‘La bola negra’ como continua generación de ficciones

Como el mismo Lorca al referirse a un mosaico mitológico del que no se tiene evidencia histórica o arqueológica alguna, pero que él utiliza en una entrevista de 1934 para hablar de la realidad más inmediata de España, Los Javis usan la ficción, para seguir indagando en las heridas heredadas de una nación y de un mundo cuyos ciudadanos merecen vivir sin pedir permiso.

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La bola negra (2026) no es el mejor trabajo de Javier Ambrossi y Javier Calvo (conocidos como Los Javis), pero es un buen filme, de una solidez destacable. Es, eso sí, el proyecto más ambicioso al que se han enfrentado, del que no salen ilesos, pero sí airosos, con la dignidad en su sitio. Hay directores con más experiencia y recorrido de los cuales no se puede decir lo mismo. La película es casi un acto de soberbia, un épico atrevimiento al que sus directores sobreviven para contarlo. Y bien que lo cuentan, pues en todo el proceso de promoción de la película, antes y después del estreno, tanto en español como en inglés, ellos mismos han sido los mejores exégetas de su propia pieza y de su relación con la cosmovisión lorquiana. Ese corpus paratextual que han construido alrededor de la película –que en otros podría sonar impostado y arrogante– en ellos suena natural por la pasión y la espontaneidad con que lo asumen. El binomio que conforman es una mezcla nada frecuente de talento, inteligencia, capacidad expresiva y pulsión.

La película pone a interactuar tres mundos o cosmovisiones que van de inicios del siglo XX hasta la actualidad: el primero es el pasado de la Guerra Civil española, la trama de Sebastián y Rafael, dos soldados de bandos opuestos que en 1937 terminan teniendo lo que será un acercamiento humano fundamental para ambos; el segundo es el mundo de la creación, la puesta en pantalla de una obra perdida de Lorca, en la que un joven llamado Carlos solicita ser parte de un club en 1932 y los miembros del mismo, usando bolas negras, votan en contra de su membresía por los rumores sobre su homosexualidad; y el tercero es el presente, la trama de Alberto y su madre Teresa, un joven que busca un tema de investigación para su tesis doctoral y termina metido de lleno en la historia de su abuelo materno al que no conoció, quien guardaba la obra teatral de Lorca y termina siendo un elemento que conecta, desde el 2017, a las otras dos tramas. Pero no nos dejemos engañar: el primer argumento, supuestamente histórico, se basa en una obra teatral de Alberto Conejero (La piedra oscura) que fabula sobre un encuentro ficcional entre Sebastián y Rafael que nunca tuvo lugar. A su vez, el mundo poético de Lorca permea también los tres contextos. Ficción y poesía se filtran por entre estas tres propuestas entrelazadas que presentan no pocos paralelos con filmes de Pedro Almodóvar como La mala educación (2004) y Dolor y gloria (2019), en los que también, como mise en abyme, una historia de marco se contamina y dialoga con un guion o una pieza que se desarrolla dentro de la trama principal.

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Cierta crítica se ha dado a la tarea de fustigar a Los Javis y los acusa de mercantilizar la figura de Lorca y construir “una obra que a ratos blanquea el fascismo y a ratos lo ensalza”, como asegura, por ejemplo, Rubén Téllez Brotons. Otros, desde el extremo opuesto, declaran categóricamente que la película obvia la cercanía de Lorca con algunas figuras falangistas, cuando en realidad Lorca, en tanto figura histórica y personaje ficcional, es adyacente en esta propuesta, en comparación con el lugar central que tiene la recreación de su cosmovisión artística. Algunos le piden al arte que sea historia y otros le piden al cine que milite. Pero el arte no tiene nada que ver con las militancias. Ciertos comentaristas cuestionan que Los Javis se basen en casos más o menos excepcionales y no en lo que sucedió “en general”, como si de realismo socialista fuera el asunto. Que se lo recriminen entonces a Esquilo sobre Clitemnestra, a Sófocles sobre Edipo y a Eurípides sobre Medea. Alarma que algunos articulistas, supuestamente progresistas o conservadores, con un proceder autoritario parecido al de los jueces de la película y que adjudican al bando al que actualmente se oponen, sigan, todavía hoy, dándole la bola negra a propuestas como la que nos ocupa. A algunos les molesta que se hable de la homosexualidad de Lorca. O simplemente de la homosexualidad. A algunos les molesta que los héroes de esta épica cinematográfica sean personajes homosexuales. Olvidan (o desconocen, que es peor) que épica y homoerotismo han estado entremezclados desde los tiempos sumerios. Para unos, la obra es demasiado “fascista”, para otros, es demasiado woke.

