Guillermo Cabrera Infante: humo sagrado

Frente a nuestro mundo, obsesionado con la utilidad y la producción de capital, Cabrera Infante parece recordarnos que existen experiencias cuyo valor reside precisamente en no producir nada medible y calculable.

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Para mí, una de las operaciones más interesantes de la lectura ocurre cuando un libro comienza a convocar imágenes de otros libros, músicas o, incluso, cuadros que parecían olvidados en alguna zona de la memoria. Leemos una página y, de pronto, sin saber exactamente por qué, convocamos algo que viene de muy lejos. Eso me ocurrió mientras leía Puro humo (Holy Smoke, 1985), de Guillermo Cabrera Infante. Casi de inmediato regresó a mí aquel retrato al óleo de Stéphane Mallarmé pintado por Édouard Manet en 1876.

Amigos desde 1873 –de visitas y conversaciones diarias sobre literatura, arte y moda, en el París literario y bohemio– el retrato capta al poeta simbolista francés en un ambiente íntimo y relajado. Tiene una mano en el bolsillo y la mirada perdida. Detrás de él, y típicos de la época, se adivinan unos motivos florales con trazos sueltos y difuminados. La otra mano, la que sostiene el tabaco, está sobre las páginas de un libro o un cuaderno de notas abierto. El humo, en volutas, parece deshacerse lentamente alrededor de la mano que escribe, como si la propia literatura perteneciera también al orden de las cosas que aparecen mientras desaparecen. Hay en esa imagen de Manet –a diferencia de otros cuadros suyos con trazo más firme– como algo suspendido; una mezcla de vaga melancolía que vuelve a mí mientras releo algunas páginas de Puro humo que me han gustado particularmente.

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Otra de las frases convocadas por esta operación de la memoria fue aquella que usé en un texto que escribí sobre el erotismo en uno de los pasajes inolvidables de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. “Lo más profundo es la piel”, escribió Paul Valéry. Y esta frase vuelve a mí para iluminar este libro voluptuoso, y hasta caprichoso, de Cabrera Infante. La relación entre Proust, Mallarmé, el humo, la voluptuosidad y la deriva verbal puede parecer extraña, pero quizás no lo sea tanto. En todos ellos hay una misma defensa de la superficie sensible del mundo, de esa carne de melocotón que ha dicho un poeta: el placer de demorarse en un olor, un recuerdo, una entonación de la voz, un perfume sentido al azar o una bocanada de humo… y, todo esto, antes de que desaparezcan.

En algún lugar he leído que existen libros escritos desde la gravedad y, otros, desde la levedad, que no es precisamente la gracia de la que nos hablaba la mística francesa Simone Weil. Puro humo pertenece a estos últimos, aunque su aparente superficialidad encubra una experiencia honda del tiempo, de la memoria y del placer. Cabrera Infante escribe, al menos este libro en particular, desde la lenteur –si pensamos en la noveleta de Milan Kundera–, como quien demora una conversación nocturna sin finalidad práctica: se desvía de sus tramas principales, juega con las palabras y asociaciones; recuerda desde sus infinitas lecturas, asocia materias y épocas diferentes. La biblioteca, el archivo monstruoso, no están en su casa o en un lugar físico de ese Londres que tanto amó; están en su cabeza. El humo termina convirtiéndose en figura de la propia escritura: algo se dispersa y cambia de forma; algo que nunca termina por fijarse del todo.

En una época –la nuestra– dominada por la utilidad, por el rendimiento y la velocidad, por la frase “el tiempo es oro”, esa deriva adquiere una dimensión inesperadamente resistente: el humo no es solo humo. Es una ética de la demora, porque, no debemos olvidar, que hay experiencias que solo entregan su verdad a quien acepta permanecer un rato más.

