No pensaba insistir en el tema de “cierta” poesía nueva, sobre el cual hemos dialogado un poco Lezama Lima y yo en estas páginas. Aunque disto mucho de pensar que la respuesta del poeta fuese convincente en la misma medida en que me resultó interesante, ya él dijo lo suyo y yo lo mío, y es sabido hasta qué punto es una ilusión pensar que en este género de diálogos nadie convenza a nadie.

Pero la discusión ha servido al menos para suscitar en los círculos literarios –y hasta en los infraliterarias– reacciones diversas que no deben perderse en el silencio. La más pública ha sido la de un compañero de prensa, Luis Ortega, que en las páginas de Prensa Libre, sustrayéndose a su tarea habitual de arrimarle titulares como brasas a la opinión pública, procedió a anotar que yo no había polemizado en absoluto con Lezama Lima, sino que me había sencillamente rendido a los pies del poeta, y conmigo toda mi generación. Según él, la confesión que hice de que no entiendo la poesía de Lezama Lima marca el agotamiento, la defunción intelectual de los hombres del 25. ¡Sancta simplicitas la del amigo Ortega!… Aquí, sin duda, cuadraría muy bien aquello de “los muertos que vos matáis gozan de buena salud”, o la salida de Mark Twain de que la noticia de su muerte estaba un poco exagerada.

Una bonita frase de Lezama parece haber inspirado ese arrebato necrológico del distinguido repórter. Nosotros, los hombres del 25, o más específicamente, los que hicimos la Revista de Avance, hemos cambiado –decía el poeta– “la fede por la sede”. Como se trata de una frase de Lezama Lima, no estará de más aclarar lo que quiere decir por si alguien no la entiende. Quiere decir que hemos cambiado la pura dedicación a las cosas de la inteligencia y de la sensibilidad por los halagos o las solicitaciones de la vida histórica. En otras palabras: no nos hemos dedicado a ser poetas, o ensayistas químicamente puros, sino que hemos hecho política, periodismo, labor de animación cultural y otras cosas nauseabundas por el estilo.

Por supuesto, me declaro culpable. Salvadas todas las distancias, lo mismo hicieron, en sus respectivos momentos y lugares americanos, los Andrés Bello, los Sarmiento, los Alberti, los Lastarria, los Montalvo, los Hostos y Varona y Martí. Esa es la gran tradición del intelectual americano: responder al menester público, no sustraerse a él; vivir en la historia, no al margen de ella. En los países ya muy granados y maduros, es perfectamente justificable que el escritor se consagre enteramente a sus tareas creadoras como tal, porque la conciencia moral e histórica de que está asistido, y aun la estética, encuentra en torno suyo ámbito de suficiente respeto y servicio a los valores espirituales, y gente lo bastante numerosa, en la política y en el periodismo, para sustentar esos valores. Pero los pueblos todavía en formación reclaman y esperan demasiado de sus hombres de espíritu para que estos les vuelvan soberbia o tímidamente las espaldas. Y no veo por qué se haya de imputar falta de austeridad precisamente a los que no se permiten el lujo de desdeñar lo público con purezas altivas y ascetismos cómodos.

¡Si supieran qué sacrificios exige eso de la más íntima vocación! Porque ello supone, sin duda, una merma en la cantidad y a veces en la calidad de la obra, con lo cual la cultura pierde tal vez algunas altas espigas. Pero, en cambio se va atendiendo mejor a la regularidad de las cosechas, que son el pan de todos. Siempre se tuvo por nobleza sacrificar la devoción a la obligación, y yo creo que el primer deber de un hombre de espíritu es luchar porque el espíritu efectivamente reine en el ámbito donde el destino le situó. Y cuando digo el espíritu, digo eso que con palabras un poco menos solemnes solemos llamar la justicia, la libertad, el decoro, la cultura. En su día, pues, la Historia sacará sus cuentas, y dirá, quiénes tuvieron más fede y menos sede, si los generosos en el desvelo o los soñadores… sedentarios.