La película y su resonancia con los contextos históricos y actuales vienen a recordarnos que la ficción y el arte existen, precisamente, para llegar, a través de la fabulación y la imaginación, allí donde la historia y eso que llamamos “realidad” se detienen y se quedan estancadas. El arte permite rescatar lo que, según la historia, se ha perdido para siempre. Toda supuesta historicidad en la película está intervenida por esa influencia ficcional y por la fuerza de lo poético lorquiano. La trama de Alberto en 2017 viene a continuar y a intentar resolver de un mejor modo las ficciones heredadas de la Guerra Civil y la obra y figura de Lorca. Porque ¿qué heredamos de nosotros mismos y de los nuestros sino ficciones? ¿Qué es la memoria sino una continua regeneración de ficciones? Como el mismo Lorca al referirse a un mosaico mitológico del que no se tiene evidencia histórica o arqueológica alguna, pero que él utiliza en una entrevista de 1934 para hablar de la realidad más inmediata de España, Los Javis usan la ficción, un mosaico fílmico cronotópicamente complejo y multidimensional, para seguir indagando en las heridas heredadas de una nación y de un mundo cuyos ciudadanos merecen vivir sin pedir permiso, como podría espetar algún personaje de Paquita Salas.

La película también se enfoca en las formas sucesivas en que ha sido tratada la homosexualidad socialmente. De la relación truncada entre Lorca y Rafael pasamos a la vida escondida de Sebastián con su pareja después de la guerra, para terminar con Alberto, que vive con su novio en un apartamento de Madrid. Todo ello deja bien claro que se ha avanzado mucho, al mismo tiempo que apunta a indagar en los dolores heredados para conocernos mejor, para entender con más profundidad la bestia contradictoria que nos habita. Toda nación o cultura es el resultado de violencias y conflictos heredados: La bola negra –desde el presente de Alberto, los remordimientos de Rafael y la nieve lorquiana de Carlos– pregunta al espectador cómo pensamos gestionar ese legado de sangre y traumas para evitar repetir los mismos errores. En esa misma línea, uno se queda con ganas de saber más sobre la trama de Alberto, quizá y en principio por lo dinámica y cercana que su experiencia nos puede parecer, pero además porque indagar en sus conflictos del presente es también solucionar dilemas del pasado.

La bola negra es, por cierto –ya que antes he mencionado a los trágicos atenienses– una pieza que arranca en Grecia y termina en Grecia: con Alberto (interpretado de forma magistral por Carlos González) hablando en griego moderno y caminando por Monastiraki al inicio, y con Lorca haciendo referencia a un mosaico de tema mitológico grecolatino encontrado en los campos de España en el cierre. Porque lo griego que buscaba Alberto es también español y mediterráneo, y está, por supuesto, en Lorca, pero también en Paquita Salas: un sentido de lo trágico que a Los Javis los acompaña desde sus primeros intentos creativos. Búsqueda, indagación, perseverancia en medio de la suspensión. Como en Lorca, en ellos también ese sentido de lo trágico está muy arraigado en lo popular y más inmediato.

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Aunque no hay en esta película actuación alguna que desencaje o desmerezca, al ver a Lola Dueñas interpretar a Teresa, la madre de Alberto, uno pensaría que el filme lo han hecho para ella. ¿Qué importa que uno no tenga toda la información para justificar todas sus reacciones y traumas? Esa mujer es un huracán de histrionismo y naturalidad, a un extremo tal que uno se olvida de que Lola Dueñas existe. Quien existe es Teresa. Carlos González, en el papel de su hijo, consigue mantenerse a la altura que el talento de esta gran actriz le demanda.

Aunque se trata de un guion con momentos de leve desbalance e instantes de una extrañeza que puede descolocar por unos segundos, en medio de esos riesgos que corren los creadores está el talento con el que cuentan, que hace que el saldo final sea más que positivo. No creo que Los Javis lleguen a ser didácticos en algún momento de la pieza, pero reiteran peligrosamente, eso sí, y de forma quizá demasiado evidente, sobre todo al final, algunas ideas principales que mejor quedarían sugeridas y luego confirmadas por las acciones mismas. Pero también uno piensa que, si la película pretende triunfar en Hollywood, tendrá que ser evidente en ocasiones. Hollywood es con demasiada frecuencia el intento pedestre de explicar el misterio, eso que nunca debiera explicarse. Pero, al menos por ahora, con Los Javis el misterio sigue a salvo en la nieve lorquiana, siendo este más importante que cualquier intento de definirlo.

