Exposición ‘I’ve Grown Tired / I’ve Grown Hopeful’: tensión y sensibilidad transnacional

Curada en Londres por la cubana Gabriela Román González y Tatiana Martínez Collevati, y con obras de Daniel Bernal, Elena Saraceni, enorê y María Joranko, la exposición se articula alrededor de una inquietud que atraviesa buena parte del presente contemporáneo: ¿qué formas de sensibilidad emergen cuando la experiencia cotidiana se desarrolla en medio de sistemas cada vez más inestables?

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La exposición I’ve Grown Tired / I’ve Grown Hopeful, presentada por el espacio CASA en colaboración con Not The Owners, quedó inaugurada el pasado mayo en el espacio galerístico de Brixton House en Londres, Reino Unido. La muestra formó parte parte de Transnational Encounters, uno de los capítulos de Lines of Flight, el programa que CASA desarrolla durante todo 2026, dedicado a explorar formas de creación interdisciplinaria y de intercambio transnacional desde perspectivas latinoamericanas y caribeñas.

La exposición reunió obras de Daniel Bernal, Elena Saraceni, enorê y María Joranko, artistas cuyas trayectorias han transcurrido entre distintos territorios, lenguas y contextos culturales. Esa condición compartida resulta importante, aunque las preguntas con las que sus curadoras concibieron la exposición trascienden ampliamente la experiencia migratoria entendida en un sentido biográfico.

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Curada por la cubana Gabriela Román González y Tatiana Martínez Collevati, I’ve Grown Tired / I’ve Grown Hopeful se articula alrededor de una inquietud que atraviesa buena parte del presente contemporáneo: ¿qué formas de sensibilidad emergen cuando la experiencia cotidiana se desarrolla en medio de sistemas cada vez más inestables? ¿Cómo se modifica nuestra relación con el mundo cuando las estructuras políticas, económicas y culturales que durante décadas parecieron ofrecer cierta continuidad comienzan a mostrar signos evidentes de desgaste? Estas preguntas adquieren una relevancia particular en un momento marcado por conflictos prolongados, desplazamientos masivos, crisis ecológicas, la precarización laboral, la transformación tecnológica acelerada y una creciente sensación de incertidumbre respecto al futuro.

Específicamente en Europa, se ha visto como el aumento de los flujos migratorios ha coincidido con el fortalecimiento de movimientos nacionalistas y fuerzas políticas que encuentran en la figura del extranjero un recurso eficaz para movilizar temores e incertidumbres.

A la vez, el avance de discursos xenófobos, la normalización de expresiones islamófobas y el resurgimiento de distintas formas de racismo revelan tensiones profundas sobre quién tiene derecho a pertenecer y bajo qué condiciones. Es en este contexto donde I’ve Grown Tired / I’ve Grown Hopeful, presentada en Londres, adquiere uno de sus marcos de sentido inmediato.

A lo largo de la sala aparecen dos estados afectivos que recorren las obras desde registros muy distintos: el cansancio y la esperanza. Lejos de presentarse como fuerzas opuestas, ambos conviven de manera constante. El desgaste no anula el deseo de persistir. La conciencia de la fragilidad coexiste con la búsqueda de formas de sentido capaces de sostenerse incluso en condiciones adversas. Lo que emerge es una sensibilidad atravesada por tensiones que rara vez encuentran resolución definitiva.

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Vivir entre territorios, idiomas y sistemas culturales distintos implica habitar un mundo donde las fronteras adquieren nuevas formas de importancia. Las experiencias de desplazamiento contemporáneo ya no pueden comprenderse únicamente desde historias nacionales específicas. Se producen en un mundo de conflictos, desigualdades y movimientos humanos que modifica la manera en que se experimenta el tiempo, la pertenencia y las formas de imaginar futuros.

Desde esta perspectiva, el cansancio que atraviesa nuestro presente no surge únicamente de la acumulación de crisis sucesivas. También procede de la necesidad constante de adaptarse a condiciones cambiantes, y encontrar puntos de apoyo en un mundo donde muchas estructuras parecen haber perdido estabilidad.