Si existen libros escritos desde la gravedad, y otros desde lo leve, también es cierto que existen otros que quieren enseñar o, peor, convencernos de algo. Puro humo, en cambio, no parece escrito desde ninguno de estos tres lugares. Parece escrito desde un lugar más raro: el placer de escribir; un más acá absoluto y terrenal del principio del placer; del placer del texto, que es el placer del idioma cuando se hace absolutamente autoconsciente. Y ahí, creo, es donde radica una parte esencial de su fuerza comunicativa. Porque, en tiempos donde toda actividad casi está obligada a justificarse por su utilidad social o su rentabilidad personal, la escritura improductiva adquiere una dimensión casi subversiva.

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Aunque escrito desde la levedad y el placer de cada vocablo –como saboreado en la boca–, esto no debe engañarnos. Un “repasador de teclado ligero”, como le gustaba decir a Lezama, podría verlo como una extravagancia culta de un lector y escritor muy erudito, sobre el tabaco. Sin embargo, debajo de esa superficie brillante aparece algo más: una defensa del gasto improductivo frente al mundo administrado del que nos habla, por ejemplo, Max Weber. Conversar durante horas sobre cine, fumar lentamente un buen puro, demorarse en una anécdota mientras vemos las volutas deshacerse suavemente, hacer juegos verbales: todo eso sería, desde la lógica contemporánea del rendimiento, pura pérdida de tiempo. Pero quizás es precisamente ahí donde sobreviva algo que aún sentimos profundamente humano. Ocio creador le llamó a esa forma de estar en el tiempo –“ese oscuro enemigo que nos roe el corazón”, según Baudelaire– otro gran degustador de puros: José Lezama Lima.

La modernidad, temprana y tardía –esta– que vivimos –o padecemos– ha convertido la utilidad en una forma de moral donde todo debe servir para algo. El tiempo es dinero y debe ser óptimo: optimizarse. Incluso el ocio tiene que volverse productivo: descanso para rendir mejor, bienestar como técnica de eficiencia, algo así ha explicado el surcoreano Byung-Chul Han en sus breves libros. Frente a eso, un libro como Puro humo parece venir de otro mundo histórico y social donde aún era posible perder el tiempo con elegancia; y donde la seducción requería tiempo y espera: espesor de signos en rotación.

Desde esta forma “envejecida” de estar en el tiempo, el libro de Cabrera Infante pudiera leerse, además, en diálogo indirecto con una tradición muy amplia –el culto a lo improductivo– que atraviesa el dandismo, ciertas formas del simbolismo finisecular, el decadentismo europeo y algunas intuiciones del extremo Oriente sobre el vacío creador y la fertilidad de lo que es inútil. El dandi, en el Beau Brummel, en Byron, en Baudelaire, en Wilde, y en tantos más, no es solo el hombre elegante, de frases afiladas e impecablemente vestido. Es aquel que convierte su propia existencia en una forma inútil y refinada de resistencia frente a la productividad de la sociedad burguesa. El dandismo defiende un estilo vital, vinculado al espejo y al vacío. Allí donde el mundo exige eficacia burguesa, es decir, homogeneidad, el dandismo es el último gesto heroico entre la decadencia, es decir, individualismo. No es casual que sea en lengua inglesa donde, según Cabrera Infante, hay más referencias al tabaco en todas sus variantes.

En algún un sentido, hay algo profundamente dandi en Puro humo, y no porque Cabrera Infante ensaye cualquier pose efectista ante el lector, según una concepción errónea de lo que es el dandismo. Es su escritura, en este libro, la que parece negarse continuamente a justificarse mediante una finalidad externa. Y esto es profundamente dandi, porque, como se ha dicho, es el dandi quien estrena sus mejores jubones para una comida sin comensales. Así, también, el libro no nos quiere enseñar una lección histórica o moral sobre el tabaco. Mucho menos producir una tesis sociológica definitiva, al estilo de Fernando Ortiz en Contrapunteo cubano del tabaco y del azúcar. Más bien, se abandona al placer de las asociaciones libres, al brillo y juego de las palabras.

