El Festival de Cine de Lima premió como mejor película a ‘La fiebre’, ópera prima de Maya Da-Rin

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Fotograma de ‘A febre’, Maya Da-Rin, dir., 2019

A febre (La fiebre, 2019), ópera prima de la realizadora brasileña Maya Da-Rin, fue Premio a la Mejor Película en el concurso de ficción del 24o Festival de Cine de Lima. Un reconocimiento que, tras un exitoso recorrido por certámenes internacionales –obtuvo el Leopardo de Oro a Mejor Actor en la edición 71 del Festival Internacional de Locarno–, llama la atención nuevamente sobre las particularidades que colocan a este filme entre las producciones destacadas del cine contemporáneo de América Latina.

La película se ocupa de uno de los temas más urgentes de la realidad latinoamericana: la situación de los pueblos originarios al ser impactados por el mundo tecnológico e industrial de occidente. Pero antes que erigir un alegato nacionalista contra la destrucción del otro, a la manera en que el Nuevo Cine Latinoamericano de los sesenta abordó la temática, su estética apuesta por una dramaturgia minimalista que, sin trascendentalismos en su diseño expresivo, opta por registrar con emotividad el universo particular de sus personajes, un código estilístico que se ha vuelto común en las últimas décadas.

Debido a la situación sanitaria provocada por la pandemia del coronavirus, el Festival de Cine de Lima trascurrió online entre el 21 y el 30 del pasado mes de agosto. En esta ocasión, el certamen tuvo como tema central la creación cinematográfica actual del subcontinente, en un intento por cartografiar los vectores temáticos y estilísticos a que apuntan los creadores de la región, y estuvo interesado en debatir problemáticas que conciernen estrictamente a la producción del área.

A febre, ejemplo notable de este panorama fílmico, compitió junto a otras propuestas relevantes como Blanco en blanco (Théo Court, 2019) y Las mil y una (Clarisa Navas, 2020), por mencionar al menos un par de ellas. Dos películas que evidencian también la fertilidad del cine sudamericano, que en los años recientes ha explorado múltiples repertorios estéticos, al tiempo que persiste en confrontar los perfiles disímiles de nuestra realidad sociopolítica y cultural.

El filme de Maya Da-Rin coloca al espectador frente a la experiencia cotidiana de Justino, un miembro de la etnia indígena Desana que trabaja como agente de seguridad en el puerto fluvial de la ciudad de Manaos, adonde ha emigrado con su familia. La trama de A febre contempla la rutina de este hombre entre las horas que pasa en su centro laboral y las que trascurren en su casa, donde vive con su hija Vanessa, quien acaba de obtener una beca para estudiar medicina en Brasilia.

De un sitio al otro, Justino pasa de las enormes maquinarias del puerto a la exuberante vegetación de la selva amazónica que rodea el barrio periférico donde reside. En algún momento, agotado por el esfuerzo físico que su monótono día a día le impone, y afectado por la noticia de que su hija se irá a estudiar a la capital, Justino comienza a padecer una fiebre recurrente que hace peligrar su oficio y pone en alerta a su familia.

La película observa cuidadosamente las particularidades de cada uno de los espacios en que trascurre la vida de este individuo. En el puerto, la cámara contempla a Justino desde planos cenitales o desde composiciones abiertas que lo muestran diminuto en medio de tantos contendores, grúas, máquinas. En este lugar, Justino está obligado a interactuar en portugués con el resto de los trabajadores y a aceptar la atención médica que le brindan.

En su hogar, sin embargo, él prefiere hablar en su lengua nativa y alimentarse con lo que le provee la naturaleza. Pero incluso en este espacio, que él cree resguardado de la realidad urbana –la cual no puede reconocer como suya–, tiene que afrontar la trasformación generacional de sus hijos, quienes se han adaptado ya a los códigos de la vida moderna.

Gradualmente se va revelando que la verdadera enfermedad de Justino es añoranza ante la pérdida de sus raíces. La fiebre que lo acosa no es sino la expresión física del dolor que provoca en él la desaparición de sus costumbres y de su vida espiritual a consecuencia de las imposiciones de la sociedad industrial.