Junto a ese desgaste persiste, sin embargo, una voluntad de seguir buscando espacios de arraigo, comunidad y sentido. Las obras reunidas en I’ve Grown Tired / I’ve Grown Hopeful se aproximan a estas cuestiones desde materiales, lenguajes y preocupaciones muy diferentes. Algunas exploran los efectos de economías extractivas y estructuras históricas de dependencia. Otras se concentran en procesos de transformación corporal, imaginarios de reparación y arraigo. Lo que las conecta es una atención común hacia experiencias que se desarrollan allí donde las categorías estables comienzan a mostrar sus límites.

El tríptico de María Joranko, por ejemplo, permite observar con claridad cómo la esperanza puede persistir incluso cuando las condiciones que la sostienen parecen deteriorarse constantemente. Artista guatemalteca y estadounidense, cuya práctica se encuentra profundamente influenciada por la fantasía, la ficción especulativa y la construcción de imaginarios alternativos, Joranko se interesa por aquellos espacios donde el deseo y la incertidumbre conviven sin llegar a resolverse completamente.

En In The Gardens of Paradise (Lillies), In The Gardens of Paradise 2 (sin miedo) e In The Gardens of Paradise 3 (sin dolor), la artista presenta una serie de paneles de acero grabado donde la imagen de los lirios permanece sometida a un proceso continuo de oxidación. La superficie se transforma con el paso del tiempo: el metal se corroe y con él la imagen se altera gradualmente. Sin embargo, los lirios no desaparecen por completo. Permanecen visibles como una presencia parcial, suspendida entre la aparición y el desvanecimiento.

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Los títulos introducen una serie de aspiraciones. El paraíso, la ausencia de miedo y el fin del dolor constituyen horizontes que permiten sostener la expectativa de una vida más segura, más estable o más habitable.

Sin embargo, las obras de Joranko evitan presentar esos horizontes como estados alcanzables de manera definitiva. La corrosión que transforma lentamente la superficie introduce una temporalidad marcada por el desgaste. Los ideales permanecen presentes, aunque sometidos a las presiones de una realidad cambiante. El paraíso nunca termina de consolidarse. La ausencia de miedo continúa amenazada por nuevas formas de vulnerabilidad. El dolor deja huellas que persisten incluso cuando las condiciones externas parecen haber mejorado.

La temporalidad que atraviesa estas piezas encuentra un eco en las reflexiones de Mark Fisher desarrolladas en Ghosts of My Life. Fisher describe cómo una de las características fundamentales en los imaginarios de la cultura contemporánea es la presencia persistente de futuros que alguna vez fueron imaginados, prometidos o deseados, pero que nunca llegaron a realizarse plenamente. Esas ideas de futuro no desaparecen por completo. Permanecen como espectros que continúan habitando el presente, recordándonos tanto las expectativas que los produjeron como la imposibilidad de alcanzarlas.[1]

Es así como el cansancio, al que hace referencia el título de la muestra, puede entenderse como el resultado de una convivencia prolongada con horizontes que parecen alejarse continuamente. La esperanza, por su parte, no surge de la certeza de que esos horizontes serán alcanzados, sino de la decisión de seguir imaginándolos incluso cuando las condiciones parecen dificultar su realización. Entre ambas experiencias se configura una sensibilidad profundamente ligada a nuestro presente, marcada por la conciencia de las pérdidas acumuladas y por la persistencia de deseos que se resisten a desaparecer.

Las obras de Joranko ejemplifican perfectamente el espíritu de esta propuesta curatorial y la tensión central que constituye su tesis: la corrosión modifica las formas sin destruirlas por completo, tal y como las esperanzas se ven desgastadas y modificadas, pero, aun así, permanecen.

Desde esta perspectiva, el cansancio y la esperanza que atraviesan I’ve Grown Tired / I’ve Grown Hopeful pueden entenderse como manifestaciones de una sensibilidad histórica más amplia, en el mundo de hoy. Para muchas personas, la experiencia del presente aparece atravesada por una tensión constante entre la necesidad de adaptarse a escenarios cambiantes y el deseo de encontrar formas de continuidad que permitan construir proyectos significativos.[2]

Por otro lado, las obras de enorê abordan una de las cuestiones más significativas dentro de la experiencia transnacional: la dificultad de concebir la identidad como una forma estable y plenamente coherente consigo misma. Artiste brasileñe radicade en Londres, su práctica explora las relaciones entre materialidad y virtualidad, prestando especial atención a los procesos de traducción que ocurren cuando algo pasa de un sistema a otro. En las piezas presentadas en la exposición, esta preocupación adquiere una dimensión profundamente corporal.

