De izquierda a derecha: José Ángel Valente, José Lezama Lima y Armando Álvarez Bravo, 1968

El poeta católico cubano José Lezama Lima fue un gran conocedor de la obra del místico español del siglo XVII Miguel de Molinos, creador de una corriente espiritual conocida como “quietismo”. Desde su primer libro de ensayos, Analecta del reloj (1953), Lezama aludía a un pensamiento de Molinos (“el amor puro nos hace desechar la salvación eterna”) para referirse a una “crisis poética” que asociaba con la “imposibilidad de despego” o con la “no bifurcación en caminos transitados o infieles”.

Ya en su Diario juvenil, Lezama había advertido una “influencia oriental” en Molinos que volverá a interesarlo en los últimos años, mientras redactaba su novela Oppiano Licario (1977). El protagonista del mismo nombre hace leer a su hermana, Ynaca Eco, la tradición de la mística española, San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús, y especialmente la Guía espiritual de Molinos. En un momento del texto se reproduce la filosofía del silencio propuesta por el quietismo: “Molinos nos hablaba del silencio como en nuestra época se habla del vacío o de la nada…”

En esos años finales, Lezama entró en contacto con otro admirador de Molinos, el poeta gallego José Ángel Valente, quien viajó a la isla en 1967 con carta de presentación de su amiga María Zambrano. Valente hizo una reedición de la Guía espiritual de Molinos y Lezama se la pide en una carta de diciembre de 1974. En enero de 1975, el poeta gallego confirma a Lezama que ha enviado la Guía, desde Ginebra, a la dirección habanera de Trocadero 162, pero Lezama le responde, en julio de 1975, lo siguiente: “La Guía espiritual, que Usted tuvo la gentileza de enviarme, fue decomisada, según comunicación que recibí. Parece que, al leer la palabra espiritual, se entendió que hacía referencia a la metapsíquica, o vulgo espiritismo, y que era una obra para los numerosos discípulos de Allan Kardec. Ya ve Usted que Molinos sigue ganando batallas, se aniquila o lo aniquilan”.

A Lezama se le hizo sugerente la ironía de que la aduana cubana decomisara la Guía espiritual de Molinos que le envió Valente. Era como si la invitación al silencio del místico español se viera confirmada por la censura de la Seguridad del Estado castrista. El poeta cubano experimentaba aquella aduana del silencio con humor, pero también con miedo. Al punto que en una de sus últimas cartas a Valente le hace esta solicitud reveladora: “no comente lo de Miguel de Molinos, por motivos obvios. Bástenos saber que sigue dando batallas”.

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