Aunque el libro –similar al lacaniano nudo borromeo– se organiza en tres centros superpuestos que se van definiendo mutuamente: la historia del tabaco desde el momento de su descubrimiento por Rodrigo de Jerez; la relación del puro con el cine, su historia, y personalidades; y la relación entre el puro y la literatura –sobre todo en la sección antológica encabezada por el verso de Mallarmé, “ta vague litterature”–, su erudición nunca se vuelve solemne. Dentro de esta sección todo circula como humo. Y es, ese humo, aquí, la imagen paradójica y central, porque el humo no posee forma estable, no puede almacenarse o producir capital. Existe, pero solo mientras se desvanece. Por ello funciona tan bien como símbolo de aquello que el mundo contemporáneo no sabe cómo administrar: la experiencia improductiva y el placer sin finalidad.

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El humo también introduce una dimensión temporal muy particular. Aunque a veces se fuma rápido y por ansiedad, no es menos cierto que, otras veces, implica un paladeo lento de “eso” que, dulce veneno, nos llena los pulmones y pasa al torrente sanguíneo. Se sabe que la nicotina es de las drogas de más rápida absorción. Es decir: hay una química acelerada actuando sobre el sistema nervioso. Sin embargo, paradójicamente, fumar implica demorarse. Nos obliga a un ritmo lento y a un tiempo ceremonial, donde el puro se consume mientras el tiempo gotea lentamente.

Varios fumadores compulsivos –Freud entre ellos– lo han visto así: el placer del acto que es fumar –como sustituto– como pequeño ritual oral ligado al deseo y a la repetición. El tabaco, y por qué no, la escritura, pueden convertirse en rituales privados contra la tensión y el silencio. Rituales donde no hay acumulación y donde ganamos perdiendo. ¿Cuántas veces hemos visto la ceniza amontonada, incluso, encima de la ropa del fumador? Ahí lo que hay es gasto; y en ese gasto es donde el libro de Cabrera Infante dialoga con ciertas ideas de George Bataille.

En varios de sus libros, pero sobre todo en La parte maldita, Bataille cuestionaba la obsesión moderna por acumular y conservar. Para Bataille, toda sociedad genera un excedente que necesariamente debe gastarse: fiesta, erotismo, lujo, arte, sacrificio y derroche. Existe una economía del exceso que no se reduce a la utilidad racional de la ganancia y la pérdida. Desde la economía del gasto y el derroche, un puro consumiéndose podría verse como un objeto perfectamente batailleano: algo destinado a consumirse y a producir placer en quien fuma. Su sentido está en desaparecer lentamente transformado en humo, y no en producir nada. Consume materia que combustiona, a veces mucho dinero, y tiempo. Y es por eso por lo que adquiere una dimensión simbólica tan poderosa. El humo, azuloso, ascendiendo en hermosas volutas, se vuelve entonces una figura del gasto improductivo. No es el desperdicio banal; es algo que afirma la experiencia humana, relacionada con el juego y el placer, más allá de la lógica económica del capitalismo.

En estos tiempos de escritura chata y, digámoslo sin pena, escritura inculta, un libro como Puro humo puede resultar extraño. Porque pertenece a un tiempo ido, una idea de la cultura –hoy desfasada– donde todavía existía espacio para el diálogo lento, para ver una buena película y comentarla con una amiga en una noche larga y sin objetivo concreto. Cabrera Infante escribe como quien aún cree en el valor de ciertas ceremonias sin finalidad práctica; y eso nos produce una extraña nostalgia. No es, por supuesto, nostalgia por una Habana desaparecida, la de un infante difunto o la de tres tristes tigres…, tampoco nostalgia por algunas marcas específicas o icónicas; es nostalgia por una relación distinta con el tiempo. En Cabrera Infante, el humo es una atmósfera temporal y no solamente una sustancia química que se infiltra insidiosamente en la sangre a través de los pulmones. Todo el libro parece ocurrir bajo el signo de una demora donde las historias se bifurcan y las referencias culturales se multiplican en forma de arborescente rizoma. Entre páginas llenas de anécdotas, referencias personales e históricas, personajes de la cultura universal, ráfagas y destellos de brillantez lingüística, el lector avanza más por deriva que por estructura y concatenación lógica.