Tanto Self-iteration in 3 Steps como Untitled (aparição) parten de escaneos digitales del propio cuerpo del artista que posteriormente son traducidos a cerámica. Durante ese tránsito, la información se desplaza entre distintos lenguajes técnicos y materiales. Lo que emerge al final del proceso no es una reproducción exacta del cuerpo original, pues cada transferencia introduce alteraciones, interrupciones y diferencias que modifican la forma inicial.

Si se piensa en el contexto de la propuesta expositiva, se vuelve una metáfora de quienes se ven obligados a traducirse constantemente entre idiomas, códigos culturales, sistemas administrativos, imaginarios sociales y formas diversas de reconocimiento. Cada una de estas traducciones implica ajustes, pérdidas, incorporaciones y transformaciones que afectan la manera en que la propia identidad es experimentada.

El cuerpo que aparece en las obras de enorê puede entenderse como una metáfora de la condición transnacional contemporánea. Se trata de una subjetividad que se encuentra permanentemente atravesando sistemas distintos sin llegar a pertenecer completamente a ninguno de ellos. Lo que define al sujeto no es una estabilidad previa, sino la capacidad de habitar espacios intermedios donde múltiples referencias conviven simultáneamente.

Asimismo, la obra Sigilaria, de Elena Saraceni, parece profundizar en una búsqueda de formas de arraigo en contextos donde las referencias tradicionales de pertenencia han perdido estabilidad. Nacida en Argentina, de origen venezolano y residente en Londres tras haber crecido en cinco países distintos, la trayectoria de la artista se encuentra marcada por una relación particularmente compleja con el territorio. Estas preocupaciones aparecen de manera sutil pero persistente en una obra que parece resistirse constantemente a cualquier definición unívoca.

Sigilaria reúne una serie de elementos que evocan hojas, espinas, ojos, alas y fragmentos orgánicos dentro de una estructura suspendida cuya naturaleza permanece deliberadamente ambigua. A medida que el espectador intenta identificarla, la pieza parece desplazarse entre distintas posibilidades. Por momentos recuerda una herramienta. En otros adquiere la apariencia de un amuleto. Ninguna de estas asociaciones termina imponiéndose por completo. La obra permanece en una zona de indeterminación donde múltiples significados coexisten sin resolverse definitivamente.

La ambigüedad formal de Sigilaria parece dialogar con una de las condiciones que caracterizan muchas experiencias transnacionales contemporáneas, donde la pregunta por el origen deja de admitir respuestas simples y las referencias culturales se acumulan, se transforman y se superponen. En lugar de ofrecer una imagen estable de pertenencia, propone una condición abierta donde la movilidad y la transformación forman parte constitutiva de la experiencia.

La pieza de Daniel Bernal introduce de manera más explícita las dimensiones económicas y políticas que atraviesan la exposición. Patria (Fluid Roots) combina formas de yeso que recuerdan bananas con tubos de silicona atravesados por aceite de motor quemado. Ambos materiales arrastran densas historias de extracción, circulación y violencia. La banana remite a economías coloniales construidas sobre la explotación de territorios y cuerpos. El aceite de motor señala circuitos industriales asociados a la movilidad global y al consumo energético. La instalación propone una imagen donde crecimiento orgánico y estructura económica aparecen inseparablemente entrelazados.

El título resulta especialmente significativo. La patria suele imaginarse como un lugar de pertenencia. Sin embargo, Bernal la presenta como un organismo sometido a presiones constantes, atravesado por dependencias que exceden cualquier noción de estabilidad. Las raíces a las que alude la obra aparecen suspendidas fuera de tierra, conectadas a flujos económicos que las alimentan y, al mismo tiempo, las condicionan. La Patria deja de aparecer como una certeza para convertirse en una relación compleja con estructuras históricas que continúan actuando.[3]

Desde esta perspectiva, Patria (Fluid Roots) puede leerse como una reflexión sobre la persistencia de esos vínculos. La obra plantea preguntas sobre aquello que heredamos de los sistemas que nos forman y sobre la capacidad de imaginar futuros distintos cuando los propios fundamentos parecen dañados.

