experiencia: el espacio, el tiempo, la identidad.

La historia de El lejano desoriente, en pocas palabras, es simple: es el relato de mi viaje a Bután junto a la geóloga filipina Lola Fanguna en busca de una droga milagrosa, el Shingú, que, según los rumores, algunos monjes usaban para alcanzar la iluminación.

Ahora, la pregunta infaltable que recibo de quienes leyeron el libro es “¿Y esto pasó así como lo contás?”. No me quiero quejar de la pregunta que me hacen los lectores, pero la verdad es que me resisto a responder esa pregunta. Para mí lo más interesante y lo que habría que explorar es lo que esa pregunta implica. ¿De dónde viene la necesidad de establecer la frontera exacta entre la ficción y la realidad? ¿Si esa droga milagrosa existe? ¿Si es verdad que la usan los monjes? ¿Si conocí realmente a Gakyo-Wanchen? Si soy, realmente, el desmañado, desorientado y trasnochado drogón que refleja el texto…

Lo que el lector hace cuando pregunta si un relato, sobre todo de carácter autobiográfico como El lejano desoriente, pasó tal y como está relatado es definir esas fronteras entre el autor y el narrador, entre la realidad y la ficción: ¿Dónde termina el autor, la persona, y empieza ese otro yo de la ficción?

Pero la pregunta es por qué: yo creo que se debe a lo que podría darse en llamar el horror a la ambigüedad (que es mucho más terrible que el horror al vacío). Toda ambigüedad implica un malestar profundo, pero ese malestar está en el centro de la experiencia de la ficción (y del arte en general). Y esta pregunta revela La necesidad que tenemos de estabilizarnos, de trazar cartografías del Otro, de resistir la fuerza de la ficción …

Krzysttof Ziarek en La fuerza del arte dice: “El arte no es un poder alternativo sino una alternativa al poder”. Esa intención de mapear, entender, explicar es un juego que tiene que ver más con los mecanismos y los resortes del poder que con la literatura o con el arte. La literatura, para mí, implica el impulso opuesto, implica: desmapear, desentender, desexplicar. Parafraseando a Ziarek: La literatura no es un conocimiento alternativo. Es una alternativa al conocimiento.

Todo intento de entender es, bien o mal, una forma de invasión, de colonización. Como diría Edward Said: el orientalismo nace para dominar al oriente. Los expertos nacen para agotar los temas. Por eso decía Man Ray: “Nada es imposible, excepto para los expertos”. No dejemos que ese malestar que produce la ambigüedad se transforme en impulso de vigilancia y de control. Regodearse en la ambigüedad y hasta en la ignorancia, esa es una forma más radical de comunicación y de comunión. Sobre todo en esta época, que vivimos en la era del “capitalismo de la vigilancia”, como lo define Shoshana Zuboff, practicar una lectura de la ambigüedad y de la no-demarcación, es una forma de resistencia, no sólo política sino también metafísica.

A lo que se refiere Shoshana Zuboff cuando habla del “capitalismo de la vigilancia” es ese rastreo y explotación constantes, minuciosos y profundos de todos nuestros datos personales (afuera de Internet también pero sobre todo adentro de Internet): locación, historia de búsqueda, ritmos circadianos, estado financiero, registros médicos, actividad y perfil ideológico, preferencias gastronómicas y sexuales… etc., que nos reduce a información, a un algoritmo, a materia prima comercializable, de manera que toda interacción, implica una abdicación de nuestra libertad.

Para escribir esta presentación, fui a mi propia historia de búsqueda en Internet para dar ejemplos de mis búsquedas. No voy a compartir mis búsquedas personales (eso haría a esta presentación más interesante o colorida si se quiere), pero sí las que hice para una novela que estoy escribiendo. Y esta es una lista no exhaustiva pero que da una idea de lo que las corporaciones vieron esa semana. Entre otras cosas busqué:

Paleta de colores disponibles para pinturas de interior en la ferretería Lowe’s.

Técnicas de tiro para francotiradores en 1994.

Sistema de extracción de piedras en una cantera.

Una receta de ceviche.

Instrucciones de entrenamiento para perros que identifican minas terrestres.