El mayor logro de esta película es su fotografía, a cargo de Gris Jordana, quien consigue planos y encuadres (que van de lo general y las multitudes a lo más privado) de una belleza e intensidad mayúsculas. La iluminación y los claroscuros están conseguidos con un nivel de naturalismo que pareciera a veces incidental, como si el ojo tuviera la suerte, por casualidad, de ver lo que está sucediendo, por ejemplo, tras la puerta en la que Sebastián y Rafael tienen una de sus últimas conversaciones, la más íntima, sin dudas; todo lo cual refuerza el realismo de la trama de la Guerra Civil. Pero ese mismo naturalismo, esos mismos claroscuros, junto al uso de difuminaciones, otorgan a algunos momentos de la historia de Carlos una calidad poética y un lirismo también contundentes, tanto, por ejemplo, en la escena del baile en el bar, como en las secuencias de la nieve.

Más “puristas” que Platón, algunos policías del arte quieren hacer coincidir el “mundo de las ideas” con su militancia ideológica, algo que ni a Homero le exigió la casta aristocrática a la que este cantaba y se debía. Persiguen, con sus críticas y exigencias casi escolásticas, controlar y patrullar la capacidad imaginativa y creadora de los otros. Creo que, como Glauco y Diomedes en el canto VI de la Ilíada o, incluso mejor, como Aquiles y Príamo al final de mismo poema épico, en calidad de guionistas, Los Javis y Alberto Conejero (quien es, por cierto, un gran conocedor de los clásicos y de la lengua homérica) han querido representar a dos enemigos que, a pesar de pertenecer a bandos opuestos y de luchar para vencer al otro, se encuentran en un punto de humanidad que los hace más complejos y contradictorios. A ese lado más humano de la épica nos convoca La bola negra.

El personaje interpretado por Penélope Cruz (la cupletista Nené), en el intermedio entre cuplé y cuplé, le dice a Sebastián que “el travestismo es la fantasía de la posibilidad, y la guerra, todo lo contrario.” Vale la pena entender esta frase a partir de lo que Severo Sarduy define en su ensayo “La simulación” como “travestismo humano”, que está “impreso en la pulsión ilimitada de metamorfosis”. Dicha transformación “no se reduce a la imitación de un modelo real, determinado, sino que se precipita en la persecución de una irrealidad infinita, […] irrealidad cada vez más huidiza e inalcanzable”. A esa imposibilidad y al enigma tiende la película hacia el final, principalmente en las secuencias poéticas de la trama de Carlos en que a ratos es difícil seguir el sentido de lo que se dice y el lenguaje comienza a ser insuficiente. Al mismo tiempo, ese “travestismo humano” es la pulsión, el deseo, las posibilidades infinitas del hecho creativo. Parafraseando a Nené, podría decirse entonces que el arte es la fantasía de la posibilidad, mientras la guerra, el dogmatismo, la militancia y la ideología restrictiva son todo lo contrario. La bola negra viene a recordarnos que la épica incluye la guerra, pero no se limita a ella. La esencia de la épica está, desde Gilgamesh y Aquiles hasta Sebastián y Rafael, en lo que, incluso en medio del desastre mayor, nos hace exactamente humanos.

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YOANDY CABRERA
YOANDY CABRERA
Yoandy Cabrera (Pinar del Río, 1982). Poeta, crítico y profesor universitario. Doctor en Estudios Hispánicos por la Universidad Texas A&M. Es además licenciado en Letras con perfil en Filología Clásica por la Universidad de La Habana. Ha cursado estudios de Maestría en Filología Hispánica en CSIC-UNED y de Filología Clásica en la Universidad Complutense de Madrid. Ha sido profesor de Lenguas y Literaturas Clásicas, Gramática Española, Literatura Colonial y Poesía Contemporánea en la Universidad de La Habana, el Colegio San Gerónimo y la Televisión Cubana. Ha realizado la edición crítica de la poesía de Delfín Prats y de Félix Hangelini (ambas en Editorial Hypermedia, 2013). Actualmente enseña Español y Clásicas en Rockford University.

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