La esperanza surge aquí asociada a una pregunta todavía sin respuesta. ¿Cómo construir una relación con la patria cuando ésta ya no puede pensarse como un territorio fijo y homogéneo?

La recepción de estas obras en un contexto europeo, y en particular en Inglaterra, se inscribe en una historia larga de circulación desigual de imágenes, relatos y cuerpos provenientes de América Latina y el Caribe. La figura del artista migrante es con frecuencia leída a través de marcos ya establecidos que privilegian la narración del trauma, la pérdida o el testimonio directo. En ese proceso, la complejidad de las obras corre el riesgo de ser reducida a una función representativa.

La propuesta curatorial de Gabriela Román González y Tatiana Martínez Collevati se sitúa en tensión con esa dinámica histórica. Las prácticas que reúne no se agotan en la experiencia del desplazamiento, aunque esta atraviese muchas de ellas. Lo que aparece con mayor fuerza es una serie de preocupaciones que exceden cualquier identidad fija. Las obras no pueden leerse únicamente como atributos de una subjetividad migrante; se inscriben en una sensibilidad más amplia que atraviesa el presente.

La fuerza de la exposición reside en evitar la reducción de esas experiencias a un relato único. En lugar de fijar el desplazamiento como identidad, lo sitúa dentro de un campo de relaciones más amplio, donde lo transnacional aparece como una condición estructural del presente. Las obras sugieren que el cansancio y la esperanza no son estados excepcionales, sino formas cotidianas de habitar un mundo atravesado por conflictos superpuestos y sistemas en transformación.

En ese sentido, el conjunto propone una forma de lectura que no busca cerrar el significado de las obras, sino mantener abierta la pregunta por cómo se produce sentido en contextos de inestabilidad. La recepción en Londres, entonces, no puede separarse de esa misma tensión. Entre el riesgo de la apropiación reductiva y la posibilidad de una escucha más compleja, se juega también la manera en que estas prácticas puedan ser comprendidas dentro del circuito global del arte contemporáneo.


Notas:

[1] La hauntología, concepto central en el libro de Fisher (acuñado originalmente por Derrida en Specters of Marx), no se refiere únicamente a una nostalgia por el pasado. Describe una experiencia temporal más compleja, marcada por la convivencia entre lo que existe y aquello que pudo haber existido. Bajo esta perspectiva, el presente aparece poblado por promesas incumplidas, proyectos inconclusos y horizontes históricos que alguna vez parecieron posibles. El resultado es una sensación de suspensión que afecta profundamente la manera en que individuos y comunidades imaginan su relación con el futuro. Esta idea adquiere una particular relevancia en el contexto contemporáneo donde se desarrolla la muestra.

[2] El académico Raymond Williams observó que cada época desarrolla modos particulares de sentir experimentar el mundo que no siempre coinciden plenamente con los discursos oficiales mediante los cuales una sociedad se describe a sí misma. Existen formas de conciencia que todavía no han adquirido una formulación estable, pero que ya operan sobre la vida cotidiana, condicionando la manera en que las personas interpretan su presente y proyectan su futuro. Estas sensibilidades emergentes suelen hacerse visibles con especial claridad en el terreno de la cultura, donde encuentran formas de expresión antes de consolidarse como conceptos o narrativas ampliamente reconocibles.

[3] Con frecuencia, la migración se encuentra impulsada por el deseo de escapar de escenarios marcados por la violencia, la desigualdad o la inestabilidad política. Sin embargo, la experiencia del desplazamiento suele revelar que muchos de esos conflictos forman parte de redes transnacionales más amplias. Quien abandona un territorio afectado por economías extractivas, conflictos armados o crisis institucionales descubre a menudo que los países receptores también se encuentran atravesados por formas distintas de precariedad, exclusión o tensión social.

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GUSTAVO TORRES
GUSTAVO TORRES
Gustavo Gus Torres Arma (Habana del Este, Cuba, 2000). Historiador del arte, investigador y crítico independiente. Aborda las artes visuales desde perspectivas queer y feministas. Ha escrito para medios independientes cubanos.

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