Sin embargo, esa deriva no es gratuita ni vacía; no es acumulación, mucho menos hojarasca. Tiene una densidad afectiva particular donde, tal pareciera, que es el humo, ligado constantemente a la memoria, quien lo hilvana todo. Así, un buen tabaco convoca películas, voces, bares, canciones, amistades, noches y ciudades perdidas. El humo es forma de evocación. Algo que existe mientras se desvanece.

Y es ahí, precisamente, donde el libro toca una sensibilidad muy cercana a ciertas músicas nocturnas en el siglo XX. Hay en todo tabaco de calidad la posibilidad de una combustión lenta y pareja. Es lo que ocurre en Puro humo y la estética que nos propone sus páginas. Ya lo dijimos: el libro avanza entre digresiones y recuerdos como en una conversación prolongada en la noche.

Ese humo nocturno –nocturnal– parece más cercano a las madrugadas gastadas de un Tom Waits o al desgaste de Lou Reed que a cualquier moral del exceso. Por cierto, de Tom Waits un crítico llegó a decir que su voz parecía una “voz curtida en un secadero de puros”, lo que me parece una metáfora perfecta. Aquí es donde, creo, Cabrera Infante confluye con estas estéticas nocturnas y en cierto sentido “decadentes”: al no condenar el placer y, ni siquiera, moralizarlo o justificarlo.

Hay una elegancia exquisita en esa negativa a convertir el goce en problema pedagógico, lo que se aparta con decisión de buena parte de la cultura contemporánea que parece incapaz de relacionarse con el placer sin traducirlo en prevención, culpa o, lo que es peor, rentabilidad. Frente a discursos sobre el bienestar, tan cercanos a una administración rentable del cuerpo y lo corporal, Puro humo recupera algo casi arcaico, sagrado y que se relaciona con la dimensión lúdica de “lo humano”: el derecho a demorarse en una experiencia inútil, gratuita.

Pero tampoco podemos reducir el libro a un elogio del consumo de tabaco, porque sería empobrecerlo. El tabaco es la puerta de entrada hacia una reflexión más amplia sobre la fragilidad de ciertas formas de vida. El humo es placer, sí, pero también lo que desaparece. Todo humo es a un tiempo desvanecimiento; y ¿cómo no ver en eso, en esa autodestrucción lenta, una melancolía constante? Entonces, el acto de fumar es ambiguo… Es presencia sensorial: olor, sabor, textura y calor. Por otro, es pérdida, pero también placer. Quizás por eso ha fascinado a artistas, escritores y músicos. El humo visibiliza el tiempo mientras se consume.

Esa es la ambigüedad que está presente en el libro, pues al mismo tiempo que en sus páginas se celebra el placer, también se sabe que el mundo está desapareciendo, y esto en la mejor tradición del “decadentismo”. La Habana nocturna, los viejos cines –apenas queda alguno en la Cuba actual– los bares, ciertas formas de comprender la cultura como una conversación apasionada y no como mercancía relacionada con una academia: todo aparece envuelto en humo.

En esa relación entre humo, oralidad y memoria, hay algo que parece ser muy cubano, porque en Cuba el tabaco y la cultura asociada a él no es simplemente un producto económico destinado a un mercado más o menos solvente; forma parte de una imaginación cultural, como bien exploró Fernando Ortiz en su Contrapunteo… Algo similar a esto dice Lezama Lima cuando apunta: lo mismo que existe el cubano del boniato (el campesino comedor de boniato), existe el cubano del buchito de café. Uno es noble y abierto (del dulce boniato), el otro es amargo y reconcentrado (del café). En Cabrera Infante hay otra dimensión, pues el puro, el habano, se convierte en un objeto narrativo capaz de conectar historia, películas, política, música y conversación. El humo funciona como hilo invisible que conecta todas esas dimensiones. Aquí, la propia dimensión sagrada del acto de “ahumar” con la cohoba, que practicaron behiques visionarios y chamanes del Caribe precolombino, no está fuera de lugar.