* * *

Pero dejemos eso. Otras son las reacciones que quisiera comentar de las motivadas por el diálogo entre Lezama Lima y yo. Se refieren a la cuestión esencial que planteamos: la del valor o legitimidad de “cierta” nueva poesía –y me permito subrayar ese adjetivo, que con toda deliberación empleé–. Oralmente o por escrito, algunos lectores me han pedido mayores precisiones sobre la tesis que sostuve de que la poesía está obligada a ser, lo más eficazmente posible, no solo expresión, sino también comunicación. Por otra parte, no han faltado algunos lectores y hasta autores que, tomando el rábano por las hojas, hayan interpretado mi desgano hacia “cierta” poesía nueva como una reprobación de toda nueva poesía, suponiéndome adscrito a las sobadas rutinas de antaño.

Nada de eso. Muy enfáticamente quisiera decir, por el contrario, que la novedad me ha parecido siempre un coeficiente casi indispensable a la más viva fruición artística. No es solo una broma el conocido dictamen según el cual fue poeta el primero que dijo “Tus ojos son dos luceros”, y el que lo que lo repitió fue solo un cursi. A eso aludía la frase de D’Ors que cité en mi artículo anterior y con la cual gusto de prevenir a ciertos poetas neófitos: hay que tenerle repugnancia a “la almohada donde ya se ha dormido” y no porque estén sujetas a cambio esencial las emociones del hombre –que son la sustancia de lo poético–, sino porque la fresca, la inusitada expresión contribuye mucho a su virtualidad comunicativa. Cuando un poeta “se parece” demasiado a otro poeta, cuando su voz parece el eco de otra voz, no es solo su “originalidad” lo que queda comprometida, sino también su aptitud para conmovernos de nuevo. Con ese sentido –aunque exagerado a su manera– dijo alguna vez Ortega y Gasset que un Velázquez era un milagro humano; dos Velázquez sería una calamidad. El arte debe aspirar a ser siempre milagro.

Desde hace años soy, pues, un lector siempre interesado, y a menudo apasionado, de los Valéry, los Rilke, los Eliot, los Neruda, los Aleixandre, y en cambio se me caen irremediablemente de las manos los libros de poemas “al modo de” –aunque sean todos muy ilustres–. Si un poeta no halla la manera de decir lo viejo de un modo nuevo –y por “nuevo” entiendo el acento singular, el recurso propio–, lo mejor será que no fatigue las prensas. O, si las fatiga, que no aspire más que a la efusión consoladora del sentimiento propio.

Ahora bien: lo que sí me parece que hay derecho a exigirle a toda novedad poética es que sea eficaz. En esta eficacia estriba, en parte, eso que llamé hacer poesía “que se entienda”. Y para que ahora se me entienda a mí un poco mejor, quisiera permitirme algunas consideraciones un poco generales sobre el hecho poético tal como lo veo. No he de poner en ellas ningún magisterio personal. La estética moderna ya está muy gravada de doctrinarismos, muy abrumada por “el espíritu de manifiesto”. Apenas hay poetas de alguna jefatura, por cenacular que sea, que no se sienta en el caso de promulgar su propia filosofía y canon de lo poético. Y como todos quieren ser muy personales y sutiles, y a veces muy revolucionarios, cada cual resulta más artificioso y arbitrario. Está haciendo falta un poco más de modestia y objetividad. Si de lo que se trata es de aclarar en qué consiste y a qué aspira la poesía, ¿no parece lógico que empecemos por mirar lo que de hecho ha sido la poesía a lo largo de los siglos?

Ha sido, sencillamente, la expresión y comunicación eficazmente condensadas por medio de la palabra de una experiencia emocional ante el mundo y ante la vida.

