Héctor Trujillo: el Instagram de un encuentracosas

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Foto: Héctor Trujillo

Hay un arte de caminar por la calle viendo todo lo que se nos presenta (del cielo al suelo) sin dar un pestañazo. Conozco unos cuantos casos… Y colecciones siempre en progreso de objets trouvés como las de José Manuel Mesías (quien ha ido de las clásicas llaves o cepillos hasta pétalos u hojuelas de junturas de nylon y jaulas de pájaro). Conozco a mi padre, que sin haberme leído nunca Pippa Mediaslargas es un perfecto encuentracosas de los que puede hallar (y recoger) “pepitas de oro, plumas de avestruz, ratones muertos, bombones, tuercas y cosas así” –como el famoso personaje de Astrid Lindgren–. Cuando una se acerca al Instagram de Héctor Trujillo o se le da el caso de conversar con él, de inmediato se da cuenta del poder de observación que despliega sobre las superficies, de la vista que tiene para no dejar escapar nada de lo que se levanta a su paso.

Fuentes (“de agua seca”), neones (semi/apagados), vitrales y baldosas multicolores, escaleras, molduras, frontones, puertas, fachadas, siluetas de edificaciones, cines, casitas de madera enquistadas entre moles de prefabricado o mampostería… Eso y más se ha ido apilando entre las fotos que ha publicado en las redes sociales, como también deja ver su página de Facebook y como detectó enseguida ese sabueso del arte que es Herson Tissert, hace algunos meses al disertar de Héctor como “creador a tiempo completo”. A esa serie de fotografías abierta, que recorta y archiva la arquitectura capitalina sin solazarse en derrumbes ni en remozares, cuyos pisos de baldosas se transparentan por varias zonas del corpus visual de quien ha puesto a recircular en bolsos y pulovers y paredes esos patrones, me quisiera referir principalmente. Porque este artista va por la vida (por su Habana natal) como una cinta de cera o esponja que lo absorbiera todo, devolviéndolo regurgitado. Su ojo sabe recortar y colectar las formas que se repiten de un lado a otro de la ciudad. Junto a ellas se despliega como un fotorreportero, enfebrecido al rodar (como en un dolly, como sobre rieles) de una construcción a otra, dejándose sorprender por cada nuevo hallazgo, si bien esperando luego su (re)aparición y el detalle de asimetría que lo distinga, que nos deje pensar en quienes antaño (con pericia e incluso con distracción) colocaron cada pieza sobre un piso, una fachada, una pared…

Foto: Héctor Trujillo

Por esas ventanas a los fractales de una experiencia urbana que muchas veces se nos escapa, entre el trasiego cotidiano y “el arte de hacer ruinas”, sigo este Instagram hace ya un tiempo. Siempre que pienso en otros instagrameros y “rescabucheadores” (a vuelo de pájaro o al pie del cañón) de esa que me gusta bautizar como La Vana, y que Trujillo se empeña en examinar cada día con los ojos limpios de polvo y paja, para devolverla a la mirada, trazo paralelos apetecibles. Caso su cuaderno habanero, su placer por la arqueología citadina –aunque excavando en otras épocas, fascinada por otras formas– con las muestras de ingenio cubensis que abarca la “arquitectura de la necesidad” de Ernesto Oroza. Y caso su álbum fotográfico con las “ciudades dibujadas” y las “ciudades imposibles” de Agnes Fong. Como si debajo de los colores y las líneas reinterpretadas por ella, con los párpados abiertos o cerrados, comenzaran a agigantarse –saliéndose de las páginas/ de las arcas de Héctor–, otras luces y otras sombras. Así, entre las motas de polvo de las populosas avenidas, surgen detalles emborronados del ornato público (frutas, flores, animales…, geometrías); peldaños de tramo siniestro, como escapados de algún cuento de Eliseo Diego, cinemanías “silentes” que nos llevan a butacas y salas de proyección vaciadas (Apolo, Lux, Johnson, Los Ángeles, Moderno…), donde Olga Marta Pérez ha llegado a conversar con murciélagos atildados, ayer críticos cinematográficos y hoy aburridos de lo lindo: un cementerio que ha tenido sin dormir a otros lentes inquietos, y que ha sido retratado hasta el fondo por Carmen Rivero.