Cabe preguntarse, entonces, por el centro de Puro humo. Yo, que nunca he fumado, lo he leído como una magistral defensa del estilo. Porque el estilo, además de ser el hombre, como se ha escrito, es una forma de ser y de conocer. El estilo –vital o literario– lo vemos en todos los grandes escritores. Según Proust, es una visión metafísica del mundo. Es decir: una manera específica de habitar el tiempo y las preguntas fundamentales que frente a “este enemigo” nos hacemos. Leemos la prosa de Cabrera Infante, vemos una fotografía de él, lo escuchamos hablando, y respiramos un estilo; para mí, conectado en profundidad con lo que arriba anotábamos sobre el dandismo. En la escritura, lo “cabreriano” –si cabe el término– es porosidad y falta de rigidez. Más exacto: cambios de tonos y ritmo; juego y desplazamiento de palabras y sentidos; síncopa que se encabrita; interrupción y deriva… Hay un estilo que recuerda lo mismo la improvisación en una buena jam session, que el movimiento imprevisible del humo.

En lo que atañe a ese estilo “preciso”, Puro humo, puede leerse como defensa de una cultura “conversable” hecha de pausas significativas, pequeños retrocesos, ataques lúdicos, más que como un discurso cerrado anclado en la historia –ni siquiera literaria– o lo sociológico pedestre. La conversación, de salón, de café, o de un sencillo banco de parque en El Vedado habanero, acepta el desvío, la asociación libre: tolera el exceso y la pérdida. Una conversación que no busca concluir es ingenio y don en el sentido batailleano. Así escribe Cabrera Infante, solo y acompañado en un bar o en un café de la húmeda Londres, mientras el humo impregna y enrarece la atmósfera. Todo esto, por supuesto, antes de las prohibiciones y el “cuidado” de nuestra salud…

Si en sus comienzos caribeños el humo tuvo un uso ritual en las visiones de chamanes y demás extáticos exploradores de lo divino, no es descabellado, entonces, conectarlo con ciertas intuiciones orientales sobre el vacío. En sus textos fundamentales, el taoísmo y el budismo zen insisten en la fertilidad de lo inútil, de lo poroso. El cuenco sirve por el vacío que hay en su interior. Donde lo rígido no sobrevive y se quiebra al menor empuje, lo flexible vuelve a su estado anterior. Eso es el humo: algo que no posee forma, se adapta y desaparece. ¿Sería absurdo ver a un Buda, en su absoluta y sonriente inutilidad, sentado en su flor de loto y con un puro humeante en la mano?

Esa “inutilidad fértil” es la que parece atravesar las páginas de Puro humo. Lo improductivo de su rizomática “acumulación” cultural deja de ser carencia para convertirse en espacio de aparición. Las constantes digresiones producen sentido en el hecho de no avanzar en forma lineal; así parecen encadenarse en círculos excéntricos que se tocan en sus ángulos. Al igual que las volutas de humo, la escritura encuentra siempre nuevas formas mientras se dispersa en el tiempo y el espacio.

Puro humo es un libro que, por momentos, nos parece construido a retazos; y, es por esto, tal vez, que resulte tan difícil de clasificar. No es solamente un ensayo brillante o autobiografía, historia cultural, sociología o historia, mucho menos crítica cinematográfica, es todo eso al mismo tiempo. Y, fiel a su saber hacer, Cabrera Infante parece desconfiar de los géneros cerrados, así como desconfía de las ideas demasiado estructuradas y rígidas. Hay una ganancia aquí: libertad en esa escritura que fluye; pero, al mismo tiempo, hay un costo: la improductividad. Las páginas se demoran en detalles, ahí donde el mundo del libro contemporáneo –un negocio como cualquier otro– exige síntesis, poca cultura acumulada y funcionalidad a las maneras “nuestras” de leer –¿habrá, realmente, unas maneras nuestras de leer?– Si en la escritura actual se busca economía y rendimiento, en Cabrera Infante el exceso verbal responde a un propósito y ética diferentes: el derroche verbal como lujo y placer.

