‘Hablando con Gato’: la historieta de una Cuba en transformación

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Viñeta de Irán Hernández Castillo, autor de ‘Hablando con Gato’

Descubrí Hablando con Gato en una presentación de la revista Apulpso en la Fundación Ludwig de Cuba.

La Fundación había organizado una serie de encuentros con revistas “independientes” que para entonces (2019) ya habían alcanzado una presencia notable en el campo de fuerzas culturales del país. Por suerte –puesto que apenas editaría unos pocos números más– la encargada de inaugurar el espacio fue precisamente Apulpso. Una publicación especializada en el cómic, la animación y la ilustración, que rescataba un gremio bastante deprimido en términos de promoción y visibilidad. No sólo ofrecía una plataforma para la publicación de un número amplio de historietistas, ilustradores, animadores…, sino que orquestaba un rescate invaluable de la memoria de dichas manifestaciones, una informada actualización del curso de las mismas a nivel internacional, una fértil producción de materiales críticos sobre las obras, y un largo etcétera.

Vale aclarar que he entrecomillado “independientes” porque pocas palabras devienen tan resbaladizas y problemáticas en el campo cultural cubano como esta. Y justamente el peso semántico de dicho término movilizó la creación de aquel espacio de discusión y pensamiento en torno a las revistas, con la aspiración no sólo de discutir el contenido que Play off, Garbo, Negolution o El toque –por sólo mencionar algunas de las que por allí pasaron– generan en la escena nacional, sino de pretextar con ellas un debate mayor: la emergencia de una nueva temporalidad en la isla, en la medida en que cada una de estas revistas introduce un perfil de consumo y una dinámica publicitaria –un plasma de valores– por muchos años suprimidos de la realidad insular.

Pero todavía se pretendía más, desde luego: evidenciar la legitimidad de las mismas, el rigor del trabajo que estaban desarrollando, la forma en que satisfacían un público necesitado del contenido que ellas generan y el ensanchamiento de la norma estética del diseño que propician, entre otras tantas cosas. No debe pasar por alto que estamos hablando de medios que hacen política inevitablemente con sus contenidos, o sea, desde el momento preciso en que son receptados, abren una brecha discursiva que activa las relaciones de poder, los antagonismos, las contradicciones y desniveles, las conflictividades y negociaciones de representación que tensan las hegemonías, cualquiera que estas sean, del país.

Con toda intención me extendí en el preámbulo.

Decía que fue durante la presentación de Apulpso que vi por primera vez Hablando con Gato, una de las secciones más sugestiva y exitosa de aquel magazine. Con esta transgresora y singular historieta –que es historieta, a ciencia cierta, sólo operativamente–, Irán Hernández Castillo ha consumado, no creo equivocarme, un verdadero “hallazgo” gráfico. No lo digo sólo por la adaptabilidad con que la tira ha transitado por innumerables soportes o ha adoptado disímiles funciones iconográficas o comunicativas. Me refiero, en lo fundamental, al modo en que, inscrito en lo mejor de la tradición cubana –pienso en el Salomón de Chago Armada y en El Bobo de Eduardo Abela–, pero desde un contundente sentido de la contemporaneidad, su autor esgrime un sólido andamiaje estético. O sea, que la ejecutoria de Irán Hernández suda inteligencia en la construcción visual y narrativa, e ingenio y agudeza en su proyección discursiva, la cual, no obstante el amplio espectro temático que abarca, goza de una organicidad sorprendente.

Quiero, por tales motivos, llamar la atención sobre Hablando con Gato, esta historieta cubana que circula hoy activamente en las redes sociales, y que en fecha reciente disfrutó de una exposición virtual que organizara Vitrina de Valonia; una exhibición que, en principio, se proyectó en un espacio físico y se llegó a programar su apertura, pero frente a las circunstancias en que nos sumió la Covid-19, debió trasladarse al terreno digital.

Lo primero que se hizo patente en la muestra aludida fue la transformación continua a que se ha visto sometida Hablando con Gato. Siete posts dieron forma a la exhibición que en días sucesivos intentó recorrer la evolución gráfica experimentada por la tira, al presentar los diversos registros y soportes en que ha encarnado: su paso como historieta por Apulpso –donde se dio a conocer y alcanzó popularidad–, su existencia impresa en el Bisiesto de la Muestra Joven ICAIC del 2019, en la revista Alma Mater y en El Caimán Barbudo –en este último llegó a adoptar el formato y el discurso de una crónica gráfica periodística–, su extensión a la publicidad y el marketing al incorporar objetos de consumo cotidiano, su existencia corriente en Facebook e Instagram, y su inserción directa en WhatsApp, a través de un paquete de stickers.

Lo sorprendente del autor de Hablando con Gato es que ha logrado sostener una identidad luego de tantas mutaciones y, está claro, por sobre la conservación de la iconografía. En cualquiera de estos entornos en que se ha presentado de algún modo la historieta, Irán Hernández resuelve instalar su desafiante concepción plástica y su rigurosa elaboración de las ideas, en un montaje coherente de múltiples referencias, provenientes tanto de la industria cultural como del arte y la literatura.