Jerarquías de comando ruso durante la segunda invasión a Chechenia.

Versiones islámicas del rapto cristiano.

Estrategias de marketing de varias marcas de cigarrillos.

Tipos de formaciones de nubes en febrero en Los Angeles.

Los escritores que están hoy aquí entienden ese tipo de investigación un poco ridícula, a veces caprichosa siempre innecesaria en las que uno se engancha mientras escribe, pero el punto es que los sistemas de vigilancia no entienden de ficción y por supuesto que esa semana empecé a recibir publicidades para comprar pinturas, remodelar la casa, restaurantes peruanos, cigarrillos, seguros médicos, prestaciones de salud, exposiciones de armas de fuego y conferencias de inteligencia militar. El capitalismo de la vigilancia también pensó que podía crear un perfil, identificar una huella digital a partir de esas búsquedas, pero puso el ojo en el lugar equivocado. Esas eran búsquedas reales pero cuyo objetivo era la ficción. ¿Cuál es la verdadera huella digital, quién está detrás del rastro que deja el escritor o la escritora de ficción?

Quizá esta equivalencia que estoy tratando de establecer entre el capitalismo de la vigilancia y los lectores honestamente curiosos que me preguntan “¿esto pasó realmente así?” es injusta; pero que sirva al menos como una parábola para pensar la literatura.

Como Susan Sontag, yo también estoy en contra de la interpretación, de la interpretación extractivista, invasiva, reduccionista y a favor, como ella, de una “erótica del arte”, una lectura que permanezca y se regodee en las superficies sensuales de la obra.

En ese ensayo “Contra la interpretación”, Sontag cita una hermosa frase de D. H. Lawrence: “No confíen en el que cuenta, confíen en el cuento”.

Cada capítulo de El lejano desoriente se abre con un aforismo de Elias Canetti; el último capítulo se abre con este que dice: “No quiero creer en la interpretación de los sueños. No voy a tocar esa última libertad”. Yo subiría la apuesta de Canetti, y diría: no quiero creer en ninguna interpretación, no quiero tocar ninguna libertad.

Estos dos libros, escritos a casi una década de distancia están escritos, como mis otros libros también, para no tocar ninguna libertad, escritos con la convicción de que lo mejor a lo que podemos aspirar es a enfrentar con dignidad el horror de la ambigüedad. Ese es el ejercicio, como digo, más radical de resistencia tanto política como metafísica con el que podemos comprometernos como escritores y como lectores. Una alternativa al poder. Una alternativa al conocimiento. Es decir, reconocer y disfrutar esa experiencia de estar sujetos a la nada, de ser sujetos lanzados a la nada, viviendo en un eterno y lejano desoriente.


*Charla de Pablo Baler para la presentación de La burocracia mandarina (Ediciones del Camino, 2013) y El lejano desoriente (Rialta Ediciones, 2022), agosto 19, 2022, Eterna Cadencia, Buenos Aires.

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Pablo Baler (Buenos Aires, 1967) es novelista, crítico y profesor de literatura latinoamericana en la Universidad Estatal de California en Los Ángeles. Es el autor de la novela Circa (Galerna, 1999, premiada con el Fondo Nacional de las Artes y el Premio Cultura de la Nación en Argentina) y el ensayo Los sentidos de la distorsión: fantasías epistemológicas del neobarroco latinoamericano (Ediciones Corregidor, 2008), publicado en traducción al inglés como Latin-American Neo-Baroque: Senses of Distortion (Palgrave Macmillan, 2016). Baler es el editor de la antología internacional The Next Thing: Art in the Twenty-First Century (Fairleigh Dickinson University Press, 2013), once ensayos sobre la sensibilidad estética que va a definir el siglo XXI. Su colección de cuentos La burocracia mandarina fue publicada en español en el 2013 y en portugués en el 2017 (Ed. Lumme, San Pablo, Brasil). Graduado de la Universidad Hebrea de Jerusalén, la Universidad de Stanford y la Universidad de Berkeley, Baler es también International Research Fellow del Centro de Investigación sobre el Arte de la Universidad de la Ciudad de Birmingham en el Reino Unido. Su última novela, Chabrancán, fue publicada en 2020 por Ediciones del Camino.

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