En las breves conversaciones que Justino sostiene con un colega de trabajo que alterna con él los horarios de vigilancia, se hace evidente la violencia con que el blanco tiende a anular a los individuos pertenecientes a comunidades originarias de Brasil. Este último personaje, en cierta ocasión, mientras le comenta sobre su experiencia como guardia de protección en una hacienda, le insinúa que tuvo que “sacrificar” indios que solían invadir el lugar, a los que se refiere como “indios de verdad”, frente a los que Justino sería uno “domesticado”.

Pero si el conflicto se despliega simbólicamente durante la mayor parte del metraje, en el instante en que el hermano y la cuñada de Justino aparecen, este se torna ya completamente figurativo, o sea, se verbaliza en los diálogos y tensa las relaciones intrafamiliares. Estos dos personajes, que todavía viven en una aldea al interior de la selva amazónica, cuando perciben cómo están siendo abolidas sus costumbres y prácticas rituales, y ante la inminente soledad de Justino, le piden que vuelva con ellos.

Al registrar las angustias de este hombre, A febre aprehende –con la densidad antropológica que demandó el cine latinoamericano de los sesenta– la enfermedad cultural que padecen estas comunidades nativas, profundamente afectadas por un mundo que las excluye y las anula, al ser incapaz, en principio, de reconocer y aceptar su diferencia.

La conquista definitiva de Maya Da-Rin se encuentra en la sutileza con que afronta la necesidad del imaginario indígena de imponerse ante el mundo “desarrollado”. Los sueños que constantemente atormentan a Justino son la expresión de una nostalgia por lo propio. La película testimonia la sensibilidad de este individuo, a la vez que advierte sobre la urgencia de un restablecimiento espiritual para su identidad cultural.

El modo de vida que lleva esta familia no es una opción que han tomado sus miembros, sino una exigencia de la lógica civilizatoria occidental. Justino mira orgulloso a su hija porque sus logros son, según él los entiende, una manera de hacer frente a esta realidad que se le impone.

Al principio mismo de la película, Vannesa tiene que atender, en la clínica donde trabaja como enfermera, a una anciana que llega agonizando de algún lugar remoto de la Amazonía. Apenas pueden entenderse entre ellas. Aunque nunca más volvemos a ver a la anciana en pantalla, resulta evidente que falleció. La imposibilidad de comprender su idioma y la falta de una estructura social que posibilitara atención médica oportuna condujeron a esta mujer a la muerte. En esa escena inicial, la realizadora cifraba el sentido de su discurso y el alcance de sus preocupaciones autorales.

A febre es una película fundamentalmente expositiva, donde sucede bastante poco en términos de acción dramática. Maya Da-Rin prefiere privilegiar la sustancia antropológica y sociopolítica del conflicto, que se impregna en el espacio donde se desenvuelven los personajes y en las relaciones que sostienen entre ellos.

La sobriedad narrativa y la sugestión discursiva del montaje, la fotografía y el diseño sonoro –que contrasta continuamente el ruido de las maquinas del puerto con los sonidos de la vegetación que se contempla al otro lado de la bahía– alcanzan a describir la cruenta realidad que abraza a estos individuos y su cultura. A febre es un filme inteligente, que además de arriesgado en el manejo del lenguaje audiovisual, resulta excepcional en su mirada etnográfica, ahí donde acusa el ego salvaje de una sociedad que condena la identidad de estos pueblos a desaparecer.

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ÁNGEL PÉREZ
Ángel Pérez (San Germán, Holguín, Cuba, 1991). Licenciado en Historia del Arte. Artículos y ensayos suyos aparecen en libros, antologías y publicaciones periódicas nacionales e internacionales. Compiló y prologó con Javier L. Mora, Long Playing Poetry. Cuba: Generación Años Cero (Editorial Casa Vacía. Richmond, Virginia, 2017) y con Jamila Medina, Pasaporte. Cuba: poesía de los Años Cero (Editorial Catafixia, Guatemala, 2019). Ha obtenido los Premio Caracol de crítica y ensayo cinematográficos de la UNEAC (2017 y 2019), el Premio Internacional de Ensayo de la revista Temas (2019), además de la Beca de Creación Dador (2018) y el Premio Pinos Nuevos de Ensayo (2020), ambos otorgados por el Instituto Cubano del Libro. Es programador del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Integra el staff de Rialta.
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