Quizás por esto último es que ha conquistado un público tan profuso. Por un lado, porque incorpora con total originalidad los mecanismos gráficos de la historieta clásica a muchas de las convenciones de su registro simbólico. (Aun cuando la tradición en que se inscribe rompe con aquellos tajantemente, las estrategias de seducción y eficacia comunicativa que han legado esos procedimientos clásicos se dejan sentir en la construcción de la tira.) Por otro, porque incluso cuando apela al imaginario popular y a las tácticas comunes del dibujo humorístico, su discurso se densifica por la perspicacia formal de la imagen.

Esa sorprendente adecuación cultural a la que me he referido, tiene una fuerte apoyatura en la identidad visual. Iconográficamente, como es apreciable de inmediato, Hablando con Gato incluye nomás la figura del humano, dibujado de los hombros hacia arriba –un evidente alter ego del autor–, y al felino, que por lo general reposa sobre la cabeza del primero. Los rasgos figurativos de ambos personajes son bastante minimal –al punto de estar esbozados a la manera de un estilizado boceto– aunque siempre muy bien definidos. Estos atributos formales son los mayores responsables de plasmar una imagen, que con un mínimo de elementos visuales y con algunos recursos propios del expresionismo histórico, accede a una sustantiva calidad plástica.

Otro rasgo particular es la renuncia absoluta al encuadre de las escenas. Cuando el historietista teje largas narraciones en las que necesita más de una viñeta –como sucedió con el excelente reportaje publicado por El Caimán Barbudo o en Gato habla con Ray Fernández, también publicado en dicho tabloide—, lo común es que los distintos momentos que articula la trama se diseminen en el espacio sin un marco que los delimite. Un elemento que, desde luego, contribuye al distintivo de la visualidad. Como también el hecho de que, muchas veces, la palabra renuncie al globo y se esparza por la página llegando a ser un dispositivo visual tan relevante como las figuras.

A propósito, la relación entre imagen y palabra se da aquí en una productividad muy particular. Tengamos en cuenta que Hablando con Gato tiene otro componente diferenciador en su linaje reflexivo, meditativo, filosofante, como han referido algunos comentaristas. Tanto la recurrencia a procesamientos visuales que vienen del dibujo humorístico, como la escritura de textos que acuden a maniobras cercanas al humor criollo, al chiste cotidiano entre los cubanos, al choteo insular, se emplazan con tanta precisión justo por la naturaleza colaborativa de la relación entre imagen y palabra. Según el soporte en que se ubique, el autor de la tira suele recurrir a una mayor o menor abundancia de texto, o a un realce de la expresividad de los gestos faciales de los personajes, mas en cualquier caso, hay siempre una marcada complementariedad entre imagen y palabra que constituye el detonante esencial de las ideas y del humor.

Ahora bien, comencé por un dilatado preámbulo porque al señalar la incidencia de las revistas “independientes” en el campo cultural cubano apuntaba uno de los perfiles más sustanciales de esta tira gráfica. Del mismo modo que la identidad visual de Hablando con Gato consigue acoplarse con coherencia a los más variados soportes, su perfil comunicativo más vigoroso no está en la mera recurrencia al humor como descongestionante cívico, sino en aquellos diálogos entre Humano y Gato –recordemos que este último deviene una suerte de conciencia escindida del primero–, que penetran el entramado sociopolítico cubano para, con picardía e irreverencia, extrañarnos en relación a acontecimientos y eventos de nuestra realidad contemporánea. Son abundantes los pasajes en que se expande una ideología caracterológica de las circunstancias históricas actuales, sin acudir al pensamiento complaciente o reformista de cierto cómic o dibujo humorístico.

Una historieta capaz de parodiarse a sí misma no puede menos que prestar un servicio público filoso que expone los sucesos y desvíos de una subjetividad en ebullición. Esa descentralización que define las composiciones y el cuerpo plástico de la obra, tiende a afectar las perspectivas del contenido: Gato y Humano, durante sus picantes coloquios, arman de las suyas. Luego está la dinámica expresiva que disfruta la concepción estética en general, fija de tal modo a estos tiempos, que basta con pasar rápido el ojo por el muro de Facebook y tropezar con Gato, para saberse en una Cuba en trasformación.

 

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ÁNGEL PÉREZ
Ángel Pérez (San Germán, Holguín, Cuba, 1991). Licenciado en Historia del Arte. Artículos y ensayos suyos aparecen en libros, antologías y publicaciones periódicas nacionales e internacionales. Compiló y prologó con Javier L. Mora, Long Playing Poetry. Cuba: Generación Años Cero (Editorial Casa Vacía. Richmond, Virginia, 2017) y con Jamila Medina, Pasaporte. Cuba: poesía de los Años Cero (Editorial Catafixia, Guatemala, 2019). Ha obtenido los Premio Caracol de crítica y ensayo cinematográficos de la UNEAC (2017 y 2019), el Premio Internacional de Ensayo de la revista Temas (2019), además de la Beca de Creación Dador (2018) y el Premio Pinos Nuevos de Ensayo (2020), ambos otorgados por el Instituto Cubano del Libro. Es programador del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Integra el staff de Rialta.
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