¿Qué nos dice todo esto sobre el mundo que habitamos? Esa es, para mí, la importancia fundamental de un libro de esta estirpe. La defensa del humo, que no de las marcas icónicas, de la nicotina en pulmones y sangre, o las adicciones, el culto a la palabra y a la conversación –recordemos La edad de la conversación de Benedetta Craveri–, no deben entenderse literalmente. Lo importante es lo que representa un libro como este: una experiencia del tiempo no subordinada a la productividad y al rendimiento.

El humo se convierte, entonces, en una forma de resistencia mínima. Es verdad que es una resistencia tenue y frágil, pero es una resistencia al fin. Frente a nuestro mundo, obsesionado con la utilidad y la producción de capital, Cabrera Infante parece recordarnos que existen experiencias –aquí lindamos con el mundo de “lo sagrado”– cuyo valor reside precisamente en no producir nada medible y calculable.

Desde esa conjunción de los contrarios que pertenece al mundo de lo sagrado, llegamos nuevamente a la frase de Valery: “Lo más profundo es la piel”. Porque la profundidad de Puro humo no está escondida detrás de la superficie brillante de sus frases, sino en la misma piel, en la deriva de sus asociaciones culturales y lingüísticas, el placer de la conversación, en el humo que aparece mientras desaparece.

Como no podía ser de otra manera, al fin del libro aparece el famoso poema de Stéphane Mallarmé, cuya frase, “Ta vague litterature”, encabeza toda la sección final con que termina Puro humo. Es decir: como si el propio libro regresara finalmente, en el poema, a una de sus fuentes secretas. Allí, es donde el humo deja de ser un simple hábito cotidiano para convertirse –en el poema de Mallarmé– en símbolo del alma y de la respiración del Universo en el verso, en su movimiento de anábasis o reintegración en la Unidad, aliado a una voluptuosidad de la demora. Pienso en Lezama y no es casual, gran fumador también, y donde, en su prosa recargada y arborescente, las imágenes parecen expandirse como volutas de humo. Fue por el propio poeta de Trocadero, por el que llegué, precisamente, al poema de Mallarmé. Ahora, cuando escribo estas notas, descubro que el humo los unía –los unió– desde siempre.

Entre Guillermo Cabrera Infante, Stéphane Mallarmé y José Lezama Lima, y tantos más que harían estas páginas infinitas, parece existir una secreta confraternidad del humo. Fraternidad, en las antípodas de aquellos “vendedores de humo” que, en el mundo actual, ofrecen promesas cuyo valor real es mucho menor que lo anunciado. ¿Quién sabe si toda experiencia estética tenga algo de ese humo sagrado del que nos habla Cabrera Infante: existir intensamente solo mientras desaparece?

Lo que sí parece seguro es que, si algunos fuman por ansiedad, enganche a la nicotina como química que circula en la sangre, compulsión, e, inclusive, para aparentar una importancia que no les pertenece; hay otros fumadores que paladean una bocanada de humo y, mientras lo hacen, escriben una obra maestra, aunque sabemos que es, también, una “vana gloria, una vana causa”. En ambos casos, el producto de la combustión del capote y las tripas es el mismo: el humo. Lo que cambia es lo que está ocurriendo detrás…

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NANSEN H. TÁPANES
NANSEN H. TÁPANES
Nansen H. Tápanes (1969). Licenciado y master en Historia por la Universidad de la Habana. Ha publicado artículos en Revista Cubanow (ICAIC), Portal de Cubarte, Conexos e Hypermedia Magazine.

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