La pasión de Héctor Trujillo visita interiores y exteriores con la misma paciencia de sus calados en papel. En la seguidilla, ha llegado a posarse sobre encajes de enrejados (también trinitarios), y explora últimamente esa obra de arte efímera, casi inmaterial, que son los reflejos de los vitrales por pisos, paredes y otras superficies. Aunque lo más obvio sería subrayar su conexión con el paso de La Habana por la pluma de Alejo Carpentier o la paleta de vanguardistas como René Portocarrero y Amelia Peláez, otros ríos subterráneos alimentan sus búsquedas entre “monumentos vivientes” –como suele etiquetar muchas de sus fotos–. Veo veo el mural de mosaicos o teselas del Centro Fílmico y una escultura de López Dirube –quien no solo orló los predios del Hotel Riviera, como descubrimos con Héctor, camino a Matanzas–… y pienso en la abstracción en Cuba. Veo veo los hallazgos art déco de casas y edificios –que incluso llega a retratar en Santa Clara–, y su empeño por decir: #viboravive, #cerrovive, #lawtonvive…, y pienso en las animadas páginas de la revista Social donde, allá por los años 20, ese estilo (entre cubista, fauvista y Bauhaus, entre orientalismo y africanía) copó los modos de representar más que “lo cubano” a “las cubanas”, con aires de glamour y modernidad…

Foto: Héctor Trujillo

Así como de variopinta es la arquitectura habanera, así de diversa es la colección de Héctor y no nos deja dormir sobre laureles ni vivir olvidados de las joyas arquitectónicas que abundan aún por las calles de la Isla, saqueadas por capas de tiempo, polvo y desidia más que por adaptaciones hechas para seguir con vida. En ese paisajismo urbano apresado por su cámara (probablemente, por su celular), el artista ha deslindado las obsesiones que persigue (y lo persiguen). Tales zonas de interés lo movilizan a por más; desde hacer por descubrir variaciones de forma y color en todos los detalles que retrata hasta querer poner manos a la obra en una fábrica de mosaicos contemporánea. Y su ambición es contagiosa para quien ya lleva en sí un encontrador de cosas. Por eso cuando algún amigo suyo se ve de bruces ante los restos de mosaicos o azulejos de alguna pared casi perdida, no es de extrañar que le envíe la captura, como para asentir a ese post de Instagram donde él solo colgó una frase: “la cultura se protege compartiéndola”.

La ciudad es un continuum que ayer como hoy está habitado por prácticas que se repiten y vecinos más o menos “originales” o “potentados” que pueden contratar o no arquitectos y albañiles que construyan al hilo. Como un mapista o amanuense, Héctor se va a la calle de vez en cuando a seguir con ese “levantamiento” de lo que queda y no se va. Entre lo que fotografía perviven vestigios que nos narran o nos dejan imaginar cómo es y cómo era. Ver la calle (el pasillo, la escalera, el lobby inmenso) donde se tiró el piso o se alzó la torrecita de un “castillo” de ringo-rango, y luego descubrir el mismo motivo en el callejón de al lado, porque alguien lo copió en el frente de su casa o imitó el embaldosado, si no es que usó un remanente de losas para hacer un caminito o vestir a lo Gaudí un banco, una fuente, su pedazo de fachada.