Nótese bien: expresión y comunicación. Sobre lo primero, la expresión, no creo que haya duda. Hay almas profundamente emotivas que quisieran poder decir “todo lo que sienten”; pero no pueden. El poeta es el que sí puede, el que es capaz de verter hacia fuera en palabras la presión que sobre su ánimo ejerce una experiencia conmovedora. El reiterado testimonio de los poetas nos ha revelado muchas veces ese carácter que la poesía tiene de alivio, de catarsis o sangría espiritual. Martí hablaba de “la almohada” que es el verso.

Cuando la emoción que así se descarga es predominantemente subjetiva, es decir, cuando consiste en los goces y pesares, las angustias y esperanzas de que el poeta es sujeto pasivo, a esa poesía la llamamos lírica. Pero ya se sabe que a veces el momento de emoción es activo o es contemplativo, consiste en un amor a la acción como espectáculo o ideal, entonces tenemos la poesía épica, o en una emoción ante la belleza plástica o el misterio de las cosas, en cuyo caso tenemos una poesía descriptiva o filosófica.

Todo lo cual es bastante sabido. Sin embargo, una de las tendencias de cierta estética literaria moderna es desconocer o negar esa división clásica que sin duda a ciertos neolegisladores les sabe demasiado a “preceptiva y retórica”, pero hay una ciencia acumulada del hecho literario, como la hay de todos los demás hechos constantes y no es cosa de andar renegando de la ciencia cada vez que nos cuadre. Si ciertos cultores de lo moderno tienden a reputar de “poesía pura” sólo la que es profundamente subjetiva, ello se debe a razones histórico-psicológicas, no de teoría estética. Y claro que ni ellos mismos se atreven a negar la calidad poética de Homero y Virgilio, del Romancero y el Dante, de Herrera y Wordsworth, por más que lleven el acento sobre lo épico y descriptivo.

Por este lado de la expresión, la calidad poética –aunque no el grado de esa calidad– está determinada por el solo intento de condensar la emoción en palabras, cualquiera que sea el acierto de esa condensación o la profundidad del sentimiento que se expresa. Esa opinión puede parecer escandalosa pero la corrobora el juicio histórico. Lo de “buena” y “mala” poesía es de lo que más sujeto anda hoy día de arbitrarios dictámenes. Se dice, por ejemplo, que no hay poesía buena y poesía mala, sino solo poesía. A mí me parece que esto es como decir que no hay música buena y música mala, sino solo música. Hace algún tiempo uno de nuestros mejores poetas modernos se tomó el trabajo de averiguar lo que había de poético en Plácido, y llegó a la conclusión de que no pasaba de unos cincuenta versos aislados. Según eso, la crítica tradicional y la común apreciación han estado desbarrando desde hace un siglo. Con ese criterio, habría que repudiar las tres cuartas partes, si no más, del patrimonio literario de la humanidad, y apenas habría razón para escribir historia “literaria” en un pueblo como el nuestro. Pero la verdad no es tan exquisita ni tan soberbia. La verdad es que todo en Plácido es poesía –mejor o peor, pero poesía, poieios, esfuerzo por recrear la emoción en palabras. Poesía es también Campoamor (a quien detesto) y la más ingenua copla del pueblo.

Tampoco es la profundidad de la emoción lo que determina la calidad poética. Se ha escrito mucha poesía sobre temas triviales. Lo que la salva como poesía en tales casos es el solo hecho de expresión condensada, –el hecho de construir un modo de lenguaje esencial en que el sentido se capta por una rápida intuición, sin los trámites discursivos de la prosa. Creo que así es como se explica el tan debatido misterio de la apelación a la medida y a la rima, disciplina de contención expresiva.

Nada de eso, sin embargo, garantiza por sí solo la gran poesía. La expresión poética se eleva a sus más altos niveles, primero, cuando la condensación es insuperable en su logro verbal, de modo que nada en ella parezca que pueda ser sustituido a los efectos de la expresión y la comunicación; y en plano aún más alto, cuando la emoción que así se expresa es de una particular profundidad.

Veamos algún ejemplo. El maravilloso final del Canto V de la Divina Comedia en el que Dante recoge la evocación melancólica de Francesca no hace sino trasladarnos un momento de nostálgica ternura harto común en la vida amorosa. La gran poesía no está en la emoción –que muchos hemos experimentado sin ser poetas–, sino en la eficacia con que se evoca, con solo unos cuantos versos insuperablemente sugestivos, el episodio famoso de la lectura entre los dos amantes; casi en aquel solo verso inmortal: Quel giorno piu non vi leggemmo avante! (“Y aquel día ya no leímos más!”). Consideraciones semejantes pudieran hacerse sobre lugares innúmeros en cualquier gran poeta. El primer plano de su eminencia es solo un logro verbal insuperable.

Pero no es el plano más alto. La poesía “mayor” será siempre aquella en que esa perfección de lenguaje se pone al servicio de un sentido profundo. Ya sabemos que no se trata primordialmente de ideas. Una de las cosas que anda ya puesta en claro es que las ideas no son la sustancia de lo poético. Mas también aquí se ha caído en exageraciones irresponsables.

Cuando se habla de “ideas” suele pensarse en “ideología”, en doctrinarismos, en la reflexión más o menos discursiva, y eso más bien estorba que sirve a la poesía, a pesar de un Lucrecio y un Dante. Pero toda emoción poética está motivada por alguna forma de pensamiento. La expresión bruta de la emoción no es nunca poética. Lo que poetiza la emoción es el ser pensada, es decir, ponderada, más o menos conscientemente. Por esto decía Valle Inclán que en arte las cosas no son como son, sino como se recuerdan. Nadie escribe poesía en plena emoción –ni siquiera los románticos–. Martí decía que la poesía era la “distancia”. Ese alejarse, ese “recordar” la emoción significa, no solo revivirla, resentirla, sino traerla al plano de la conciencia, pensarla.

Y aquí viene lo decisivo. La calidad más alta de materia poética es aquella que, al ser ponderada, le revela al poeta motivos profundos y universales, raíces que la vinculan al misterio del hombre y del mundo –al sentido o “sinsentido” de la vida, del dolor, del amor, de la Naturaleza, de la muerte–. Un poema en que el poeta nos cuente tal o cual experiencia sentimental –experiencia de amor, por ejemplo, que suele ser la materia más socorrida–, podrá ser poesía… mala; podrá ser poesía buena si la expresión verbal y simbólica es impecable (y ya vendremos a eso); pero solo será alta poesía en la medida en que a la emoción de mero episodio se sume la de la vida total como misterio.

El misterio; eso es, en definitiva, el tema mayor de la poesía, como lo es de la filosofía. El sentir que somos “juguete del destino”, náufragos en una realidad infinita, indigentes de sustancia y claridad o necesitados de Dios; el no saber por qué el amor nos agita, la injusticia nos ronda y la muerte nos acaba; la aprensión de la inocencia trágica en los ojos de un niño; la solicitación oscura de un paisaje y la desolación de un camino; la voz que se nos pierde en el turbión de la propia conciencia y el anhelo que se nos ahoga en la marejada de nuestros sueños.

Porque la poesía moderna –en sus manifestaciones más inequívocamente grandes– se aventura con predilección en esa zona misteriosa y casi inefable, soy un lector asiduo de esa poesía y creo que en ella la expresión poética ha alcanzado a veces alturas incalculadas. Pero la que así me impresiona es la que en efecto logra entregarme algún sentido dentro de ese misterio, la que logra comunicármelo y no, solamente, sumergirme en un fárrago de palabras y de imágenes. Por ahí es por donde se plantea el problema de la “comunicabilidad”, sobre el cual tal vez le interese al lector que volvamos en otra ocasión.


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