Foto: Héctor Trujillo

Cuadras y vecindarios son también un continuum, allí donde se apilan soluciones paralelas y ligeramente asimétricas, pero siempre dialógicas, aunque algunos proyectos grandilocuentes y turísticos de La Vana –como el último remate de Malecón y Prado, o lo que se avecina en 23, (haciendo) a un lado (d)el Habana Libre– parezcan hacer por olvidarlo. Las casas son igualmente soñadas como continuum por sus dueños, independientemente del tiempo que les haya tomado construirlas o repararlas. Curiosamente, Héctor retrata, por un lado, fragmentos de esas casas, haciendo close ups, poniendo el zoom sobre fuentes en algún recodo del jardín o sobre el remate con rodapiés a medio ro/aer de una pared enlosada; mas, por otro, tiene esa mirada holística del que contempla. Porque nos deja atisbar la arquitectura y su despliegue de formas en el espacio, la comunicación de sus elementos para erguirse en un hogar confortable, en un entramado viviente de barrio y de ciudad. Así hay entradas que enmarcan puertas, azulejos que nos empujan por pasadizos, vitrales que se reflejan en abanico sobre una escalera, escaleras que bajan en espiral cuadriculada hasta un piso que las acentúa en color, oleadas de balcones emuladas por sinuosos pasamanos… Nada está solo y lo que no nos da una lección de convivencia –en sus rejuegos de armonía– nos regala el mismo (des)concierto del desajuste social o vital: las contradicciones y el entrechocar de lo que no encuentra acomodo, de lo que sobresale y sobresalta, rechinando como un pregón exacerbado, como un grito de azotea a azotea.

Foto: Héctor Trujillo

No huelga decir que el encanto de las molduras salvadas por el ojo de este instagramero (y acentuadas por el hollín de calzadas como la de Jesús del Monte) tanto como la curiosidad que nos pica por fábricas y cines cerrados o por las siluetas que él recorta contra el horizonte, como esculturas exentas, nos invade por su sabor de suntuosidad pasada, de “fuente de agua seca”. Al menos a mí, el dibujo de un azulejo casi extinguido me provoca más que una pared completa recién revestida. El neón iluminado me deslumbra menos que el nombre trasegado de una tienda, desdibujándose en mosaicos sobre la acera. De su serie, me embelesan esas heroínas de madera que todavía se descubren en algunas cuadras de la capital, y que raramente fueron de dos pisos. Me recuerdan a la casa “americana” de mis abuelos en el central Báguanos de Holguín –hoy derruida, como en parte ha sucedido con la casa natal de Héctor y con tantas otras, de creadores cubanos que no han resultado museables–. Pienso en los dueños de esas sobrevivientes y en la “pobreza irradiante” que probablemente hizo que llegaran hasta aquí: un regalo amargo.

Lo hemos conversado: el Instagram de Héctor Trujillo no pretende paladear ese amargor, aunque nos deje a fin de cuentas ante una beldad mustia. La suya es una apuesta contra reloj por visibilizar algunos trazos del retrato de una ciudad que cambia cada segundo –haya o no haya coyuntura, petróleo, medicinas, detergente, papel–. Me gusta saber que en el holograma de internet resuena, entre el tic tac de historias que vienen y van, un arte documental que pendulea hacia el ayer y que podrá al menos seguirse admirando en fotos mañana por la mañana. “El mundo está lleno de cosas, y es realmente necesario que alguien las encuentre” –me dice Pippa al oído–. Qué bien se siente encontrarse con quien ya las ha encontrado.

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JMR
Jamila Medina Ríos en poesía: Huecos de araña (Premio David, 2008), Primaveras cortadas (México D. F., 2011), Del corazón de la col y otras mentiras (La Habana, 2013), Anémona (Santa Clara, 2013; Madrid, 2016), País de la siguaraya (Premio Nicolás Guillén, 2017), y las antologías Traffic Jam (San Juan, 2015), Para empinar un papalote (San José, 2015) y JamSession (Querétaro, 2017). Jamila Medina en narrativa: Ratas en la alta noche (México D.F., 2011) y Escritos en servilletas de papel (Holguín, 2011). Jamila M. Ríos (Holguín, 1981) en ensayo: Diseminaciones de Calvert Casey (Premio Alejo Carpentier, 2012), cuyos títulos ha reditado, compilado y prologado para Cuba y Argentina. J. Medina Ríos como editora y JMR para Rialta Magazine. Máster en Lingüística Aplicada con un estudio sobre la retórica revolucionaria en la obra de Nara Mansur; proyecta su doctorado sobre el ideario mambí en las artes y las letras cubanas. Nadadora, filóloga, ciclista, cometa viajera; aunque se preferiría paracaidista o espeleóloga. Integra el staff del proyecto Rialta.
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